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miércoles, 24 de junio de 2026

DAMIEN JURADO PRESENTA A LILLY MILLER.

 


Los que nos seguís desde hace años sabréis que DAMIEN JURADO siempre ha tenido un espacio en este blog. Aunque hace tiempo que no reseñamos sus discos porque se ha vuelto incontinentemente prolífico y sus últimos álbumes a priori no estaban aportando nada nuevo a su discografía. 

Richard Swift, su productor y casi "hermano" fallece en 2018. Swift produjo cuatro de los discos más importantes de la etapa madura de Jurado: Saint Bartlett (2010), Maraqopa (2012), Brothers and Sisters of the Eternal Son (2014) y Visions of Us on the Land (2016).  

Muchos críticos consideran que esa colaboración transformó profundamente el sonido de Jurado. Swift aportó arreglos más expansivos, psicodélicos y atmosféricos, alejándolo parcialmente del folk más austero de sus primeros años.

La etapa posterior a The Horizon Just Laughed (2018) ya sin Richard Swift, ha sido una mezcla curiosa: una productividad casi inhumana, pero también cierta sensación de que algunos discos eran más bocetos o variaciones sobre una misma atmósfera que obras realmente diferenciadas. 

Con Reggae Film Star (2022) todavía había una idea conceptual fuerte detrás, además de un trabajo de producción más elaborado. Fue su 18.º álbum de estudio y cerraba bastante bien esa racha iniciada tras la muerte de Richard Swift

Luego llegó 2023 con tres álbumes ese mismo año: Sometimes You Hurt the Ones You Hate, Motorcycle Madness y Passing the Giraffes. Precisamente el primero marcó la ruptura con Spotify: Jurado anunció que dejaría de publicar allí debido a las bajas remuneraciones para los artistas, y ese disco fue el primero de su catálogo reciente que no apareció en la plataforma. 

En 2025 editó otros dos discos más: Motorcycle 25' y Private Hospital. Y por fin llegamos a 2026 y es el momento de poner el foco de nuevo en DAMIEN JURADO porque este nuevo álbum sí que aporta algo distinto y es bastante diferente de todo lo que había hecho hasta el momento. 

Se trata de un disco colaborativo entre DAMIEN JURADO & LILLY MILLER titulado DID SOMETHING IN ME BREAK? El álbum alterna canciones interpretadas por ambos -11 de Miller y 9 de Jurado-, de modo que no es simplemente un disco de Jurado con coros invitados, sino un auténtico diálogo entre dos voces y dos sensibilidades folk y parece que los problemas con Spotify se han solucionado porque está disponible y aparece dentro de la discografía actual de Jurado en la plataforma.

La gran pregunta a todo esto es quién es LILLY MILLER porque no hay demasiada información biográfica de la artista más allá de que es una cantautora de Seattle y que ya tenía música publicada antes de colaborar con Jurado. En su página de Bandcamp aparecen al menos dos lanzamientos previos a DID SOMETHING IN ME BREAK?: Silver Blue (2023) y After, now (2025). Además, tiene una web propia -Lilly Miller-, lo que indica que no es una debutante surgida exclusivamente para este proyecto. Hay un detalle que nos parece especialmente revelador. El periodista musical Lars Gotrich ha comentado que Jurado llevaba "un tiempo defendiendo y promocionando a esta compositora de Seattle". Eso sugiere que Jurado ya conocía y admiraba su trabajo antes de grabar el disco conjunto.

Lo que sí puede afirmarse con seguridad es que LILLY MILLER no actúa como mera colaboradora: compone e interpreta sus propias canciones, que constituyen algo más de la mitad del álbum (11 de las 20 pistas), y figura además entre los productores del disco junto a Jurado y Lacey Brown.

Un álbum como DID SOMETHING IN ME BREAK? destaca precisamente porque rompe la fórmula: cambia la dinámica vocal, introduce otro punto de vista compositivo y obliga a Jurado a salir un poco de su zona de confort. Después de tantos discos en solitario de tono introspectivo y minimalista, esa interacción con Miller resulta bastante revitalizante. Aunque tenemos la impresión de que DAMIEN JURADO admira realmente a LILLY MILLER y ha sido muy generoso compartiendo su espacio. Presentarla en sociedad y apadrinarla ha sido como entregar un gran regalo a sus seguidores. 

