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martes, 8 de septiembre de 2026

LUCY YEGHIAZARYAN: REVIVIENDO LOS STANDARDS.


Hay algo en la historia de LUCY YEGHIAZARYAN que nos ayuda a entender su música incluso antes de escucharla. Nacida en Armenia y emigrada a Estados Unidos cuando tenía once años, Yeghiazaryan llegó a Nueva York en 2015, después de haber ido descubriendo el jazz al otro lado del Atlántico. Desde entonces ha ido construyendo una carrera con una naturalidad que resulta más fácil de apreciar cuando observamos el camino recorrido: cuatro álbumes como líder y una relación cada vez más profunda con una tradición que conoce bien, pero que nunca parece aceptar como algo cerrado. 

HEY LOVE! llega después de Blue Heaven (2019), In Her Words (2021) y Beside the Golden Door (2024), tres discos que, vistos ahora en perspectiva, parecen capítulos de una misma búsqueda. En el primero encontrábamos a una cantante instalada en el repertorio jazzístico; en In Her Words, compartiendo proyecto con Vanisha Gould, aparecía una mayor voluntad de ampliar ese territorio; y en Beside the Golden Door se producía probablemente el verdadero punto de inflexión. Allí la experiencia armenia de Yeghiazaryan dejaba de ser un dato biográfico para convertirse en materia artística, poniendo en contacto canciones de su cultura de origen con la tradición musical estadounidense que había hecho suya. 

HEY LOVE! supone en cierta medida un regreso. Pero no un regreso al punto de partida. Yeghiazaryan vuelve al jazz vocal, a los standards, al swing y al blues con una seguridad que no teníamos por qué encontrar en su primer disco. A estas alturas resulta difícil considerarla una promesa que todavía esté buscando su lugar, pero tampoco estamos ante una artista cuya trayectoria haya alcanzado ya ese grado de reconocimiento internacional que acompaña a nombres como Stacey Kent. Estamos en un momento especialmente interesante: el de una cantante con una personalidad suficientemente definida como para que podamos reconocerla, pero con todavía mucho terreno por delante para descubrir hasta dónde puede llevarla. 

Y eso hace que HEY LOVE! resulte especialmente estimulante. Canciones con historia El repertorio es, en su mayor parte, ajeno. Solo Hey Love!, la canción que da título al álbum, aparece como composición de la propia Yeghiazaryan. El resto procede de autores pertenecientes a distintas generaciones de la tradición jazzística y del cancionero estadounidense. Nos encontramos con Jimmy Van Heusen y Johnny Mercer en I Thought About You y con Van Heusen y Sammy Cahn en Come Dance With Me; con Duke Ellington, Irving Gordon y Mercer Ellington en Tonight I Shall Sleep With a Smile on My Face; con Cy Coleman y Carolyn Leigh en Witchcraft; con Richard Rodgers en Loads of Love; y con Saul Chaplin, Sammy Cahn y Hy Zaret en Dedicated to You. También aparecen canciones menos transitadas como Next Spring, de Marvin Jenkins; Blow Top Blues, de Leonard Feather, o Love Is a Simple Thing, de Arthur Siegel y June Carroll

Algunas de ellas tienen detrás una historia especialmente significativa. Witchcraft está inevitablemente asociada a Frank Sinatra, mientras que Lover Man pertenece para siempre al imaginario de Billie Holiday, aunque haya sido interpretada posteriormente por infinidad de músicos. Come Dance With Me nos lleva de nuevo a Sinatra y a aquellas sesiones con Billy May que convirtieron la canción en uno de los grandes ejemplos del swing vocal de finales de los cincuenta. Y Dedicated to You tiene una referencia que para nosotros resulta particularmente significativa: la extraordinaria grabación de Johnny Hartman con John Coltrane en 1963. En el disco de Yeghiazaryan, la canción adquiere otra dimensión: Lucy la canta a dúo con Johnny O’Neal, que además se sienta al piano. El resultado es un cierre íntimo, casi conversado, en el que la tradición del jazz vocal parece pasar de una generación a otra sin necesidad de grandes gestos. 

