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lunes, 13 de julio de 2026

TASHA Y LA PRIMAVERA PERMANENTE.

 


Tasha Viets-VanLear, conocida artísticamente como TASHA, es una cantante, compositora y guitarrista de Chicago cuya música se ha convertido en una de las propuestas más singulares e interesantes dentro de la nueva generación de la canción de autor estadounidense. Antes de dedicarse plenamente a la música trabajó como organizadora comunitaria y activista, una experiencia que ha dejado una profunda huella en su manera de entender el arte. Su compromiso con la justicia racial y los derechos de las personas LGBTQ+ no aparece en su obra como un discurso añadido, sino como una sensibilidad que atraviesa sus canciones: una defensa del cuidado, la comunidad y la posibilidad de encontrar belleza incluso en contextos difíciles. Tasha se ha definido públicamente como una persona queer, y esa perspectiva forma parte de una escritura que aborda el amor, la intimidad y la identidad desde un lugar profundamente humano y sin convertirlo en una simple declaración de principios. 

Desde su debut con Alone at Last (2018), Tasha ha construido una discografía marcada por la elegancia, la calidez y una particular mezcla de indie folk, soul, R&B y pop de cámara. Aquel primer álbum recibió una notable acogida dentro de los círculos de la música independiente, mientras que Tell Me What You Miss the Most (2021) consolidó su reputación como una compositora capaz de transformar la vulnerabilidad en una experiencia luminosa. Más adelante, All This and So Much More (2024) amplió su paleta sonora y confirmó una evolución hacia arreglos más ambiciosos y expansivos. Con YOU'RE SPRING!, Tasha continúa explorando ese territorio entre la contemplación y la esperanza, presentando un álbum que no ignora las dificultades del presente, pero que apuesta por la ternura, la renovación y la capacidad de seguir creciendo.

Dentro de la nueva generación de cantautoras que han ampliado los límites de la música de raíz estadounidense, Tasha comparte sensibilidad con artistas como Jamila Woods y L'Rain, dos creadoras que además participan en YOU'RE SPRING! y que, como ella, entienden la música como un espacio de poesía, identidad y exploración emocional. Si Woods combina soul, spoken word y activismo desde una perspectiva profundamente comunitaria, y L'Rain lleva esas inquietudes hacia terrenos más experimentales y abstractos, Tasha encuentra un punto intermedio donde la canción de autor, el R&B y el pop de cámara conviven con una enorme delicadeza. 

También comparte camino con Joy Oladokun, especialmente en esa capacidad de transformar la vulnerabilidad, la identidad y la búsqueda de esperanza en canciones cálidas y accesibles, aunque TASHA se inclina por atmósferas más sutiles y arreglos más contemplativos. Frente a la vertiente más confesional del indie contemporáneo representada por Jensen McRae, TASHA propone una mirada menos narrativa y más sensorial: sus canciones no buscan tanto contar una herida como crear un espacio de refugio y conexión.








En el plano sonoro, YOU'RE SPRING! se mueve en un territorio donde confluyen el indie folk, el indie pop, el soul y el R&B, aunque algunas etiquetas como jazz o experimental soul requieren de ciertos matices. Más que un álbum de jazz propiamente dicho, TASHA incorpora una sensibilidad jazzística en la riqueza armónica, los arreglos y la atención al detalle, mientras que su faceta más experimental aparece en la manera de construir atmósferas y texturas sin romper nunca con la estructura de la canción. El resultado se acerca al pop de cámara: un espacio donde guitarras, pianos, cuerdas y armonías vocales construyen un marco cálido y envolvente alrededor de una voz que siempre permanece en primer plano. Sobre esta delicada arquitectura musical, TASHA desarrolla unas narrativas centradas en el amor, la comunidad, la identidad, el duelo y la esperanza. YOU'RE SPRING! no plantea la primavera como una simple metáfora de renovación individual, sino como la posibilidad de reconstruir vínculos y encontrar belleza en medio de un contexto complejo. Sus canciones hablan de resistir sin endurecerse, de cuidar como forma de supervivencia y de reivindicar la ternura como una fuerza transformadora.