De hecho, las canciones de Jurado en el disco son más breves. Pero tienen una luminosidad que nunca se vió en esa época austera tras la muerte de Swift. Nos transmite algunas sensaciones que vivimos con Caught In The Trees (2008). Es cierto que este es el DAMIEN JURADO de 2026 y no estamos hablando de una regresión, pero sí de algunos destellos de una etapa que vista con perspectiva, probablemente fue una de las mejores de su carrera. Porque estamos hablando de un cantautor con más de treinta años sobre los escenarios. 

Con respecto a la crítica, la realidad es que sus dos últimos álbumes de 2025 y DID SOMETHING IN ME BREAK? de este 2026 no han tenido ninguna recepción crítica. Un artista como DAMIEN JURADO vive hoy en una especie de tierra de nadie. Ya no pertenece al circuito mediático que cubre los lanzamientos de forma sistemática, pero tampoco es un descubrimiento emergente que genere novedad. Si además publica discos con tanta frecuencia, muchos medios terminan desconectándose simplemente por saturación. No necesariamente porque los discos sean malos, sino porque el ciclo de atención actual está diseñado para otra cosa. 

Una pena porque se están perdiendo un álbum como DID SOMETHING IN ME BREAK? que es lo más fresco y diferente que ha presentado DAMIEN JURADO en años. 

Sobre LILLY MILLER sería muy fácil decir que es otra discípula más de Joni Mitchell. Lo primero que nos llamó la atención al escuchar sus canciones en el álbum fue que no recuerda tanto al universo habitual de Jurado como a la tradición de cantautoras folk de los años 60 y 70: Su forma de frasear tiene algo de la joven Joni Mitchell. Las melodías son más abiertas y luminosas que las de Jurado. Hay una sensibilidad muy narrativa y confesional. Canciones como Cathedral, Ancient Ritual o January Song tienen ese aire de folk íntimo que podría emparentarse también con Judee Sill, Vashti Bunyan o incluso ciertas etapas de Sandy Denny. Con las que encontramos mucha más relación que con Mitchell.

Por nuestra parte, consideramos que DID SOMETHING IN ME BREAK? podría suponer casi una rareza en la discografía de DAMIEN JURADO. Pero era justo el disco que nos apetecía escuchar en este momento y el que nos ha reconciliado con él. Porque decidimos dejar de seguirle la pista deliberadamente cuando comenzó a publicar tres discos por año. Nuestra nota para este álbum se mantiene en el 90 sobre 100 con el que siempre hemos puntuado sus álbumes. Y sobre todo, bienvenida LILLY MILLER. Estamos convencidos de que volveremos a hablar de tí.  



MEJORES MOMENTOS: Cathedral, Ancient Ritual, January Song, River Down, Cardinal, Twenty Eight, Like The Cold, Fire, Anna... 

MEDIA CRÍTICA:----

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

lunes, 22 de junio de 2026

JOSH CONWAY ENCUENTRA SU VOZ.

 



JOSH CONWAY es un músico, intérprete, multiinstrumentista, DJ y productor de Los Ángeles que hasta ahora era más conocido por su trabajo detrás de la banda The Marías de la que es cofundador junto a la cantante María Zardoya. De hecho, se conocieron cuando él trabajaba como técnico de sonido en un local de Los Ángeles donde ella actuaba. 

Dentro de la banda no solo es el batería: también ha sido una pieza clave en la producción y composición del sonido característico del grupo. Participó como compositor en la canción Otro Atardecer de Bad Bunny para el álbum Un Verano Sin Ti (2022), ganador del Grammy al Mejor Álbum de Música Urbana y recibió una nominación al Grammy por su trabajo de ingeniería y producción en Cinema (2021) el álbum debut de The Marías, lo que refleja que su reputación va más allá de tocar instrumentos y que es un solvente compositor y productor al margen de su trabajo con The Marías

PLUM es su primer disco como solista. Lo ha descrito como un trabajo muy personal sobre relaciones, autoconocimiento y exploración emocional. Fue grabado entre Joshua Tree, Los Ángeles y París. Musicalmente, PLUM se aleja un poco del sonido más elegante y cinematográfico de The Marías y explora una mezcla de indie pop, electrónica y rock psicodélico con letras mucho más introspectivas.

