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miércoles, 21 de octubre de 2026

VICTORIA MONÉT Y EL ARTE DE NO ABURRIRNOS.

 



El R&B contemporáneo lleva una temporada poniendo a prueba nuestra paciencia. Un género que vivió tiempos bastante más estimulantes parece haberse acomodado en unas fórmulas que se repiten hasta el agotamiento, mientras el público aprende a conformarse con discos interminables que confunden la cantidad con la inspiración. Por eso, encontrarnos con un álbum como FRECUENCY OF LOVE, de VICTORIA MONÉT, supone un pequeño alivio: sus 22 canciones y más de una hora de duración se hacen bastante más llevaderas de lo que cabría esperar.

La artista estadounidense regresa después del aclamado y nominado a siete premios Grammy Jaguar 2 (2023), un disco que nunca terminamos de entender por qué despertó semejante entusiasmo. Nos pareció excesivamente sobrevalorado, aburrido y demasiado beneficiado por los tres Grammy que acabó consiguiendo Monét y por ese consenso crítico que, en ocasiones, convierte determinados lanzamientos en acontecimientos casi incuestionables. Con FRECUENCY OF LOVE la experiencia ha sido distinta. No estamos ante una revolución del R&B ni ante uno de los grandes álbumes del año, pero sí ante un trabajo más variado, dinámico y accesible, que nos ha permitido disfrutar de la escucha sin estar mirando constantemente cuánto falta para que termine. 

Lo más interesante es que esa accesibilidad no parece una concesión desesperada al público. Quizás sea precisamente lo contrario: la impresión que nos deja el álbum es la de una artista que se ha divertido trabajando en él y que ha quedado satisfecha con el resultado. Hay ambición, ganas de explorar distintos caminos y una voluntad de ofrecer algo más que una sucesión de canciones intercambiables. Incluso los interludios, un recurso que habitualmente nos resulta bastante irritante, aquí no entorpecen especialmente la escucha. Cuando hasta esos pequeños paréntesis dejan de parecernos una molestia, está claro que algo estará haciendo bien. 

Las colaboraciones tampoco pasan inadvertidas. SZA, Bruno Mars, Bryson Tiller, Lucky Daye, Chlöe y Leon Thomas, entre otros, acompañan a Monét a lo largo del álbum. Los encuentros funcionan y no rompen la dinámica del disco, pero aquí cuesta más ignorar el componente comercial. Reunir semejante nómina de nombres parece una manera bastante evidente de ampliar el alcance del lanzamiento y sumar reproducciones. No vamos a fingir que estas estrategias son nuevas, pero sí conviene preguntarse hasta qué punto la colaboración responde a una necesidad musical y cuándo empieza a funcionar como reclamo publicitario.

VICTORIA MONÉT cumple también en el apartado interpretativo. No necesitamos que convierta cada canción en una exhibición de facultades vocales ni que compita consigo misma para demostrar hasta dónde puede llegar. Nos interesa mucho más que sepa interpretar las canciones y encontrar el tono adecuado para cada una. En FRECUENCY OF LOVE, la voz está al servicio del conjunto, y eso contribuye a que el álbum resulte más agradable y cercano. La producción, por su parte, acompaña con solvencia una propuesta que se mueve entre el R&B contemporáneo, el smooth soul y el neo-soul, sin que esas etiquetas impidan apreciar la variedad que encontramos a lo largo del recorrido. 






Ahora bien, tanta ambición también obliga a detenerse en la letra pequeña. En la producción encontramos a Camper, D'Mile, Jeff Gitelman, Michaël Brun, Spencer Stewart y otros seis productores. En la composición aparecen VICTORIA MONÉT y nada menos que 58 coautores. No vamos a sostener que un disco sea peor por necesitar muchas manos, ni que la autoría individual garantice por sí sola una obra maestra. Pero sí nos parece preocupante que la industria normalice cada vez más esta maquinaria de producción y composición, hasta el punto de que el público pueda terminar asumiéndola como una condición necesaria para obtener buenos resultados. 

Conviene preguntarse qué lugar queda para los álbumes construidos entre uno o dos productores y un artista que escribe sus propias canciones. Hay discos que consiguen mucho más con una fracción de esos recursos, y quizá deberíamos prestar más atención a esa diferencia. En FRECUENCY OF LOVE, la fórmula funciona mejor de lo que esperábamos: el resultado es disfrutable y tiene variedad. Sin embargo, eso no elimina las dudas sobre un modelo industrial que parece necesitar equipos cada vez más numerosos para fabricar álbumes que, en demasiadas ocasiones, se presentan como acontecimientos creativos excepcionales. No se trata de restarle méritos a Monét, sino de evitar que confundamos el despliegue de medios con la grandeza artística. 