En el apartado técnico, YOU'RE SPRING! es ante todo una obra de TASHA: ella firma todas las canciones y comparte las labores de producción con Gregory Uhlmann, manteniendo el control sobre la visión artística del álbum. Gregory Uhlmann aporta una capa de riqueza tímbrica que permite que las composiciones tengan mayor amplitud sonora, incorporando guitarras de texturas más atmosféricas, sintetizadores, arreglos sutiles y una atención especial al color de cada instrumento. Su experiencia como guitarrista, compositor y miembro del colectivo de jazz experimental SML se percibe en la manera de tratar el sonido, aportando una dimensión más expansiva sin alejarse nunca de la sensibilidad íntima de TASHA. El resultado es una producción donde la delicadeza de la composición y la amplitud del arreglo conviven en perfecto equilibrio: Uhlmann no impone una estética propia sobre las canciones, sino que funciona como un arquitecto sonoro que ayuda a convertir las emociones de Tasha en una experiencia llena de matices.

La recepción crítica de YOU'RE SPRING! ha sido, hasta el momento, notablemente positiva, aunque conviene contextualizar sus cifras debido al reducido número de reseñas profesionales disponibles. El álbum cuenta actualmente con una valoración media de 86 sobre 100, una puntuación construida a partir de dos críticas: el 91/100 otorgado por Paste, que destacó la capacidad de TASHA para convertir la vulnerabilidad y la esperanza en una experiencia musical cálida y expansiva, y el 80/100 de AllMusic, que puso el foco en la riqueza compositiva y la delicadeza de sus arreglos. Más allá de la cifra concreta, lo significativo es que ambas reseñas coinciden en señalar a TASHA como una artista con una identidad propia, capaz de moverse entre el folk, el soul y el pop de cámara sin perder la profundidad emocional que ha caracterizado su trayectoria.

Por nuestra parte, YOU'RE SPRING! es un álbum que alcanza una valoración de 90 sobre 100 gracias, sobre todo, a su extraordinaria cohesión como obra completa. TASHA construye un recorrido en el que cada canción parece formar parte de un mismo universo emocional, reforzando el carácter de álbum entendido como una experiencia y no como una simple colección de temas. Sin embargo, esa unidad no impide que muchas de sus piezas funcionen de manera independiente: varias canciones poseen una belleza inusual, a veces incluso inquietante, capaz de permanecer en la memoria por sus melodías, sus arreglos y la intensidad contenida de sus interpretaciones. Quizás el mayor problema de YOU'RE SPRING! sea precisamente que pertenece a ese territorio que todavía llamamos música de nicho, no porque su propuesta resulte inaccesible, sino porque los circuitos de difusión han decidido situarla ahí. Bastaría un mínimo de sensibilidad para dejarse llevar por la calidez, la profundidad y la delicadeza de este álbum; entrar en él supone aceptar la invitación de TASHA a quedarse un tiempo en su mundo, como aquellos lotófagos de La Odisea que, tras probar el fruto, ya no encontraban razones para marcharse.


MEJORES MOMENTOS: Summer, Special, Quick!, Spring, Clarion... 

MEDIA CRÍTICA: 86/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

viernes, 10 de julio de 2026

FATOUMATA DIAWARA: DE LA REVELACIÓN A LA MAESTRÍA.

 



Hay discos que llegan en un momento en el que parecen pertenecer a muy poca gente. Fatou (2011), el primer álbum de FATOUMATA DIAWARA, tenía esa cualidad de descubrimiento: la sensación de estar ante una artista que acababa de aparecer con una identidad completamente formada, pero que todavía no había alcanzado la dimensión internacional que hoy tiene. Era un álbum de enorme cercanía, construido alrededor de su guitarra, de su voz y de una escritura que conectaba la tradición mandinga con una sensibilidad contemporánea. Para muchos oyentes fue la presentación de una artista que parecía guardar un secreto que, con el tiempo, acabaría compartiendo con el mundo entero. Nosotros fuimos de los primeros en reseñar su debut en España y, desde entonces, hemos seguido su trayectoria con un interés especial. 

La evolución de FATOUMATA DIAWARA ha sido constante. Fatou mostró una personalidad artística ya definida; Fenfo (2018) supuso el gran salto hacia una audiencia internacional más amplia gracias a una producción más ambiciosa y una mirada más abierta, sin perder el vínculo con sus raíces. Más tarde, London Ko (2023) confirmó esa expansión, integrando con naturalidad la tradición de Malí, el pop global, la electrónica y las colaboraciones internacionales. Ya no buscaba un lugar en el panorama mundial: lo ocupaba con una propuesta propia. 