Escuchando PLUM se nos ha venido a la memoria Ben Howard y lo mencionamos para que el lector pueda ubicar un poco a Conway, no porque hagan exactamente lo mismo. Ambos tienen una forma parecida de construir atmósferas: canciones que parecen más interesadas en crear un estado emocional que en exhibir un estribillo contundente. 

En PLUM también encuentramos esa sensación de espacios abiertos y de producción orgánica que evoca la deriva contemplativa del Ben Howard de Noonday Dream (2018), sustituyendo el folk expansivo por una paleta más electrónica y psicodélica. Aunque también apunta a algo diferente: canciones claramente definidas, con identidad propia, pero unificadas por una estética común. Es una cohesión que nace del lenguaje musical, de la producción y del tono emocional, no tanto de una arquitectura conceptual que convierta el álbum en una única pieza extensa. Aunque algunos medios han señalado influencias de The 1975 o Bleachers, la referencia que mejor nos ayuda a contextualizar el álbum es Ben Howard




Muchos discos recientes confunden cohesión con homogeneidad. PLUM evita esa trampa. Sus canciones conservan contornos nítidos y personalidad propia, pero la unidad del álbum emerge de una sensibilidad compartida más que de la repetición de fórmulas. O dicho de otra manera: un disco puede sentirse como un todo sin sacrificar la individualidad de sus partes. 

En PLUM no parece haber una narrativa conceptual cerrada ni una historia unificada al estilo de un álbum conceptual. Más bien se presenta como un conjunto de canciones unidas por un mismo hilo emocional. Conway adopta un enfoque personal e introspectivo, centrado en las relaciones, la memoria emocional y los procesos de cambio. La intención parece ser más la de capturar estados de ánimo que la de construir una narrativa lineal, apoyándose en una producción que prioriza la textura y la sensación por encima del discurso explícito.

PLUM es un disco ligero ideal para escuchar este verano. Pero no confundamos. Hay una diferencia importante aquí entre: ligereza como una intención estética que proporciona placer, accesibilidad y fluidez; y ligereza como falta de profundidad. PLUM es un disco que puede funcionar en contextos relajados sin exigir una escucha analítica constante. Pero eso no impide que las letras o la estructura escondan capas más intensas debajo que evoquen cierta melancolía. 

De momento solamente Clash ha escrito una reseña y ha valorado el álbum con un 80 sobre 100. Es la nota que ha recogido el agregador AOTY y, de momento, es una nota superior a sus dos álbumes con The Marías. Quienes nunca hayan terminado de conectar con la propuesta de The Marías podrían encontrar en PLUM una puerta de entrada más accesible al universo creativo de Conway. Aquí la producción sigue siendo rica y detallista, pero las canciones ocupan el centro del escenario con una claridad que a veces se echa de menos en los trabajos de su banda principal. 

Por nuestra parte tenemos que decir que a pesar de que varias canciones funcionan perfectamente de forma independiente, PLUM encuentra su verdadera dimensión cuando se escucha de principio a fin. Conway parece menos interesado en construir grandes momentos aislados que en sostener un clima emocional continuo donde cada tema aporta matices a una experiencia más amplia. Nuestra nota es un 85 sobre 100.

  


MEJORES MOMENTOS: forget him, belly breathing, focus, crumble, breathless... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

viernes, 19 de junio de 2026

KELSEY LU: UN EXORCISMO ÍNTIMO.

 


KELSEY LU es una cantante, compositora y violonchelista estadounidense (North Carolina, 1991). Recientemente ha publicado su segundo álbum de estudio titulado SO HELP ME GOD del que hablaremos hoy. Tuvo un prometedor debut con Blood (2019) por el que recibió elogios por combinar arreglos de cuerda, pop alternativo y experimentación sonora. La espera hasta llegar a este segundo trabajo ha merecido la pena.

Kelsey creció en una familia profundamente vinculada a la música: su padre era percusionista y su madre pianista. Fue criada dentro de la fe de los Testigos de Jehová y lo considera una experiencia que ha influido en muchos aspectos de su identidad artística y personal. Aunque KELSEY LU se alejó hace años de ese entorno religioso en el que creció, la dimensión espiritual sigue siendo central en su obra. Sin embargo, SO HELP ME GOD no aborda la fe desde la obediencia doctrinal ni desde el ajuste de cuentas. El álbum parece más interesado en reconstruir una relación personal con lo trascendente, convirtiendo el dolor, el amor y la vulnerabilidad en experiencias casi sagradas. 

