MATILDA MANN es una cantautora londinense que comenzó a darse a conocer a través de varios EP antes de publicar Roxwell (2025), su primer álbum de larga duración. Un año después regresa con KISMET, un segundo trabajo que da continuidad a su discografía y que llega cuando todavía teníamos bastante presente su debut.
La proximidad entre ambos álbumes nos hizo preguntarnos si no habría sido conveniente dejar vivir un poco más a Roxwell. No es que KISMET parezca una colección de descartes, ni tenemos motivos para afirmarlo, pero sí mantiene una continuidad que hace difícil entenderlo como un cambio de rumbo. Quizás el momento de su publicación tenga más sentido del que pensamos inicialmente ya que el disco está encontrando una audiencia considerable y parece estar llevando a muchos oyentes hasta la música de Mann. En cualquier caso, no necesitamos que una artista cambie radicalmente de dirección con su segundo disco para justificar su existencia.
Jonah Summerfield vuelve a ocuparse de la producción, esta vez junto a Rob Milton, y su presencia va más allá de lo estrictamente técnico. Summerfield firma la mayoría de las canciones junto a Mann y un tercer colaborador, lo que lo convierte en una figura central en la construcción del álbum. El resultado es un disco bastante homogéneo, bien armado y con una producción que juega a favor de las canciones. No hay grandes sobresaltos ni una voluntad evidente de romper con lo anterior, pero tampoco parece que Mann necesite hacerlo. La producción aporta cuerpo y definición a un repertorio que funciona sin necesidad de artificios llamativos.
Las etiquetas de KISMET -indie pop, sophisti-pop, chamber pop, folk pop y singer-songwriter- describen bastante bien sus coordenadas. Se mantienen elementos que ya encontrábamos en Roxwell, aunque el conjunto se aleja de esa asociación con el bedroom pop que podía resultar algo engañosa en el caso de su debut. Aquí encontramos un pop más elaborado, de contornos cuidados, que busca la elegancia sin perder cercanía. Quizás echamos en falta algún contraste más acusado entre canciones, pero la homogeneidad también forma parte de su identidad. El álbum sabe a qué suena y no parece tener ninguna necesidad de disculparse por ello.
El amor ocupa el centro de KISMET, pero no desde el desengaño o la melancolía que tantas veces acompañan a la escritura confesional. Las canciones de Mann tienen algo de banda sonora de comedia romántica: encuentros, ilusiones, incertidumbres y ese deseo de que las cosas salgan bien. Incluso cuando aparece el miedo a perder lo que tenemos, siempre queda un poso de optimismo. El disco no nos deja mal cuerpo; al contrario, mantiene una calidez que hace que sus canciones funcionen también fuera de la escucha completa del álbum. Podemos entender las comparaciones con otras cantautoras de su generación, aunque la mirada de Mann nos parece menos inclinada al desgarro y más dispuesta a disfrutar de la felicidad mientras dura.
La recepción crítica de KISMET está siendo bastante más discreta que su respuesta entre los oyentes. DIY le ha otorgado un 60 sobre 100, frente al 80/100 que le dio a Roxwell que finalizó con un 75/100 de media, y por ahora no parece haber despertado demasiado interés entre los demás medios especializados que recogen los agregadores. La crítica de DIY plantea una lectura generacional del álbum, vinculándolo a una época obsesionada con las aplicaciones de citas y con la búsqueda de una historia romántica. No nos parece una interpretación descabellada, aunque sí algo dura en su manera de juzgar esa tendencia.
La crítica musical vive sometida a una inmediatez que obliga a encontrar argumentos y lecturas casi desde el mismo momento en que aparece un disco. Quizás necesitemos algo más de distancia para valorar qué representa KISMET y qué queda de él una vez que pase la novedad. Que sus canciones conecten con el público no debería convertirse en un motivo para considerarlas menores, ni tampoco invalida una lectura crítica que encuentra en ellas los síntomas de su tiempo.
Lo que más nos gusta de KISMET es MATILDA MANN. Sabemos que hay muchas artistas moviéndose en coordenadas similares, y precisamente por eso tiene mérito que consiga captar nuestra atención con tan poco esfuerzo aparente. Su manera de cantar, la escritura de las canciones y una producción que sabe acompañarlas forman una combinación convincente. No estamos ante un álbum que busque revolucionar nada, y quizás tampoco lo necesite. Dentro de diez años, puede que KISMET se recuerde como el retrato sentimental de una generación, con sus ingenuidades y sus expectativas románticas, pero también con todo lo que hubo de ilusionante en ellas. Quizás algunas de esas canciones nos hagan sonreír al recordar quiénes éramos y cómo entendíamos el amor. O quizás sigan emocionándonos. El tiempo pondrá las cosas en su sitio, pero no tenemos por qué esperar una década para reconocer el mérito de un disco que sabe lo que quiere ser y lo consigue. Nuestra nota es un 85 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: Chain Reaction, Inventing, Make Up, The Fig Tree, Haunt Me, After The Love, Bittersweet...
MEDIA CRÍTICA: 68/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100


