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lunes, 26 de octubre de 2026

JESS WILLIAMSON: REBELDÍA DESDE LA MADUREZ.


 

Hay discos que necesitan tiempo para revelar todo lo que llevan dentro, y quizás A MILE SOUTH OF HEAVEN. Llegamos a este nuevo trabajo de JESS WILLIAMSON con el recuerdo todavía muy vivo de Time Ain't Accidental (2023), un álbum que seguimos escuchando y al que concedimos un 93/100 y formó parte de nuestra lista de los mejores álbumes de su año de producción. La comparación resulta inevitable, pero conviene no confundir continuidad con repetición. Williamson ha ido construyendo una carrera lenta, pero segura, y este nuevo capítulo confirma que estamos ante una artista que ha encontrado su lugar sin renunciar a seguir explorando sus posibilidades.

Buena parte de la diferencia está en la producción. Brad Cook había contribuido a dar a Time Ain't Accidental una personalidad particular, mientras que aquí encontramos a Shooter Jennings al frente de un sonido mucho más arraigado en la tradición de Nashville. La producción es brillante, generosa en arreglos y muy alejada de cualquier planteamiento minimalista. El Alt-Country y el Indie Folk adquieren un protagonismo mayor, aunque las raíces de la Americana y del formato clásico de cantautora siguen estando ahí. No se trata de una ruptura, sino de una evolución que amplía el lenguaje musical de Williamson sin hacer que deje de sonar a sí misma. 

El country tradicional tampoco convierte el disco en una obra conservadora. Al contrario, encontramos una interesante tensión entre un sonido que mira hacia atrás y una manera de entender la vida que reivindica la independencia. La carretera, presente también en la portada, se convierte en el escenario de un viaje físico e interior. Nos imaginamos recorriendo paisajes polvorientos, con destino a Nashville y alguna parada en el cañón del Colorado, mientras las canciones nos llevan de un lugar a otro sin necesidad de encontrar una meta definitiva. Hay algo de rebeldía en ese movimiento, pero es una rebeldía desde la madurez: la libertad de no tener que pertenecer a ningún sitio, de aceptar las contradicciones y de comprender que no siempre necesitamos llegar a alguna parte. 

La propia Williamson ha explicado que el título de este álbum alude a esa distancia que nos separa de los objetivos imposibles que nos imponemos. Siempre queda algo por alcanzar, siempre estamos a una milla de ese cielo que imaginamos. Quizás la cuestión consista en aprender a apreciar dónde estamos ahora. Es una imagen sugerente, cargada de profundidad, aunque el álbum no se agota en ella. Las canciones abordan distintas facetas de la vida y encuentran matices propios, sin quedar reducidas a una única interpretación. 

En ese sentido, la voz de Williamson funciona con un equilibrio admirable. No necesita alardes ni exhibiciones innecesarias; transmite y cuenta lo que tiene que contar, siempre al servicio de las canciones. La interpretación, las composiciones y los arreglos forman un conjunto coherente, en el que la producción aporta riqueza sin desplazar el centro emocional. Es precisamente esa capacidad para encontrar la medida adecuada lo que hace que un álbum tan elaborado conserve su cercanía. 





Y entre las canciones encontramos dos ejemplos interesantes de esa variedad. High Heels and Blue Jeans aborda el empoderamiento femenino de una manera bastante directa, incluso obvia, pero eso no impide que funcione. En un contexto en el que la autonomía de las mujeres sigue siendo objeto de discusión, tampoco tenemos por qué exigir que cada reivindicación aparezca envuelta en complejidad. A veces, mantener ciertas ideas presentes ya tiene su valor. La existencia de una escena de compositoras que desarrollan sus carreras, colaboran y se apoyan mutuamente también posee una dimensión cultural y política. Williamson forma parte de ese ecosistema, y su trayectoria resulta aún más interesante cuando la observamos junto a la de otras creadoras. 