También debemos situar el disco en un contexto que no es tan desolador como podría parecer. Este año hemos encontrado trabajos de R&B que han aportado ideas interesantes al género y que, a nuestro juicio, han alcanzado resultados más convincentes. El problema es que el R&B sigue arrastrando cierta sensación de agotamiento: incluso cuando aparecen álbumes competentes, cuesta encontrar propuestas que realmente alteren la conversación musical. FRECUENCY OF LOVE no consigue cambiar esa situación, aunque al menos nos recuerda que todavía es posible hacer un disco de larga duración que mantenga el interés sin convertirse en una prueba de resistencia. 

La recepción crítica tampoco ha sido tan entusiasta como la de su antecesor. FRECUENCY OF LOVE obtiene una media de 72 sobre 100, con un 80/100 de musicOMH y AllMusic, un 70/100 de Pitchfork y NME, y un 58/100 de Paste. Jaguar 2, en cambio, alcanzó los 82/100 puntos de media y llegó al 90/100 en AllMusic. La diferencia es considerable, aunque no necesariamente sorprendente. Puede responder a una mezcla de factores: las expectativas generadas por el éxito anterior, las reservas ante un álbum de 22 cortes, la impresión de que algunas canciones se diluyen en una propuesta demasiado extensa y las dudas que suscita una producción tan colectiva. La ambición que en determinados momentos juega a favor de Monét también puede volverse en su contra cuando la variedad no termina de traducirse en una identidad más definida. 

En cualquier caso, no necesitamos coincidir con la crítica para reconocer sus argumentos, ni convertir nuestras discrepancias en una competición por ver quién tiene razón. Nuestra valoración parte de la escucha y de lo que el álbum consigue transmitirnos. FRECUENCY OF LOVE nos parece más disfrutable que Jaguar 2, sale reforzado de varias escuchas y demuestra que VICTORIA MONÉT tiene capacidad para construir un trabajo ambicioso sin hacerlo especialmente pesado. No es, sin embargo, uno de esos discos que debamos reservar desde ahora para las listas de lo mejor del año. Que termine acumulando nominaciones o premios no cambiará nuestra impresión: un buen álbum no tiene por qué convertirse en un álbum imprescindible.



MEJORES MOMENTOS: Come Back To You, Juicy, You Mean The World To Me, Maybe, See You In My Dreams, Reach Out, I Want You... 

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 80/100

lunes, 19 de octubre de 2026

KEO: EL GRUNGE TAL Y COMO LO CONOCÍAMOS.

 



Procedentes de Londres, KEO se han hecho un hueco en la nueva escena del rock británico con una propuesta que recupera la visceralidad del rock alternativo de los noventa sin renunciar a una sensibilidad melódica actual. Liderados por los hermanos Finn y Conor Keogh, junto a Jimmy Lanwern y Oli Spackman, el cuarteto combina guitarras crudas, atmósferas envolventes y una intensidad emocional que encuentra en la vulnerabilidad uno de sus principales argumentos. Tras llamar la atención con el EP Siren (2025), la banda da un paso adelante con PUT A SMILE ON FOR ME, su álbum de debut, en el que explora las contradicciones personales y esos sentimientos incómodos que, por mucho que intentemos esconderlos, terminan saliendo a la superficie. 

En el plano sonoro, PUT A SMILE ON FOR ME se mueve entre el post-grunge, el grunge y el rock alternativo, recuperando la aspereza y la electricidad de los noventa para darles un enfoque contemporáneo. KEO alternan riffs contundentes y guitarras distorsionadas con pasajes más atmosféricos, en los que las melodías van ganando terreno hasta desembocar en explosiones de intensidad. La producción busca un equilibrio entre crudeza y accesibilidad, dejando espacio tanto para la pegada instrumental como para una interpretación vocal cargada de tensión y fragilidad. Y es precisamente en esos contrastes donde el álbum encuentra buena parte de su atractivo: las canciones saben cuándo apretar los dientes y cuándo dejar que las emociones fluyan. No estamos ante una propuesta especialmente rupturista, pero sí ante un grupo que entiende cómo construir temas directos, envolventes y capaces de golpear tanto por su energía como por su carga emocional. 

En el terreno lírico, PUT A SMILE ON FOR ME se adentra en las contradicciones de las relaciones personales y en la distancia que a menudo separa lo que mostramos al mundo de lo que realmente sentimos. El desamor, la culpa, la inseguridad y la dificultad para reconocer nuestros propios errores dibujan un paisaje emocional en el que la vulnerabilidad convive con ciertas tendencias autodestructivas. A través de la escritura de Finn Keogh, el disco aborda el peso de las apariencias y esa costumbre, tan humana como agotadora, de fingir que todo va bien cuando por dentro las cosas distan mucho de estar en orden. El propio título parece resumir esa contradicción: poner una sonrisa, aunque no tengamos demasiados motivos para hacerlo. Lejos de recrearse gratuitamente en el dramatismo, KEO convierten estos conflictos íntimos en combustible para un rock visceral y catártico. La intensidad de las guitarras acompaña así unas letras que, sin necesidad de grandes artificios, pueden resultar reconocibles para cualquiera que haya intentado disimular sus propias heridas. 

