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jueves, 18 de junio de 2026

GABRIELLE CAVASSA: CANCIONES CONOCIDAS, EMOCIONES NUEVAS.

 

GABRIELLE CAVASSA es la nueva sensación del Jazz Vocal. Recientemente ha publicado DIAVOLA su primer disco con el sello Blue Note con el que fichó en 2024. Aunque antes de llegar a ese momento convendría recordar quien es esta artista. Porque antes de DIAVOLA, Cavassa ya era considerada una de las voces más prometedoras del jazz estadounidense y después de este álbum, parece una artista plenamente consciente de su lenguaje y de su lugar dentro de la tradición.

GABRIELLE CAVASSA es una cantante e instrumentista californiana de ascendencia italiana. Cuentan que desde muy joven desarrolló una relación muy intensa con la música escuchando discos de manera casi obsesiva y formándose en gran medida de manera autodidacta. Más tarde estudió Música en la San Francisco State University, aunque ella misma ha señalado que su verdadera educación musical llegó tocando en los clubes de jazz del área de San Francisco. Aunque también fue crucial en su desarrollo artístico la ciudad de New Orleans donde se integró rápidamente en la escena local, colaborando con músicos de primer nivel y consolidando un estilo vocal caracterizado por la intimidad expresiva, el fraseo flexible y una notable atención al significado de las letras.

Su primer álbum, Gabrielle Cavassa (2020), apareció de forma independiente. Al año siguiente obtuvo uno de los reconocimientos más prestigiosos para una cantante de jazz al ganar el concurso internacional Sarah Vaughan International Jazz Vocal Competition. El gran salto de visibilidad llegó gracias a su colaboración con el saxofonista Joshua Redman. Su participación en el álbum Where Are We (2023) llamó la atención de la crítica y del público, convirtiéndola en una de las voces más comentadas del jazz estadounidense reciente.

La identidad artística de Cavassa está muy ligada a su herencia italiana y a una concepción narrativa del canto. DIAVOLA gira alrededor de la dicotomía entre lo angélico y lo demoníaco. Precisamente las canciones Angelo y Diavola constituyen el núcleo conceptual del álbum y desarrollan la dualidad ángel/diablo que da título al álbum. La primera es una canción italiana de Luigi Tenco; la segunda, el contrapunto escrito por Cavassa.

Pero la oposición entre Angelo y Diavola funciona además como algo más que un recurso conceptual. A lo largo del álbum aparecen constantemente tensiones similares: tradición y modernidad, inocencia y experiencia, contención y dramatismo. Incluso la selección del repertorio parece responder a esa lógica. Cavassa se mueve entre materiales muy conocidos y canciones menos transitadas, entre la canción italiana y el jazz estadounidense, entre la composición propia y el estándar. El resultado no es un disco dividido en dos mitades opuestas, sino una exploración de los matices que existen entre ambos extremos. Quizá por eso el título termina resultando tan apropiado: la verdadera protagonista del álbum no es ninguna de las dos fuerzas, sino el espacio ambiguo donde ambas conviven.

El repertorio de este álbum es un gran acierto porque Raindrops Keep Falling on My Head pertenece a esa categoría de canciones que parecen casi imposibles de rescatar porque el oyente llega cargado de asociaciones previas: la película Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969) -Titulada en España: Dos hombres y un destino-, la versión de B.J. Thomas, innumerables recopilatorios de easy listening, anuncios de televisión, música ambiental de ascensor...

En España, además, mucha gente la tiene vinculada a campañas publicitarias más que a una escucha musical consciente. Lo interesante de Cavassa es que no intenta modernizarla ni hacer una deconstrucción radical. Lo que hace es devolverle algo que el uso excesivo había borrado: su fragilidad. La canción, cuando se la despoja de todos los clichés posibles, no es una pieza alegre sin más; es una reflexión bastante extraña sobre la resiliencia, sobre aceptar los golpes de la vida sin caer en la autocompasión. Cavassa hace algo más difícil: la escucha de nuevo, y consigue que el oyente también lo haga.

