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miércoles, 29 de julio de 2026

LA DISCRETA GRANDEZA DE PETE YORN.

 


Este fin de semana se ha lanzado ALL THE BEAUTY el último álbum de estudio de PETE YORN, que hace el número once de una carrera de venticinco años. Lo primero que nos preguntamos en una primera escucha es: ¿Por qué nadie incluye a PETE YORN cuando se habla de los grandes cantautores de su generación? Siempre nos ha llamado la atención que Yorn ocupe un lugar tan discreto en la conversación sobre los grandes cantautores norteamericanos de las dos últimas décadas. Cuesta encontrar otro músico con una obra tan consistente y, al mismo tiempo, tan poco convertible en una etiqueta. 

Hay artistas cuya carrera parece avanzar siempre en paralelo a la conversación musical. Nunca desaparecen, pero tampoco terminan de ocupar el lugar que, por la calidad de sus discos, uno diría que les corresponde. PETE YORN es uno de ellos. 

Para nosotros, Arranging Time (2016) marca un antes y un después. Nos sigue pareciendo uno de los mejores discos publicados en su año de producción, aunque apenas tuviera el reconocimiento que merecía. Con el tiempo da la impresión de que fue su última oportunidad de jugar una partida dentro del circuito más comercial. Si aquello era un último intento por ampliar su público, el resultado terminó siendo otro: una libertad absoluta para hacer los discos que realmente quería hacer. 

Lo mejor de PETE YORN ha llegado precisamente después. Con Caretakers (2019) comienza una etapa que, hasta ahora, siempre habíamos entendido como una trilogía formada junto a Hawaai (2022) y The Hard Way (2024). Tres discos unidos por una misma forma de entender la música: canciones luminosas, una producción contenida y una sensación constante de calma que encuentra en el verano, la luz y el mar un paisaje común. Si Hawaai representaba el momento de plenitud, The Hard Way siempre nos ha parecido el disco del final del verano, cuando la nostalgia empieza a imponerse sin perder la luz del todo. 

La llegada de ALL THE BEAUTY nos hace pensar que quizás aquella trilogía siempre estuvo incompleta. El nuevo álbum no rompe con ese camino, sino que lo prolonga con absoluta naturalidad. También vuelve Jackson Phillips, que ya había dejado una huella importante en Hawaai, esta vez como coautor de varias canciones, coproductor e ingeniero de sonido junto al propio Yorn. No es casualidad que ALL THE BEAUTY sea, de los dos últimos discos, el que más recuerda al espíritu de Hawaai. No porque pretenda copiar nada, sino porque ambos comparten una misma forma de entender el espacio que debe ocupar cada instrumento y una manera muy parecida de construir las canciones. 

Hace tiempo que venimos advirtiendo que PETE YORN es único. No se parece a nadie y tampoco le han salido imitadores. Si uno intenta buscarle referencias aparecen nombres inevitables: la narrativa de Tom Petty, cierta sensibilidad melódica británica que puede recordar a The Smiths o el gusto por las guitarras de algunas bandas de los noventa. Pero cuando escuchas un disco suyo nunca tienes la sensación de estar oyendo una derivación directa de alguien. Es como si todas esas influencias hubieran terminado diluyéndose dentro de una personalidad completamente propia. 

Gran parte de esa personalidad nace de su manera de construir melodías. Yorn tiene un sentido muy particular para las líneas vocales. Muchas de sus canciones parecen sencillas en la superficie, pero esconden pequeños giros melódicos, cambios de acento y una forma muy personal de retrasar o adelantar una frase para que la melodía nunca resulte del todo previsible. No es un cantante de grandes alardes ni busca exhibir su voz. La utiliza como un elemento más de la canción, siempre al servicio de la melodía. 



El hecho de que nunca se haya construido una escuela alrededor suyo también lo hace más interesante. Hay artistas que, aunque no sean masivos, generan una corriente reconocible. Escuchas a un grupo emergente y enseguida puedes señalar a quien se parece. Con Yorn eso ocurre muy pocas veces. Su música reúne elementos del rock americano, el pop de guitarras, el folk, la psicodelia o incluso pequeños detalles de electrónica ambiental, pero el resultado nunca termina convirtiéndose en una fórmula reconocible. 

