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jueves, 22 de octubre de 2026

MATILDA MANN: ROMANTICISMO ZETA.

 


MATILDA MANN es una cantautora londinense que comenzó a darse a conocer a través de varios EP antes de publicar Roxwell (2025), su primer álbum de larga duración. Un año después regresa con KISMET, un segundo trabajo que da continuidad a su discografía y que llega cuando todavía teníamos bastante presente su debut. 

La proximidad entre ambos álbumes nos hizo preguntarnos si no habría sido conveniente dejar vivir un poco más a Roxwell. No es que KISMET parezca una colección de descartes, ni tenemos motivos para afirmarlo, pero sí mantiene una continuidad que hace difícil entenderlo como un cambio de rumbo. Quizás el momento de su publicación tenga más sentido del que pensamos inicialmente ya que el disco está encontrando una audiencia considerable y parece estar llevando a muchos oyentes hasta la música de Mann. En cualquier caso, no necesitamos que una artista cambie radicalmente de dirección con su segundo disco para justificar su existencia. 

Jonah Summerfield vuelve a ocuparse de la producción, esta vez junto a Rob Milton, y su presencia va más allá de lo estrictamente técnico. Summerfield firma la mayoría de las canciones junto a Mann y un tercer colaborador, lo que lo convierte en una figura central en la construcción del álbum. El resultado es un disco bastante homogéneo, bien armado y con una producción que juega a favor de las canciones. No hay grandes sobresaltos ni una voluntad evidente de romper con lo anterior, pero tampoco parece que Mann necesite hacerlo. La producción aporta cuerpo y definición a un repertorio que funciona sin necesidad de artificios llamativos. 

Las etiquetas de KISMET -indie pop, sophisti-pop, chamber pop, folk pop y singer-songwriter- describen bastante bien sus coordenadas. Se mantienen elementos que ya encontrábamos en Roxwell, aunque el conjunto se aleja de esa asociación con el bedroom pop que podía resultar algo engañosa en el caso de su debut. Aquí encontramos un pop más elaborado, de contornos cuidados, que busca la elegancia sin perder cercanía. Quizás echamos en falta algún contraste más acusado entre canciones, pero la homogeneidad también forma parte de su identidad. El álbum sabe a qué suena y no parece tener ninguna necesidad de disculparse por ello. 







El amor ocupa el centro de KISMET, pero no desde el desengaño o la melancolía que tantas veces acompañan a la escritura confesional. Las canciones de Mann tienen algo de banda sonora de comedia romántica: encuentros, ilusiones, incertidumbres y ese deseo de que las cosas salgan bien. Incluso cuando aparece el miedo a perder lo que tenemos, siempre queda un poso de optimismo. El disco no nos deja mal cuerpo; al contrario, mantiene una calidez que hace que sus canciones funcionen también fuera de la escucha completa del álbum. Podemos entender las comparaciones con otras cantautoras de su generación, aunque la mirada de Mann nos parece menos inclinada al desgarro y más dispuesta a disfrutar de la felicidad mientras dura. 

La recepción crítica de KISMET está siendo bastante más discreta que su respuesta entre los oyentes. DIY le ha otorgado un 60 sobre 100, frente al 80/100 que le dio a Roxwell que finalizó con un 75/100 de media, y por ahora no parece haber despertado demasiado interés entre los demás medios especializados que recogen los agregadores. La crítica de DIY plantea una lectura generacional del álbum, vinculándolo a una época obsesionada con las aplicaciones de citas y con la búsqueda de una historia romántica. No nos parece una interpretación descabellada, aunque sí algo dura en su manera de juzgar esa tendencia. 

La crítica musical vive sometida a una inmediatez que obliga a encontrar argumentos y lecturas casi desde el mismo momento en que aparece un disco. Quizás necesitemos algo más de distancia para valorar qué representa KISMET y qué queda de él una vez que pase la novedad. Que sus canciones conecten con el público no debería convertirse en un motivo para considerarlas menores, ni tampoco invalida una lectura crítica que encuentra en ellas los síntomas de su tiempo. 

