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viernes, 18 de septiembre de 2026

MILEY: MÁS PERDIDA QUE NUNCA.

 


Quizás deberíamos empezar por el principio, porque Miley Cyrus ya no quiere ser Miley Cyrus. Al menos profesionalmente. En esta nueva era ha decidido quedarse simplemente en MILEY, un cambio de nombre que acompaña al que probablemente sea uno de los mayores movimientos de su carrera reciente: abandona Columbia Records, sello con el que publicó Endless Summer Vacation (2023) y Something Beautiful (2025), y ficha por Atlantic Records. BASS PERSUADES es, por tanto, el primer disco de esta nueva etapa y llega acompañado de todo lo que solemos asociar a una nueva era de una estrella pop: nuevo nombre, nuevo sello, nueva estética y, aparentemente, una nueva dirección. 

El problema es que, después de escuchar el disco, nosotros seguimos sin encontrar esa nueva dirección. Ya dijimos cuando reseñamos Something Beautiful que quizás estábamos siendo demasiado exigentes con MILEY. Nos parecía una artista tremendamente inquieta, incapaz de permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio y con una necesidad casi permanente de reinventarse. En Endless Summer Vacation habíamos creído que, por fin, había encontrado un sonido reconocible. No necesariamente el sonido definitivo de Miley Cyrus, pero sí una dirección que parecía funcionar y que podía convertirse en una identidad propia. 

Luego llegó Something Beautiful y aquella impresión se desmoronó. Allí el problema era el exceso. Era una supuesta ópera pop, un álbum conceptual que aspiraba a convertirse en una obra de arte total y que acababa perdiéndose entre interludios, prólogos, cambios estilísticos y una ambición que parecía mucho mayor que las propias canciones. Lo dijimos entonces: el disco era un tanto pretencioso. 

Ahora ha ocurrido algo bastante curioso. MILEY parece haber aprendido precisamente esa lección. BASS PERSUADES dura poco, tiene solamente diez canciones, no hay interludios que interrumpan constantemente el ritmo y no hay una estructura conceptual que pretenda convertir cada canción en una pieza de un universo mayor. Todo parece mucho más directo. 

Pero nosotros tenemos la sensación de que, al quitar todo aquello que sobraba, no ha quedado demasiado que defender. Y hay otro elemento que tampoco podemos pasar por alto: la multiproducción no parece favorecer a MILEY. En los créditos aparecen la propia MILEY, Kid Harpoon, Maxx Morando, Michael Pollack y Model/Actriz, entre otros colaboradores. Que un disco tenga muchos productores no es necesariamente un problema. Cuando un artista tiene una identidad perfectamente definida, puede trabajar con equipos diferentes sin perder su personalidad. Pero nosotros llevamos varios discos preguntándonos precisamente cuál es la identidad musical de MILEY, y aquí la acumulación de manos detrás de las canciones parece acentuar el problema en lugar de solucionarlo. 

En lugar de encontrar una personalidad que atraviese las canciones, encontramos diferentes aproximaciones que se van sucediendo. Un poco de dance-pop, electrónica, balada, pop mainstream... y otra vez la sensación de que MILEY está probando distintas pieles sin terminar de quedarse con ninguna. Después de Something Beautiful, pensábamos que podía estar buscando un nuevo camino. Después de BASS PERSUADES, la sensación es todavía más preocupante: Miley está más perdida que nunca. 

BASS PERSUADES empieza precisamente intentando convencernos de que estamos ante una nueva MILEY. La canción que da título al álbum es la que abre y juega con el dance-pop, los sintetizadores y una actitud que nos hace pensar inmediatamente en Madonna o Lady Gaga. El problema es que, cuanto más la escuchamos, más elemental nos parece. Por momentos nos suena incluso a la música que suena en los coches de choque. La canción quiere ser mucho más sofisticada de lo que finalmente resulta y, después de dos escuchas, sigue pareciéndonos una forma bastante burda de presentar esta nueva era. 