Y hay algo paradójico en todo esto. Esa falta de imitadores puede ser una señal de que su propuesta resulta más difícil de copiar. Es mucho más sencillo reproducir un sonido que una sensibilidad. Se puede copiar una producción, una forma de tocar la guitarra o un determinado tipo de arreglo. Mucho más complicado es escribir canciones con esa mezcla de vulnerabilidad, distancia emocional y luminosidad que aparece una y otra vez en los discos de PETE YORN

Por eso esta etapa funciona tan bien. Caretakers, Hawaai, The Hard Way y ahora ALL THE BEAUTY no suenan como discos hechos para recuperar el éxito de musicforthemorningafter (2001). Suenan como el trabajo de un compositor que está en su plenitud y que ha ido encontrando una forma cada vez más depurada de escribir canciones. 

También llama la atención la escasa repercusión crítica de estos discos. Hawaai recibió un 100/100 por parte de Albumism, una valoración que compartimos plenamente. Sin embargo, The Hard Way, que es otra lección magistral, apenas cuenta con una valoración registrada en AOTY y ALL THE BEAUTY parece seguir el mismo camino. Resulta curioso que una etapa tan sólida apenas genere conversación especializada. No porque falten buenos discos, sino porque da la impresión de que la carrera de PETE YORN se ha vuelto demasiado estable para los tiempos que corren. No hay un regreso espectacular, ni una reinvención radical, ni un relato alrededor de cada lanzamiento. Solo hay buenas canciones. Y, a estas alturas, parece que eso ya no basta para ocupar espacio en la conversación. Obviamente, la culpa de que esto ocurra no es de PETE YORN, ni de los cientos de artistas veteranos que se encuentran en una posición muy parecida. Es de la manera en que se consume la música hoy día y cómo la crítica generalista ha acabado siendo cómplice de ello. 

Hay compositores que alcanzan un punto en el que cada nuevo disco parece una variación del anterior. En Yorn ocurre justo lo contrario: cada álbum añade un matiz nuevo sin romper la continuidad de los anteriores. Esa es, precisamente, una de las grandes virtudes de esta etapa. 

Hawaai o The Hard Way, son dos discos que nosotros valoramos con un 100/100 y seguimos considerando auténticas obras maestras dentro de su catálogo. ALL THE BEAUTY confirma algo que llevamos años pensando: la etapa más libre de PETE YORN también está siendo la más sólida. Cuatro discos publicados en siete años, cuatro discos excelentes y la sensación de estar asistiendo a uno de los momentos creativos más inspirados de toda su carrera.

ALL THE BEAUTY está escrito por un compositor que parece haber encontrado un equilibrio muy difícil entre la sencillez, la emoción y la personalidad. Seguramente la crítica generalista no hable de este trabajo. Por nuestra parte sí que entraría de lleno en la conversación de lo mejor que hemos escuchado este año. Nuestra valoración es un 90 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: All The Beauty, Idyllwild, Trains, Never Said No, Out Of My Head, All The time, Everything... En realidad todas las canciones son excelentes y es un álbum para escuchar de principio a fin y sin usar el orden aleatorio. 

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

lunes, 27 de julio de 2026

ALLISON RUSSELL INTERPRETA EL CAOS.


Había mucha curiosidad por descubrir cómo respondería ALLISON RUSSELL al éxito de The Returner (2023). Su anterior trabajo no solo la confirmó como una de las compositoras más interesantes de la música de raíces contemporánea, sino que además se convirtió en uno de los discos mejor recibidos por la crítica de 2023. Lo sencillo habría sido insistir en aquella fórmula. En cambio, IN THE HOUR OF THE CHAOS toma cierta distancia respecto a aquel álbum para mirar en otra dirección. No porque renuncie a la identidad que Russell ha construido durante estos años, sino porque decide ampliar su horizonte y convertir la colaboración en el verdadero motor del proyecto. 

Esa intención resulta evidente desde los propios créditos. Russell reúne a Joy Oladokun, Julie Williams, Kara Jackson, Denitia, Explore! Pop Choir, Britney Spencer, Norah Jones, Ruby Amanfu, Kyshona, Sarah Watkins, Devon Gilfillian, Cashu Culpepper, Chibueze Ihuoma y Ahya Simone. Una lista tan extensa podría hacer pensar en un disco disperso o en una colección de encuentros puntuales, pero sucede justo lo contrario. Todas esas voces parecen trabajar al servicio de una misma idea y nunca llegan a eclipsar a su anfitriona. Buena parte del mérito está en que ALLISON RUSSELL mantiene el timón de principio a fin. Comparte la producción con Dim Star y conserva prácticamente intacto el núcleo compositivo junto a Drew Lindsey y JT Nero. Solo una canción rompe esa dinámica, al incorporar también a Ahya Simone y Megan McCormick en los créditos de composición de la canción en la que particia Simone. Son detalles que ayudan a entender por qué, pese a la cantidad de colaboradores, el álbum nunca deja de sentirse profundamente suyo. 