Muchos cantantes de jazz heredan las canciones junto con el peso de todas las versiones anteriores y terminan dialogando con esa tradición de forma más o menos explícita. Cavassa parece optar por el camino contrario. Escucha estas piezas como si todavía no estuvieran canonizadas. No hay en sus interpretaciones la sensación de estar rindiendo homenaje a una tradición ni de intentar superarla. Lo que transmite es la curiosidad de alguien que acaba de encontrarse con una canción y quiere averiguar qué esconde. Esa actitud resulta particularmente valiosa en temas tan conocidos como Prisoner of Love, Be My Love, Could It Be Magic o el citado Raindrops Keep Falling on My Head, porque permite que el oyente vuelva a escucharlos sin el filtro de la costumbre. Y esa actitud es bastante rara en un disco de debut para un sello importante. 

No olvidemos que las composiciones propias podrían haber desentonado en un álbum de estas características. Sin embargo, eso no ocurre. Bossy Nova y Diavola, las dos piezas firmadas por Cavassa, se integran de forma natural en el conjunto.







Habría que hablar de Blue Note Records una discográfica que se tiene un tanto idealizada. Existe una tendencia a pensar en el sello como una especie de refugio artístico donde la lógica comercial queda suspendida, pero la realidad es que, especialmente desde los años 90 y bajo distintos propietarios, Blue Note ha funcionado como cualquier otra discográfica: invierte en nuevos talentos, les da una o dos oportunidades y, si no hay tracción suficiente, pasa página. La diferencia es que suele hacerlo con artistas de mucho nivel. Kristina Train es un ejemplo casi de manual. Su debut Spilt Milk (2009) salió en Blue Note con bastante apoyo crítico, pero las turbulencias corporativas en EMI afectaron a la promoción y terminó fuera del sello. Su segundo álbum apareció ya en Mercury.

Y nosotros encontramos cierto paralelismo entre Kristina TrainGABRIELLE CAVASSA: Ambas son cantantes con una personalidad muy marcada, difícilmente clasificables dentro del jazz vocal convencional, y ambas llegaron a Blue Note con un proyecto bastante sofisticado. La diferencia es que Cavassa cuenta con un respaldo muy fuerte de Joshua Redman y de Don Was, además de llegar en un momento en que Blue Note parece apostar más por carreras de largo recorrido que por éxitos inmediatos. 

La pregunta interesante será si DIAVOLA vende lo suficiente para justificar un segundo disco. Históricamente, Blue Note ha sido bastante menos romántica de lo que su prestigio podría hacer pensar. De momento la media crítica de DIAVOLA es de 80 sobre 100 basada en las reseñas de AllMusic (90/100) y PopMatters (70/100). En casos como este una buena crítica si puede ayudar bastante a que se cumplan los objetivos comerciales.

Hay otra cosa que GABRIELLE CAVASSA tiene en común con Kristina Train: las dos parecen artistas que toman decisiones musicales guiadas por el gusto antes que por la estrategia comercial. Tienen un excelente gusto musical y eso implica que hay cantantes técnicamente superiores, con más extensión vocal o más potencia. Pero lo raro es encontrar a alguien que parezca incapaz de tomar una decisión musical vulgar. En Kristina Train era difícil encontrar una canción mal elegida o un arreglo oportunista. 

Con GABRIELLE CAVASSA percibimos algo parecido en DIAVOLA. Escoger Raindrops Keep Falling on My Head, Prisoner of Love, una canción de Luigi Tenco, Be My Love y Could It Be Magic parece una locura sobre el papel. Son materiales procedentes de mundos distintos y con mucho equipaje cultural. Sin embargo, el disco transmite una unidad estética muy fuerte. Eso suele ser señal de que detrás hay una personalidad artística definida.