Después llega Different Religion, con Model/Actriz. Aquí aparece la voz hablada de MILEY, un estribillo cantado y posteriormente la voz masculina de Model/Actriz también hablada, antes de regresar al mismo estribillo. Después vuelve la voz susurrada y otra vez el estribillo. El esquema es sencillo hasta el extremo. Y sí, volvemos a tener la sensación de que esto ya se lo hemos escuchado hacer a Madonna. No retiramos ni una coma de nuestra primera impresión: nos parece una canción facilona y demasiado obvia. Sin embargo, en posteriores escuchas se hace evidente algo que no podemos negar: probablemente sea la canción del disco con mayor potencial para convertirse en un gran hit. El estribillo funciona y la combinación de MILEY y Model/Actriz tiene algo lo suficientemente reconocible como para llamar la atención. Pero que una canción pueda gustar a mucha gente no significa automáticamente que nosotros tengamos que considerarla buena. 

Let's Get Married es otra historia. Aquí no encontramos prácticamente nada que nos interese. No es una balada, tampoco termina de ser otra cosa, y durante la primera escucha ya nos parecía una canción de relleno. En las escuchas posteriores, directamente nos parece una mierda. Es, sin discusión, uno de los puntos más bajos del disco. Y hay algo especialmente grave en que una canción así esté aquí: estamos hablando de un álbum de solamente diez cortes. No hay dieciséis canciones entre las que pueda esconderse. Es una de las diez piezas que MILEY ha decidido presentar como representativas de esta nueva etapa. 

Orbit parecía que podía cambiar las cosas. Empieza como una balada y durante unos instantes pensamos que quizás estábamos ante la primera canción realmente especial del álbum. La idea de orbitar alrededor de alguien funciona como metáfora romántica y tiene cierto potencial emocional. Pero vuelve a ocurrir lo mismo. La canción prepara algo que después no llega. Cuando aparece ese Forever que debería servir como culminación, pierde toda la garra, se desinfla y resulta un tanto frustrante para nosotros. Otra vez MILEY parece tener una buena idea entre las manos y no saber cómo llevarla hasta el final. 

Y entonces llega Aftermath, que se convierte en uno de los puntos fuertes del álbum. Empieza como una balada que nos lleva a los viejos clásicos de Donna Summer, con ecos de No More Tears (Enough Is Enough) o Last Dance, y durante unos segundos incluso nos asustamos pensando que el disco va a convertirse en una colección de baladas. Pero la canción cambia y se transforma en electrónica bailable. No es una copia de aquellos clásicos, ni mucho menos, pero el contraste funciona. Después de varias canciones que nos habían dejado bastante fríos, aquí sí encontramos una idea que merece la pena rescatar. 

Después aparece REDLIGHTS, y el disco vuelve a caer. Es floja, casi tanto como Let's Get Married, y nos produce incluso la sensación de ser un descarte de Something Beautiful. Pero hay algo más: nos parece muy hortera. Suena como una canción Frankenstein que ha salido mal, como si hubieran cogido diferentes ideas, texturas y recursos y los hubieran cosido juntos esperando que apareciera una canción. No aparece. Lo que queda es un ensamblaje poco elegante y bastante innecesario. 



Neon Signs, su colaboración con Andrew Wyatt de Miike Snow, sí nos proporciona otro pequeño respiro. No es una canción de baile ni una balada y tiene una producción bastante inusual. El empaste de las voces puede recordarnos a The Power of Orange Knickers de Tori Amos y Damien Rice. Pero la comparación también deja claro dónde estamos. La canción de Amos es, a día de hoy, un clásico y ha envejecido perfectamente. Neon Signs veremos si llega al año que viene. De momento es simplemente un puntito muy cuqui dentro del disco, una canción con cierto encanto que podemos defender sin necesidad de convertirla en algo que no es. 

Innocent Ways vuelve a la electrónica bailable. Puede gustar al público, tiene esa accesibilidad inmediata que puede hacer que funcione bien, pero nosotros seguimos encontrándola mediocre. Y ahí aparece uno de los problemas que más se repiten en BASS PERSUADES: MILEY parece estar rodeándose constantemente de fórmulas que podrían funcionar, pero casi nunca consigue convertirlas en canciones que nos apetezca volver a escuchar. 

Snow tampoco es mala canción. Pero a estas alturas ya nos da igual. Es otra balada medio punto de las suyas, correcta y perfectamente vendible si detrás hay una buena campaña o un videoclip que consiga darle una vida que la propia canción no tiene. Pero después de nueve canciones lo que nos preguntamos no es si Snow está bien. Nos preguntamos si vamos a acordarnos de ella dentro de unos meses. 

