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jueves, 29 de octubre de 2026

MICHAEL KIWANUKA: SOLO ANTE EL PELIGRO.

 


Después de Small Changes (2024), un álbum más personal e introspectivo, MICHAEL KIWANUKA regresa con FUDGE, un trabajo que, desde la primera escucha, entra mejor que cualquiera de sus discos anteriores. Quizás esa mayor inmediatez melódica sea la primera diferencia que percibimos, aunque sería un error confundirla con una búsqueda de accesibilidad comercial. Kiwanuka sigue siendo Kiwanuka, con su particular manera de combinar soul, psicodelia y canción de autor, pero esta vez algunas de sus melodías nos atrapan con mayor facilidad. 

La trayectoria del músico británico es suficientemente sólida como para que cada nuevo lanzamiento se mida inevitablemente con los anteriores. Home Again (2012) todavía dejaba entrever una relación estrecha con la tradición del soul clásico, mientras que Love & Hate (2016) amplió considerablemente sus posibilidades expresivas y Kiwanuka (2019) consolidó una identidad artística que ya no necesitaba reivindicarse. Small Changes volvió a mostrar su vertiente más intimista. FUDGE, sin embargo, no parece interesado en continuar por el mismo camino, aunque tampoco pretende romper con lo que ha construido hasta ahora. 

La portada, con esos tonos violetas y rosas, podría hacernos pensar por un momento en una revisión de la música disco. Pero no tardamos en comprobar que el álbum se mueve por otros terrenos. El soul psicodélico y el soul progresivo conviven con melodías propias de la canción de autor y arreglos que remiten al rock y al folk contemporáneos. Esta última etiqueta quizás sea la menos evidente, pero está presente en la importancia que adquieren la composición, la guitarra y la voz, incluso cuando las canciones terminan desarrollándose en direcciones alejadas del formato tradicional del cantautor.

Si nos detenemos en las canciones, California es un buen ejemplo de esa capacidad para encontrar melodías que nos resultan familiares sin perder personalidad. Hay en ella una melancolía reconocible, pero también una naturalidad que hace que la canción funcione desde el primer momento. Move In My Direction produce una impresión parecida: nos recuerda a otras composiciones de Kiwanuka y, sin embargo, mantiene una identidad propia. Es una de esas canciones que nos conquistan desde la primera escucha y que no necesitan recurrir a grandes artificios para dejar huella. 

En Sing encontramos otra de las grandes virtudes del álbum. La melodía, la interpretación vocal y el desarrollo instrumental se complementan de tal manera que resulta difícil señalar un único elemento como responsable de su atractivo. La canción va creciendo hasta alcanzar una intensidad emocional considerable, demostrando que Kiwanuka no necesita modificar radicalmente su lenguaje para conseguir resultados excelentes. 

Tampoco ha renunciado a los desarrollos largos. Love In My Heart, con sus más de siete minutos, contiene extensos pasajes instrumentales que nos recuerdan que estamos ante un músico poco dispuesto a someter sus composiciones a una duración predeterminada. Stars, por su parte, introduce un contraste que rompe momentáneamente la continuidad sonora del álbum. Son momentos que impiden hablar de un trabajo completamente uniforme, aunque tampoco modifican demasiado la impresión general. 

Y ahí se podría hablar de la principal limitación de FUDGE. Las canciones son excelentes por separado, pero, cuando escuchamos el disco en su conjunto, echamos en falta un cambio de intensidad más pronunciado, un momento que altere el recorrido y rompa definitivamente el clima que se establece desde el principio. Stars cumple parcialmente esa función, pero es una excepción dentro de un álbum que mantiene una notable homogeneidad. Esa continuidad le proporciona coherencia, aunque también hace que, en determinados momentos, el conjunto pierda parte de la fuerza que tienen algunas de sus canciones cuando las escuchamos individualmente. 