KELSEY LU se ha identificado públicamente como queer en distintas entrevistas a lo largo de su carrera. Aunque decir que SO HELP ME GOD es un disco queer o sobre ser queer sería una mentira. La identidad queer de KELSEY LU forma parte del trasfondo desde el que surge el álbum, aunque SO HELP ME GOD no se articula como una obra de reivindicación identitaria. Su aproximación a la espiritualidad, el deseo y la transformación personal puede leerse desde una sensibilidad queer, especialmente por su interés en cuestionar las estructuras heredadas y construir formas alternativas de pertenencia y trascendencia. 

Hasta SO HELP ME GOD Kelsey era conocida por integrar el violonchelo en contextos de pop contemporáneo y R&B. Combinar influencias clásicas, gospel, soul, electrónica y música experimental. o crear obras con una fuerte dimensión visual, performativa y cinematográfica. 

Entre Blood (2019)SO HELP ME GOD, pasaron siete años. Pero KELSEY LU no desapareció: se convirtió en compositora cinematográfica. Las partituras para la película Earth Mama (Savanah Leaf, 2023) y para el documental de Netflix Daughters (Angela Patton y Natalie Rae, 2024) parecen haber hecho evolucionar su manera de escribir. 

En lugar de canciones concebidas como piezas autónomas, SO HELP ME GOD se despliega como una secuencia de paisajes emocionales; un álbum que piensa en términos de atmósfera, tiempo y montaje, como si cada tema fuera una escena dentro de una película interior. Incluso encotraremos cortes como Reaper o American Sonnet -basado en el poema de Wanda Coleman- con una duración entre siete y ocho minutos que avanzan más por acumulación emocional que por estructuras pop convencionales. El disco parece menos interesado en encadenar canciones que en construir espacios sonoros habitables. Aunque tiene la particularidad de darnos ambas cosas y además conseguir una cohesión sonora casi perfecta. 

Si hablamos de sonoridad, aunque suele clasificarse como art pop, chamber pop o chamber folk, SO HELP ME GOD se entiende mejor como un disco de cantautora que incorpora elementos de esos géneros sin someterse a ninguno. Las cuerdas, las capas ambientales y la producción detallista conviven con una escritura centrada en la voz y la emoción. Frente a las composiciones más etéreas aparecen momentos de mayor fricción, como Running to Pain o el extraordinario cierre Cutting Off the Head of a Ghost, que aportan tensión y dinamismo a un álbum que rehúye tanto el minimalismo folk como el exceso ornamental del pop de estudio.  

La presencia de la poetisa Wanda Coleman en los créditos de SO HELP ME GOD no es anecdótica: revela hasta qué punto KELSEY LU concibe el álbum como un espacio donde la canción dialoga con la poesía, el cine y otras formas de narración artística.

En cuanto a la producción de este álbum, además de KELSEY LU nos encontramos con cuatro productores acreditados: Yves Rothman, Jack Antonoff, Bapari y Laura Sisk. Con Antonoff suele ocurrir que muchos oyentes identifican rápidamente ciertos rasgos. En algunos proyectos su firma sonora es tan reconocible que termina formando parte de la conversación crítica. En SO HELP ME GOD, sin embargo, cuesta escuchar el disco y pensar inmediatamente: "es un disco de Antonoff".


 

La presencia dominante sigue siendo KELSEY LU. El violonchelo, las estructuras poco convencionales, la dimensión espiritual, la mezcla de música de cámara, ambient, soul y experimentación son elementos que ya estaban en Blood y que incluso se han intensificado. De hecho, si alguien nos hiciera escuchar el álbum sin créditos, probablemente pensaríamos antes en Yves Rothman que en Antonoff. Rothman tiene experiencia en territorios donde el pop se vuelve más abstracto, más textural y menos dependiente de la canción tradicional. Hay momentos del disco donde la producción parece construida alrededor de atmósferas y espacios acústicos más que de ganchos melódicos, algo que encaja bastante bien con la evolución de Lu desde las bandas sonoras. 

