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jueves, 17 de septiembre de 2026

THE WOMACK SISTERS: EL LEGADO CONTINÚA.

 



Escuchar a THE WOMACK SISTERS supone encontrarse con una historia familiar difícil de igualar dentro de la música soul. BG, Zeimani y Kucha Womack son hijas de Cecil Womack y Linda Womack, el matrimonio que formó Womack & Womack y que tuvo una trayectoria fundamental dentro del soul y el R&B de los años ochenta. Cecil era hermano de Bobby Womack, por lo que las tres son sobrinas de uno de los grandes nombres de la historia del soul y el R&B estadounidenses. Y Linda Womack era hija de Sam Cooke. Dicho de otra manera, por sus venas corre una parte muy importante de la historia del soul. 

Lo más interesante es que esa genealogía no es un simple argumento promocional. Las hermanas crecieron dentro de ese mundo. Desde pequeñas acompañaron a sus padres en grabaciones y giras y participaron en sus trabajos como coristas. También estuvieron vinculadas posteriormente a la carrera de su tío Bobby Womack. Antes de convertirse en THE WOMACK SISTERS ya llevaban muchos años cantando juntas y aprendiendo el oficio dentro de su propia familia. Después llegarían sus primeras grabaciones como grupo, el EP Legacy en 2022 y ahora este álbum debut homónimo. 

Por eso resulta difícil escuchar el disco pensando que estamos ante tres artistas que han decidido recuperar el soul de los sesenta. Ellas han crecido escuchándolo y practicándolo. Es una música que han tenido alrededor desde niñas y esa familiaridad se percibe en la manera en que cantan. 

Las canciones están claramente inspiradas en el soul de los sesenta, pero no estamos ante una reproducción estricta de aquel sonido. El álbum se mueve con naturalidad entre el Pop Soul, el R&B contemporáneo y el Smooth Soul. Hay gospel, R&B clásico y soul sureño, además de una producción cálida y orgánica que busca recuperar parte de la textura de aquellas grabaciones. Al mismo tiempo, las canciones tienen una sensibilidad contemporánea y no necesitan fingir que estamos en otra época.

Tampoco encontramos aquí un intento de repetir lo que hicieron Cecil y Linda como Womack & Womack durante los ochenta. Las hermanas parecen mirar hacia una generación anterior. El punto de partida está mucho más cerca del soul clásico y del gospel que de la música que hicieron sus padres cuando alcanzaron mayor repercusión. Tiene sentido que sea así: ellas no necesitan construir una identidad alrededor del sonido de Womack & Womack porque ya tienen una relación mucho más amplia con esa tradición. 

Una de las cosas que más nos gustan del disco es precisamente la naturalidad con la que manejan ese lenguaje. No sentimos que estén interpretando un papel. No son artistas que hayan llegado al soul desde fuera para reproducir una estética que les resulta atractiva. Lo han vivido desde pequeñas y eso se nota especialmente cuando cantan juntas. Las tres voces tienen personalidad propia, pero es en las armonías donde encontramos uno de los grandes atractivos del álbum. Se escuchan perfectamente ensambladas y nunca parece que estén intentando demostrar lo buenas que son. 

Las canciones hablan sobre relaciones, deseo, decepciones, recuerdos y vínculos personales. También aparecen historias relacionadas con sus propias experiencias. Chauffeur, por ejemplo, parte de una situación muy contemporánea y de los trabajos que tuvieron que desempeñar mientras intentaban desarrollar su carrera musical. Ese contraste entre las historias que cuentan y la sonoridad del disco funciona especialmente bien. La música puede transportarnos varias décadas atrás mientras las experiencias que aparecen en las canciones pertenecen plenamente al presente. 

La familia también tiene un peso importante. My Sisters and Me, que cierra el álbum, pone esa relación entre las tres en primer plano y termina dando sentido a buena parte de lo que hemos escuchado. Después de conocer su historia resulta imposible no escuchar esas voces pensando también en el vínculo que existe entre ellas. 