En ese recorrido aparece ahora MASSA, un álbum que no representa tanto una ruptura como una reafirmación. Después de ampliar su público y llevar su música a escenarios internacionales, Fatoumata vuelve a demostrar que su mayor virtud consiste en evolucionar sin perder la raíz, modernizando su lenguaje sin convertirlo en una simple adaptación a las tendencias globales. 

Su importancia también debe entenderse dentro de la historia de las mujeres africanas en la música internacional. Durante décadas, las grandes figuras femeninas africanas con reconocimiento mundial fueron excepciones dentro de una industria dominada por otras narrativas. La referencia inevitable es Miriam Makeba, una artista que llevó la música africana a una dimensión planetaria y que además convirtió su voz en un símbolo de lucha contra el apartheid y de defensa de la dignidad de su pueblo.

Pero FATOUMATA DIAWARA no pretende ocupar el mismo lugar que Makeba ni repetir su camino. Su contexto es diferente y su discurso pertenece a otra generación. Mientras Makeba fue una figura fundamental en la representación política y cultural de África durante el siglo XX, Fatoumata representa una África contemporánea, conectada con la diáspora, las nuevas tecnologías y una escena musical global en constante transformación. 

Su trayectoria se puede leer también junto a otras grandes mujeres africanas que han abierto caminos: Cesária Évora, que convirtió la melancolía de Cabo Verde en una emoción universal; Oumou Sangaré, símbolo de la fuerza del wassoulou y de la reivindicación femenina en Malí; o Angélique Kidjo, que ha construido un puente entre las raíces africanas y la música internacional contemporánea. Cada una representa una forma distinta de presencia africana en el mundo. 

FATOUMATA DIAWARA pertenece a esa tradición, pero también la continúa desde otro lugar. Es compositora, guitarrista, intérprete y creadora de su propio universo. Su música no presenta África como un recuerdo del pasado, sino como una cultura viva, cambiante y plenamente contemporánea. Por eso MASSA llega como la obra de una artista que ya no necesita ser descubierta, sino escuchada con la atención que merece.

La diferencia entre Fatou y MASSA permite entender mejor la evolución de FATOUMATA DIAWARA. El primer álbum siempre conservará un lugar especial porque pertenece a ese momento en el que todavía era un descubrimiento para muchos oyentes. Era una obra que parecía llegar desde un lugar casi privado, una pequeña revelación compartida entre quienes encontraron aquella voz antes de que su nombre alcanzara proyección internacional. 

Escuchar MASSA hoy permite comprobar hasta qué punto aquella artista ha crecido. La esencia sigue intacta -la conexión con sus raíces, la sensibilidad melódica y la fuerza de su voz-, pero el salto en el terreno sonoro es evidente. FATOUMATA DIAWARA ya no solo interpreta canciones: construye espacios, controla los silencios y sabe con precisión cuándo debe aparecer cada elemento. 

Ese dominio marca la diferencia entre ambos discos. No porque Fatou careciera de personalidad, sino porque era el trabajo de una artista que mostraba una identidad extraordinaria. MASSA, en cambio, pertenece a una creadora plenamente consciente de todas las herramientas expresivas que tiene a su alcance. 

La evolución entre ambos álbumes es también la distancia que separa una revelación de una autora que domina su propio lenguaje. En Fatou impresionaba la pureza de una voz nueva; en MASSA, la seguridad con la que esa voz ocupa su lugar dentro de una producción de enorme precisión, donde arreglos e interpretación parecen responder a una visión artística completamente definida.






 

El mayor triunfo de FATOUMATA DIAWARA quizá sea haber crecido sin perder aquello que hizo especial su debut. La artista que emocionó a quienes la descubrieron en Fatou sigue estando presente, pero ahora cuenta con una experiencia, una perspectiva internacional y una madurez que convierten MASSA en la obra de una creadora plenamente consciente de su dimensión artística.

Resulta complicado encerrar MASSA en una sola etiqueta. El término afropop puede servir como una aproximación inicial, pero también corre el riesgo de simplificar una obra mucho más rica. Como ocurre con frecuencia bajo la categoría de "músicas del mundo", se terminan agrupando propuestas muy diferentes únicamente por su procedencia geográfica. 