Pero nuestra debilidad particular es Dark Day in Dallas, una canción redonda en todos los sentidos. Es la única del álbum cuya composición comparte Williamson con Lola Kirke, Courtney Marie Andrews, Katie Pearlman y Cornelia Murr, y cuesta no celebrar el encuentro. La colaboración tiene algo de acontecimiento, sobre todo teniendo en cuenta nuestra admiración por Andrews y el interés que despierta la participación de Kirke como compositora. Sin embargo, el disco sigue siendo inequívocamente de Williamson. Este encuentro no diluye su identidad, sino que añade un matiz especial a una obra esencialmente personal. 

La canción está dedicada a la madre de Williamson y al esfuerzo con el que construyó una vida y un futuro para su hija. Hay algo conmovedor en esa comprensión que solo llega con la madurez: reconocer los sacrificios que de niños no alcanzábamos a entender y descubrir cuánto de nuestra independencia se apoya en el trabajo de quienes nos precedieron. Desde ahí, la canción adquiere una dimensión que va más allá de la historia familiar. La sororidad aparece tanto en el proceso de composición como en la posibilidad de contar y reconocer la experiencia de otra mujer. Es uno de esos momentos en los que la colaboración artística encuentra una razón de ser que trasciende los créditos. 

La recepción crítica ha sido positiva, aunque no unánime. A MILE SOUTH OF HEAVEN obtiene una media de 76 sobre 100, con un 84/100 de Pitchfork y un 83/100 de Paste. Uncut y Mojo coinciden en otorgarle un 80/100, mientras que The Line of Best Fit se queda en 70/100 y The Guardian le concede un 60/100. La diferencia entre las valoraciones más entusiastas y las más reservadas resulta significativa. Pitchfork encuentra a Williamson plenamente cómoda en el lenguaje del outlaw country y destaca la madurez de su composición; The Guardian, en cambio, considera que el acercamiento a los sonidos tradicionales resta imaginación a algunos momentos del álbum. Podemos comprender esa reserva, pero no compartimos del todo su conclusión. Para nosotros, la tradición no limita a Williamson: le proporciona nuevas herramientas para expresar una independencia que sigue siendo el corazón de su música. 

También conviene poner estas cifras en perspectiva. Heart Song (2016) figura entre sus discos mejor valorados, con un 86/100 basado en apenas dos reseñas, mientras que Time Ain't Accidental consiguió un 81/100 a partir de siete. Sorceress (2020), pese a recibir una atención crítica mayor, con catorce reseñas y una media de 74/100, no alcanzó esas cifras. La trayectoria de Williamson no se explica únicamente mediante puntuaciones en agregadores, pero estos datos ayudan a situar el momento que atraviesa: una artista que ha ido consolidándose y que parece haber encontrado una voz cada vez más reconocible dentro de la Americana contemporánea. 

Todavía necesitamos más escuchas para conocer A MILE SOUTH OF HEAVEN con la misma familiaridad que su predecesor. A Time Ain't Accidental le otorgamos un 93/100 en su momento y después de convivir con él durante años; los tres puntos de diferencia que ahora separan ambos discos tienen mucho que ver con esa distancia y no necesariamente con una diferencia de calidad. No encontramos motivos para considerar inferior este nuevo trabajo. Al contrario, creemos que confirma la evolución de JESS WILLIAMSON y amplía las posibilidades de una artista que sabe apropiarse de la tradición sin quedar atrapada en ella. Por ahora, nos quedamos con un 90 sobre 100, una nota con bastante margen para subir cuando sus canciones hayan terminado de instalarse en nuestra memoria.



MEJORES MOMENTOS: Dark Day in Dallas, Goodboy To All That, Hum Of The City, Tracking The Topics, High Heels And Blue Jeans, A Mile South of Heaven...

MEDIA CRÍTICA: 76/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

viernes, 23 de octubre de 2026

JOHANNA SAMUELS: EL SALTO DEFINITIVO.