En todo esto tiene mucha importancia Bosco Mann, responsable de la producción y también compositor en buena parte del repertorio. Su trabajo ayuda a conseguir ese sonido cálido y lleno de cuerpo que recorre todo el álbum. Mann conoce muy bien esta tradición y sabe cómo trabajarla sin convertirla en una recreación demasiado artificial del pasado. 

Además, su papel va más allá de la producción. Comparte créditos de composición con las hermanas en varias canciones, de modo que existe una colaboración real entre ellas y el productor a la hora de construir el repertorio. Esto es importante porque buena parte del carácter del álbum procede precisamente de esa combinación: THE WOMACK SISTERS aportan sus voces, su educación musical y su propia historia, mientras Bosco Mann aporta un conocimiento muy profundo del lenguaje sonoro en el que se mueve el disco. 






El resultado es un álbum en el que las voces ocupan siempre el lugar principal. Los arreglos están ahí para acompañarlas y no para destacar sobre ellas. Todo suena bastante cuidado, pero nunca excesivamente pulido. Hay espacio, calidez y una sensación de interpretación en directo que encaja muy bien con lo que las hermanas quieren transmitir. 

La recepción crítica también ha sido bastante positiva. The Womack Sisters tiene una media de 81 sobre 100. Spill Magazine le ha otorgado un 90/100, mientras que AllMusic, Uncut, Mojo y Record Collector coinciden en el 80/100 y Pitchfork le concede un 76/100. Hay, por tanto, una diferencia de entusiasmo entre unos medios y otros, pero todos se mueven dentro de una valoración favorable. 

Nos parece significativo que las diferencias tengan que ver, en buena medida, con una cuestión que resulta difícil evitar al hablar de un disco así: la novedad. Para alguien que conozca profundamente la historia del soul, muchas de las cosas que aparecen aquí le van a resultar familiares. Las influencias son bastante evidentes y las hermanas no parecen tener intención de esconderlas. Nosotros tampoco creemos que sea necesario hacerlo. 

Una cosa es que un disco no sea especialmente novedoso dentro de la historia de un género y otra que no pueda resultar nuevo para quien lo escucha. Un aficionado que lleve décadas escuchando soul puede reconocer rápidamente determinadas armonías, arreglos o recursos. Para una persona de 2026 que llegue por primera vez a este sonido, la experiencia puede ser muy distinta. Tres hermanas cantando de esta manera, acompañadas por una producción de estas características, pueden resultar perfectamente sorprendentes. 

Su presencia en TikTok resulta interesante precisamente por eso. Han conseguido acercarse a un público joven a través de una plataforma completamente contemporánea utilizando una música que tiene sus raíces varias décadas atrás. No han necesitado modificar el sonido para adaptarlo a ese público. Las canciones han encontrado su propio camino. 

Por eso nos parece demasiado sencillo hablar de The Womack Sisters solamente como un disco de revival. Sí, es música retro. Sí, sus referencias están muy claras. Pero las hermanas no están intentando recuperar un pasado que les sea ajeno. Están utilizando una música que forma parte de su propia educación y de su historia familiar. Esa diferencia hace que el resultado tenga una autenticidad muy difícil de conseguir mediante una simple recreación estética. 

Y hay algo curioso en esa autenticidad. Precisamente porque el disco reproduce con tanta fidelidad un lenguaje que ya conocemos, puede resultar exótico para alguien que no esté acostumbrado a escucharlo. Para un entendido en soul puede haber pocas sorpresas. Para un oyente que descubra ahora este tipo de música, en cambio, puede sonar fresco y estimulante. El disco no ha inventado ese lenguaje, pero consigue que vuelva a despertar interés. 

Nosotros creemos que ahí está uno de los grandes méritos de THE WOMACK SISTERS. Han recuperado una forma de hacer soul que no necesita ser modernizada para resultar atractiva. Y al mismo tiempo han demostrado que una música con más de medio siglo de historia todavía puede encontrar un público nuevo. Ahora bien, hay una cuestión que tendremos que dejar en manos del tiempo. The Womack Sisters es un buen disco y tiene muchas cualidades que nos gustan: las voces, las armonías, las canciones, la producción y, sobre todo, la autenticidad con la que está hecho. Pero alrededor del álbum existe también un contexto que aumenta su atractivo: la genealogía de las hermanas, el apellido Womack, la relación con Sam Cooke y Bobby Womack, la presencia de Bosco Mann, el descubrimiento de ese sonido por parte de oyentes jóvenes y toda la historia que acompaña al grupo. 