La producción ayuda a entender tanto las virtudes como las particularidades del disco. Por primera vez en muchos años, Danger Mouse e Inflo no están al frente de un álbum de Kiwanuka. Su ausencia resulta especialmente significativa si tenemos en cuenta hasta qué punto han contribuido a definir el sonido de sus trabajos anteriores. No obstante, conviene aclarar que nunca hemos considerado que esas producciones fueran artificiosas. Al contrario, la riqueza de sus arreglos y la construcción de sus atmósferas han sido fundamentales para entender discos como Love & Hate o Kiwanuka. 




En FUDGE percibimos una aproximación más directa y espontánea. Kiwanuka asume el protagonismo creativo y trabaja junto a Dom Monks y Joe Connell, con las aportaciones de Rosie Danvers en los arreglos de cuerda. El álbum se gestó prácticamente en paralelo a Small Changes, pero nació de un proceso diferente, más ligado a la experimentación con los músicos de su entorno y menos condicionado por las expectativas de una gran producción. El resultado no es necesariamente mejor que el de sus anteriores trabajos, pero sí transmite una sensación distinta de proximidad. 

La autoría también refleja que esa independencia no equivale a trabajar completamente solo. Junto a Kiwanuka aparecen acreditados colaboradores como Alex Bonfanti, Graham Godfrey, Michael Jablonka y Steve Pringle en distintas composiciones. La autonomía artística del músico no depende, por tanto, de prescindir de cualquier colaboración, sino de encontrar una manera propia de dirigir el proceso creativo. 

Y es precisamente en este punto donde la narrativa del álbum adquiere un interés especial. Summer Clothes y Swings and Roundabouts, situadas al principio y al final, enmarcan el disco con las dudas de Kiwanuka sobre su capacidad para continuar sin sus colaboradores habituales. El propio músico ha explicado que Summer Clothes surgió de la incertidumbre ante el final de una relación creativa y la necesidad de encontrar su propio camino. La canción funciona así como algo más que una declaración de intenciones: nos introduce en el conflicto que acompaña al proceso de creación de FUDGE. 

Esa inseguridad contrasta con lo que encontramos al escuchar el resultado. No echamos de menos a Danger Mouse e Inflo. Su ausencia no deja un vacío que el álbum sea incapaz de llenar, ni diluye la personalidad que Kiwanuka ha construido a lo largo de su carrera. Al contrario, FUDGE demuestra que puede desenvolverse con solvencia fuera de esa asociación y que su identidad musical no depende exclusivamente de sus colaboradores más conocidos. La libertad que buscaba no se traduce en una ruptura radical, sino en una manera diferente de hacer las cosas. 

La recepción crítica refleja una valoración favorable, aunque menos entusiasta que la obtenida por algunos de sus predecesores. FUDGE alcanza una media de 80 sobre 100. Distribuida de la siguiente manera: The Arts Desk 100/100; God Is In The Tv 90/100; NME, Rolling Stone UK, Record Collector, Spill Magazine, The Independent, Mojo, The Guardian, Clash, AllMusic 80/100; Northern Transmissions y Paste 75/100; Uncut, Exclaim!, The Line Of Best Fit, Far Out Magazine 70/100. 

La concentración de puntuaciones en torno al 80/100 indica una acogida sólida, con valoraciones especialmente entusiastas como la de The Arts Desk y otras algo más reservadas. Si atendemos a la trayectoria de Kiwanuka, FUDGE es su segundo álbum con la media más baja, únicamente por encima de Home Again, que obtiene un 71/100. Los otros tres discos superan el 80/100, con Kiwanuka a la cabeza, con un 87/100. 

Podríamos interpretar esa diferencia como una señal de que el álbum no alcanza la ambición o la riqueza sonora de sus trabajos más celebrados. También podemos preguntarnos hasta qué punto las expectativas que acompañan a un artista de su nivel condicionan la recepción de cada nuevo lanzamiento. Cuando un músico mantiene una trayectoria tan consistente, resulta cada vez más difícil encontrar argumentos nuevos para explicar sus discos sin terminar comparándolos con los anteriores. Las diferencias de valoración pueden responder tanto a las particularidades de cada trabajo como a la necesidad de encontrar un ángulo crítico distinto. 