MASSA no es una simple actualización de sonidos africanos para un público global. En él conviven la tradición maliense, la sensibilidad del pop contemporáneo, una producción sofisticada, la electrónica sutil y una concepción muy cuidada del espacio sonoro. FATOUMATA DIAWARA no utiliza sus raíces como un elemento decorativo, sino como el punto de partida desde el que construye un lenguaje propio.

Quizás la mayor sorpresa del álbum sea descubrir un virtuosismo que en sus trabajos anteriores permanecía más contenido. En Fatou ya estaban la personalidad, la emoción y una voz extraordinaria; Fenfo reveló a una compositora con una visión más amplia; pero en MASSA emerge con claridad una artista que domina el ritmo interno de sus canciones y administra cada recurso con una precisión admirable. 

La grandeza del disco no reside en la acumulación de elementos, sino en saber cuándo utilizarlos. FATOUMATA DIAWARA entiende el valor del silencio, de la espera, de la repetición hipnótica y de la entrada exacta de cada instrumento. El álbum transmite la seguridad de una creadora que ya no busca una identidad sonora: la ha construido y la controla plenamente. 

Los créditos, que siempre leemos después de escuchar un disco, refuerzan esa impresión. Fatoumata firma todas las canciones y comparte la composición, los arreglos y la producción con -M- (Matthieu Chedid). Esa implicación explica la coherencia de MASSA, que nunca suena como una colección de temas aislados, sino como una obra concebida desde una visión artística unitaria. La evolución respecto a Fatou es enorme, no porque aquel debut haya perdido valor, sino porque demuestra hasta dónde ha sido capaz de desarrollar una voz que ya entonces era inconfundible.

La crítica ha otorgado a MASSA una media de 83 sobre 100, basada en las reseñas de Far Out Magazine (90/100), Mojo (80/100) y Uncut (80/100). Es exactamente la misma media que obtuvieron Fatou y Fenfo, mientras que London Ko alcanzó un 82/100. Aunque algunos críticos consideran que sigue alejándose del sonido más orgánico de sus primeros trabajos, existe un amplio consenso en que mantiene intactas dos de sus mayores virtudes: la fuerza de su voz y su capacidad para escribir canciones memorables. Esa continuidad explica que la recepción haya vuelto a ser claramente favorable.

Por nuestra parte, MASSA merece un 90 sobre 100. Las canciones mantienen un nivel de calidad muy alto y en ningún momento transmiten la sensación de ser un simple relleno. La producción es sofisticada sin eclipsar la voz de FATOUMATA DIAWARA, integra con naturalidad elementos electrónicos y contemporáneos sin romper el vínculo con la tradición musical de Malí y ofrece nuevos matices con cada escucha. Su interpretación vocal continúa siendo uno de los grandes pilares del álbum, capaz de transmitir fuerza y delicadeza con la misma naturalidad. 

Además, hay un aspecto que difícilmente puede reflejar una puntuación: la personalidad. Existen artistas técnicamente excelentes cuyos discos podrían confundirse entre sí; con FATOUMATA DIAWARA ocurre exactamente lo contrario. Bastan unos segundos para reconocer su voz, su forma de tocar la guitarra, su sentido del ritmo y el canto en bambara. Esa identidad, construida a lo largo de toda su trayectoria, es también la razón por la que MASSA no representa únicamente otro buen disco en su discografía, sino la confirmación de una de las voces más singulares de la música africana contemporánea.

Hoy, cuando FATOUMATA DIAWARA ya forma parte de la conversación musical internacional, resulta inevitable recordar aquel primer descubrimiento. MASSA demuestra que algunos secretos no desaparecen cuando dejan de serlo: simplemente encuentran la forma de llegar mucho más lejos.



MEJORES MOMENTOS: Djanne, Fala, Massa, Sigui, Mogo, Denko, Farana...   

MEDIA CRÍTICA: 83/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

miércoles, 8 de julio de 2026

RYAN BEATTY: COMO ESTAR EN CASA.

 


RYAN BEATTY es un cantante y compositor californiano. Comenzó su carrera siendo apenas un adolescente, cuando la industria del pop trató de convertirlo en un producto más antes de que pudiera desarrollar plenamente una identidad artística propia. En aquellos primeros años se esperaba de él una imagen que encajara con los cánones comerciales del momento, incluyendo la presión de proyectar una imagen heterosexual que no reflejaba quién era realmente. 