La duda que nos queda es si el disco será capaz de mantenerse igual de atractivo cuando desaparezca ese efecto inicial. Pensamos en Back to Black (2006), de Amy Winehouse. También era un álbum construido alrededor de una fuerte personalidad musical y de unas referencias muy claras al soul y al R&B del pasado. Con el tiempo, sin embargo, quedó claro que su valor no dependía únicamente de aquella estética. Las canciones tenían suficiente fuerza para sobrevivir a la sorpresa inicial y terminaron convirtiéndolo en un disco inmortal. 

Todavía no sabemos si The Womack Sisters llegará a ese nivel. Sería demasiado pronto para afirmarlo. Un álbum recién publicado necesita años para demostrar que sigue teniendo algo que decir cuando ya no nos sorprenden sus circunstancias ni su sonido. De momento nos parece un disco notable y, sobre todo, muy estimulante. Entendemos perfectamente que un especialista en soul pueda echar de menos una mayor novedad, pero también pensamos que sería injusto valorar el álbum únicamente desde esa perspectiva. 

Para mucha gente que lo está descubriendo ahora, esta música sí puede ser una revelación. Y que tres hermanas puedan llevar una tradición familiar tan antigua hasta una audiencia nueva, sin necesidad de disfrazarla de otra cosa, tiene un valor considerable. Nosotros le damos un 85 sobre 100. Nos parece una nota adecuada para un álbum que disfrutamos mucho y que nos parece auténtico y bien hecho, aunque todavía no sepamos si terminará siendo algo más. El tiempo tendrá que decirnos si, cuando la fascinación inicial haya desaparecido, seguiremos volviendo a estas canciones por las canciones mismas. Si ocurre, entonces estaremos ante un disco mucho más importante de lo que hoy podemos saber.



MEJORES MOMENTOS: If I Let You, All Around, If You Want Me, Chauffeur, Laughter And Tears, My Sister And Me... 

MEDIA CRÍTICA: 81/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 16 de septiembre de 2026

SYD: CLASE, SENSUALIDAD Y VELLO FACIAL.


En un género tan trillado como el R&B contemporáneo, conseguir que un disco nos haga detenernos un poco más de lo habitual ya tiene mérito. SYD lo consigue con BEARD, su tercer álbum en solitario y un trabajo que, sin pretender reinventar el género ni presentarse como una obra maestra, nos parece demasiado interesante como para pasar de puntillas por él. 

Para entender dónde está SYD en este momento hay que recordar brevemente de dónde viene. Después de su etapa al frente de The Internet, Fin (2017) supuso su presentación en solitario y mostró a una artista capaz de trasladar a un terreno más íntimo y personal las inquietudes que ya había desarrollado con la banda. Cinco años después llegó Broken Hearts Club, un disco más centrado en el amor, el desengaño y las dificultades de las relaciones. BEARD mantiene parte de ese territorio emocional, pero encontramos a una SYD más segura de sí misma, menos preocupada por demostrar quién es y más interesada en disfrutar de lo que ya ha construido. 

Que SYD se defina abiertamente como una mujer gay también aporta una singularidad interesante dentro de un R&B que históricamente no siempre se ha caracterizado por su apertura. No necesitamos convertir su orientación sexual en el centro de su música, porque ella tampoco parece querer hacerlo, pero está presente de una manera natural en sus canciones de amor y en la forma en que se relaciona con su propia identidad. En BEARD esa cuestión adquiere todavía más importancia. 