 

JOAHANNA SAMUELS lleva tiempo demostrando que tiene mucho que ofrecer. Excelsior! (2021) y Bystander (2023) fueron dos trabajos excelentes y respaldados por la crítica con puntuaciones de 82/100 y 84/100, respectivamente, y ambos tuvieron presencia en nuestra lista de los mejores álbumes de esos años. Sin embargo, no consiguieron situarla en el lugar que creemos que merece. Ahora llega SORRY, KID, su tercer álbum, y tenemos la sensación de que por fin ha encontrado la manera de reunir todas sus virtudes y llevarlas un paso más allá. 

Ya conocíamos el potencial de Samuels, pero este disco ha conseguido sorprendernos de una manera muy particular. En una escucha a ciegas, entre la cantidad de novedades que pasan cada semana por nuestros oídos, reconocimos su personalidad prácticamente al instante. Lo que no esperábamos era que captara nuestra atención con tanta fuerza. SORRY, KID no tardó en convertirse en una de nuestras prioridades y, después de escucharlo repetidamente, tenemos claro que es el mejor de los tres álbumes que ha publicado hasta ahora. 

Parte de la singularidad de Samuels reside en su relación con los géneros. SORRY, KID se mueve entre la Americana y el folk, pero reducir su música a esas etiquetas sería quedarse muy cortos. En sus canciones hay una raíz de indie rock que ya se intuía en Excelsior!, especialmente a través de unas guitarras que anunciaban posibilidades todavía por desarrollar. Comparte cierta sensibilidad con Rosali, otra artista que transita territorios cercanos al folk y la Americana sin renunciar a una personalidad marcadamente rockera. Samuels pertenece a esa estirpe de compositoras capaces de habitar esos géneros sin quedar limitadas por ellos. 

La diferencia es que aquí las guitarras ya no tienen que sostener por sí solas todo el edificio. La producción se abre, gana profundidad y permite que las canciones fluyan de otra manera. Jonathan Rado, acompañado por Patrick Damphier, amplía el lenguaje musical de Samuels sin desdibujar su identidad. Hay más variedad, contrastes y riqueza en los arreglos, pero también una naturalidad que evita que el álbum parezca un intento de adaptarse a las tendencias del momento. La voz de Samuels suena tan bien como siempre; lo que ha cambiado es el espacio que la rodea y las posibilidades que encuentra para desarrollar sus composiciones. 

El trabajo de Rado merece una mención especial porque su aportación no eclipsa a la protagonista ni convierte SORRY, KID en un ejercicio de estilo del productor. Al contrario, parece haber entendido qué necesitaban estas canciones y cómo llevarlas más lejos. La ambición sonora y la accesibilidad que gana el álbum no se consiguen sacrificando la calidad artística, sino encontrando una producción capaz de proyectar mejor una personalidad que ya existía. 







También hay una dimensión narrativa que contribuye a dar cohesión al conjunto. Las canciones recorren distintas etapas de la vida de Samuels, algunas procedentes de años atrás y otras más recientes, y las contemplan desde una perspectiva que solo el tiempo puede ofrecer. En SORRY, KID conviven la nostalgia por la intensidad de la juventud, la necesidad de reconciliarse con quien fuimos y la aceptación de que no todas las preguntas tienen una respuesta definitiva. Blue vs. Pinkerton conecta con aquellos discos que nos marcaron durante la adolescencia y que terminan formando parte de nuestra propia biografía. Grade 11 (Sorry Kid), por su parte, adquiere una dimensión especialmente emotiva al convertirse también en una forma de dirigirse a la persona que Samuels fue. No encontramos aquí una mirada al pasado dominada por la idealización, sino una manera de integrar sus distintas versiones y entender que todas siguen formando parte de ella. 