Su salida del armario marcó un antes y un después. Hablar abiertamente de su identidad como hombre gay no solo supuso un acto de libertad personal, sino también el punto de partida de una transformación creativa que le permitió escribir desde la honestidad y construir un lenguaje artístico propio. Fue un proceso largo, complejo y lleno de obstáculos, pero también el que terminó definiendo su carrera.

Con esa nueva libertad llegaron discos cada vez más personales, aunque fue Calico (2023) el que terminó situándolo en el radar de un público mucho más amplio y consolidó el reconocimiento de una trayectoria que llevaba años madurando. Lejos de ser el comienzo de esa búsqueda, el álbum representó la confirmación de un artista que por fin podía mostrarse tal y como era. Ese impulso se tradujo también en nuevas oportunidades, como su participación como compositor en cuatro canciones de Cowboy Carter (2024) de Beyoncé. Su trabajo en el álbum le permitió formar parte del equipo galardonado con el Grammy a Álbum del Año en 2025, un hito que amplificó aún más su proyección internacional. 

El presente se llama SWEET FORTUNE y Beatty parece dispuesto a iniciar un nuevo capítulo. Todo apunta a una etapa de mayor expansión y visibilidad, en la que sigue explorando su identidad musical desde la misma autenticidad que ha convertido en el sello de su obra.

En el apartado de producción, SWEET FORTUNE supone una evolución natural del universo sonoro que RYAN BEATTY empezó a desarrollar en Calico. Beatty vuelve a asumir un papel central como productor, acompañado por Ethan Gruska, que también estuvo en Calico y es una de las piezas clave del sonido del álbum. Juntos construyen un paisaje mucho más rico en matices, donde la sencillez de las composiciones convive con arreglos progresivamente más elaborados. 

La producción apuesta por la calidez y la organicidad antes que por la espectacularidad. Las canciones parten a menudo de estructuras minimalistas y dejan espacio para que las voces, las guitarras acústicas, los pianos, las cuerdas y los arreglos de raíz americana respiren con naturalidad. Gruska, colaborador habitual de artistas como Phoebe Bridgers, aporta esa capacidad para crear atmósferas envolventes donde cada elemento parece colocado al servicio de la emoción, mientras Beatty mantiene el control de una identidad sonora que ya no necesita buscar aprobación externa. 

Si Calico destacaba por una producción más desnuda y contemplativa, SWEET FORTUNE amplía el lienzo sin perder intimidad. Hay más colores, más instrumentación y una mayor vocación de arreglista: ecos de country-pop, americana, folk e incluso pequeños detalles de jazz aparecen integrados en un sonido que sigue teniendo como centro la voz y la narrativa de Beatty. Es un álbum que entiende la producción no como un escaparate, sino como una extensión de la emoción de las canciones.

La recepción crítica de SWEET FORTUNE, ha sido más contenida que la de Calico. En el momento de escribir estas líneas, el álbum cuenta con una media de 65 sobre 100 basada en dos únicas reseñas: la de Rolling Stone 80/100 y la The Needle Drop 50/100. Frente al 85/100 de Calico incluyendo un 100/100 de The Guardian. Como suele pasar cuando un artista entrega una obra especialmente celebrada, SWEET FORTUNE ha tenido que cargar con la inevitable comparación con Calico, un álbum que elevó considerablemente las expectativas alrededor de RYAN BEATTY. La recepción de su nuevo trabajo ha sido algo más irregular, aunque parte de esa lectura parece venir de la tendencia habitual a medir cualquier nuevo lanzamiento contra la cima alcanzada por su predecesor.




Entre las valoraciones más comentadas de Sweet Fortune se encuentra el 50/100 de Antony Fantano en The Needle Drop. Una nota que ha tenido su correspondiente eco dentro de la conversación musical online, aunque resulta llamativo ponerla en contraste con Calico, el álbum que marcó un antes y un después en la trayectoria de RYAN BEATTY, cuando no existe constancia de que llegara a reseñarlo. De hecho, bases de datos como AOTY recogen su crítica de SWEET FORTUNE, pero no una de su predecesor.