Sin embargo, Yeghiazaryan no parece acercarse a estas canciones como quien entra en un museo para contemplar piezas que deben permanecer intactas. Las canciones tienen historia, pero no están embalsamadas. Esa es probablemente una de las claves de su personalidad: entiende el jazz como una música viva, una música que cada intérprete vuelve a contar desde su propio presente. 

Por eso resulta especialmente acertado que junto a algunos standards tan reconocibles haya recuperado composiciones bastante menos frecuentadas. No necesita demostrar originalidad escogiendo exclusivamente material raro, ni necesita refugiarse en los clásicos más conocidos para asegurarse el aplauso. Puede cantar Lover Man después de Billie Holiday y Witchcraft después de Sinatra porque sabe que una canción no termina con la interpretación que la hizo famosa. 

Y, en medio de todo ello, aparece Hey Love!, su propia composición. Es una pieza breve pero importante dentro del discurso del álbum: por primera vez la voz de Yeghiazaryan no llega a nosotros a través de una canción heredada, sino que se incorpora directamente a esa tradición que lleva años explorando.




La comparación con otras grandes cantantes resulta inevitable, pero también delicada. En Yeghiazaryan podemos encontrar ecos de varias de ellas sin que resulte sencillo reducirla a ninguna. La influencia que probablemente se percibe con mayor claridad es la de Carmen McRae. Está en el fraseo, en esa manera de entrar en las palabras sin precipitarse y, sobre todo, en la inteligencia con la que administra una melodía. McRae tenía una extraordinaria capacidad para hacer que cada frase pareciera una conversación, y Yeghiazaryan comparte esa cualidad. No canta por encima de la canción: entra en ella.

De Billie Holiday encontramos algo diferente. No tanto la voz ni la famosa fragilidad de su timbre, sino una concepción del tiempo y de la palabra. Yeghiazaryan entiende que cantar jazz no consiste únicamente en reproducir una melodía correctamente. Una sílaba puede retrasarse, una frase puede respirar de otra manera, una palabra puede adquirir un peso inesperado. En Lover Man, además, se permite apartarse del recuerdo de Billie y llevar la canción a un terreno más vivo y rítmico. No intenta competir con Holiday; simplemente nos demuestra que la canción todavía puede ser otra cosa. 

Con Sarah Vaughan comparte el dominio técnico y una afinación que nunca parece estar en peligro, pero Yeghiazaryan es menos proclive a utilizar la voz como instrumento de exhibición. Vaughan podía convertir una canción en una demostración de posibilidades vocales. Lucy prefiere que la técnica permanezca en segundo plano. Sabemos que está ahí porque todo funciona, no porque necesite mostrárnosla. 

Y quizás la comparación más reveladora sea la de Shirley Horn. En ambas encontramos una relación muy particular con el espacio y con el silencio, una cierta resistencia a llenar cada compás y una confianza enorme en que una canción puede sostenerse sin necesidad de adornarla constantemente. Horn convirtió esa economía en una de las características fundamentales de su estilo. Yeghiazaryan todavía está construyendo su propia versión de esa cualidad, pero resulta evidente que entiende el principio. 

Con Stacey Kent la comparación funciona de otra manera. Ambas poseen una relación muy natural con el repertorio y una forma de cantar que evita la grandilocuencia. Pero mientras Kent ha desarrollado una identidad internacional muy reconocible a lo largo de varias décadas, Yeghiazaryan todavía está definiendo el alcance de la suya. Y quizás sea precisamente su historia armenia, esa doble pertenencia cultural que Beside the Golden Door hizo tan visible, la que pueda acabar distinguiéndola con mayor claridad. 

Ahí está lo genuinamente suyo. No en una determinada inflexión que podamos señalar como absolutamente inédita, sino en la suma de todo lo que ha vivido y escuchado. Armenia y Nueva York, el violín clásico y el jazz, el blues y el American Songbook, la experiencia de emigrar y la necesidad de encontrar una voz propia dentro de una tradición que no le pertenecía originalmente. 

Resulta curioso que cuatro álbumes después LUCY YEGHIAZARYAN siga siendo una artista relativamente poco conocida fuera de los círculos especializados. En los grandes agregadores de crítica musical sus discos aparecen todavía sin una valoración significativa, algo que dice más sobre la limitada presencia del jazz vocal en la crítica generalista que sobre la calidad de su música. 