Lo que más nos gusta de KISMET es MATILDA MANN. Sabemos que hay muchas artistas moviéndose en coordenadas similares, y precisamente por eso tiene mérito que consiga captar nuestra atención con tan poco esfuerzo aparente. Su manera de cantar, la escritura de las canciones y una producción que sabe acompañarlas forman una combinación convincente. No estamos ante un álbum que busque revolucionar nada, y quizás tampoco lo necesite. Dentro de diez años, puede que KISMET se recuerde como el retrato sentimental de una generación, con sus ingenuidades y sus expectativas románticas, pero también con todo lo que hubo de ilusionante en ellas. Quizás algunas de esas canciones nos hagan sonreír al recordar quiénes éramos y cómo entendíamos el amor. O quizás sigan emocionándonos. El tiempo pondrá las cosas en su sitio, pero no tenemos por qué esperar una década para reconocer el mérito de un disco que sabe lo que quiere ser y lo consigue. Nuestra nota es un 85 sobre 100. 


 


MEJORES MOMENTOS: Chain Reaction, Inventing, Make Up, The Fig Tree, Haunt Me, After The Love, Bittersweet...

MEDIA CRÍTICA: 68/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 21 de octubre de 2026

VICTORIA MONÉT Y EL ARTE DE NO ABURRIRNOS.

 



El R&B contemporáneo lleva una temporada poniendo a prueba nuestra paciencia. Un género que vivió tiempos bastante más estimulantes parece haberse acomodado en unas fórmulas que se repiten hasta el agotamiento, mientras el público aprende a conformarse con discos interminables que confunden la cantidad con la inspiración. Por eso, encontrarnos con un álbum como FRECUENCY OF LOVE, de VICTORIA MONÉT, supone un pequeño alivio: sus 22 canciones y más de una hora de duración se hacen bastante más llevaderas de lo que cabría esperar.

La artista estadounidense regresa después del aclamado y nominado a siete premios Grammy Jaguar 2 (2023), un disco que nunca terminamos de entender por qué despertó semejante entusiasmo. Nos pareció excesivamente sobrevalorado, aburrido y demasiado beneficiado por los tres Grammy que acabó consiguiendo Monét y por ese consenso crítico que, en ocasiones, convierte determinados lanzamientos en acontecimientos casi incuestionables. Con FRECUENCY OF LOVE la experiencia ha sido distinta. No estamos ante una revolución del R&B ni ante uno de los grandes álbumes del año, pero sí ante un trabajo más variado, dinámico y accesible, que nos ha permitido disfrutar de la escucha sin estar mirando constantemente cuánto falta para que termine. 

Lo más interesante es que esa accesibilidad no parece una concesión desesperada al público. Quizás sea precisamente lo contrario: la impresión que nos deja el álbum es la de una artista que se ha divertido trabajando en él y que ha quedado satisfecha con el resultado. Hay ambición, ganas de explorar distintos caminos y una voluntad de ofrecer algo más que una sucesión de canciones intercambiables. Incluso los interludios, un recurso que habitualmente nos resulta bastante irritante, aquí no entorpecen especialmente la escucha. Cuando hasta esos pequeños paréntesis dejan de parecernos una molestia, está claro que algo estará haciendo bien. 

Las colaboraciones tampoco pasan inadvertidas. SZA, Bruno Mars, Bryson Tiller, Lucky Daye, Chlöe y Leon Thomas, entre otros, acompañan a Monét a lo largo del álbum. Los encuentros funcionan y no rompen la dinámica del disco, pero aquí cuesta más ignorar el componente comercial. Reunir semejante nómina de nombres parece una manera bastante evidente de ampliar el alcance del lanzamiento y sumar reproducciones. No vamos a fingir que estas estrategias son nuevas, pero sí conviene preguntarse hasta qué punto la colaboración responde a una necesidad musical y cuándo empieza a funcionar como reclamo publicitario.