Aunque la cohesión del álbum no depende únicamente de la selección del repertorio. Los arreglos contribuyen decisivamente a esa sensación de unidad evitando cualquier tentación de subrayar las diferencias de origen entre las canciones. Cavassa y sus colaboradores parecen más interesados en descubrir afinidades ocultas entre estos materiales que en exhibir sus contrastes. El resultado es un disco que fluye con naturalidad de una pieza a otra y que consigue que canciones separadas por décadas, estilos y contextos culturales parezcan formar parte de una misma conversación.

Lo que más llama la atención de Cavassa es que no parece obsesionada con demostrar nada. Muchos debuts en sellos grandes intentan exhibir virtuosismo o modernidad. DIAVOLA tiene algo más arriesgado: confía en la escucha lenta. Es un disco que te invita a acercarte a las canciones en lugar de impresionarte con ellas. 

La historia del jazz y de la música de raíces está llena de artistas admirados por músicos, críticos y un pequeño grupo de oyentes fieles que nunca alcanzaron cifras comerciales significativas. Eso no impide carreras largas, pero sí suele implicar cambios constantes de sello, proyectos más pequeños y, a menudo, autoproducción. 

También es verdad que el contexto actual es distinto al de Kristina Train en 2009. Hoy una artista puede mantener una carrera internacional relativamente estable combinando giras, festivales, enseñanza, colaboraciones y grabaciones independientes. Quizá el riesgo para Cavassa no sea desaparecer, sino convertirse en una de esas figuras muy respetadas dentro del jazz contemporáneo que el gran público apenas conoce.  

La voz de Cavassa tampoco busca imponerse por volumen o espectacularidad. Su principal virtud está en el control del matiz. Puede sugerir fragilidad sin caer en el susurro afectado y transmitir intensidad sin necesidad de recurrir al dramatismo excesivo. Esa economía expresiva encaja perfectamente con el repertorio elegido para DIAVOLA, donde cada palabra parece pesar tanto como cada nota.

Cuando escuchamos a Cavassa en DIAVOLA, nos recuerda más a cantantes como Luciana Souza o Gretchen Parlato que a las vocalistas de jazz más mediáticas de los últimos años. Las tres comparten una forma de entender el canto que sitúa la expresión por encima de la exhibición técnica. No son intérpretes que busquen impresionar mediante la amplitud del registro o el virtuosismo constante. Su atención parece concentrarse en algo más difícil de conseguir: encontrar el color exacto para cada palabra y la inflexión adecuada para cada frase. 

En DIAVOLA, Cavassa demuestra una sensibilidad parecida. Cada canción parece exigirle una voz ligeramente distinta, un carácter diferente, como si el objetivo no fuera imponer una personalidad única sobre el repertorio sino descubrir qué necesita cada pieza para revelar su identidad. Eso suele generar carreras artísticamente muy sólidas, aunque no siempre carreras comerciales espectaculares. No obstante DIAVOLA podría ser una excepción y dar pie a una gran carrera más visible, porque es un disco con alma capaz de llegar hasta el más profano en estos géneros. Solo basta con escucharlo. Nuestra nota es un 90 sobre 100.

 


MEJORES MOMENTOS: Prisoner of Love, Be My Love, Could It Be Magic, Raindrops Keep Falling on My Head, Bossy Nova, Angelo, Diavola... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100


miércoles, 17 de junio de 2026

RELECTURA DE EVANESCENCE: NI COMEBACK, NI NOSTALGIA.

 


Después de cinco años sin un nuevo trabajo de estudio, EVANESCENCE regresan con SANCTUARY, un álbum que encaja menos en la idea de un comeback que en la de una reentrada en la conversación musical contemporánea. La banda nunca llegó a desaparecer -ha mantenido una actividad constante en directo y una base de seguidores estable desde los años 2000-, pero sí había quedado progresivamente desplazada del foco crítico y mediático. Este nuevo trabajo altera parcialmente ese equilibrio: por primera vez en mucho tiempo, la recepción crítica acompaña con una coherencia poco habitual en la etapa reciente del grupo, situando el disco de nuevo en el radar fuera de su núcleo de fans. 