En cualquier caso, no creemos que FUDGE necesite reivindicarse. Es un disco muy bueno, con canciones que se sostienen por sí mismas y una identidad reconocible. Su principal debilidad está en la homogeneidad del conjunto, pero esa limitación no nos parece suficiente para rebajar considerablemente su valoración. La calidad de las composiciones, la interpretación vocal y la naturalidad de los arreglos compensan con creces la falta de un momento que rompa definitivamente la dinámica del álbum. 

En una primera escucha, FUDGE entra mejor que cualquier otro disco de Kiwanuka. En las sucesivas aparecen nuevos matices y detalles que enriquecen la experiencia, y creemos que el tiempo terminará situándolo en el lugar que merece dentro de su discografía. Quizás no nos haya sorprendido tanto como esperábamos. Pero..., honestamente, cuando alguien te da tantísimo en cada trabajo, tampoco pedimos que lo haga. Cuando un artista nos entrega un álbum de esta calidad, que no nos sorprenda no es ningún problema. Ojalá tres o cuatro discos de este nivel cada mes. Nuestra nota es un 90 sobre 100. 



MEJORES MOMENTOS: Sing, California, Just Another Moment, Stars, You Sent Me Flying, Move In My Direction... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

miércoles, 28 de octubre de 2026

REMI WOLF: CONCRETA Y SOBRIA.

 


MUD es el nuevo álbum de REMI WOLF y llegamos a él con unas expectativas más bien moderadas. Big Ideas (2024) nos pareció un buen disco, aunque nunca terminamos de compartir el entusiasmo que despertó entre buena parte de la crítica. Este, sin embargo, nos ha convencido bastante más. No porque Wolf haya dejado atrás su personalidad, su sentido del humor o esa manera tan suya de retorcer el pop, sino porque aquí encontramos una propuesta más concreta, unas cuantas canciones redondas y una cohesión que echamos en falta en su anterior trabajo. 

Desde los primeros compases, MUD consigue engancharnos. Hay una sensación de mayor orden, de ideas mejor delimitadas y de canciones que funcionan tanto por separado como dentro de un conjunto que tiene sentido. Wolf continúa siendo una artista directa, de las que no parecen tener demasiado interés en esconder sus miserias, sus contradicciones o sus deseos. Esa franqueza no es ninguna novedad en su discografía, pero aquí se integra en un relato emocional más definido, marcado por las rupturas, el agotamiento, la sobriedad y la necesidad de recomponerse después de atravesar una etapa complicada.

El alcohol ocupa un lugar especialmente importante en ese relato. Bottle introduce desde el principio una relación problemática con la bebida, mientras que Wine Drunk vuelve sobre ese territorio, aunque desde una perspectiva en la que se mezclan la atracción, el deseo y las relaciones sentimentales autodestructivas. No se trata de convertir cada canción en una confesión aislada, sino de entender cómo estas experiencias atraviesan el álbum y le dan una profundidad que va más allá de su superficie pop. La identidad queer de Remi también forma parte del contexto desde el que escribe y se relaciona con el mundo, una dimensión que merece tenerse en cuenta cuando ayuda a comprender sus letras, sin reducir su música a una sola faceta de su vida. 

En las entrevistas de promoción, Wolf ha hablado de la necesidad de encontrar un nuevo camino musical después de la gira de Big Ideas, del desgaste personal y de su deseo de escribir canciones capaces de emocionar incluso despojadas de buena parte de su producción. El barro del título (mud) funciona como una metáfora de ese proceso: atravesar una etapa turbia, aceptar las propias contradicciones y salir de ella transformada. Hay una búsqueda de madurez, sí, pero sin renunciar a la diversión ni a la energía que hacen reconocible su música. Al fin y al cabo, seguimos hablando de una artista pop que no necesita ponerse solemne para hablar de asuntos dolorosos. 