Y cerramos con Bass Persuades Remixx, un remix que nosotros directamente no habríamos incluido. Es bastante convencional y vuelve a recordarnos a los remixes de Madonna, pero sin aportar una lectura especialmente interesante de la canción original. Nos cuesta encontrar una razón artística para que esté aquí más allá de completar el álbum.  

Y aquí llegamos al verdadero problema de BASS PERSUADES. No es que sea demasiado experimental. Tampoco es que sea demasiado largo. No es que tenga demasiados interludios. Ni siquiera podemos acusarlo de tener una ambición conceptual desmedida. Es casi lo contrario. 

No hay demasiada cohesión. Que muchas de las canciones hablen de amor no convierte el disco en un álbum conceptual. Hay una temática sentimental común, pero no encontramos un relato, una evolución emocional ni una identidad sonora que haga que estas diez canciones necesiten estar juntas. 

Y volvemos inevitablemente a Endless Summer Vacation. Nosotros creemos que allí MILEY había encontrado algo. Había una dirección sonora reconocible, una personalidad y, sobre todo, canciones. No era un disco perfecto, pero había momentos que justificaban volver a él. Después de aquel álbum llegó Something Beautiful, donde MILEY quiso hacer demasiado. Y ahora llega BASS PERSUADES, donde tenemos la sensación de que ha eliminado todo lo que sobraba de aquel disco sin conseguir sustituirlo por una identidad nueva. 

Quizás esa sea la mayor paradoja de esta nueva era. MILEY ha cambiado de nombre, ha cambiado de sello y ha anunciado una nueva etapa, pero nosotros no escuchamos una nueva MILEY. Escuchamos referencias. Escuchamos Madonna, Lady Gaga, disco, electrónica, balada, dance-pop... reconocemos muchas cosas, pero no encontramos qué hace que todas esas cosas sean de MILEY

Y tampoco podemos hacer esta vez nuestro habitual análisis de la recepción crítica. El disco acaba de salir hace apenas dos horas y las reseñas de la crítica generalista se están escribiendo, así que no existe aún un consenso que analizar ni una media crítica que poner en contexto. Eso tendrá que esperar. 

Por ahora solo tenemos unas cuantas escuchas y la impresión que nos han dejado. Y nuestra impresión es bastante mala. 

No pensamos que BASS PERSUADES sea un desastre absoluto. Different Religion tiene potencial comercial, Aftermath es uno de los mejores momentos del álbum y Neon Signs tiene ese pequeño encanto que nos ha permitido rescatarla. Pero estamos hablando de un disco de diez canciones y, después de escucharlo cuatro veces, nos cuesta encontrar más de tres que realmente queramos defender.

Hay demasiadas canciones mediocres, dos puntos muy bajos especialmente claros como Let's Get Married y REDLIGHTS, una canción como Bass Persuades que nos parece sorprendentemente básica y un conjunto que no termina de justificar su existencia como álbum. Lo peor es que no estamos seguros de que volvamos a escucharlo voluntariamente. Puede que alguno de sus singles funcione, que Different Religion encuentre su público, que Snow tenga un buen videoclip y termine sonando en todas partes. Eso es otra cuestión. Nosotros hablamos del disco que tenemos delante. Y este disco no nos ha dado prácticamente ninguna razón para volver.



MEJORES MOMENTOS: Different Religion, Aftermath y Neon Signs

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 35/100

jueves, 17 de septiembre de 2026

THE WOMACK SISTERS: EL LEGADO CONTINÚA.

 



Escuchar a THE WOMACK SISTERS supone encontrarse con una historia familiar difícil de igualar dentro de la música soul. BG, Zeimani y Kucha Womack son hijas de Cecil Womack y Linda Womack, el matrimonio que formó Womack & Womack y que tuvo una trayectoria fundamental dentro del soul y el R&B de los años ochenta. Cecil era hermano de Bobby Womack, por lo que las tres son sobrinas de uno de los grandes nombres de la historia del soul y el R&B estadounidenses. Y Linda Womack era hija de Sam Cooke. Dicho de otra manera, por sus venas corre una parte muy importante de la historia del soul. 