VICTORIA MONÉT cumple también en el apartado interpretativo. No necesitamos que convierta cada canción en una exhibición de facultades vocales ni que compita consigo misma para demostrar hasta dónde puede llegar. Nos interesa mucho más que sepa interpretar las canciones y encontrar el tono adecuado para cada una. En FRECUENCY OF LOVE, la voz está al servicio del conjunto, y eso contribuye a que el álbum resulte más agradable y cercano. La producción, por su parte, acompaña con solvencia una propuesta que se mueve entre el R&B contemporáneo, el smooth soul y el neo-soul, sin que esas etiquetas impidan apreciar la variedad que encontramos a lo largo del recorrido. 






Ahora bien, tanta ambición también obliga a detenerse en la letra pequeña. En la producción encontramos a Camper, D'Mile, Jeff Gitelman, Michaël Brun, Spencer Stewart y otros seis productores. En la composición aparecen VICTORIA MONÉT y nada menos que 58 coautores. No vamos a sostener que un disco sea peor por necesitar muchas manos, ni que la autoría individual garantice por sí sola una obra maestra. Pero sí nos parece preocupante que la industria normalice cada vez más esta maquinaria de producción y composición, hasta el punto de que el público pueda terminar asumiéndola como una condición necesaria para obtener buenos resultados. 

Conviene preguntarse qué lugar queda para los álbumes construidos entre uno o dos productores y un artista que escribe sus propias canciones. Hay discos que consiguen mucho más con una fracción de esos recursos, y quizás deberíamos prestar más atención a esa diferencia. En FRECUENCY OF LOVE, la fórmula funciona mejor de lo que esperábamos: el resultado es disfrutable y tiene variedad. Sin embargo, eso no elimina las dudas sobre un modelo industrial que parece necesitar equipos cada vez más numerosos para fabricar álbumes que, en demasiadas ocasiones, se presentan como acontecimientos creativos excepcionales. No se trata de restarle méritos a Monét, sino de evitar que confundamos el despliegue de medios con la grandeza artística. 

También debemos situar el disco en un contexto que no es tan desolador como podría parecer. Este año hemos encontrado trabajos de R&B que han aportado ideas interesantes al género y que, a nuestro juicio, han alcanzado resultados más convincentes. El problema es que el R&B sigue arrastrando cierta sensación de agotamiento: incluso cuando aparecen álbumes competentes, cuesta encontrar propuestas que realmente alteren la conversación musical. FRECUENCY OF LOVE no consigue cambiar esa situación, aunque al menos nos recuerda que todavía es posible hacer un disco de larga duración que mantenga el interés sin convertirse en una prueba de resistencia. 

La recepción crítica tampoco ha sido tan entusiasta como la de su antecesor. FRECUENCY OF LOVE obtiene una media de 72 sobre 100, con un 80/100 de musicOMH y AllMusic, un 70/100 de Pitchfork y NME, y un 58/100 de Paste. Jaguar 2, en cambio, alcanzó los 82/100 puntos de media y llegó al 90/100 en AllMusic. La diferencia es considerable, aunque no necesariamente sorprendente. Puede responder a una mezcla de factores: las expectativas generadas por el éxito anterior, las reservas ante un álbum de 22 cortes, la impresión de que algunas canciones se diluyen en una propuesta demasiado extensa y las dudas que suscita una producción tan colectiva. La ambición que en determinados momentos juega a favor de Monét también puede volverse en su contra cuando la variedad no termina de traducirse en una identidad más definida. 

En cualquier caso, no necesitamos coincidir con la crítica para reconocer sus argumentos, ni convertir nuestras discrepancias en una competición por ver quién tiene razón. Nuestra valoración parte de la escucha y de lo que el álbum consigue transmitirnos. FRECUENCY OF LOVE nos parece más disfrutable que Jaguar 2, sale reforzado de varias escuchas y demuestra que VICTORIA MONÉT tiene capacidad para construir un trabajo ambicioso sin hacerlo especialmente pesado. No es, sin embargo, uno de esos discos que debamos reservar desde ahora para las listas de lo mejor del año. Que termine acumulando nominaciones o premios no cambiará nuestra impresión: un buen álbum no tiene por qué convertirse en un álbum imprescindible.