Esa evolución también se percibe en el sonido. Si Big Ideas se movía entre el pop rock, el dance-pop, el synth funk, el indie rock, el boogie y el pop soul, MUD concentra su propuesta en coordenadas más próximas al pop rock, el indie rock y el soft rock. Las etiquetas no explican por sí solas un disco, pero sí ayudan a entender la dirección que ha tomado Wolf: menos dispersión estilística y una identidad sonora más concreta. La mayor presencia de guitarras y de instrumentación orgánica favorece esa sensación de cohesión, y la producción deja que las canciones respiren sin renunciar a los arreglos cuidados ni a los estribillos pegadizos. 

También hay continuidad en el equipo de trabajo, aunque con algunos cambios. REMI WOLF vuelve a figurar entre los productores, junto a Solomonophonic, Jack DeMeo, Josh Conway, Jamie McLaughlin y Greg Kurstin. Ethan Gruska, presente en la órbita del disco anterior, no aparece en esta ocasión. En la autoría de las canciones encontramos de nuevo a Wolf, DeMeo y Solomonophonic, junto a GiGi Grombacher, McLaughlin y otros compositores. La sensación es la de un equipo que conoce bien el universo de la artista, pero que ha conseguido encauzarlo hacia un resultado más compacto. No necesitamos que cada canción explore un género distinto para que el álbum mantenga el interés; aquí funciona mejor la impresión de que todas forman parte de una misma conversación. 





La colaboración con John Mayer en Moon So High es, probablemente, la decisión que más nos desconcierta de entrada. La canción se mueve en un territorio de soft rock que parece más propio del repertorio de Mayer que del de REMI WOLF, hasta el punto de que por momentos tenemos la impresión de estar escuchando una canción suya con ella como invitada. Nos recuerda a esas colaboraciones inesperadas que P!nk incorpora ocasionalmente a sus discos, aunque aquí la afinidad estilística resulta más evidente. Una vez digerida, tampoco se nos indigesta: es una rareza curiosa que no llega a romper el conjunto. 

Conocer el origen de la colaboración ayuda a entenderla mejor. Wolf ha contado que Mayer fue uno de sus primeros referentes musicales, que llevaban tiempo en contacto y que decidió escribirle cuando tuvo claro que quería convertir Moon So High en un dueto. Él aceptó y ambos acabaron trabajando juntos en el estudio. Musicalmente, sin embargo, seguimos pensando que la canción mira más hacia el universo de Mayer que hacia el de ella. Entender una decisión artística no significa que tengamos que considerarla plenamente acertada. 

La recepción crítica de MUD plantea, además, una reflexión sobre el peso que concedemos a las puntuaciones agregadas. Northern Transmissions le otorga un 86/100; The Arts Desk y Exclaim!, un 80/100; Paste, un 75/100; Pitchfork, un 73/100; y AllMusic y NME, un 70/100. Son valoraciones que dibujan un consenso razonablemente favorable, aunque sin entusiasmo unánime. Sin embargo, aparece The Needle Drop de Anthony Fantano con su 40/100 y la media se queda en un 72 sobre 100, diez puntos por debajo del 82/100 de Big Ideas. 

Y es justo en ese punto donde conviene recordar que una media aritmética no es necesariamente una medida fiable de la calidad artística, del mismo modo que un veredicto especialmente estridente no se convierte por arte de magia en una verdad revelada. 

Hay críticos que parecen olvidar que el protagonista de una reseña debería ser el disco, no el ego de quien sostiene el bolígrafo. Aunque, claro, en la economía de la atención, siempre resulta tentador confundir ejercer la crítica con montar un espectáculo. MUD merece ser escuchado por lo que es, no quedar reducido a la sombra estadística de quien parece necesitar que su opinión haga más ruido que la porpia música. 

En definitiva, MUD nos parece un disco mejor que Big Ideas: más concreto en su propuesta, más cohesionado y con una colección de canciones que funciona con mayor naturalidad como conjunto. Sin embargo, mantenemos la misma puntuación que le otorgamos a su predecesor: un 85 sobre 100. No porque le falten méritos, sino porque, aun reconociendo el salto cualitativo, seguimos teniendo la impresión de que el gran disco de REMI WOLF está todavía por llegar. Y si algo demuestra MUD, es que tiene argumentos de sobra para mantener esa expectativa.