Lo más interesante es que esa genealogía no es un simple argumento promocional. Las hermanas crecieron dentro de ese mundo. Desde pequeñas acompañaron a sus padres en grabaciones y giras y participaron en sus trabajos como coristas. También estuvieron vinculadas posteriormente a la carrera de su tío Bobby Womack. Antes de convertirse en THE WOMACK SISTERS ya llevaban muchos años cantando juntas y aprendiendo el oficio dentro de su propia familia. Después llegarían sus primeras grabaciones como grupo, el EP Legacy en 2022 y ahora este álbum debut homónimo. 

Por eso resulta difícil escuchar el disco pensando que estamos ante tres artistas que han decidido recuperar el soul de los sesenta. Ellas han crecido escuchándolo y practicándolo. Es una música que han tenido alrededor desde niñas y esa familiaridad se percibe en la manera en que cantan. 

Las canciones están claramente inspiradas en el soul de los sesenta, pero no estamos ante una reproducción estricta de aquel sonido. El álbum se mueve con naturalidad entre el Pop Soul, el R&B contemporáneo y el Smooth Soul. Hay gospel, R&B clásico y soul sureño, además de una producción cálida y orgánica que busca recuperar parte de la textura de aquellas grabaciones. Al mismo tiempo, las canciones tienen una sensibilidad contemporánea y no necesitan fingir que estamos en otra época.

Tampoco encontramos aquí un intento de repetir lo que hicieron Cecil y Linda como Womack & Womack durante los ochenta. Las hermanas parecen mirar hacia una generación anterior. El punto de partida está mucho más cerca del soul clásico y del gospel que de la música que hicieron sus padres cuando alcanzaron mayor repercusión. Tiene sentido que sea así: ellas no necesitan construir una identidad alrededor del sonido de Womack & Womack porque ya tienen una relación mucho más amplia con esa tradición. 

Una de las cosas que más nos gustan del disco es precisamente la naturalidad con la que manejan ese lenguaje. No sentimos que estén interpretando un papel. No son artistas que hayan llegado al soul desde fuera para reproducir una estética que les resulta atractiva. Lo han vivido desde pequeñas y eso se nota especialmente cuando cantan juntas. Las tres voces tienen personalidad propia, pero es en las armonías donde encontramos uno de los grandes atractivos del álbum. Se escuchan perfectamente ensambladas y nunca parece que estén intentando demostrar lo buenas que son. 

Las canciones hablan sobre relaciones, deseo, decepciones, recuerdos y vínculos personales. También aparecen historias relacionadas con sus propias experiencias. Chauffeur, por ejemplo, parte de una situación muy contemporánea y de los trabajos que tuvieron que desempeñar mientras intentaban desarrollar su carrera musical. Ese contraste entre las historias que cuentan y la sonoridad del disco funciona especialmente bien. La música puede transportarnos varias décadas atrás mientras las experiencias que aparecen en las canciones pertenecen plenamente al presente. 

La familia también tiene un peso importante. My Sisters and Me, que cierra el álbum, pone esa relación entre las tres en primer plano y termina dando sentido a buena parte de lo que hemos escuchado. Después de conocer su historia resulta imposible no escuchar esas voces pensando también en el vínculo que existe entre ellas. 

En todo esto tiene mucha importancia Bosco Mann, responsable de la producción y también compositor en buena parte del repertorio. Su trabajo ayuda a conseguir ese sonido cálido y lleno de cuerpo que recorre todo el álbum. Mann conoce muy bien esta tradición y sabe cómo trabajarla sin convertirla en una recreación demasiado artificial del pasado. 

Además, su papel va más allá de la producción. Comparte créditos de composición con las hermanas en varias canciones, de modo que existe una colaboración real entre ellas y el productor a la hora de construir el repertorio. Esto es importante porque buena parte del carácter del álbum procede precisamente de esa combinación: THE WOMACK SISTERS aportan sus voces, su educación musical y su propia historia, mientras Bosco Mann aporta un conocimiento muy profundo del lenguaje sonoro en el que se mueve el disco. 