Al fin y al cabo KELSEY LU es una artista difícil de vampirizar por el resto de productores. Hay músicos cuya identidad está muy ligada a una voz, un repertorio o un género concreto y pueden acabar absorbidos por una maquinaria de producción. Lu llega con un lenguaje propio muy desarrollado: el violonchelo no es un adorno, la relación con la música clásica es real, la dimensión performativa también, y además tiene una concepción muy visual y narrativa de la música. 

Es difícil que un productor externo sustituya todo eso. De hecho, una lectura posible del disco es que los productores funcionan aquí más como coloristas que como arquitectos. La arquitectura parece ser de Lu. Los productores aportan matices: una textura de guitarra aquí, una transición allí, una manera determinada de tratar la voz o el espacio sonoro. Pero la estructura profunda del álbum -su tempo emocional, sus obsesiones temáticas, su manera de expandir las canciones hasta convertirlas en paisajes- parece venir de ella.

La lista de colaboradores que incluye a Kim Gordon, Sampha, Oli Jacobs o Kamasi Washington no funciona como una suma de estrellas invitadas, sino como una constelación de lenguajes musicales que el álbum integra sin perder su centro de gravedad. Lejos de diluir la autoría, estos aportes amplían el campo de posibilidades sonoras de KELSEY LU sin desplazarla del núcleo creativo del disco. Ese conjunto de nombres ya nos está diciendo claramente que estamos ante un disco que se sitúa en una zona muy deliberada de ambición sonora y artística.

En el plano narrativo, SO HELP ME GOD evita la estructura confesional o autobiográfica tradicional. Más que relatar acontecimientos concretos, las canciones exploran estados de tránsito: la pérdida, la transformación, la vulnerabilidad, el deseo de sanar y la búsqueda de sentido. KELSEY LU utiliza imágenes que oscilan entre lo corporal, lo espiritual y lo onírico para construir un universo donde el dolor no aparece como un destino final, sino como una experiencia capaz de generar cambio. 

El álbum avanza entre fantasmas del pasado, crisis de fe, relaciones afectivas y procesos de reconstrucción personal, configurando una narrativa fragmentaria pero coherente en torno a la idea de la transformación. 

El disco no gira tanto alrededor de la identidad como ocurría en Blood. Allí había una necesidad de definirse frente a un pasado muy concreto. En SO HELP ME GOD la identidad parece ya asumida. La pregunta no es "¿quién soy?", sino "¿cómo vivo con mis heridas, mis deseos, mis contradicciones y mi necesidad de creer en algo?". Eso le da al álbum una madurez narrativa notable y tenemos que volver irremediablemente al poderoso cierre con Cutting Off the Head of a Ghost que no es una conclusión teológica, sino una forma de liberación espiritual. Una especie de exorcismo íntimo y no ofrece una resolución completa, pero sí la sensación de haber atravesado un proceso de confrontación y desprendimiento. Más que una conclusión, parece el final de un rito de paso.  

La crítica le ha otorgado una media de 82 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: The Skinny 100/100; Paste 83/100; NME y The Guardian 80/100; Pitchfork 77/100 y The Line Of Best Fit 70/100.

Por nuestra parte, SO HELP ME GOD confirma a KELSEY LU como una de las voces más singulares e inquietas de la música contemporánea. Es un disco ambicioso, emocionalmente complejo y extraordinariamente cohesionado, capaz de integrar tradición clásica, sensibilidad de cantautora, experimentación sonora y una búsqueda espiritual genuina sin que ninguna de esas dimensiones anule a las demás. Su apuesta por las atmósferas, los desarrollos largos y la contemplación puede exigir paciencia a algunos oyentes y en ciertos momentos sacrifica inmediatez en favor de la inmersión, pero esa misma decisión forma parte de su identidad artística. No es un álbum pensado para impresionar con grandes gestos, sino para desplegarse poco a poco y revelar nuevas capas con cada escucha. Por la solidez de su propuesta, la madurez de su escritura y la personalidad que desprende de principio a fin, SO HELP ME GOD merece una valoración de 88 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Cutting Off The Head Of A Ghost, Portrait Of A Lady On Fire, Better Than That, Running To Pain, Reaper, Confort... 

MEDIA CRÍTICA: 82/100

NUESTRA VALORACIÓN: 88/100

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