Las letras vuelven a demostrar una de las fortalezas que ya conocíamos de Samuels, pero es su combinación con la música lo que termina de redondear el resultado. Las canciones tienen personalidad, funcionan individualmente y mantienen el interés a lo largo del recorrido. Las colaboraciones contribuyen a enriquecerlas sin restar protagonismo a la compositora: Madison Cunningham participa en Rare (The Runner Song); Tyler Ballgame, en Circles; Jordan Lehning aparece en Full Story; y Erin Rae aporta su voz a Bats y Grade 11 (Sorry Kid). Son cuatro nombres que amplían las posibilidades expresivas del álbum desde lugares distintos, sin que sus intervenciones parezcan reclamos comerciales destinados a atraer reproducciones. Concretamente, las aportaciones de Cunningham y Rae sugieren una afinidad entre artistas que comparten una sensibilidad y se apoyan mutuamente, algo que va más allá de la colaboración puntual. 

Samuels forma parte de una tradición musical y de una genealogía compartida con otras compositoras de su generación, pero eso no significa que su personalidad se diluya en ella. Nos parece importante que encuentre su lugar dentro de esa comunidad sin perder aquello que la distingue: su raíz de indie rock, su manera de construir las canciones y su capacidad para combinar melodía, emoción y carácter. SORRY, KID confirma que puede ampliar su universo musical y establecer vínculos con otras artistas sin dejar de sonar inequívocamente a ella misma. 

En cuanto a la recepción crítica, todavía es pronto para saber hasta dónde llegará el álbum. Por el momento, el único medio que se ha pronunciado es Spectrum Culture, que le ha concedido un 87 sobre 100, una valoración muy positiva que invita al optimismo, aunque la cobertura continúa siendo limitada. La saturación de lanzamientos hace que muchos discos interesantes apenas encuentren espacio para generar conversación. Nosotros mismos sabemos lo difícil que resulta conseguir que una publicación destaque entre tantas novedades, pero precisamente por eso creemos que merece la pena detenerse en un trabajo como este. 

SORRY, KID no necesita que JOAHANNA SAMUELS se convierta en otra artista ni que renuncie a su identidad para llegar a más gente. Necesita que más oyentes descubran lo que lleva años construyendo y que este álbum permite apreciar con una claridad especial. La composición, la interpretación y la producción encuentran aquí un equilibrio que no habíamos escuchado antes en su discografía. Hay ambición, variedad y emoción, pero, sobre todo, una personalidad capaz de sostener el conjunto sin perder fuerza ni coherencia. Para nosotros, es su mejor disco hasta la fecha y uno de los trabajos más redondos que hemos escuchado este año. Le damos un 100 sobre 100 y lo recomendamos encarecidamente. Ojalá SORRY, KID consiga que, de una vez por todas, JOAHANNA SAMUELS deje de pasar desapercibida para el gran público.



MEJORES MOMENTOS: Full Story, Circles, White Limousine, Two People, The Moon, Rare (The Runner Song), Grade 11 (Sorry Kids), Bats...  

MEDIA CRÍTICA: 87/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

jueves, 22 de octubre de 2026

MATILDA MANN: ROMANTICISMO ZETA.

 


MATILDA MANN es una cantautora londinense que comenzó a darse a conocer a través de varios EP antes de publicar Roxwell (2025), su primer álbum de larga duración. Un año después regresa con KISMET, un segundo trabajo que da continuidad a su discografía y que llega cuando todavía teníamos bastante presente su debut. 

La proximidad entre ambos álbumes nos hizo preguntarnos si no habría sido conveniente dejar vivir un poco más a Roxwell. No es que KISMET parezca una colección de descartes, ni tenemos motivos para afirmarlo, pero sí mantiene una continuidad que hace difícil entenderlo como un cambio de rumbo. Quizás el momento de su publicación tenga más sentido del que pensamos inicialmente ya que el disco está encontrando una audiencia considerable y parece estar llevando a muchos oyentes hasta la música de Mann. En cualquier caso, no necesitamos que una artista cambie radicalmente de dirección con su segundo disco para justificar su existencia. 