El resultado es un álbum en el que las voces ocupan siempre el lugar principal. Los arreglos están ahí para acompañarlas y no para destacar sobre ellas. Todo suena bastante cuidado, pero nunca excesivamente pulido. Hay espacio, calidez y una sensación de interpretación en directo que encaja muy bien con lo que las hermanas quieren transmitir. 

La recepción crítica también ha sido bastante positiva. The Womack Sisters tiene una media de 81 sobre 100. Spill Magazine le ha otorgado un 90/100, mientras que AllMusic, Uncut, Mojo y Record Collector coinciden en el 80/100 y Pitchfork le concede un 76/100. Hay, por tanto, una diferencia de entusiasmo entre unos medios y otros, pero todos se mueven dentro de una valoración favorable. 

Nos parece significativo que las diferencias tengan que ver, en buena medida, con una cuestión que resulta difícil evitar al hablar de un disco así: la novedad. Para alguien que conozca profundamente la historia del soul, muchas de las cosas que aparecen aquí le van a resultar familiares. Las influencias son bastante evidentes y las hermanas no parecen tener intención de esconderlas. Nosotros tampoco creemos que sea necesario hacerlo. 

Una cosa es que un disco no sea especialmente novedoso dentro de la historia de un género y otra que no pueda resultar nuevo para quien lo escucha. Un aficionado que lleve décadas escuchando soul puede reconocer rápidamente determinadas armonías, arreglos o recursos. Para una persona de 2026 que llegue por primera vez a este sonido, la experiencia puede ser muy distinta. Tres hermanas cantando de esta manera, acompañadas por una producción de estas características, pueden resultar perfectamente sorprendentes. 

Su presencia en TikTok resulta interesante precisamente por eso. Han conseguido acercarse a un público joven a través de una plataforma completamente contemporánea utilizando una música que tiene sus raíces varias décadas atrás. No han necesitado modificar el sonido para adaptarlo a ese público. Las canciones han encontrado su propio camino. 

Por eso nos parece demasiado sencillo hablar de The Womack Sisters solamente como un disco de revival. Sí, es música retro. Sí, sus referencias están muy claras. Pero las hermanas no están intentando recuperar un pasado que les sea ajeno. Están utilizando una música que forma parte de su propia educación y de su historia familiar. Esa diferencia hace que el resultado tenga una autenticidad muy difícil de conseguir mediante una simple recreación estética. 

Y hay algo curioso en esa autenticidad. Precisamente porque el disco reproduce con tanta fidelidad un lenguaje que ya conocemos, puede resultar exótico para alguien que no esté acostumbrado a escucharlo. Para un entendido en soul puede haber pocas sorpresas. Para un oyente que descubra ahora este tipo de música, en cambio, puede sonar fresco y estimulante. El disco no ha inventado ese lenguaje, pero consigue que vuelva a despertar interés. 

Nosotros creemos que ahí está uno de los grandes méritos de THE WOMACK SISTERS. Han recuperado una forma de hacer soul que no necesita ser modernizada para resultar atractiva. Y al mismo tiempo han demostrado que una música con más de medio siglo de historia todavía puede encontrar un público nuevo. Ahora bien, hay una cuestión que tendremos que dejar en manos del tiempo. The Womack Sisters es un buen disco y tiene muchas cualidades que nos gustan: las voces, las armonías, las canciones, la producción y, sobre todo, la autenticidad con la que está hecho. Pero alrededor del álbum existe también un contexto que aumenta su atractivo: la genealogía de las hermanas, el apellido Womack, la relación con Sam Cooke y Bobby Womack, la presencia de Bosco Mann, el descubrimiento de ese sonido por parte de oyentes jóvenes y toda la historia que acompaña al grupo. 

La duda que nos queda es si el disco será capaz de mantenerse igual de atractivo cuando desaparezca ese efecto inicial. Pensamos en Back to Black (2006), de Amy Winehouse. También era un álbum construido alrededor de una fuerte personalidad musical y de unas referencias muy claras al soul y al R&B del pasado. Con el tiempo, sin embargo, quedó claro que su valor no dependía únicamente de aquella estética. Las canciones tenían suficiente fuerza para sobrevivir a la sorpresa inicial y terminaron convirtiéndolo en un disco inmortal. 