El título no es una ocurrencia. El vello facial que SYD luce se convierte en una forma de reivindicar aquello que durante mucho tiempo se nos ha enseñado que una mujer debería ocultar o corregir. Por eso nos parece que hablar únicamente de aceptación se queda corto. Hay algo más afirmativo en la manera en que SYD se relaciona con su imagen: no se limita a convivir con aquello que se aparta de los cánones de belleza, sino que lo incorpora a su identidad y decide sentirse cómoda con ello. BEARD habla de quererse, pero también de no pedir permiso para ser como uno quiere ser. 

Esa sensación de seguridad atraviesa un álbum que musicalmente es bastante más amplio de lo que podría sugerir la etiqueta R&B. En las plataformas encontramos referencias al Neo-Soul, R&B alternativo, Contemporary R&B, Smooth Soul o Trap Soul, pero ninguna de ellas termina de abarcar todo lo que ocurre aquí. SYD se mueve entre esas coordenadas con una naturalidad que permite que el disco suene contemporáneo sin quedar atrapado en una fórmula. Hay soul, electrónica, ritmos más cercanos al trap y una producción especialmente cuidada, pero también aparecen detalles que se escapan de cualquier clasificación sencilla. 

My Love es probablemente el ejemplo más evidente. La canción incorpora arreglos de bossa nova y elementos jazzísticos que no aparecen en las etiquetas habituales del álbum y que contribuyen a convertirla en uno de sus momentos más dulces. No parece una demostración de eclecticismo puesta ahí para llamar nuestra atención; sencillamente, SYD introduce esos recursos en su música y consigue que formen parte de ella con absoluta naturalidad. 

También llama la atención la dimensión colectiva de BEARD. Estamos ante un disco multiproducido en el que encontramos a la propia SYD trabajando junto a nombres como NOVA WAV, Rodney Jerkins, Anoop D'Souza o Van Hunt, además de otros productores. La nómina de compositores es igualmente extensa, con SYD acompañada por otros catorce coautores. Lejos de diluir su personalidad, esta estructura permite que el álbum tenga una amplitud considerable y que cada canción encuentre su propio espacio dentro de un conjunto bastante homogéneo. 





Las colaboraciones terminan de ensanchar ese paisaje. Blue June, Jordan Ward, James Fauntleroy, CUBE y Big Sean aportan diferentes sensibilidades sin convertir BEARD en una colección de apariciones destinadas únicamente a llamar la atención. Incluso cuando el disco se acerca al hip-hop, como ocurre con Big Sean en GMFU, SYD mantiene el control de su universo. Hay muchos nombres detrás de estas canciones, pero seguimos teniendo la sensación de estar escuchando un disco de SYD

Y quizás aquí encontramos el gran mérito de BEARD: consigue ser variado sin parecer disperso. La abundancia de productores, compositores y colaboradores podría haber provocado que cada canción apuntara en una dirección diferente, pero la voz de SYD funciona como elemento aglutinador. Su manera de cantar es tan reconocible que puede permitirse cambiar de textura y de acompañamiento sin perder identidad. 

Lo más curioso es que toda esta riqueza está llegando acompañada de una atención crítica sorprendentemente escasa. Fin obtuvo una media de 79/100 a partir de 16 reseñas y Broken Hearts Club alcanzó un 78/100 con 11. BEARD, en cambio, apenas ha conseguido cuatro reseñas hasta ahora, a pesar de haber sido publicado en julio de 2026. DIY y Clash le han concedido un 80/100, mientras que Spectrum Culture y Pitchfork se han quedado en un 76/100. La media resultante es un 78 sobre 100, prácticamente idéntica a la de su anterior álbum. 

La diferencia, por tanto, no está tanto en la valoración como en la atención. La crítica no parece considerar BEARD un mal disco; sencillamente, son muchos menos los medios que han decidido detenerse en él. Y eso resulta especialmente llamativo porque el público sí parece haber respondido. Sus reproducciones en Spotify presentan cifras saludables para un álbum de estas características y, sobre todo, no dependen de una única canción: varias de las piezas del disco están encontrando una audiencia propia. 