MEJORES MOMENTOS: Come Back To You, Juicy, You Mean The World To Me, Maybe, See You In My Dreams, Reach Out, I Want You... 

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 80/100

lunes, 19 de octubre de 2026

KEO: EL GRUNGE TAL Y COMO LO CONOCÍAMOS.

 



Procedentes de Londres, KEO se han hecho un hueco en la nueva escena del rock británico con una propuesta que recupera la visceralidad del rock alternativo de los noventa sin renunciar a una sensibilidad melódica actual. Liderados por los hermanos Finn y Conor Keogh, junto a Jimmy Lanwern y Oli Spackman, el cuarteto combina guitarras crudas, atmósferas envolventes y una intensidad emocional que encuentra en la vulnerabilidad uno de sus principales argumentos. Tras llamar la atención con el EP Siren (2025), la banda da un paso adelante con PUT A SMILE ON FOR ME, su álbum de debut, en el que explora las contradicciones personales y esos sentimientos incómodos que, por mucho que intentemos esconderlos, terminan saliendo a la superficie. 

En el plano sonoro, PUT A SMILE ON FOR ME se mueve entre el post-grunge, el grunge y el rock alternativo, recuperando la aspereza y la electricidad de los noventa para darles un enfoque contemporáneo. KEO alternan riffs contundentes y guitarras distorsionadas con pasajes más atmosféricos, en los que las melodías van ganando terreno hasta desembocar en explosiones de intensidad. La producción busca un equilibrio entre crudeza y accesibilidad, dejando espacio tanto para la pegada instrumental como para una interpretación vocal cargada de tensión y fragilidad. Y es precisamente en esos contrastes donde el álbum encuentra buena parte de su atractivo: las canciones saben cuándo apretar los dientes y cuándo dejar que las emociones fluyan. No estamos ante una propuesta especialmente rupturista, pero sí ante un grupo que entiende cómo construir temas directos, envolventes y capaces de golpear tanto por su energía como por su carga emocional. 

En el terreno lírico, PUT A SMILE ON FOR ME se adentra en las contradicciones de las relaciones personales y en la distancia que a menudo separa lo que mostramos al mundo de lo que realmente sentimos. El desamor, la culpa, la inseguridad y la dificultad para reconocer nuestros propios errores dibujan un paisaje emocional en el que la vulnerabilidad convive con ciertas tendencias autodestructivas. A través de la escritura de Finn Keogh, el disco aborda el peso de las apariencias y esa costumbre, tan humana como agotadora, de fingir que todo va bien cuando por dentro las cosas distan mucho de estar en orden. El propio título parece resumir esa contradicción: poner una sonrisa, aunque no tengamos demasiados motivos para hacerlo. Lejos de recrearse gratuitamente en el dramatismo, KEO convierten estos conflictos íntimos en combustible para un rock visceral y catártico. La intensidad de las guitarras acompaña así unas letras que, sin necesidad de grandes artificios, pueden resultar reconocibles para cualquiera que haya intentado disimular sus propias heridas. 

Que Finn Keogh se encargue tanto de la composición como de la producción refuerza la coherencia de un álbum que responde a una visión creativa bastante definida. Su implicación permite mantener una conexión estrecha entre los conflictos personales que alimentan las letras y el tratamiento sonoro que los acompaña. El resultado es un trabajo con una marcada impronta autoral, en el que cada canción contribuye a construir un universo emocional reconocible. Sin embargo, esa cohesión no siempre se traduce en una personalidad musical plenamente diferenciada. KEO saben lo que quieren transmitir y encuentran la manera de hacerlo, aunque todavía les queda camino por recorrer para que su identidad resulte tan reconocible como las influencias que manejan. 