Todavía no sabemos si The Womack Sisters llegará a ese nivel. Sería demasiado pronto para afirmarlo. Un álbum recién publicado necesita años para demostrar que sigue teniendo algo que decir cuando ya no nos sorprenden sus circunstancias ni su sonido. De momento nos parece un disco notable y, sobre todo, muy estimulante. Entendemos perfectamente que un especialista en soul pueda echar de menos una mayor novedad, pero también pensamos que sería injusto valorar el álbum únicamente desde esa perspectiva. 

Para mucha gente que lo está descubriendo ahora, esta música sí puede ser una revelación. Y que tres hermanas puedan llevar una tradición familiar tan antigua hasta una audiencia nueva, sin necesidad de disfrazarla de otra cosa, tiene un valor considerable. Nosotros le damos un 85 sobre 100. Nos parece una nota adecuada para un álbum que disfrutamos mucho y que nos parece auténtico y bien hecho, aunque todavía no sepamos si terminará siendo algo más. El tiempo tendrá que decirnos si, cuando la fascinación inicial haya desaparecido, seguiremos volviendo a estas canciones por las canciones mismas. Si ocurre, entonces estaremos ante un disco mucho más importante de lo que hoy podemos saber.



MEJORES MOMENTOS: If I Let You, All Around, If You Want Me, Chauffeur, Laughter And Tears, My Sister And Me... 

MEDIA CRÍTICA: 81/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 16 de septiembre de 2026

SYD: CLASE, SENSUALIDAD Y VELLO FACIAL.


En un género tan trillado como el R&B contemporáneo, conseguir que un disco nos haga detenernos un poco más de lo habitual ya tiene mérito. SYD lo consigue con BEARD, su tercer álbum en solitario y un trabajo que, sin pretender reinventar el género ni presentarse como una obra maestra, nos parece demasiado interesante como para pasar de puntillas por él. 

Para entender dónde está SYD en este momento hay que recordar brevemente de dónde viene. Después de su etapa al frente de The Internet, Fin (2017) supuso su presentación en solitario y mostró a una artista capaz de trasladar a un terreno más íntimo y personal las inquietudes que ya había desarrollado con la banda. Cinco años después llegó Broken Hearts Club, un disco más centrado en el amor, el desengaño y las dificultades de las relaciones. BEARD mantiene parte de ese territorio emocional, pero encontramos a una SYD más segura de sí misma, menos preocupada por demostrar quién es y más interesada en disfrutar de lo que ya ha construido. 

Que SYD se defina abiertamente como una mujer gay también aporta una singularidad interesante dentro de un R&B que históricamente no siempre se ha caracterizado por su apertura. No necesitamos convertir su orientación sexual en el centro de su música, porque ella tampoco parece querer hacerlo, pero está presente de una manera natural en sus canciones de amor y en la forma en que se relaciona con su propia identidad. En BEARD esa cuestión adquiere todavía más importancia. 

El título no es una ocurrencia. El vello facial que SYD luce se convierte en una forma de reivindicar aquello que durante mucho tiempo se nos ha enseñado que una mujer debería ocultar o corregir. Por eso nos parece que hablar únicamente de aceptación se queda corto. Hay algo más afirmativo en la manera en que SYD se relaciona con su imagen: no se limita a convivir con aquello que se aparta de los cánones de belleza, sino que lo incorpora a su identidad y decide sentirse cómoda con ello. BEARD habla de quererse, pero también de no pedir permiso para ser como uno quiere ser. 

Esa sensación de seguridad atraviesa un álbum que musicalmente es bastante más amplio de lo que podría sugerir la etiqueta R&B. En las plataformas encontramos referencias al Neo-Soul, R&B alternativo, Contemporary R&B, Smooth Soul o Trap Soul, pero ninguna de ellas termina de abarcar todo lo que ocurre aquí. SYD se mueve entre esas coordenadas con una naturalidad que permite que el disco suene contemporáneo sin quedar atrapado en una fórmula. Hay soul, electrónica, ritmos más cercanos al trap y una producción especialmente cuidada, pero también aparecen detalles que se escapan de cualquier clasificación sencilla. 

