NUESTROS CÓMPLICES:

lunes, 2 de marzo de 2026

IRON & WINE: ENCADENANDO OBRAS MAESTRAS.

 



Venimos de Light Verse (2024), el que consideramos que fue el mejor álbum de su año de publicación. Nuestras expectativas con HEN'S TEETH no eran especialmente altas: encadenar dos obras maestras no es habitual en un artista tan prolífico como Sam Beam, alguien que no suele faltar a su cita con el público cada dos años. Pensábamos que nos encontraríamos con otro buen disco, sin más. Porque en la discografía de Beam no hay ningún álbum malo, ni siquiera fallido. Incluso esperábamos que siguiera la estela del anterior y nos habríamos conformado con un “más de lo mismo” con su buen nivel de siempre. 

Pero lo que llega es un disco diferente, más luminoso y abierto a nuevos matices sonoros. La colaboración con I'm With Her en dos de los cortes resulta crucial: las armonías aportan profundidad y funcionan como un contrapunto que equilibra la voz de Beam. Además, la presencia de voces femeninas en los coros de algunas otras canciones amplía la paleta tímbrica y refuerza esa impresión de expansión. No es que Beam esté rompiendo con su identidad ni reinventándose de manera radical, pero tampoco se estanca: en él, cada pequeño desplazamiento siempre se percibe como un avance natural. 

Lo hemos dicho cada vez que hemos reseñado un trabajo suyo. Sam Beam será reconocido con el tiempo como uno de los nombres fundamentales del indie folk del siglo XXI. Sin embargo, la crítica continúa mirándolo de reojo. Aunque discos como Our Endless Numbered Days (2004), The Shepherd’s Dog (2007), Kiss Each Other Clean (2011) o Beast Epic (2017) han recibido puntuaciones perfectas (100/100) por parte de algunos medios, sus medias globales rara vez han reflejado esa unanimidad entusiasta. Solo The Shepherd’s Dog (2007) alcanzó una media de 85/100; le siguen Our Endless Numbered Days (2004) con 81/100 y Light Verse (2024) con 80/100. 

A diferencia de Light VerseHEN'S TEETH sí ha conseguido un 100/100 por parte de Spill Magazine. Sin embargo, su media provisional se sitúa en 78 sobre 100, fruto de una mayor diversidad de valoraciones; notas de 80/100 en MusicOMH, AllMusic, Sputnikmusic, Uncut, Mojo, God Is In The TV, Record Collector y XS Noize; 75/100 en Paste y Hot Press; 60/100 en The Arts Desk; y 50/100 en Under The Radar. Una recepción que, lejos de restarle mérito, vuelve a situarlo en ese territorio habitual: el del artista admirado, pero no siempre celebrado con la contundencia que merece. 




En cuanto a las narrativas HEN'S TEETH ha sido descrito desde varias fuentes como el “lado oscuro” de Light Verse, con una narrativa emocional más profunda y menos ligera. En lugar de esconder temas sombríos bajo arreglos brillantes, aquí la música y las letras parecen moverse juntas en una exploración más sincera de lo que significa entregarse, perderse o renovarse en una relación. Por nuestra parte, tenemos que decir que más que el reverso oscuro de Light Verse, Hen’s Teeth parece su expansión emocional: no un descenso a la sombra, sino una apertura más franca y coral.

HEN'S TEETH no es un álbum más vulnerable que Light Verse. Al contrario: suena con más cuerpo, con más presencia, incluso con más determinación. Beam sigue siendo un maestro de la intimidad, pero aquí la ejerce desde una posición de fuerza. No necesita susurrar para resultar cercano. Lo admirable es que, pudiendo repetir la fórmula -esa que ya sabemos que funciona y que le seguiríamos comprando sin dudarlo-, decide no hacerlo exactamente igual. Ajusta pequeños elementos, desplaza matices, amplía el marco sonoro. No reinventa su lenguaje, pero lo estira lo justo para que respire distinto. Y ahí está su inteligencia: en saber evolucionar sin traicionarse. 

Hay artistas que buscan reinventarse constantemente para demostrar que siguen siendo relevantes. Y luego está Sam Beam. Su autoridad no nace del ruido ni de la necesidad de epatar, sino de una seguridad creativa que solo tienen los que ya han construido una obra incontestable. HEN'S TEETH no es un golpe sobre la mesa, ni un gesto desesperado por sorprender; es algo mucho más difícil: la confirmación de un talento que evoluciona con naturalidad, que sabe cuándo expandirse y cuándo contenerse, que entiende que la verdadera grandeza está en los matices. Por eso nuestra puntuación no responde al entusiasmo del momento, sino a la evidencia. Estamos ante otro disco redondo. Un 100 sobre 100 que no premia la novedad, sino la maestría serena de un artista que ya no tiene nada que demostrar y, aun así, sigue haciéndolo.