Quizás eso sea lo más representativo de la situación actual. Cada semana aparecen tantos discos nuevos que incluso trabajos notables pueden quedar fuera de la conversación casi inmediatamente. No todo álbum necesita convertirse en un acontecimiento para justificar nuestra atención, y BEARD nos parece un buen ejemplo de ello. No estamos ante una obra imprescindible del R&B ni ante un disco que vaya a cambiar el curso del género, pero sí ante un trabajo consistente, elegante y lleno de pequeños detalles que recompensan una escucha atenta. 

Y está SYD. Su voz tiene clase y sensualidad. Hay algo especialmente atractivo en la manera en que interpreta estas canciones: nunca parece necesitar exagerar una emoción ni demostrar hasta dónde puede llegar. Canta con una seguridad tranquila, con una sensualidad que nunca resulta impostada y con una elegancia que consigue que incluso los momentos más íntimos parezcan naturales. Esa personalidad es, en última instancia, lo que hace que toda la variedad de BEARD tenga sentido. 

No creemos que SYD necesite que vengamos a rescatar este disco. El público ya parece haberlo encontrado. Lo que sí creemos es que BEARD merece que le prestemos un poco más de atención de la que está recibiendo. Porque puede que no sea un álbum destinado a convertirse en un clásico, pero es demasiado bueno, demasiado cuidado y demasiado personal como para pasar desapercibido.



MEJORES MOMENTOS: Always Be Mine, Do Better, Calling, Any Time, 2 Many Days, My Love...  

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

martes, 15 de septiembre de 2026

TINY HABITS: TRES VOCES, UNA SOLA CANCIÓN.

 


TINY HABITS son Cinya Khan, Judah Mayowa y Maya Rae, tres músicos que se conocieron en Berklee y que empezaron a cantar juntos durante la pandemia. Aquellas primeras versiones grabadas en la residencia universitaria terminaron teniendo una repercusión que probablemente ninguno de los tres esperaba y, poco después, lo que había empezado como una colaboración entre estudiantes se convirtió en una banda. Llegaron un primer EP, Tiny Things (2023), las colaboraciones con artistas como Lizzy McAlpine y Noah Kahan y, en 2024, All For Something, su primer álbum. KEEPERS es el segundo y, aunque las voces siguen siendo el centro de todo, aquí encontramos un grupo con más ambición que el que conocimos entonces. 

Quizás una de las cosas que más nos gustan de TINY HABITS tenga que ver precisamente con Berklee. No porque exista algo que podamos llamar "sonido Berklee", sino porque en algunos de los músicos que han pasado por allí encontramos una elegancia muy particular. La técnica está, y se nota, pero no necesitan convertirla en una demostración. Lizzy McAlpine o MARO son buenos ejemplos. Hay una enorme atención a las armonías, a los arreglos y a la relación entre los instrumentos, pero todo parece estar puesto al servicio de la canción. En KEEPERS esa cualidad aparece sobre todo en las voces. 

Y en este punto tenemos que hablar de la portada, aunque sólo sea un momento. Porque la portada nos lleva por otro camino. Podríamos pensar que tenemos delante a un trío de funk o R&B retro, quizá algo con una estética setentera y mucho groove. No es eso lo que vamos a encontrar. Las etiquetas que rodean al álbum —Indie Pop, New Wave, Singer-Songwriter, Pop Rock, Sunshine Pop, New Rave, Pop Soul— se acercan bastante más a lo que realmente escuchamos. 

No sabemos si la portada pretende llamar la atención entre todos los lanzamientos de su semana de lanzamiento o si simplemente responde a una decisión estética. Tampoco importa demasiado. Lo curioso es que nos prepara para un disco que no existe y después nos encontramos con otro bastante más interesante.

Porque si hay algo que define KEEPERS, por encima de sus etiquetas, son sus armonías. Hacía tiempo que no escuchábamos un álbum fuera del folk en el que las armonías vocales tuvieran un papel tan importante. Y no hablamos simplemente de tres voces que suenan bien juntas. En TINY HABITS las voces están constantemente construyendo la canción. Una línea abre espacio para otra, una tercera aparece y cambia la melodía que creíamos estar escuchando, las tres se separan y vuelven a encontrarse. Hay momentos en los que parece que estamos escuchando a tres cantantes y otros en los que las tres voces forman un único instrumento. 