My Love es probablemente el ejemplo más evidente. La canción incorpora arreglos de bossa nova y elementos jazzísticos que no aparecen en las etiquetas habituales del álbum y que contribuyen a convertirla en uno de sus momentos más dulces. No parece una demostración de eclecticismo puesta ahí para llamar nuestra atención; sencillamente, SYD introduce esos recursos en su música y consigue que formen parte de ella con absoluta naturalidad. 

También llama la atención la dimensión colectiva de BEARD. Estamos ante un disco multiproducido en el que encontramos a la propia SYD trabajando junto a nombres como NOVA WAV, Rodney Jerkins, Anoop D'Souza o Van Hunt, además de otros productores. La nómina de compositores es igualmente extensa, con SYD acompañada por otros catorce coautores. Lejos de diluir su personalidad, esta estructura permite que el álbum tenga una amplitud considerable y que cada canción encuentre su propio espacio dentro de un conjunto bastante homogéneo. 





Las colaboraciones terminan de ensanchar ese paisaje. Blue June, Jordan Ward, James Fauntleroy, CUBE y Big Sean aportan diferentes sensibilidades sin convertir BEARD en una colección de apariciones destinadas únicamente a llamar la atención. Incluso cuando el disco se acerca al hip-hop, como ocurre con Big Sean en GMFU, SYD mantiene el control de su universo. Hay muchos nombres detrás de estas canciones, pero seguimos teniendo la sensación de estar escuchando un disco de SYD

Y quizás aquí encontramos el gran mérito de BEARD: consigue ser variado sin parecer disperso. La abundancia de productores, compositores y colaboradores podría haber provocado que cada canción apuntara en una dirección diferente, pero la voz de SYD funciona como elemento aglutinador. Su manera de cantar es tan reconocible que puede permitirse cambiar de textura y de acompañamiento sin perder identidad. 

Lo más curioso es que toda esta riqueza está llegando acompañada de una atención crítica sorprendentemente escasa. Fin obtuvo una media de 79/100 a partir de 16 reseñas y Broken Hearts Club alcanzó un 78/100 con 11. BEARD, en cambio, apenas ha conseguido cuatro reseñas hasta ahora, a pesar de haber sido publicado en julio de 2026. DIY y Clash le han concedido un 80/100, mientras que Spectrum Culture y Pitchfork se han quedado en un 76/100. La media resultante es un 78 sobre 100, prácticamente idéntica a la de su anterior álbum. 

La diferencia, por tanto, no está tanto en la valoración como en la atención. La crítica no parece considerar BEARD un mal disco; sencillamente, son muchos menos los medios que han decidido detenerse en él. Y eso resulta especialmente llamativo porque el público sí parece haber respondido. Sus reproducciones en Spotify presentan cifras saludables para un álbum de estas características y, sobre todo, no dependen de una única canción: varias de las piezas del disco están encontrando una audiencia propia. 

Quizás eso sea lo más representativo de la situación actual. Cada semana aparecen tantos discos nuevos que incluso trabajos notables pueden quedar fuera de la conversación casi inmediatamente. No todo álbum necesita convertirse en un acontecimiento para justificar nuestra atención, y BEARD nos parece un buen ejemplo de ello. No estamos ante una obra imprescindible del R&B ni ante un disco que vaya a cambiar el curso del género, pero sí ante un trabajo consistente, elegante y lleno de pequeños detalles que recompensan una escucha atenta. 

Y está SYD. Su voz tiene clase y sensualidad. Hay algo especialmente atractivo en la manera en que interpreta estas canciones: nunca parece necesitar exagerar una emoción ni demostrar hasta dónde puede llegar. Canta con una seguridad tranquila, con una sensualidad que nunca resulta impostada y con una elegancia que consigue que incluso los momentos más íntimos parezcan naturales. Esa personalidad es, en última instancia, lo que hace que toda la variedad de BEARD tenga sentido. 

No creemos que SYD necesite que vengamos a rescatar este disco. El público ya parece haberlo encontrado. Lo que sí creemos es que BEARD merece que le prestemos un poco más de atención de la que está recibiendo. Porque puede que no sea un álbum destinado a convertirse en un clásico, pero es demasiado bueno, demasiado cuidado y demasiado personal como para pasar desapercibido.



MEJORES MOMENTOS: Always Be Mine, Do Better, Calling, Any Time, 2 Many Days, My Love...  

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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