MEJORES MOMENTOS: Robin's Egg, Roses, In Your Ocean, Wait Up, Dates And Dead People, Defiance Ohío...

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

viernes, 27 de febrero de 2026

LA CONSOLIDACIÓN DE MUMFORD & SONS

 


MUMFORD & SONS presentaban la semana pasada PRIZEFIGHTER, un álbum que, en cierta medida, los reconcilia con la crítica. Todavía hoy su disco mejor valorado sigue siendo Sigh No More (2009), con un 72/100 según Album of the Year que es nuestro agregador de referencia -hay que ir olvidando a Metacritic-. PRIZEFIGHTER ha conseguido su segunda mejor media: un 69/100, con picos de 80/100 por parte de medios como Clash, Mojo o The Independent. También ha recibido notas más que aceptables, como los 70/100 de Rolling Stone, Beats Per Minute, AllMusic o Hot Press. No ha estado exento, eso sí, de valoraciones más bajas por parte de The Irish Times y Record Collector (60/100), Pitchfork (59/100) o Spectrum Culture (50/100). Pero creemos que estas cifras, además de ser más positivas de lo habitual, entran dentro de la normalidad. Porque, en otros tiempos, pocas bandas polarizaron tanto a la crítica como MUMFORD & SONS

Nosotros vivimos la irrupción de MUMFORD & SONS en el panorama musical con Sigh No More (2009). De hecho, la primera aparición de la banda en un blog en español fue en Exquisiteces. Es algo que nos hemos molestado en comprobar: nadie en España había hablado de ellos antes de que lo hiciéramos nosotros. Todo surgió gracias al olfato de Midas, que escuchó Sigh No More (2009) y encontró un disco de folk auténtico (aunque fuera londinense), emocionalmente directo y comercial sin parecer prefabricado. Vio en ellos una banda con muchísimo potencial y no pudo dejar de reseñarlos con la idea de darlos a conocer en España.

En aquel momento se estaba gestando una corriente folk interesante en el indie americano con nombres como Fleet Foxes o Bon Iver. Pero nadie imaginó que serían estos chicos británicos quienes pondrían el folk de moda y lo trasladarían a los estadios. Esa fue una de sus grandes aportaciones: convertir un género tradicional en fenómeno mainstream. Algo que cristalizaría con Babel (2012), su Grammy al Álbum del Año y la conquista definitiva del mercado estadounidense -hacia el que, desde entonces, ha estado claramente orientada su música-. Sin embargo, la crítica no trató bien a Babel (2012). A pesar de los premios, el reconocimiento y las ventas millonarias, el disco obtuvo una media de 58/100 y una docena de medios lo puntuaron con 40/100 o menos. Esa es la polarización de la que hablamos. Siempre creímos que la crítica los castigó por convertirse en símbolo de una tendencia, por explotar con éxito una fórmula reconocible y por representar un sonido que terminó saturando el mercado. 

Nosotros nunca puntuamos bajo a Babel (2012). Conocíamos sus limitaciones, pero no nos importaban. Estábamos disfrutando de una escena folk que crecía con la irrupción -o la visibilidad renovada- de bandas como The Lumineers o The Head and the Heart. Pero la gran pregunta era inevitable: ¿podrían construir una carrera sólida con más discos como Sigh No More o Babel? En el fondo, Babel era una versión ampliada, más ambiciosa y con mayor presupuesto del universo creado en su debut. Estaba claro que no podían repetir la fórmula indefinidamente. 

La prueba llegó con Wilder Mind (2015). Es el único disco de su carrera que ha recibido un 100/100 por parte de un par de medios (The Telegraph y The Young Folks), aunque su media crítica (61/100) apenas mejoró la de trabajos anteriores. Más de quince publicaciones lo puntuaron con 50/100 o menos. En Wilder Mind abandonaron el banjo, se electrificaron y viraron hacia el rock alternativo. Debemos confesar que, aunque esperábamos el giro -la saturación del folk hacía inviable continuar por el mismo camino-, en su momento nos decepcionó. Con el tiempo nos hemos reconciliado con el disco: entendemos la necesidad del movimiento y hoy nos parece mucho mejor de lo que se dijo entonces. Más que una renuncia a su identidad, fue un gesto valiente y coherente. No redefinió su carrera, pero tampoco fue un fracaso. 

