Intentaremos hacer esto de la manera menos dramática posible. Pero deberíamos empezar a asumir que no siempre nuestros artstas preferidos nos van a dar un álbum de 100/100. JESSIE WARE estaba en muy buena racha con álbumes como What's Your Pleasure? (2020) y sobre todo con That! Feels Good! (2023). En el que muchos vimos una vocación renovadora del género y uno de los mejores álbumes de pop, no solo de su año de producción. Probablemente de la década.
Esperar algo así de todos los álbumes que viniesen después es algo bastante ingenuo y todos sabíamos que SUPERBLOOM parecía condenado a no estar a la altura. Y conviene aclararlo desde el principio: no lo está, pero tampoco fracasa. Si te gusta JESSIE WARE seguramente le perdonarás muchas licencias que se toma en este nuevo trabajo. Pero siempre tendremos la duda de que si ha optado deliberadamente por un disco intrascendente, tirando por el camino del mamarracheo y el petardeo como lenguaje, más que por el de la sofisticación de sus álbumes anteriores o si aún así, cuando estaba creando este álbum pensaba que estaría escribiendo otra página en la historia del pop contemporáneo como con That! Feels Good! (2023). Nunca lo sabremos.
Nosotros intuimos que sabía perfectamente lo que tenía entre manos, que estaba jugando deliberadamente con nosotros con un disco disfrutón. Porque de lo contrario sería difícil justificar decisiones como el guiño directo a Ennio Morricone en The Good, the Bad and the Ugly dentro de Ride, o la construcción de Don’t You Know Who I Am? como un pastiche casi literal de I Will Survive y I Am What I Am de Gloria Gaynor. Sabemos que estas dos canciones van a funcionar porque están diseñadas para que entren fácil, suenen en todos sitios y se agoten rápidamente. Pero honestamente, para nosotros también son decisiones que rebajan cualquier aspiración mayor: dos momentos que, por sí solos, hacen imposible hablar de otro 100/100 y acercan el disco más a los clichés del Festival de Eurovision que a la ambición que definía sus trabajos anteriores.
En ese contexto, 16 Summers funciona como un contrapunto dentro de SUPERBLOOM. Aquí reaparece la JESSIE WARE más contenida, la que se apoya en la interpretación por encima del gesto fácil, recuperando una figura de diva clásica que parecía difuminarse en otros momentos del disco.
Esa idea no es nueva en su carrera, pero aquí cobra un sentido especial si se conecta con su interpretación de The Way We Were de Barbra Streisand en los British Academy Film Awards: una reivindicación de una forma de cantar y de entender el pop que puede parecer pasada de moda, pero que en realidad es atemporal cuando se ejecuta con convicción. 16 Summers sugiere precisamente eso: que bajo el exceso y el guiño inmediato, sigue existiendo una intérprete capaz de sostener una canción desde la elegancia y no desde el impacto instantáneo.
En términos de sonoridad, el cambio respecto a su anterior trabajo también es significativo. Si aquel se movía en un territorio más expansivo -dance-pop, disco, boogie, funk y pop soul-, SUPERBLOOM reconfigura ese espectro hacia registros más contenidos: disco, smooth soul, boogie, pop soul y Philly soul. El desplazamiento no implica necesariamente una pérdida de ambición, pero sí un cambio de enfoque: menos urgencia rítmica, más refinamiento, más superficie. Un sonido que abandona parte del impulso físico del disco anterior para instalarse en una estética más suave, donde el brillo sustituye al golpe. Y en ese cambio, JESSIE WARE refuerza esa sensación general del álbum: la de un proyecto más relajado en su energía, pero también más difuso en su identidad.
En el apartado de producción, SUPERBLOOM marca una diferencia evidente respecto a sus trabajos anteriores. Si en el álbum previo el sonido estaba en manos de Stuart Price y James Ellis Ford, aquí el equipo se amplía hasta incluir a nombres como Barney Lister, Jon Shave, Karma Kid o Tommy D. En paralelo, el apartado compositivo también se diluye: de un núcleo reducido de colaboraciones se pasa a una constelación de más de veinte coautores acreditados junto a JESSIE WARE. El resultado no es necesariamente un problema de calidad, pero sí de dirección. SUPERBLOOM suena menos como un disco con una identidad única y más como un proyecto atravesado por distintas manos, ideas y sensibilidades. Y esa sensación de exceso de voces se traduce en algo que podría definirse, más que como dispersión, como una pérdida de foco.
La crítica ha otorgado a SUPERBLOOM una media de 76 sobre 100 que se queda ocho puntos por debajo de su álbum anterior. Aún así, hay medios como DIY que sí que le han otorgado ese 100/100 que nosotros hemos descartado desde el principio y en general, la recepción es positiva con valoraciones de 90/100 por parte de MusicOHM y Slant Magazine; 80/100 de Under The Radar, Clash, The Independent y Hot Press o 70/100 de Far Out Magazine. Las notas más bajas provienen de The Skinny, The Guardian y The Arts Desk (60/100) y Paste (58/100).
Por nuestra parte y después de que le diéramos un 100/100 a That! Feels Good! (2023) y que acabase Top4 en nuestra lista de los mejores álbumes de su año de producción, creemos que SUPERBLOOM no merece más de un 80 sobre 100. No es un mal disco ni un trabajo fallido, pero sí irregular, más ensamblado que verdaderamente dirigido, con momentos brillantes y otros claramente menos inspirados.
Comercialmente es muy probable que funcione mucho mejor que otros trabajos más sólidos de su discografía y aquí surgiría otra duda, quizás la más incómoda: si en la música pop contemporánea hay que rebajar la calidad de los singles para que los discos se vendan más, suenen en las emisoras de radio y entren en la conversación pública... Aunque esas conversaciones sean efímeras.
MEJORES MOMENTOS: 16 Summers, I Could Get Used To This, Automatic, Sauna, Mon Amour, Mr Valentine...
MEDIA CRÍTICA: 76/100
NUESTRA VALORACIÓN: 80/100