Las etiquetas de Americana y R&B contemporáneo bajo el marco de cantautora, describen bastante bien el territorio por el que se mueve el disco, aunque dicen poco sobre la sensación que deja al escucharlo. IN THE HOUR OF THE CHAOS es un álbum sorprendentemente luminoso. Su título invita a imaginar una obra convulsa, incluso incómoda, pero Russell prefiere responder al caos con belleza, armonía y calidez. Las canciones hablan de resistencia, de comunidad, de afectos y de la capacidad de seguir encontrando luz en tiempos difíciles. Ahí es donde las colaboraciones adquieren un significado especial. No están para adornar el álbum ni para convertir cada tema en un desfile de invitados. Forman parte del mensaje. Frente al caos, Russell propone una red de voces que se sostienen unas a otras. 

La crítica ha recibido el disco con cierto entusiasmo, aunque sin alcanzar el consenso casi unánime que logró The ReturnerIN THE HOUR OF THE CHAOS presenta una media de 79 sobre 100 gracias a las valoraciones de Uncut, Mojo y Hot Press (80/100) y Spectrum Culture (75/100), una cifra que queda diez puntos por debajo del 89/100 obtenido por su predecesor. La comparación resulta inevitable, pero quizás también sea injusta. The Returner poseía la fuerza de esos discos que irrumpen con una intensidad difícil de repetir. Este nuevo trabajo juega otra partida. Es menos confesional, menos urgente y mucho más abierto. Además, los álbumes construidos alrededor de una comunidad de colaboradores rara vez reciben el mismo reconocimiento que aquellos donde toda la atención recae sobre una única figura, aunque detrás siga existiendo una visión artística igual de firme. 

Nosotros terminamos con la sensación de haber escuchado un disco que no pretende competir con The Returner, sino complementarlo. ALLISON RUSSELL podría haber intentado repetir el éxito de aquel álbum, pero ha preferido aprovechar la posición que ha alcanzado para hacer algo distinto. Hay un punto de empoderamiento en esa decisión: el de una artista que ya no necesita demostrar nada y que utiliza ese reconocimiento para rodearse de músicos a los que admira sin perder nunca el control creativo.

Quizás IN THE HOUR OF THE CHAOS termine siendo el puente hacia una nueva etapa o quizás acabe funcionando como un paréntesis antes de regresar a un formato más íntimo. Sea como sea, deja la impresión de una autora que sigue avanzando por convicción y no por cálculo. Y eso siempre resulta más interesante que repetir una fórmula ganadora. Es probable que la mayor virtud de IN THE HOUR OF THE CHAOS sea esa: entender que el caos no siempre necesita más ruido. A veces basta con reunir las voces adecuadas para encontrar un poco de luz. Nuestra nota es un 85 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Really Real, Black Lavander, Rainbows, No Springtime, Searchlights, Good Omens, Cold April, Two Stars... 

MEDIA CRÍTICA: 79/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100 

viernes, 24 de julio de 2026

LULUC: CANCIONES PEQUEÑAS, EMOCIONES INMENSAS.



Tras la excelente acogida de Diamonds (2023), todos nos preguntábamos cuál sería el siguiente movimiento de LULUC. Aquel álbum fue celebrado por la crítica por ampliar el lenguaje sonoro del dúo australiano con una producción más expansiva y rica en texturas, hasta convertirse en el disco mejor valorado de su carrera. SWEET THIEF, sin embargo, no pretende ampliar ese universo. Más bien representa una decisión consciente de volver al núcleo creativo que siempre ha definido a Zoë Randell y Steve Hassett: la canción por encima de todo. No es un paso atrás, sino un regreso deliberado a una forma de entender la música.

Sonoramente, SWEET THIEF vuelve a situarse en el territorio del indie folk y de la música de cantautor entendida como un diálogo entre dos compositores que escriben, interpretan y producen de manera conjunta. Frente a la mayor amplitud instrumental y el carácter casi cinematográfico de Diamonds, aquí predominan las guitarras acústicas, las melodías desnudas, los arreglos medidos y unas armonías vocales que vuelven a convertirse en el verdadero corazón del álbum. Esa aparente sencillez recuerda inevitablemente a Sculptor (2018), tanto por su contención como por la confianza absoluta en la fuerza de las canciones. Quienes encontraron en aquel álbum una de las mejores expresiones del universo de LULUC probablemente reconocerán en SWEET THIEF esa misma sensibilidad. 