El verdadero problema llegó después. Delta (2018) (59/100) fue un álbum con el que fuimos indulgentes en su momento, pero que hoy consideramos el más irrelevante de su discografía. Funcionó comercialmente y consolidó la marca, sí, pero diluyó casi por completo la identidad original. 

El año pasado regresaron con Rushmere (2025) (64/100). Entre Delta y Rushmere, Marcus Mumford publicó su proyecto en solitario, con relativo éxito en reproducciones y atención mediática, aunque escaso entusiasmo crítico. Rushmere se presentó bajo la narrativa de “vuelta a los orígenes”; incluso el título aludía al estanque de Wimbledon Common donde la banda tuvo sus primeros encuentros y eso hizo que funcionara mejor en el Reino Unido que en U.S.A. Sin embargo, no creemos que fuera ese regreso al folk primigenio que muchos esperaban. Y probablemente tampoco quieran hacerlo. No lo necesitan: siguen llenando estadios y colgando el cartel de sold out con teloneros de lujo. 



La buena noticia es que PRIZEFIGHTER los devuelve a la conversación con más solidez que nunca. Las colaboraciones con Hozier, Chris Stapleton, Gigi Perez y Gracie Abrams consolidan su estatus de banda veterana que ha sabido mantenerse relevante. Ya no renuncian a la comercialidad, pero tampoco fuerzan la épica. Han encontrado un equilibrio entre canción sólida, producción medida y colaboraciones bien integradas. Y lo más importante: ya no generan rechazo visceral. Han salido del ciclo de polarización.

Un disco como PRIZEFIGHTER no puede jugar la carta de la frescura. Solo puede jugar la de la solidez. Y la crítica generalista suele puntuar la solidez entre un 65 y un 75. Lo que ha cambiado no es solo la música, sino el contexto: en 2010 eran el sonido del momento; en 2026 son una banda veterana y solvente. Y eso, en términos críticos, es una diferencia enorme. 

Muchas bandas de aquella ola desaparecieron o se volvieron irrelevantes. Ellos no. Siguen llenando estadios, siguen generando conversación y siguen formando parte del circuito cultural global. La puntuación de PRIZEFIGHTER no es una penalización por el pasado. Es una nota realista dentro del contexto actual. No es un disco revolucionario. No es un disco fallido. Es un disco competente y bien construido. Nuestra nota es un 85 sobre 100. Porque creemos que aquí hay algo más que estabilidad: probablemente estemos ante sus mejores canciones en años. Puede que MUMFORD & SONS no sean una banda cool, ni de culto, ni los favoritos de la crítica. Pero son una banda global, sostenible y respetada -aunque no venerada- más de quince años después. Y eso es extraordinariamente difícil.




MEJORES MOMENTOS: Rubber Band Man, The Banjo Song, Prizefighter, Badlands, Icarus, Here...

MEDIA CRÍTICA: 69/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 25 de febrero de 2026

ISKANDER MOON: RECORDAD ESE NOMBRE.

 


ISKANDER MOON es el nombre artístico de Iskander Moens, cantante, compositor, productor y multiinstrumentista belga que, tras la publicación de un primer EP, presenta ahora su álbum de debut, SALT MOON CITY. Formado en piano clásico y con un máster en producción musical por el Conservatorio de Gante, Moens ha desarrollado una sólida trayectoria como productor, músico de sesión y compositor antes de dar forma a este proyecto personal. 

Su crecimiento artístico se ha forjado lejos de la prisa, sumergiéndose en distintas escenas internacionales y viviendo en ciudades como Nueva York, Berlín, Boston o Florencia, donde actuó en cafés de cantautores mientras refinaba su identidad sonora. Su voz -un tenor cálido y contenido- se mueve entre el folk-pop y el indie alternativo, con el piano como eje emocional y arreglos sobrios que priorizan la atmósfera sobre el artificio.

Ya conocéis nuestra vocación de dar a conocer álbumes que realmente importan. Discos que aparecen al margen de las modas y fuera del radar de los algoritmos o del interés mediático inmediato. Puede que SALT MOON CITY sea uno de ellos. Editado el pasado fin de semana y presentado con vocación internacional, de momento solo ha sido reseñado en Bélgica, el país de su autor. Exquisiteces vuelve a ser el primer blog español en hablar de este trabajo. El tiempo dirá hasta dónde llega, pero nuestra apuesta es clara.