Parte de esa renovación se percibe en el propio sonido del álbum. La producción, firmada por Jordan Fish y Zakk Cervini, introduce un enfoque más contemporáneo sin romper con la identidad de la banda. Hay una actualización clara del lenguaje sonoro: capas electrónicas más presentes, una mezcla más limpia y una arquitectura más actual del metal alternativo, más cercana a cómo suena el género en la última década que a la estética de principios de los 2000. Aun así, EVANESCENCE no diluyen su personalidad. Incluso cuando el disco abre con Beautiful Lie, un tema que remite de forma evidente a la era de Fallen (2003), el gesto funciona más como punto de reconocimiento que como ejercicio de nostalgia. No es una recreación del pasado, sino una forma de recordarle al oyente de dónde viene el grupo antes de moverlo hacia otro lugar. 

Ese equilibrio entre continuidad y actualización es probablemente una de las razones por las que SANCTUARY ha generado una respuesta crítica más entusiasta que sus trabajos anteriores. Porque ha obtenido la valoración más alta de toda su discografía con una media de 83 sobre 100. Distribuida de la siguiente manera: AllMusic 90/100; Blabbermouth.net y Kerrang! 85/100 y Metal Hammer y The Arts Desk 80/100. Y lo más curioso es que la banda no intenta reinventarse de forma brusca ni perseguir tendencias de manera explícita; más bien refina un lenguaje propio que, con el tiempo, se ha vuelto más reconocible que discutido. 

En el centro de todo sigue estando Amy Lee. Y es difícil separar este disco de su trayectoria. Durante más de dos décadas, Lee ha sido el eje creativo y emocional de EVANESCENCE, sosteniendo la identidad del grupo a través de cambios de formación, transformaciones de la industria y una percepción pública que durante años tendió a encajarlos en una categoría muy concreta: la de fenómeno masivo de principios de los 2000. En aquel momento, el éxito de la banda convivía con una lectura crítica bastante condicionada por los prejuicios hacia el rock comercial de la época. EVANESCENCE fue encasillado con frecuencia en etiquetas reduccionistas -“goth pop”, “nu metal de radio”, “banda de MTV”- que simplificaban tanto su propuesta como la propia figura de Amy Lee, reduciéndola a la imagen de frontwoman más que a la de compositora y arquitecta del proyecto. 




Con el paso del tiempo, esa percepción ha ido cambiando. El contexto actual permite una escucha menos cargada de prejuicios estéticos y de época, y eso ha abierto la puerta a una relectura más amplia de su catálogo. Hoy, elementos que en su momento fueron vistos como excesivos o comerciales -la teatralidad, la mezcla de piano y guitarras pesadas, el dramatismo vocal- se entienden con más facilidad como parte de una identidad coherente dentro del rock alternativo de su generación, y no como una excepción dentro del género. 

SANCTUARY se beneficia directamente de ese cambio de mirada. Amy Lee no aparece aquí como reliquia de una etapa pasada, sino como una autora plenamente vigente, capaz de adaptar su sonido a nuevas coordenadas sin perder su núcleo expresivo. El disco, en ese sentido, no solo reafirma su papel dentro de EVANESCENCE, sino que también lo consolida como el verdadero hilo conductor de una identidad que ha sobrevivido a lo largo del tiempo. 

Y ahí es donde el álbum adquiere su verdadero peso. Más que un regreso, SANCTUARY funciona como un reajuste de percepción. EVANESCENCE no vuelven porque nunca se fueron, pero sí vuelven a ocupar espacio en la conversación cultural fuera de su propio nicho. Lo relevante no es tanto el impacto comercial ni una hipotética reinvención estilística, sino el hecho de que el grupo vuelve a ser mirado desde fuera con interés crítico, en un contexto donde los prejuicios que antes condicionaban su recepción han perdido buena parte de su fuerza. 