Eso es lo que nos lleva al Sunshine Pop. No porque KEEPERS sea un disco de Sunshine Pop en el sentido estricto, ni porque necesitemos buscar una influencia directa en cada una de sus canciones. Nos interesa más la tradición que hay detrás de esa etiqueta: la idea de que una canción pop puede estar construida alrededor de sus armonías vocales y que esas armonías pueden tener tanta importancia como la melodía principal. 

Los Beach Boys son una referencia inevitable. También Wilson Phillips, aunque musicalmente estemos muy lejos de KEEPERS. En ellos encontramos esa misma fascinación por tres voces que, juntas, adquieren una identidad propia. Y si buscamos un equivalente contemporáneo, los hermanos D'Addario y The Lemon Twigs han recuperado con enorme entusiasmo buena parte de aquella artesanía del pop. 



TINY HABITS llegan a ese mismo territorio desde otro lugar. No necesitan una producción tan exuberante como la de The Lemon Twigs ni una instrumentación especialmente barroca. Sus tres voces hacen buena parte de ese trabajo. Son melodía, armonía y arreglo al mismo tiempo. 

Y eso explica que KEEPERS pueda moverse entre tantos terrenos sin perder el hilo. Encontramos Singer-Songwriter, Indie Pop, Pop Rock, New Wave, Pop Soul y momentos más rítmicos que justifican incluso esa etiqueta de New Rave que, sobre el papel, puede parecer la más extraña de todas. El disco cambia de color, pero las voces hacen que sepamos siempre quién está detrás. 

También ayuda la forma en que está construido. Benjamin Millman es la figura de producción más presente, junto a Philip Weinrobe, y aparecen además Eli Torgersen, Matthew Healy, Ryan Linvill y Jeremy Schmetterer. En las composiciones encontramos a los tres miembros de TINY HABITS junto a varios de estos colaboradores y Gabe Goodman. Hay bastante gente detrás de KEEPERS, pero no sentimos que el disco haya perdido una dirección común. 

Al contrario. Quizás esa variedad de colaboradores sea una de las razones por las que el álbum resulta tan rico sin que se haga difícil de seguir. Y después están las canciones. Love Ruins Everything, Anything He Was y Right In Front Of Me destacan especialmente, pero no necesitamos apoyarnos en ellas para defender el álbum. Lo que nos ha terminado convenciendo de KEEPERS es precisamente su funcionamiento como conjunto. Podemos escucharlo entero y no sentimos que haya que esperar a que llegue un determinado momento para que el disco vuelva a ponerse en marcha. Incluso Keepers, la canción que da título al álbum y probablemente la que menos nos convence, encaja dentro de ese recorrido. 

La recepción crítica, de momento, todavía es pequeña. NME le ha dado un 80 sobre 100 y tendremos que esperar para ver cómo se va asentando el disco a medida que aparezcan más reseñas. Nosotros, en cambio, lo tenemos bastante claro. 

KEEPERS es uno de esos discos que parecen pequeños cuando los miramos desde fuera y que empiezan a crecer cuando prestamos atención a lo que ocurre dentro. No necesita grandes gestos. Su ambición está en otro sitio: en la precisión de las voces, en la manera de colocar una armonía detrás de otra, en los cambios de producción y en una colección de canciones que funciona especialmente bien cuando se escucha de principio a fin. Y después de terminarlo nos apetece volver a ponerlo. Esa es probablemente la prueba que más nos importa. 

TINY HABITS han conseguido hacer un disco contemporáneo a partir de una idea que parece sencilla y que, en realidad, ofrece posibilidades infinitas: tres voces que se escuchan entre sí y que saben exactamente cuándo convertirse en una sola. Para nosotros, KEEPERS es un 92 sobre 100.



MEJORES MOMENTOSLove Ruins Everything, Anything He Was,  Right In Front Of Me, Belt Loop, Someone You Love, Survivor's Guilt, Lonely Is A Silent Song... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 92/100

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