Sonoramente, ISKANDER MOON se mueve en un territorio reconocible para quienes siguen el folk alternativo contemporáneo, pero lo hace desde su propia voz. Su producción demuestra un cuidado extremo por la atmósfera y el espacio sonoro: no es minimalista aunque se perciban ecos de Bon Iver y S. Carey tanto en la textura vocal como en la construcción de capas que generan profundidad y sensibilidad. Por momentos, el álbum puede recordar a Hayden Thorpe, no por la voz sino por la manera de crear espacios musicales que generan tensión y emoción; cualquiera que haya escuchado Diviner (2019) reconocerá ciertas sensibilidades compartidas. Y es en esa atmósfera donde emerge también la conexión con Ben Howard, con ese equilibrio entre contención y emoción que otorga gravedad y calidez a cada canción. Juntas, estas referencias no definen a ISKANDER MOON, sino que señalan los paisajes por los que transita mientras construye una identidad sonora propia, sutil y reconocible.

Tras una breve introducción, el álbum se abre con Lonely Day Will Come, una carta de presentación tan desconcertante como reveladora. En poco más de cuatro minutos, Moens deja claras varias intenciones. La producción arranca con un piano desnudo y suenan unos clip-clops que remiten a ciertas programaciones freestyle de finales de los ochenta y primeros noventa. Un recurso anacrónico que sorprende -y que reconocerán algunos oídos atentos- pero que no responde a la nostalgia ni al azar. Es una decisión estética puntual, estratégica, que no volverá a repetirse en el resto del disco. 

Más que un guiño retro, parece un gesto consciente: una forma de generar contraste con la melodía vocal y, quizá, de marcar distancia respecto a comparaciones fáciles. ISKANDER MOON no pretende ser “el nuevo Justin Vernon”. Si dialoga con esa tradición, lo hace desde la personalidad, no desde la imitación. 

En GhostISKANDER MOON introduce un tratamiento de voz que lejos de ser meramente melódico, actúa como una textura sonora más, con leves modulaciones y fracturas en la línea vocal que recuerdan a técnicas exploradas por artistas contemporáneos que usan la voz como instrumento expresivo. Este efecto glitch, casi robótico en ciertos instantes, no distrae, sino que enriquece la atmósfera del tema, aportando una capa más a la narrativa sonora del álbum. Algo que nos remite al Bon Iver de 22, A Million (2016) o al Ben Howard de Is It? (2023).

También sabe manejarse muy bien en la balada intimista Silently Hurting Me se convierte en uno de los puntos álgidos de este álbum. Y es que SALT MOON CITY sorprende por su equilibrio entre riesgo y contención, por su capacidad de construir arcos narrativos y emocionales dentro de la producción, y por los detalles sonoros que marcan identidad propia. No se trata solo de melodías, sino de atmósfera, textura y viaje emocional -y casi geográfico por Estados Unidos-. Cuando llega el momento de Buried In Beverly Hills, el disco alcanza un momento de explosión luminosa y grandilocuente. Arreglos más amplios, capas instrumentales y coros puntuales crean un clímax que expande la escucha y confirma su ambición sonora. 

Curiosamente, el disco cierra con Minnesota Wildflower, un tema más contenido que reduce la intensidad del clímax anterior. Pero su riqueza está en la producción y los detalles: capas sutiles, texturas que se desarrollan lentamente y coros finales que expanden el tema sin estallido evidente. Es un cierre elegante, que deja respirar al oyente y refuerza la sensación de que el disco está pensado como un viaje narrativo más que como una serie de hits consecutivos.

En cuanto a las narrativas ISKANDER MOON representa a un tipo de cantautor actual cuyo enfoque no está centrado en el género, ni en la relación romántica tradicional. Algo que le da a sus canciones un alcance más universal. Sus letras pueden hablar de emociones, lugares, experiencias o estados internos que cualquier persona sin importar su identidad o género puede reconocer y sentir. Esto genera una conexión más amplia con el público y permite que cada oyente proyecte su propia historia en la música.

Tal y como dijimos anteriormente, SALT MOON CITY es un álbum que se liberó el pasado fin de semana y ningún medio internacional le ha escrito una reseña o le ha dado una valoración. De hecho, en el agregador de críticas Album Of The Year ni siquiera han recogido este lanzamiento todavía. Así que tendréis que fiaros de nuestro criterio una vez más y la realidad es que es un álbum debut bastante sólido que no merece menos de un 90 sobre 100. Solo esperamos haber aportado nuestro granito de arena al reseñarlo. Porque es un álbum que merece reseñas, escuchas, estar en las conversaciones y terminar en las listas anuales de los mejores álbumes.  




MEJORES MOMENTOS: Ghost, Avé, Lonely Days Will Come, Buried In Beverly Hills, Tear You Up, Minesotta Flower, New York City 22, Silently Hurting Me...

MEDIA CRÍTICA:----

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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