Jonah Summerfield vuelve a ocuparse de la producción, esta vez junto a Rob Milton, y su presencia va más allá de lo estrictamente técnico. Summerfield firma la mayoría de las canciones junto a Mann y un tercer colaborador, lo que lo convierte en una figura central en la construcción del álbum. El resultado es un disco bastante homogéneo, bien armado y con una producción que juega a favor de las canciones. No hay grandes sobresaltos ni una voluntad evidente de romper con lo anterior, pero tampoco parece que Mann necesite hacerlo. La producción aporta cuerpo y definición a un repertorio que funciona sin necesidad de artificios llamativos. 

Las etiquetas de KISMET -indie pop, sophisti-pop, chamber pop, folk pop y singer-songwriter- describen bastante bien sus coordenadas. Se mantienen elementos que ya encontrábamos en Roxwell, aunque el conjunto se aleja de esa asociación con el bedroom pop que podía resultar algo engañosa en el caso de su debut. Aquí encontramos un pop más elaborado, de contornos cuidados, que busca la elegancia sin perder cercanía. Quizás echamos en falta algún contraste más acusado entre canciones, pero la homogeneidad también forma parte de su identidad. El álbum sabe a qué suena y no parece tener ninguna necesidad de disculparse por ello. 







El amor ocupa el centro de KISMET, pero no desde el desengaño o la melancolía que tantas veces acompañan a la escritura confesional. Las canciones de Mann tienen algo de banda sonora de comedia romántica: encuentros, ilusiones, incertidumbres y ese deseo de que las cosas salgan bien. Incluso cuando aparece el miedo a perder lo que tenemos, siempre queda un poso de optimismo. El disco no nos deja mal cuerpo; al contrario, mantiene una calidez que hace que sus canciones funcionen también fuera de la escucha completa del álbum. Podemos entender las comparaciones con otras cantautoras de su generación, aunque la mirada de Mann nos parece menos inclinada al desgarro y más dispuesta a disfrutar de la felicidad mientras dura. 

La recepción crítica de KISMET está siendo bastante más discreta que su respuesta entre los oyentes. DIY le ha otorgado un 60 sobre 100, frente al 80/100 que le dio a Roxwell que finalizó con un 75/100 de media, y por ahora no parece haber despertado demasiado interés entre los demás medios especializados que recogen los agregadores. La crítica de DIY plantea una lectura generacional del álbum, vinculándolo a una época obsesionada con las aplicaciones de citas y con la búsqueda de una historia romántica. No nos parece una interpretación descabellada, aunque sí algo dura en su manera de juzgar esa tendencia. 

La crítica musical vive sometida a una inmediatez que obliga a encontrar argumentos y lecturas casi desde el mismo momento en que aparece un disco. Quizás necesitemos algo más de distancia para valorar qué representa KISMET y qué queda de él una vez que pase la novedad. Que sus canciones conecten con el público no debería convertirse en un motivo para considerarlas menores, ni tampoco invalida una lectura crítica que encuentra en ellas los síntomas de su tiempo. 

Lo que más nos gusta de KISMET es MATILDA MANN. Sabemos que hay muchas artistas moviéndose en coordenadas similares, y precisamente por eso tiene mérito que consiga captar nuestra atención con tan poco esfuerzo aparente. Su manera de cantar, la escritura de las canciones y una producción que sabe acompañarlas forman una combinación convincente. No estamos ante un álbum que busque revolucionar nada, y quizás tampoco lo necesite. Dentro de diez años, puede que KISMET se recuerde como el retrato sentimental de una generación, con sus ingenuidades y sus expectativas románticas, pero también con todo lo que hubo de ilusionante en ellas. Quizás algunas de esas canciones nos hagan sonreír al recordar quiénes éramos y cómo entendíamos el amor. O quizás sigan emocionándonos. El tiempo pondrá las cosas en su sitio, pero no tenemos por qué esperar una década para reconocer el mérito de un disco que sabe lo que quiere ser y lo consigue. Nuestra nota es un 85 sobre 100. 


 


MEJORES MOMENTOS: Chain Reaction, Inventing, Make Up, The Fig Tree, Haunt Me, After The Love, Bittersweet...

MEDIA CRÍTICA: 68/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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