Si este movimiento se sostiene en el tiempo, SANCTUARY puede terminar siendo menos recordado como el pico creativo de una etapa concreta y más como el punto de inflexión que marca una segunda fase: no un comeback, sino algo más interesante y menos habitual, un reconocimiento tardío que devuelve a EVANESCENCE a un lugar de discusión en el presente.

Para concluir, SANCTUARY no es un disco que dependa de la sorpresa ni de la reinvención radical, sino de la consolidación de una identidad que ha sabido resistir el paso del tiempo. Su importancia no reside únicamente en sus canciones individuales, sino en el momento que ocupa dentro de la trayectoria de EVANESCENCE: el de una banda que vuelve a ser escuchada desde el presente, no desde la nostalgia. Es un trabajo sólido, coherente en su propuesta y sorprendentemente eficaz en su equilibrio entre actualización y continuidad, que consigue situar de nuevo a la banda en un plano de relevancia crítica. 

Por todo ello, SANCTUARY no solo funciona como un buen álbum dentro de la discografía de EVANESCENCE, sino como un lanzamiento significativo dentro de su propia narrativa. Un álbum que no redefine el mapa, pero sí recoloca a su autora en él con una claridad que llevaba años sin percibirse. Nuestra nota es un 85 sobre 100. No dejan de hacer lo mismo de siempre, pero muchísimo mejor. 



MEJORES MOMENTOS: Beautiful Lie, Who Will You Follow, Tell Me When You've Had Enough, Afterlife...

MEDIA CRÍTICA: 83/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100


lunes, 15 de junio de 2026

OLIVIA RODRIGO: ADOLESCENCIA NARRATIVA PERMANENTE.

 



Escuchando you seem pretty sad for a girl so in love de OLIVIA RODRIGO se nos viene a la cabeza una pregunta: ¿Qué ocurre cuando una artista intenta crecer, pero el ecosistema mediático que la rodea obtiene más beneficios de que siga siendo leída como la protagonista de un drama juvenil?

Hace unos años esto se resolvía de manera tajante. Recordemos a Avril Lavigne por ejemplo. Lavigne aterrorizó a la industria con un segundo álbum bastante oscuro como Under My Skin (2004). ¿Cual fue el paso siguiente? Infantilizarla en The Best Damm Thing (2007) con una imagen un tanto caricaturesca. El gran lastre de la carrera de Avril Lavigne siempre fue la dificultad para construir una identidad adulta tan reconocible como la adolescente que la convirtió en estrella. Estamos en 2026 y algunas cosas no se pueden repetir hoy día. Primero, porque las artistas no lo permitirían y segundo, porque la presión de las Redes Sociales, y que todo el mundo tenga una opinión y pueda replicar cómodamente desde su sofá, ha cambiado las reglas del juego. Así que con OLIVIA RODRIGO el mecanismo parece más sofisticado. Ya no se trata de vestir a una artista de adolescente cuando tiene 23 años. Se trata de delimitar cuidadosamente cuánto puede madurar su discurso sin abandonar el mercado que la convirtió en fenómeno generacional.

GUTS, el segundo álbum de OLIVIA RODRIGO, también bastante oscuro, podría terminar pareciendo no el segundo capítulo de una evolución, sino casi una anomalía. Un álbum donde Olivia se permitió ser más incómoda, más contradictoria y menos comercialmente predecible, antes de que el tercer disco reordenara el relato de su carrera. No porque alguien la haya "infantilizado" en el sentido clásico del término, sino porque la industria de 2026 ha aprendido que es mucho más eficaz congelar una identidad que revertirla.