Porque HEY LOVE! no necesita que lo presentemos como el descubrimiento de una cantante desconocida. LUCY YEGHIAZARYAN ya lleva años trabajando, grabando y compartiendo escenario con músicos de primer nivel. Lo que tenemos delante es algo más interesante: el retrato de una artista que ha alcanzado la madurez suficiente para enfrentarse a una tradición enorme sin sentirse intimidada por ella. 

Quizás el mayor mérito de HEY LOVE! sea precisamente su ausencia de ansiedad. No pretende revolucionar el jazz vocal ni demostrar que los standards están superados. Los canta porque todavía tienen algo que decir. Y cuando una intérprete conoce suficientemente bien una canción, puede permitirse escucharla de nuevo y descubrir en ella algo que otros no habían visto. Después de cuatro álbumes, LUCY YEGHIAZARYAN ya tiene una voz reconocible y un lugar propio dentro de la escena del jazz vocal. Todavía está por ver hasta dónde puede llegar. Pero discos como HEY LOVE! hacen que nos interese mucho seguirla de cerca para comprobarlo.



MEJORES MOMENTOS: Es un disco de Jazz. Todo el repertorio está muy bien escogido. Hay que escucharlo de principio a fin sin usar el modo aleatorio. 

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

lunes, 7 de septiembre de 2026

EL GRAN MOMENTO DE RAVYN LENAE

 


Hemos seguido a RAVYN LENAE desde el principio, aunque no todos sus discos han merecido el mismo grado de atención por nuestra parte. Hypnos (2022) su debut pasó por nuestro filtro sin llegar a convertirse en una reseña: escuchamos el disco, lo valoramos, lo pusimos en un post de álbumes no reseñados y seguimos adelante. Hay demasiada música como para escribir sobre todo y también creemos que hay que filtrar un poco lo que llega a nuestros lectores. Aquel álbum, sinceramente, no nos parecía que justificara dedicarle nuestro tiempo. Nos dejaba la sensación de estar ante otra cantante de R&B más, técnicamente competente pero demasiado intercambiable como para que necesitáramos saber qué podía hacer después. 

Bird's Eyes (2024), su segundo álbum, cambió bastante las cosas. Allí ya aparecía una artista competitiva, con potencial suficiente como para que mereciera nuestra atención. La reseña que le dedicamos fue breve y, además, compartida en un post de álbumes repescados. BLUE ISLAND, sin embargo, ha cambiado nuestra manera de acercarnos a ella. Esta vez hemos querido dedicarle una reseña extensa e individual porque creemos que se lo ha ganado. Y no solo porque el disco nos haya gustado más que los anteriores. Hay algo más importante: por primera vez sentimos que RAVYN LENAE ha dejado de ser una más y ya tiene un nombre propio en la música contemporánea. 

Una de las primeras cosas que nos llamó la atención de BLUE ISLAND fue comprobar, ya en su segunda o tercera canción, que esto no iba a ser lo de siempre. Y nos alegró muchísimo. Hemos escuchado el disco varias veces y todavía seguimos volviendo a él, hasta el punto de estar escuchándolo mientras escribimos estas líneas. Eso suele ser una señal bastante más fiable que cualquier intento de justificar retrospectivamente por qué un álbum nos parece bueno. 

El cambio de dirección es evidente. Su segundo álbum se movía entre el R&B contemporáneo y el Neo-Soul, con elementos de Bedroom Pop, Soul psicodélico y Pop Rock. BLUE ISLAND conserva el R&B contemporáneo, pero desplaza buena parte del centro de gravedad hacia el Alt-Pop, el Pop Rock, el Sophisti-Pop y la New Wave. Y creemos que ese cambio le sienta francamente bien. 