Más allá de una puntuación concreta, el debate vuelve a poner sobre la mesa el peso que han adquirido determinadas voces en la crítica musical actual: una cifra puede llegar a condicionar la percepción de un disco incluso sin un marco comparativo dentro de la propia evolución de un artista. Quizás ese sea uno de los riesgos de la era de las puntuaciones: que una nota termine pesando más que el contexto, la trayectoria o la escucha reposada de una obra.

Ya sabéis que nos encanta buscar referencias cuando escuchamos a un artista. Estas referencias no se deben tomar del todo en serio, solo sirven a modo de ubicación para el lector más despistado. Y con RYAN BEATTY enseguida hemos encontrado paralelismos con Tobias Jesso Jr. o incluso con una figura que puede resultar inesperada para quienes no estén familiarizados con el pop de autor de los años setenta: Gilbert O'Sullivan.

Hay algo en algunas canciones (Phantom, White Lightning) que nos lleva, de forma completamente inesperada, a Gilbert O'Sullivan. No es una cuestión de sonido ni de época, sino de una manera muy concreta de entender la canción: como un pequeño relato en el que los detalles cotidianos terminan adquiriendo una dimensión emocional enorme. O'Sullivan tenía una capacidad casi cinematográfica para retratar escenas, personajes y recuerdos, como si cada composición fuera una pequeña viñeta extraída de una vida cualquiera. En algunas canciones, RYAN BEATTY transita por un camino parecido: parece más interesado en contar una historia, en capturar un momento o una sensación, que en perseguir un estribillo diseñado para impactar de inmediato. Su forma de escribir tiene ese aire conversacional e íntimo, como si estuviera pensando en voz alta y permitiera al oyente asomarse a un instante privado. 

Con Tobias Jesso Jr. la conexión resulta quizás más evidente. Ambos comparten una sensibilidad basada en melodías desnudas, arreglos contenidos y una vulnerabilidad que nunca parece impostada. Son compositores que entienden que una canción no necesita grandes gestos para emocionar; muchas veces basta con una frase, una melodía sencilla o un detalle aparentemente pequeño para revelar algo mucho más profundo. En sus mejores momentos, ambos construyen baladas donde la emoción no nace de la grandilocuencia, sino de la cercanía. 

La diferencia está, evidentemente, en el lenguaje musical. O'Sullivan pertenece a la tradición del pop de autor de los años setenta; Jesso Jr. recupera una sensibilidad clásica desde una mirada contemporánea; y Beatty mezcla el folk, el indie y el R&B para crear un espacio propio. Pero los tres comparten algo esencial: la capacidad de transformar una experiencia personal en un relato universal. 

Sus canciones parecen desarrollarse en la intimidad de un salón, en un lugar donde el oyente no siente que está escuchando una interpretación, sino que está siendo invitado a formar parte de una conversación. Quizá por eso Phantom y también White Lightning transmiten esa sensación tan difícil de conseguir y tan fácil de reconocer: la de estar en casa. Una calidez que no viene de la nostalgia ni de una producción excesivamente acogedora, sino de la honestidad con la que están construidas. RYAN BEATTY, como O'Sullivan y Jesso Jr., entiende que a veces la forma más poderosa de conectar con alguien es simplemente abrir una puerta y dejar que la canción hable desde dentro.

SWEET FORTUNE confirma que RYAN BEATTY no está interesado en repetir la fórmula de Calico, sino en seguir avanzando desde el punto en el que aquel álbum le dejó. La evolución se percibe en cada detalle: en una producción más amplia, en una escritura más segura y en la manera en que se permite explorar nuevos territorios sin perder la intimidad que siempre ha sido su mayor virtud. Nosotros sí hemos querido valorar ese recorrido y creemos que este disco apunta en una dirección muy prometedora. Porque más allá de etiquetas o comparaciones, lo que permanece es la honestidad de un artista que ha tardado años en poder ocupar un lugar propio y que ahora parece plenamente cómodo habitándolo. SWEET FORTUNE vuelve a demostrar esa capacidad tan especial de Beatty para crear canciones que no solo se escuchan, sino que se sienten como un lugar al que volver: esa extraña y reconfortante sensación de estar en casa. Nuestra valoración: 90 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Secret Language, Phantom, White Lightening, Too Many Ways, Virtuoso, Delancey, Fleur De Lis

MEDIA CRÍTICA: 65/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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