Que Finn Keogh se encargue tanto de la composición como de la producción refuerza la coherencia de un álbum que responde a una visión creativa bastante definida. Su implicación permite mantener una conexión estrecha entre los conflictos personales que alimentan las letras y el tratamiento sonoro que los acompaña. El resultado es un trabajo con una marcada impronta autoral, en el que cada canción contribuye a construir un universo emocional reconocible. Sin embargo, esa cohesión no siempre se traduce en una personalidad musical plenamente diferenciada. KEO saben lo que quieren transmitir y encuentran la manera de hacerlo, aunque todavía les queda camino por recorrer para que su identidad resulte tan reconocible como las influencias que manejan. 



La recepción crítica de PUT A SMILE ON FOR ME se ha saldado con una media de 79 sobre 100 y ha sido mayoritariamente favorable, aunque no exenta de discrepancias. Kerrang! le ha otorgado un 100/100; God Is In The TV, un 90/100; Evening Standard y Rolling Stone UK, un 80/100; y DIY y Mojo, un 60/100. Estas valoraciones reflejan, en cierto modo, la doble lectura que admite el debut: un disco convincente por su energía y su capacidad para conectar emocionalmente, pero que también deja interrogantes sobre hasta qué punto consigue escapar de los referentes que alimentan su sonido. 

Según algunos críticos, la principal virtud de KEO es también su mayor debilidad. Su decidida apuesta por recuperar el grunge de los noventa, con Nirvana como referencia inevitable, les ha permitido destacar en una escena en la que las guitarras vuelven a reclamar protagonismo. Sin embargo, esa misma apuesta los expone a las comparaciones y al reproche de depender demasiado de sus influencias. PUT A SMILE ON FOR ME reproduce con solvencia la aspereza instrumental, los contrastes dinámicos y la intensidad emocional que definieron aquel movimiento, aunque no siempre consigue transformar esos ingredientes en algo verdaderamente distintivo. No se trata de cuestionar la legitimidad de sus referentes, sino de preguntarnos hasta qué punto el cuarteto consigue ir más allá de ellos. Porque recuperar un sonido que sigue teniendo vigencia es una cosa; encontrar una voz propia dentro de un lenguaje que ya dejó obras fundamentales es otra bien distinta. En ese equilibrio entre homenaje y personalidad se encuentra el principal desafío de un debut que convence más por su intensidad que por su capacidad para sorprender. 

Y es que, al terminar la escucha, resulta difícil esquivar una pregunta: ¿hasta qué punto estamos escuchando a KEO y hasta qué punto reconocemos en ellos el eco de Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden? Las referencias al grunge de los noventa son tan evidentes que, en algunos momentos, cuesta distinguir dónde termina el homenaje y dónde empieza una identidad propia. El disco funciona, las guitarras golpean con fuerza y las melodías recuperan una intensidad emocional que echábamos de menos. Pero, aunque todo eso juega a su favor, no basta por sí solo para despejar las dudas sobre la personalidad artística del grupo. 

Ahora bien, sería injusto reducir su propuesta a un simple ejercicio de nostalgia. En una época en la que echábamos de menos precisamente esa aspereza, esa vulnerabilidad y esa manera de entender el rock desde las entrañas, recuperar aquellos sonidos tiene un valor que trasciende la cuestión de la originalidad. No todo consiste en inventar algo nuevo; también importa saber transmitir emociones genuinas y escribir canciones que nos remuevan por dentro. Quizás KEO todavía tengan que demostrar quiénes son más allá de sus influencias, pero también cabe la posibilidad de que su identidad empiece, precisamente, por reivindicar un lenguaje que nunca debió desaparecer del todo. Al fin y al cabo, hay sonidos que no necesitan reinventarse por completo para volver a emocionarnos. 

PUT A SMILE ON FOR ME deja un balance muy positivo y confirma que KEO tienen argumentos para hacerse un hueco en la escena británica. Su capacidad para construir canciones intensas, directas y emocionalmente reconocibles pesa más que las dudas que todavía suscita su personalidad artística. Quizás el verdadero reto llegue con su próximo trabajo, cuando tengan que demostrar hasta dónde pueden desarrollar esta propuesta sin depender tanto de sus referentes. Pero sería un error restar méritos a un debut que recupera una forma de entender el rock que sigue teniendo mucho que decir. Porque, más allá de las comparaciones inevitables, KEO consiguen recordarnos por qué seguimos necesitando guitarras que suenen como si estuviera en juego algo más que una buena canción. Un comienzo prometedor, con margen para crecer y razones suficientes para seguirles la pista, que merece un 85 sobre 100.