Quizás porque Lenae parece menos preocupada por demostrar algo. Hay menos intensidad, menos solemnidad y bastante más juego. No tenemos la sensación de que cada canción tenga que cargar con una enorme importancia emocional. Puede permitirse ser más inmediata, más melódica y más juguetona, y precisamente por eso nos resulta más interesante. Nos gusta especialmente que no parezca obsesionada con demostrar que es una gran cantante. Puede cantar muy bien sin convertir cada canción en una competición de beltings y melismas. Después de escuchar a tantas cantantes empeñadas en enseñarnos hasta dónde llega su voz, agradecemos profundamente que Lenae entienda que una canción no necesita ser un escaparate vocal para funcionar. 

También hay una evolución en su personalidad. En sus dos primeros discos podíamos hablar de potencial y de una artista capaz de competir, pero todavía costaba encontrar un sello inequívocamente suyo. Aquí empieza a aparecer una arista. Una combinación de géneros, melodías, producción, actitud y elegancia que hace que podamos reconocerla. No estamos ante una artista que simplemente haga bien lo que hacen otras. Estamos empezando a escuchar algo que pertenece a RAVYN LENAE

Las letras cuentan una historia bastante marcada por la indecisión sentimental. Las relaciones que se deshacen y vuelven a aparecer, las dudas y esa sensación de estar entrando y saliendo de una relación atraviesan buena parte del álbum. No nos ha molestado especialmente. Tampoco hemos escuchado BLUE ISLAND con las letras delante intentando reconstruir una narrativa completa. Hay discos que piden ese tipo de escucha y otros que no. Para nosotros este no lo necesita. Las letras son lo suficientemente buenas como para no insultar nuestra inteligencia y tampoco necesitamos que un disco pop como este nos presente una gran tesis sobre la condición humana. 

El cambio de sonido tampoco parece consecuencia de haber reducido la dimensión colectiva de su proceso creativo. Para su segundo álbum contó con 13 productores y Lenae compartió la composición con otros 36 coautores. En BLUE ISLAND vuelve a existir un equipo creativo enorme, con productores como DJ Dahi, Ely Rise, Flanafi, Alissia y Craig Balmoris, entre muchos otros, y otros 35 coautores además de la propia Lenae. 



Lo interesante, por tanto, no es cuánta gente participa en la creación del disco, sino lo que consiguen hacer con todas esas influencias. BLUE ISLAND tiene más amplitud estilística que su predecesor sin dar la sensación de estar intentando demostrar que puede tocar todos los palos. Ahí está precisamente una de sus virtudes: la variedad empieza a servir para construir una personalidad en lugar de diluirla. 

Las colaboraciones también ayudan. Doechii aparece en uno de los momentos que mejor representan esta nueva dirección. Su participación tiene algo que nos lleva vagamente a TLC, pero pasado por un filtro más sofisticado. Y lo importante es que su rap no entra en la canción como un cuerpo extraño. Estamos acostumbrados a escuchar canciones que introducen una parte rapeada casi a bofetadas, como si hubiera que meter hip-hop porque sí. Aquí no ocurre. La canción tiene casi estructura de balada y el rap de Doechii se integra perfectamente en ella, acompañándola sin romper su atmósfera. 

La colaboración con Dominic Fike ha tenido una recepción menos entusiasta y podemos entender por qué. Es una de las canciones que más se aparta del recorrido general del álbum y puede romper un poco el ritmo. A nosotros, sin embargo, sí nos parece una muy buena canción y celebramos mucho que esté en el álbum. Tampoco creemos que un disco tenga que ser perfectamente homogéneo para funcionar. Si BLUE ISLAND es precisamente el disco en el que Lenae empieza a jugar más, no nos parece contradictorio que exista algún desvío por el camino. 

BLUE ISLAND tiene actualmente una media crítica de 76 sobre 100, ligeramente inferior al 78/100 que obtuvo su álbum anterior. La diferencia, sin embargo, resulta más interesante cuando miramos el número de reseñas. El disco anterior fue valorado a partir de ocho críticas, mientras que BLUE ISLAND ha conseguido ya doce. Es decir, no estamos necesariamente ante una mejor recepción crítica, pero sí ante un disco que está recibiendo más atención. Y para una artista que seguimos desde su debut, eso también resulta significativo. 