Un aspecto fundamental para comprender SWEET THIEF es el enorme control creativo que ejerce el dúo sobre su propia obra. Zoë Randell y Steve Hassett no solo firman todas las composiciones, sino que también producen íntegramente el álbum sin recurrir a productores externos. Aunque aparecen algunos músicos invitados aportando pequeños matices instrumentales, la personalidad sonora del disco pertenece exclusivamente a ellos. Esa autonomía artística explica la enorme coherencia que desprende el álbum: cada arreglo, cada silencio y cada armonía parecen responder a una misma visión creativa, sin interferencias ni concesiones. 

Como ocurre con casi toda la discografía del dúo, las narrativas desempeñan un papel especialmente importante en SWEET THIEF. El propio título, tomado de un verso de Shakespeare alude a la imagen del "dulce ladrón" y funciona como metáfora de aquello que nos seduce mientras nos va robando algo de nosotros mismos. A partir de esa idea, el disco reflexiona sobre la atención, la identidad, la libertad individual y las múltiples distracciones de la vida contemporánea. Las canciones dialogan entre sí construyendo un recorrido que contrapone el ruido exterior con la búsqueda de un espacio íntimo y sereno. Son letras abiertas, llenas de imágenes sugerentes, que rehúyen las respuestas fáciles y encuentran precisamente en esa ambigüedad buena parte de su fuerza. LULUC construye un disco que habla tanto de nuestro tiempo como de cuestiones universales: la búsqueda de autenticidad, la conexión con los demás y con la naturaleza, y el deseo de escribir la propia historia sin dejar que otros la escriban por nosotros. 









La Media crítica de SWEET THIEF es de 74 sobre 100, distribuida de la siguiente manera: The Skinny, Uncut y Mojo 80/100; Pitchfork 72/100; Northern Transmissions 70/100 y The Arts Desk 60/100. La recepción, por tanto, ha sido positiva, aunque menos entusiasta que la obtenida por Diamonds. En cierto modo, resulta comprensible. La crítica suele valorar especialmente los discos que representan una evolución evidente o una ampliación del lenguaje de un artista. SWEET THIEF, en cambio, opta por el camino contrario: el de la depuración y la fidelidad a una identidad ya plenamente consolidada. Esa elección puede hacer que algunos lo perciban como un trabajo menos ambicioso, cuando en realidad exige una enorme confianza en la composición y en la interpretación. No es un álbum que busque sorprender mediante la producción, sino emocionar desde la precisión con la que cada elemento ocupa su lugar. 

En ese sentido, resulta significativo que Sculptor, álbum con el que SWEET THIEF guarda evidentes afinidades estéticas, obtuviera una media prácticamente idéntica. Lejos de interpretarse como un signo de menor inspiración, estas puntuaciones parecen responder a la naturaleza más continuista del proyecto, una característica que probablemente muchos seguidores del grupo consideren precisamente una de sus mayores virtudes. 

A menudo se describe a LULUC como un dúo "austero", pero quizás ese sea un término engañoso. Es cierto que sus canciones rara vez recurren a grandes despliegues instrumentales, pero están lejos de sonar desnudas o escasas. Sus armonías vocales son extraordinariamente ricas y constituyen una parte esencial de la arquitectura de cada composición. A ello se suman arreglos discretos pero muy elaborados, un uso magistral del espacio y una producción que sabe exactamente cuándo intervenir y cuándo desaparecer. 

El resultado es un álbum profundamente sutil, formado por canciones que en ocasiones apenas superan el minuto y medio o los dos minutos de duración, pero lejos de sentirse incompletas funcionan como pequeñas miniaturas perfectamente construidas en las que no sobra ni falta una nota. SWEET THIEF no busca impresionar; busca permanecer. Y lo consigue con una elegancia y una sensibilidad que lo sitúan entre los trabajos más logrados de LULUC.

SWEET THIEF es un disco que exige atención y que probablemente crezca con cada escucha, revelando nuevos matices en sus armonías y en sus letras. Quizás no tenga el impacto inmediato de Diamonds, pero sí la serenidad y la confianza de una obra realizada por dos músicos que conocen a la perfección su lenguaje. Nuestra valoración es de 85 sobre 100.
      


MEJORES MOMENTOS: Wanna Get Free, Rewarding Melody, No One's Else Pen, A Better Truth, Lullaby, River At Your Feet... 

MEDIA CRÍTICA: 74/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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