La recepción crítica de PUT A SMILE ON FOR ME se ha saldado con una media de 79 sobre 100 y ha sido mayoritariamente favorable, aunque no exenta de discrepancias. Kerrang! le ha otorgado un 100/100; God Is In The TV, un 90/100; Evening Standard y Rolling Stone UK, un 80/100; y DIY y Mojo, un 60/100. Estas valoraciones reflejan, en cierto modo, la doble lectura que admite el debut: un disco convincente por su energía y su capacidad para conectar emocionalmente, pero que también deja interrogantes sobre hasta qué punto consigue escapar de los referentes que alimentan su sonido. 

Según algunos críticos, la principal virtud de KEO es también su mayor debilidad. Su decidida apuesta por recuperar el grunge de los noventa, con Nirvana como referencia inevitable, les ha permitido destacar en una escena en la que las guitarras vuelven a reclamar protagonismo. Sin embargo, esa misma apuesta los expone a las comparaciones y al reproche de depender demasiado de sus influencias. PUT A SMILE ON FOR ME reproduce con solvencia la aspereza instrumental, los contrastes dinámicos y la intensidad emocional que definieron aquel movimiento, aunque no siempre consigue transformar esos ingredientes en algo verdaderamente distintivo. No se trata de cuestionar la legitimidad de sus referentes, sino de preguntarnos hasta qué punto el cuarteto consigue ir más allá de ellos. Porque recuperar un sonido que sigue teniendo vigencia es una cosa; encontrar una voz propia dentro de un lenguaje que ya dejó obras fundamentales es otra bien distinta. En ese equilibrio entre homenaje y personalidad se encuentra el principal desafío de un debut que convence más por su intensidad que por su capacidad para sorprender. 

Y es que, al terminar la escucha, resulta difícil esquivar una pregunta: ¿hasta qué punto estamos escuchando a KEO y hasta qué punto reconocemos en ellos el eco de Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden? Las referencias al grunge de los noventa son tan evidentes que, en algunos momentos, cuesta distinguir dónde termina el homenaje y dónde empieza una identidad propia. El disco funciona, las guitarras golpean con fuerza y las melodías recuperan una intensidad emocional que echábamos de menos. Pero, aunque todo eso juega a su favor, no basta por sí solo para despejar las dudas sobre la personalidad artística del grupo. 

Ahora bien, sería injusto reducir su propuesta a un simple ejercicio de nostalgia. En una época en la que echábamos de menos precisamente esa aspereza, esa vulnerabilidad y esa manera de entender el rock desde las entrañas, recuperar aquellos sonidos tiene un valor que trasciende la cuestión de la originalidad. No todo consiste en inventar algo nuevo; también importa saber transmitir emociones genuinas y escribir canciones que nos remuevan por dentro. Quizás KEO todavía tengan que demostrar quiénes son más allá de sus influencias, pero también cabe la posibilidad de que su identidad empiece, precisamente, por reivindicar un lenguaje que nunca debió desaparecer del todo. Al fin y al cabo, hay sonidos que no necesitan reinventarse por completo para volver a emocionarnos. 

PUT A SMILE ON FOR ME deja un balance muy positivo y confirma que KEO tienen argumentos para hacerse un hueco en la escena británica. Su capacidad para construir canciones intensas, directas y emocionalmente reconocibles pesa más que las dudas que todavía suscita su personalidad artística. Quizás el verdadero reto llegue con su próximo trabajo, cuando tengan que demostrar hasta dónde pueden desarrollar esta propuesta sin depender tanto de sus referentes. Pero sería un error restar méritos a un debut que recupera una forma de entender el rock que sigue teniendo mucho que decir. Porque, más allá de las comparaciones inevitables, KEO consiguen recordarnos por qué seguimos necesitando guitarras que suenen como si estuviera en juego algo más que una buena canción. Un comienzo prometedor, con margen para crecer y razones suficientes para seguirles la pista, que merece un 85 sobre 100.




MEJORES MOMENTOS: Be Happy, Thorn, That's Me, Bird On The Wires, Pistol, I Lied Amber... 

MEDIA CRÍTICA: 79/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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