MEJORES MOMENTOS: Bottle, I Won't Cry, Twiggy, Champagne, Burn Me Blue, Wine Drunk, Moon So High... 

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

lunes, 26 de octubre de 2026

JESS WILLIAMSON: REBELDÍA DESDE LA MADUREZ.


 

A MILE SOUTH OF HEAVEN es uno de esos discos que necesitan tiempo para revelar todo lo que llevan dentro. Llegamos a este nuevo trabajo de JESS WILLIAMSON con el recuerdo todavía muy vivo de Time Ain't Accidental (2023), un álbum que seguimos escuchando y que puntuamos con un 93/100 y formó parte de nuestra lista de los mejores álbumes de su año de producción. La comparación resulta inevitable, pero conviene no confundir continuidad con repetición. Williamson ha ido construyendo una carrera lenta, pero segura, y este nuevo capítulo confirma que estamos ante una artista que ha encontrado su lugar sin renunciar a seguir explorando sus posibilidades.

Buena parte de la diferencia está en la producción. Brad Cook había contribuido a dar a Time Ain't Accidental una personalidad particular, mientras que aquí encontramos a Shooter Jennings al frente de un sonido mucho más arraigado en la tradición de Nashville. La producción es brillante, generosa en arreglos y muy alejada de cualquier planteamiento minimalista. El Alt-Country y el Indie Folk adquieren un protagonismo mayor, aunque las raíces de la Americana y del formato clásico de cantautora siguen estando ahí. No se trata de una ruptura, sino de una evolución que amplía el lenguaje musical de Williamson sin hacer que deje de sonar a sí misma. 

El country tradicional tampoco convierte el disco en una obra conservadora. Al contrario, encontramos una interesante tensión entre un sonido que mira hacia atrás y una manera de entender la vida que reivindica la independencia. La carretera, presente también en la portada, se convierte en el escenario de un viaje físico e interior. Nos imaginamos recorriendo paisajes polvorientos, con destino a Nashville y alguna parada en el cañón del Colorado, mientras las canciones nos llevan de un lugar a otro sin necesidad de encontrar una meta definitiva. Hay algo de rebeldía en ese movimiento, pero es una rebeldía desde la madurez: la libertad de no tener que pertenecer a ningún sitio, de aceptar las contradicciones y de comprender que no siempre necesitamos llegar a alguna parte. 

La propia Williamson ha explicado que el título de este álbum alude a esa distancia que nos separa de los objetivos imposibles que nos imponemos. Siempre queda algo por alcanzar, siempre estamos a una milla de ese cielo que imaginamos. Quizás la cuestión consista en aprender a apreciar dónde estamos ahora. Es una imagen sugerente, cargada de profundidad, aunque el álbum no se agota en ella. Las canciones abordan distintas facetas de la vida y encuentran matices propios, sin quedar reducidas a una única interpretación. 

En ese sentido, la voz de Williamson funciona con un equilibrio admirable. No necesita alardes ni exhibiciones innecesarias; transmite y cuenta lo que tiene que contar, siempre al servicio de las canciones. La interpretación, las composiciones y los arreglos forman un conjunto coherente, en el que la producción aporta riqueza sin desplazar el centro emocional. Es precisamente esa capacidad para encontrar la medida adecuada lo que hace que un álbum tan elaborado conserve su cercanía. 





Y entre las canciones encontramos dos ejemplos interesantes de esa variedad. High Heels and Blue Jeans aborda el empoderamiento femenino de una manera bastante directa, incluso obvia, pero eso no impide que funcione. En un contexto en el que la autonomía de las mujeres sigue siendo objeto de discusión, tampoco tenemos por qué exigir que cada reivindicación aparezca envuelta en complejidad. A veces, mantener ciertas ideas presentes ya tiene su valor. La existencia de una escena de compositoras que desarrollan sus carreras, colaboran y se apoyan mutuamente también posee una dimensión cultural y política. Williamson forma parte de ese ecosistema, y su trayectoria resulta aún más interesante cuando la observamos junto a la de otras creadoras. 