Las valoraciones de BLUE ISLAND están distribuidas de la siguiente manera: NME 90/100; Still Listening 85/100; AllMusic, Clash, The Guardian y Rolling Stone: 80/100; Paste 75/100; Pitchfork 71/100; The Line of Best Fit 70/100; The Needle Drop y Exclaim! 70/100 y Slant Magazine 50/100. La recepción, por tanto, es mayoritariamente positiva, aunque bastante menos unánime de lo que podría sugerir la media.

Precisamente la crítica de Slant Magazine nos interesa porque es donde, claramente, aparece una interpretación del álbum que no compartimos. Su crítico entiende la indecisión que recorre las letras como un problema y encuentra una relación entre esa falta de resolución narrativa y la propia variedad estilística del disco. Donde nosotros escuchamos libertad, juego y una artista que empieza a diferenciarse, allí se percibe una falta de dirección. Y podemos entender perfectamente que alguien prefiera a la RAVYN LENAE del segundo álbum, que tenía una relación más directa con el Neo-Soul y el R&B alternativo. De hecho, pardójicamente las mejores valoraciones críticas las tienen sus dos álbumes anteriores. 

Pero no tenemos ningún problema en situarnos en el otro lado. Para nosotros, precisamente esa salida del molde es lo que hace que BLUE ISLAND funcione. No necesitamos que Lenae resuelva cada una de sus dudas sentimentales ni que cada giro estilístico tenga una justificación narrativa. Necesitamos que el conjunto tenga personalidad, que las canciones funcionen y que la artista nos dé razones para querer escuchar qué hará después. Y en este caso las tenemos. 

Además, Slant no había reseñado su álbum anterior, por lo que tampoco podemos utilizar su 50/100 como una evolución de su opinión sobre Lenae. Simplemente es la valoración más negativa que ha recibido este nuevo trabajo dentro de un conjunto de doce reseñas. 

Nosotros le otorgamos un  85 sobre 100 a BLUE ISLAND y está, por tanto, por encima de la media crítica y también por encima de la nota que obtuvo su anterior álbum. No porque pensemos que sea un disco perfecto ni porque creamos que Lenae haya alcanzado ya su techo. Al contrario: creemos que todavía puede crecer mucho y que, como le ocurre a cualquier artista que quiera mantenerse en primera línea, se verá obligada a reinventarse de alguna manera para no convertirse en una fórmula. 

Pero eso ya será su problema en su próximo disco. Ahora queremos quedarnos con algo que para nosotros tiene mucho más valor: RAVYN LENAE ha conseguido por fin dejar de parecer una cantante intercambiable. Su debut nos hizo pensar: "Oh No! más R&B del de siempre". El segundo nos enseñó que había una artista competitiva detrás de aquella primera impresión. BLUE ISLAND es el disco que nos ha permitido reconocerla. 

Ya no es simplemente una buena cantante de R&B con potencial. Ya no es alguien que podría hacer un buen disco si encontraba el camino adecuado. Ahora es RAVYN LENAE. Y después de haberla seguido desde aquel primer álbum que ni siquiera consideramos que mereciera una reseña, creemos que ha llegado el momento de darle el espacio que se ha ganado. 


MEJORES MOMENTOS: Handle, Reputation, Saturday Night, Baby Girl, Bobby, Familiar Dreams, Potential, In & Out...

MEDIA CRÍTICA: 76/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

viernes, 4 de septiembre de 2026

SARA BAREILLES: EL REGRESO DE UNA VOZ QUE PERMANECE.

 


No teníamos noticias de SARA BAREILLES desde Admist The Chaos (2019). Es cierto que desde que compusiera el musical Waitress plasmado en su álbum What's Inside: Songs From Waitress (2015), su vida artística dio un giro de 180º y su faceta de cantautora pop quizás ha estado menos presente en los últimos años. Pero ella no ha dejado de trabajar. La hemos visto como actriz en la serie Girls5Eva de Netflix y en los musicales Jesus Christ Superstar Live in Concert o Waitress: The Musical. Además de ser la co-creadora, productora ejecutiva y responsable de la música original de esa pequeña joyita que fue la miniserie Little Voice para Apple TV+.