Una de las preguntas que deja el álbum es si GUTS fue realmente el inicio de una evolución o si acabará siendo recordado como una excepción dentro de la discografía de Rodrigo. 

you seem pretty sad for a girl so in love, se presenta como disco maduro que habla sobre una ruptura. De hecho, hay decisiones que apuntan hacia una lectura más adulta del álbum. La presencia de Robert Smith, por ejemplo, no parece una colaboración pensada para TikTok, para las playlists de moda o para generar titulares fáciles. Smith representa una tradición artística donde la melancolía, la ambivalencia emocional y el desencanto no están asociados a la adolescencia sino a una sensibilidad adulta.

Pero por otro lado, el resto del álbum vuelve a los territorios emocionales y narrativos más reconocibles de SOUR, y la participación de Smith puede acabar funcionando casi como una certificación de prestigio para una obra que, en términos generales, evita seguir profundizando en los caminos que abría GUTS

Luego hay otro aspecto distinto a cómo el mainstream gestiona la madurez de sus artistas femeninas. Es la manera en cómo se relaciona el fandom de estos artistas con su obra. No es lo mismo cuando artistas como Courtney Marie Andrews o Sharon Van Etten escriben un disco de ruptura a cuando lo hacen Taylor Swift u Olivia RodrigoUn disco como Old Flowers (2020) de Courtney Marie Andrews habla de una ruptura real y dolorosa, pero el foco está en la experiencia emocional. El oyente se pregunta qué siente la narradora, cómo procesa la pérdida, qué dice la obra sobre el amor o la identidad. La biografía existe, pero no monopoliza la conversación.

En cambio, con Taylor Swift u Olivia Rodrigo -y cada vez más con otras estrellas pop- se ha desarrollado una cultura de recepción donde la canción es leída como una pista. El análisis artístico queda subordinado a una especie de investigación detectivesca. La letra deja de ser una exploración emocional para convertirse en una prueba documental.

Quizás el ejemplo más revelador sea una teoría que circula entre parte del fandom. Según esta lectura, la presencia de Robert Smith en el disco y el hecho de que Olivia haya titulado una de sus canciones the cure no responderían a una inquietud artística, sino a una estrategia de venganza dirigida contra el supuesto exnovio que inspira varias canciones y que es fan de la banda británica. Se supone que esta temporada, cada vez que este ex escriba The Cure en algún buscador, lo va a terminar dirigiendo a OLIVIA RODRIGO y nunca va a poder librarse de su recuerdo. La anécdota es divertida, pero también significativa. Una decisión que podría leerse en términos de influencias, tradición musical o evolución creativa acaba reinterpretada como un movimiento dentro de una partida sentimental. Es difícil encontrar una mejor demostración de cómo la conversación sobre ciertas artistas termina convirtiendo cualquier gesto artístico en una pista biográfica.

Las rupturas sentimentales forman parte de la experiencia adulta tanto como de la adolescente. Lo relevante aquí es la forma en que determinadas artistas son leídas: no como autoras que elaboran una experiencia emocional, sino como fuentes de información sobre su vida privada.

Si lo pensamos, el problema no es que OLIVIA RODRIGO escriba sobre una ruptura. El problema es que una artista de 23 años que podría estar escribiendo sobre cualquier aspecto de su vida adulta acaba siendo leída -y probablemente comercializada- a través de la misma lógica de siempre: ¿quién es el chico?, ¿qué pasó?, ¿qué significa esta frase?, ¿a quién va dirigida esta canción?

Es casi una paradoja. La industria ya no necesita infantilizar visualmente a las artistas como ocurrió con Avril Lavigne en los 2000. Ahora puede mantenerlas en una adolescencia narrativa permanente. Porque una persona de 23 años no es una adolescente. Pero una conversación pública centrada en romances, indirectas, teorías y exnovios sí reproduce muchas de las dinámicas culturales asociadas a la adolescencia.

También es posible que Rodrigo simplemente quiera escribir este tipo de canciones. No toda recurrencia temática implica una imposición industrial. Sin embargo, lo interesante es observar cómo la industria, los medios y parte del fandom obtienen beneficios de que esas canciones sean leídas siempre desde el mismo marco interpretativo.