MEJORES MOMENTOS: Be Happy, Thorn, That's Me, Bird On The Wires, Pistol, I Lied Amber... 

MEDIA CRÍTICA: 79/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

viernes, 16 de octubre de 2026

THE WLDLFE: LOS GRADOS DE LA EUFORIA.


Hablar de THE WLDLFE es, para nosotros, adentrarse en la historia de una de las bandas más constantes y, paradójicamente, menos comentadas de la escena del indie pop estadounidense. Formados originalmente en 2015 tras coincidir en las aulas de la Anderson University, el hoy trío integrado por Jansen Hogan, Carson Hogan y Jack Crane ha construido paso a paso una discografía impecable sobre la base de melodías eufóricas y una marcada inclinación por la indietrónica. 

Tras más de una década de carretera, furgonetas y evolución constante, la agrupación regresa con REVOLVER, que se presenta como su octavo álbum de estudio. Si en sus inicios la crítica los situaba rápidamente a la sombra de LANY o The 1975, la verdad es que en esta entrega cambian las reglas del juego por completo. Se vuelcan de lleno hacia un sonido robusto, masivo, con un pie firmemente plantado en la nostalgia de los ochenta. La sonoridad del disco transita por terrenos que coquetean abiertamente con el synth-rock clásico, el new wave y un pop rock cinematográfico concebido para grandes recintos. Una música que pide a gritos ser cantada a pleno pulmón. 

Y es que en este punto resulta imposible no trazar un paralelismo con The Strike. Al igual que la banda liderada por Chris Thompson, que aunque actualmente tiene su base de operaciones en Los Ángeles, nació en realidad en las aulas universitarias de Utah, THE WLDLFE ha decidido abrazar en sencillos como Saturn y Lips la grandeza y el brillo instrumental de otra época. El oyente se topa aquí con baterías cargadas de eco que retumban en el pecho, sintetizadores espaciales y líneas de guitarra rítmicas milimétricas. A esto se le suma la interpretación vocal de Jansen Hogan. Su entrega es eufórica, apasionada. Recuerda de inmediato al magnetismo vocal de Thompson, transformando cada pista en el himno de una película de crecimiento personal. 





Esa energía sonora encuentra su contrapeso ideal en el corazón lírico del álbum. Aunque no llega a ser un disco conceptual estricto, nosotros sentimos que REVOLVER funciona bajo una fuerte narrativa de coming-of-age inspirada originalmente por el tema de apertura, Ruby. A través de las canciones, la banda traza el mapa emocional de alguien que atraviesa el desordenado y a veces doloroso proceso de madurar. Pasamos de la euforia y el enamoramiento ciego al dolor punzante de la pérdida. Nos sumergimos en la melancolía por lo que pudo ser en pistas como Saturn, hasta alcanzar una madura aceptación del paso del tiempo. Al final, las letras logran plasmar esa dualidad tan humana de sentirse profundamente perdido e increíblemente esperanzado al mismo tiempo. Es como mirar fotos viejas: duele un poco, pero sonríes. 

Sin embargo, el lanzamiento de REVOLVER nos invita a una reflexión que va más allá de lo puramente musical. Al revisar  nuestra plataforma de agregación crítica de referencia (AOTY), salta a la vista un dato desolador: casi la totalidad de su discografía figura bajo las siglas NR (Not Rated). La única y tibia excepción es su segundo álbum I'm Not Worried Anymore de 2018, calificado con un discreto 60/100 por el ya extinto medio británico The 405. 

Este vacío nos expone una realidad incómoda. A pesar de ser una banda que lleva más de una década trabajando, girando y acumulando millones de reproducciones, no ha logrado capturar la atención de la prensa musical especializada. Quedan atrapados en un curioso limbo industrial, siendo demasiado pop para los medios alternativos más duros y demasiado independientes para los grandes reflectores comerciales. 

Al final, REVOLVER no es solo una colección de canciones que encapsulan a la perfección el revival del pop-rock ochentero; es también el recordatorio de que, a veces, la consistencia y las mejores melodías de la temporada se están cocinando en los márgenes de los grandes titulares de la prensa tradicional. Y a nosotros nos toca hacerles justicia. Por eso nuestra valoración para este trabajo es de un 90 sobre 100. Es uno de esos discos que te enganchan y necesitas escucharlo en bucle y una de las sorpresas más refrescantes de la temporada.  



MEJORES MOMENTOS: Ruby, Lips, Saturn, Parachutes, No Sleep, Hearts, Delusional, Revolver... 

MEDIA CRÍTICA: ----

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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