Este 2026 regresa con GOOD GRIEF y a pesar de que Bareilles ha estado muy presente en Broadway, televisión y otros proyectos, pero no precisamente como figura central del ciclo pop contemporáneo. Siete años sin grabar es demasiado tiempo y se podría decir que GOOD GRIEF llega prácticamente como un regreso de culto.

Como anécdota recordar que SARA BAREILLES ha vinculado el lanzamiento y la gira a una iniciativa solidaria de salud mental, destinando a NAMI -la National Alliance on Mental Illness, una de las principales organizaciones estadounidenses dedicadas a la educación, el apoyo y la defensa de las personas afectadas por problemas de salud mental- el 100 % de los ingresos de las ventas del álbum realizadas a través de su tienda y de los paquetes VIP de la gira. El gesto adquiere una dimensión especialmente coherente dentro de GOOD GRIEF, un disco construido alrededor del duelo, la pérdida y el proceso, a menudo nada lineal, de aprender a convivir con el dolor. De esta manera, el mensaje del álbum trasciende las canciones y se convierte también en una forma concreta de apoyar a quienes atraviesan momentos de vulnerabilidad emocional. 

Tampoco creemos que este álbum esté diseñado para generar grandes titulares. El concepto es íntimo: además de tratar temas como la pérdida y el duelo. También habla de amistad, fertilidad, recuperación y aceptación. Es un álbum adulto y bastante reflexivo, no un comeback era construido alrededor de un gran single viral.

Pero musicalmente hay bastante más ambición de la que podría parecer. Aaron Dessner participa en la producción y composición, hay colaboraciones con Brandi Carlile e Ingrid Michaelson, y el disco mezcla el terreno habitual de Bareilles con elementos folk, country y arreglos más atmosféricos. 

Lo que nos llama poderosamente la atención es la poca repercusión crítica que ha tenido hasta el momento. Después de una semana de su lanzamiento, solamente AllMusic ha emitido una valoración de 80 sobre 100. Y nos extraña porque se trata de SARA BAREILLES, la autora de The Blessed Unrest (2013). Os recuerdo que no fue simplemente un disco de una cantante conocida: fue un álbum que le consiguió una nominación a Album of the Year en los Grammy de 2014. Bareilles ya había demostrado que podía competir en ese espacio cuando la industria le prestaba atención.





GOOD GRIEF, salió sin una campaña mediática gigantesca y aun así parece estar encontrando poco a poco a la gente que necesita escucharlo. Quizás el mayor problema no sea el álbum, sino que SARA BAREILLES puede que ya no ocupe el lugar cultural que ocupaba en 2014. 

Y existe cierta conexión con The Blessed Unrest (2013) con GOOD GRIEF. Es inevitable relacionarlos, no tanto porque ambos discos compartan exactamente el mismo sonido, sino porque recuperan una misma manera de entender la canción pop: partir de una emoción profundamente personal y convertirla en algo melódico, cercano y universal. En ambos álbumes, SARA BAREILLES encuentra un equilibrio muy particular entre vulnerabilidad y luminosidad, entre canciones que hablan de heridas reales y una música que nunca se recrea completamente en la oscuridad. GOOD GRIEF recupera así a la Bareilles más reconocible, la que sabe hacer del piano, la voz y una gran melodía herramientas suficientes para sostener emociones complejas.

Sin embargo, reducir esa conexión a The Blessed Unrest sería ignorar todo lo que ocurrió entre ambos discos. Amidst the Chaos funciona como un puente evidente: allí Bareilles llevó su escritura hacia un terreno más adulto, orgánico e introspectivo, al mismo tiempo que se alejaba parcialmente de los sintetizadores y los detalles electrónicos de sus trabajos anteriores para abrazar una sonoridad más acústica y natural. GOOD GRIEF recoge esa evolución y la lleva a un formato más desnudo y emocionalmente directo. Por eso quizá la mejor manera de entender GOOD GRIEF sea como un punto de encuentro entre las dos etapas: tiene el ADN emocional de The Blessed Unrest, pero también la madurez y la sensibilidad sonora que Bareilles desarrolló a partir de Amidst the Chaos. No es una vuelta atrás, sino el reencuentro con una parte esencial de SARA BAREILLES desde un lugar completamente distinto.