La estructura de you seem pretty sad for a girl so in love sugiere una narrativa dividida en dos grandes movimientos emocionales que recorren el ciclo completo de una relación. El álbum se abre con drop dead, una canción que captura la emoción de una primera cita y el comienzo de una historia amorosa. A partir de ahí, temas como stupid song, honeybee y u + me = <3 representan la etapa más idealizada y luminosa del romance, marcada por la ilusión, la felicidad y la sensación de que todo gira en torno a la persona amada. 

Sin embargo, a medida que avanza esta primera mitad del disco, empiezan a aparecer señales de que bajo esa felicidad existe una inquietud latente. Canciones como my way y, especialmente, purple funcionan como un punto de transición en el que el entusiasmo inicial comienza a mezclarse con la incertidumbre y la tristeza. No resulta casual que algunos seguidores hayan interpretado purple como un puente simbólico entre el rosa asociado al amor y el azul vinculado a la melancolía. Esta lectura cobra aún más sentido si se tiene en cuenta el propio título del álbum: you seem pretty sad for a girl so in love. La frase sugiere que, incluso en medio del enamoramiento, la protagonista arrastra una tristeza difícil de ignorar. 

Desde esta perspectiva, podría ser un álbum conceptual que se divide en dos mitades: la primera parte del álbum, correspondiente a las siete primeras canciones y agrupada bajo la idea de girl so in love, retrata el enamoramiento desde dentro, aunque dejando entrever que algo no funciona del todo. La segunda mitad, asociada a you seem pretty sad, muestra el progresivo deterioro de la relación, la ruptura y el duelo posterior. 

El cambio de tono se hace evidente con the cure, tema que abre la segunda sección. A partir de ese momento, la historia deja de centrarse en la experiencia de estar enamorada y pasa a explorar el intento de reparar una relación que comienza a desmoronarse. Las canciones posteriores profundizan en sentimientos de inseguridad, súplica, decepción y pérdida, como ocurre en begged, what's wrong with me y less. Finalmente, cigarette smoke cierra el relato en pleno desamor, dejando la impresión de una herida emocional que todavía sigue abierta y que aún no ha terminado de cicatrizar.

La crítica le ha otorgado una media provisional de 88 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: DIY, The Independent, Sputnickmusic y The Irish Times le han otorgado la puntuación máxima 100/100 y consideran que es uno de los mejores álbumes de lo que llevamos de año. El resto de valoraciones son todas favorables: Rolling Stone y Clash 90/100; Still Listening 85/100; Pitchfork y Consequence Of Sound 83/100; MusicOHM, Slant Magazine, The Guardian, The Telegraph y The Sydney Morning Herald 80/100 y finalmente Northern Transmission con un 75/100. 

Quizás el mayor logro de you seem pretty sad for a girl so in love sea haber encontrado un equilibrio difícil de alcanzar: construir una historia completa y coherente sin sacrificar la fuerza individual de cada canción. El álbum funciona como una narración con principio, desarrollo y desenlace, pero ninguna de sus canciones depende exclusivamente del contexto para tener sentido. Cada tema puede escucharse por separado y conservar su identidad, al mismo tiempo que contribuye a una línea argumental clara cuando se escucha el disco de principio a fin. 

Es precisamente esa cohesión narrativa lo que gran parte de la crítica parece estar valorando especialmente. Frente a trabajos anteriores, OLIVIA RODRIGO consigue aquí que la secuencia de canciones tenga un peso dramático real, convirtiendo el álbum en una experiencia más unitaria y deliberada. Esa capacidad para combinar accesibilidad, consistencia temática y desarrollo emocional es uno de los argumentos más sólidos para considerar este su mejor trabajo hasta la fecha. 