Pero nuestra debilidad particular es Dark Day in Dallas, una canción redonda en todos los sentidos. Es la única del álbum cuya composición comparte Williamson con Lola Kirke, Courtney Marie Andrews, Katie Pearlman y Cornelia Murr, y cuesta no celebrar el encuentro. La colaboración tiene algo de acontecimiento, sobre todo teniendo en cuenta nuestra admiración por Andrews y el interés que despierta la participación de Kirke como compositora. Sin embargo, el disco sigue siendo inequívocamente de Williamson. Este encuentro no diluye su identidad, sino que añade un matiz especial a una obra esencialmente personal. 

La canción está dedicada a la madre de Williamson y al esfuerzo con el que construyó una vida y un futuro para su hija. Hay algo conmovedor en esa comprensión que solo llega con la madurez: reconocer los sacrificios que de niños no alcanzábamos a entender y descubrir cuánto de nuestra independencia se apoya en el trabajo de quienes nos precedieron. Desde ahí, la canción adquiere una dimensión que va más allá de la historia familiar. La sororidad aparece tanto en el proceso de composición como en la posibilidad de contar y reconocer la experiencia de otra mujer. Es uno de esos momentos en los que la colaboración artística encuentra una razón de ser que trasciende los créditos. 

La recepción crítica ha sido positiva, aunque no unánime. A MILE SOUTH OF HEAVEN obtiene una media de 76 sobre 100, con un 84/100 de Pitchfork y un 83/100 de Paste. Uncut y Mojo coinciden en otorgarle un 80/100, mientras que The Line of Best Fit se queda en 70/100 y The Guardian le concede un 60/100. La diferencia entre las valoraciones más entusiastas y las más reservadas resulta significativa. Pitchfork encuentra a Williamson plenamente cómoda en el lenguaje del outlaw country y destaca la madurez de su composición; The Guardian, en cambio, considera que el acercamiento a los sonidos tradicionales resta imaginación a algunos momentos del álbum. Podemos comprender esa reserva, pero no compartimos del todo su conclusión. Para nosotros, la tradición no limita a Williamson: le proporciona nuevas herramientas para expresar una independencia que sigue siendo el corazón de su música. 

También conviene poner estas cifras en perspectiva. Heart Song (2016) figura entre sus discos mejor valorados, con un 86/100 basado en apenas dos reseñas, mientras que Time Ain't Accidental consiguió un 81/100 a partir de siete. Sorceress (2020), pese a recibir una atención crítica mayor, con catorce reseñas y una media de 74/100, no alcanzó esas cifras. La trayectoria de Williamson no se explica únicamente mediante puntuaciones en agregadores, pero estos datos ayudan a situar el momento que atraviesa: una artista que ha ido consolidándose y que parece haber encontrado una voz cada vez más reconocible dentro de la Americana contemporánea. 

Todavía necesitamos más escuchas para conocer A MILE SOUTH OF HEAVEN con la misma familiaridad que su predecesor. A Time Ain't Accidental le otorgamos un 93/100 en su momento y después de convivir con él durante años; los tres puntos de diferencia que ahora separan ambos discos tienen mucho que ver con esa distancia y no necesariamente con una diferencia de calidad. No encontramos motivos para considerar inferior este nuevo trabajo. Al contrario, creemos que confirma la evolución de JESS WILLIAMSON y amplía las posibilidades de una artista que sabe apropiarse de la tradición sin quedar atrapada en ella. Por ahora, nos quedamos con un 90 sobre 100, una nota con bastante margen para subir cuando sus canciones hayan terminado de instalarse en nuestra memoria.



MEJORES MOMENTOS: Dark Day in Dallas, Goodboy To All That, Hum Of The City, Tracking The Topics, High Heels And Blue Jeans, A Mile South of Heaven...

MEDIA CRÍTICA: 76/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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