Una de las cualidades más importantes de SARA BAREILLES es que antes que una cantante pop, es una comunicadora extraordinariamente eficaz. Puede que vocalmente haya artistas más espectaculares, o que haya compositoras con una paleta musical más innovadora, pero Bareilles tiene algo bastante diferenciador: sabe convertir una emoción concreta en algo que el oyente reconoce como propio. No se limita a decir "estoy triste" o "estoy enamorada"; suele encontrar el detalle, la imagen o la frase que hace que tú sientas la situación. Algo que explica muy bien que haya podido trasladarse a terrenos como la interpretación y el teatro musical. Para escribir musicales necesitas entender qué siente un personaje, por qué lo siente y cómo hacer que el público lo sienta también.  

También creemos que Bareilles traspasa la grabación original. Hay intérpretes técnicamente impecables que pueden cantar una canción perfectamente y, sin embargo, la emoción se queda en la grabación. Con Bareilles ocurre lo contrario. Cuando encuentra la canción adecuada, parece que la distancia de separación entre intérprete y oyente deaparece. Canciones de su repertorio como Gravity, She Used to Be Mine, I Choose You, Brave o incluso Uncharted. Son canciones muy distintas entre sí, pero tienen ese mismo mecanismo: la canción parece estar diciéndote algo, no simplemente se está interprentando delante de ti.

Además, no necesita sobreactuar para transmitir. Tiene una cierta vulnerabilidad en la voz, pero también sabe contenerse. Una frase cantada casi conversacionalmente puede resultar más devastadora que una gran nota. Por eso quizás GOOD GRIEF sea un regreso particularmente interesante. Después de tantos años, su principal arma no solamente sigue intacta, la ha perfeccionado. Sabe escribir sobre lo que siente y sabe hacer que tú sientas lo que está escribiendo. De hecho, es probablemente una de las diferencias más importantes entre una buena cantante y compositora y una artista que realmente deja huella.

Still Crying es buena prueba de ello. Una de las grandes canciones de GOOD GRIEF y, quizás, una de las que mejor resume su sensibilidad. Bareilles convierte el duelo en una pieza de elegancia casi atemporal, contenida pero profundamente emotiva, donde la melodía y las armonías tienen tanto peso como la propia interpretación. Hay algo clásico en su sonido, una calidez que incluso puede recordar a cierta tradición de la canción americana, pero también una fragilidad muy contemporánea en la manera en que aborda la pérdida. Es una canción triste sin ser devastadora, y precisamente ahí reside buena parte de su belleza: no intenta superar el dolor, sino aprender a convivir con él.

Al final, quizás lo más interesante de GOOD GRIEF sea precisamente que no necesita comportarse como un gran regreso. No hay voluntad de demostrar que SARA BAREILLES sigue siendo la misma artista que en 2013, ni de competir con un panorama pop que ha cambiado considerablemente desde entonces. Lo que encontramos es a una compositora que ha vivido, trabajado y evolucionado en otros territorios y que ahora vuelve a su propio lenguaje con una perspectiva diferente. Puede que GOOD GRIEF no vaya a convertirse en el acontecimiento pop del año, ni probablemente lo necesite. Su valor reside en otro lugar: en demostrar que algunas voces no pierden relevancia porque desaparezcan durante un tiempo, sino que simplemente esperan a tener algo que decir. 

Y SARA BAREILLES tiene todavía mucho que decir. GOOD GRIEF es un álbum sereno, humano y sorprendentemente sólido que quizás llegue a nosotros en un momento en el que la industria ya no parece saber muy bien qué hacer con artistas como ella. Pero precisamente por eso resulta tan reivindicable. En una época obsesionada con el impacto inmediato, Bareilles apuesta por algo mucho más difícil de medir: canciones que permanecen. Puede que todavía no sepamos si GOOD GRIEF acabará siendo un nuevo clásico dentro de su discografía, pero sí sabemos que, siete años después, SARA BAREILLES ha vuelto a recordarnos por qué llegó a convertirse en una de las grandes compositoras de su generación. 



MEJORES MOMENTOS: Still Crying, Home, Just A Kid, Heartland, Nervous Breakdown, Salt Then Sour Then Sweet... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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