Sin embargo, esta lectura también tiene una consecuencia interesante: revaloriza retrospectivamente GUTS como una especie de paréntesis experimental dentro de su discografía. Si SOUR era una colección de canciones unidas por una misma etapa vital y you seem pretty sad for a girl so in love es una obra claramente estructurada alrededor de una historia, GUTS ocupa un espacio intermedio mucho más imprevisible. Fue un álbum donde Rodrigo asumió más riesgos estilísticos, alternando pop-punk, rock alternativo, baladas y composiciones más irónicas o agresivas, sin preocuparse tanto por construir una narrativa lineal. 

Tal vez por eso GUTS no recibió en su momento el mismo reconocimiento que hoy está obteniendo este tercer álbum. La crítica suele premiar con facilidad los discos que presentan una visión clara y cohesionada, mientras que las obras más dispersas o experimentales requieren tiempo para ser apreciadas en toda su complejidad. Visto desde la perspectiva actual, GUTS puede entenderse menos como un paso intermedio y más como el disco en el que OLIVIA RODRIGO se permitió explorar los límites de su sonido antes de canalizar todo ese aprendizaje en una obra más compacta y narrativa.

Otro de los aspectos más llamativos de you seem pretty sad for a girl so in love es comprobar hasta qué punto la asociación creativa entre OLIVIA RODRIGO y Dan Nigro sigue dando resultados distintos en cada proyecto. Resulta difícil encontrar muchos casos recientes en el pop donde un mismo dúo artístico haya sido capaz de construir tres discos con identidades tan diferenciadas. Desde la catarsis adolescente de SOUR, pasando por el carácter más imprevisible y experimental de GUTS, hasta llegar a la narrativa cohesionada de este tercer álbum, ambos han demostrado una notable capacidad para evolucionar sin perder una voz reconocible. 

La variedad de influencias que se perciben aquí ayuda a explicar esa sensación de crecimiento. El disco ha sido descrito mediante etiquetas tan diversas como pop-rock, singer-songwriter, new wave, post-punk revival, alternative rock, big music o jangle pop. Sobre el papel podría parecer una mezcla difícil de integrar, pero el resultado mantiene una coherencia sorprendente, en gran medida gracias a una producción que entiende cuándo cada influencia debe ocupar el primer plano y cuándo debe quedar al servicio de la canción. 

También conviene recordar que OLIVIA RODRIGO sigue siendo una de las principales responsables de la escritura de su material. Aunque Dan Nigro continúa siendo una pieza fundamental del proceso creativo, las canciones nacen de una colaboración en la que la propia Olivia participa activamente junto a un grupo reducido de compositores. Entre ellos destaca especialmente Sasha Alex Sloan, cuya presencia resulta lógica si se observan los temas emocionales que atraviesan el álbum. Su carrera en solitario está construida precisamente sobre composiciones confesionales, íntimas y centradas en las inseguridades, las relaciones y la vulnerabilidad emocional, elementos que encajan perfectamente con el universo que desarrolla este trabajo. 

Por nuestra parte, you seem pretty sad for a girl so in love no merece menos de un 90 sobre 100. Nos habría gustado que algunos de los rasgos más incómodos, contradictorios y menos complacientes que asomaban en GUTS hubieran seguido desarrollándose aquí, en lugar de quedar parcialmente aparcados en favor de una propuesta más accesible y fácilmente reconocible para un sector del público que continúa leyendo a OLIVIA RODRIGO desde los mismos códigos de siempre. En cualquier caso, nada de eso parece una renuncia definitiva. Más bien da la impresión de tratarse de elementos que permanecen ahí, esperando el momento adecuado para volver a ocupar el centro de su discurso artístico. 

Lo verdaderamente revelador es que, después de todo lo escrito sobre este álbum, una de las frases que más se repite entre parte de sus seguidores siga siendo: "No me gusta que haya crecido tan deprisa". Si existe una mejor definición de la adolescencia narrativa permanente, nosotros todavía no la hemos encontrado. 



MEJORES MOMENTOS: what's wrong with me, stupid song, the cure, my way, expectations, cigarette smoke...

MEDIA CRÍTICA: 88/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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