Después de escuchar cerca de treinta discos durante el último fin de semana, uno desarrolla inevitablemente cierta fatiga auditiva. Algunos discos son buenos, otros cumplen y otros pasan sin dejar demasiado rastro. Y entonces pinchamos RIDE LONESOME. Sabemos que estamos escuchando a BECK y, por tanto, partimos de la expectativa de que será un disco como mínimo notable. Pero después de las dos primeras canciones la reacción es casi instintiva: "joder! esto sí que es bueno". No hace falta llegar mucho más lejos para percibir que aquí ha vuelto algo que llevábamos tiempo echando de menos.
Porque BECK sigue siendo BECK. Colors (2017) e Hyperspace (2019) tuvieron su atención, sus reconocimientos y sus buenos momentos, pero para nosotros había algo que faltaba. No eran malos discos, pero tampoco provocaban aquella sensación de estar ante uno de esos trabajos capaces de recuperar los destellos de genialidad que habían definido algunas de sus mejores etapas.
Con RIDE LONESOME esa sensación reaparece. La comparación más evidente nos lleva a Sea Change (2002) y Morning Phase (2014), y es lógico. Estamos otra vez ante ese BECK de raíz americana, melancólico y contemplativo, que se mueve entre el folk, el country y la canción de autor. Pero nosotros encontramos una conexión especialmente interesante con Mutations (1998). No porque RIDE LONESOME suene como aquel disco -no es áspero, nervioso ni experimental-, sino por algo más profundo: la capacidad de BECK para cambiar de paisaje y volver a sorprendernos cuando sería mucho más sencillo repetir una fórmula que ya conoce.
Las etiquetas que acompañan a RIDE LONESOME -alt-country, chamber folk, Americana, country folk- son bastante acertadas, siempre bajo ese marco de singer-songwriter que parece atravesar todo el álbum. Pero ninguna termina de explicar por sí sola lo que escuchamos. Es un disco claramente más acústico que los anteriores, con una paleta aparentemente más reducida, aunque sería un error llamarlo minimalista. BECK sigue construyendo paisajes sonoros. Hay espacio, profundidad y atmósfera, solo que ahora parece necesitar menos elementos para conseguirlos.
Y esa es precisamente una de las cosas que más nos gustan del disco: la sensación de que las canciones están avanzando por algún lugar. BECK ha hablado de pérdida, soledad, cambios de etapa y de la necesidad de seguir adelante después de atravesar determinados momentos de la vida. También ha definido el álbum desde una perspectiva crepuscular. Al escucharlo, todo eso termina encajando.
No creemos que RIDE LONESOME sea un disco crepuscular de principio a fin. Esa sensación aparece con mucha más fuerza en su tramo final. El conjunto transmite más bien un viaje solitario, un desplazamiento a través de un paisaje que poco a poco va cambiando hasta llegar a ese momento de recogimiento que encontramos en las últimas canciones. Es curioso porque, una vez conocida la narrativa que BECK tenía en mente, nos damos cuenta de que la música ya nos estaba transmitiendo algo parecido antes de saberlo. Algo que tiene mucho mérito.
La narrativa no está por encima de las canciones ni las obliga a comportarse de una determinada manera. Está integrada en ellas. Hay además algo significativo en la manera en que se ha construido el álbum. RIDE LONESOME está compuesto fundamentalmente por BECK y producido por él mismo, algo que refuerza esa sensación de obra especialmente personal. No se trata de un disco que dependa de una gran operación de producción para resultar impresionante. La producción está ahí, por supuesto, y los paisajes sonoros siguen siendo importantes, pero todo parece estar más concentrado alrededor de las canciones.
También resulta interesante que BECK vuelva a trabajar con músicos vinculados a algunas de sus etapas más importantes, especialmente Mutations, Sea Change y Morning Phase. No estamos, por tanto, ante un intento de reconstruir artificialmente el pasado, sino ante músicos que ya conocen ese lenguaje y que ahora vuelven a explorarlo desde otro momento de sus vidas. El resultado es un disco que suena reconociblemente a BECK sin tener la sensación de estar escuchando una colección de viejas fórmulas. Una diferencia que es fundamental.
La crítica ha otorgado a RIDE LONESOME una media de 82 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: The Guardian y Mojo 100/100; MusicOHM, NME, XS Noize, DIY y Louder Than War 90/100; Exclaim!, Rolling Stone, Uncut, Dork y Clash 80/100; Northern Transmissions 75/100; Far Out Magazine, Slant Magazine, AllMusic y Spill Magazine 70/100; Paste 67/100 y The Arts Desk 60/100.
Una media crítica no determina por sí misma la calidad de un disco, pero en este caso resulta bastante significativa. RIDE LONESOME se está situando entre los trabajos mejor valorados de la carrera de BECK, por encima de Sea Change y Morning Phase y solo por debajo de algunos de sus discos más celebrados: (Odelay, Mutation y Midnite Vulture). Más importante todavía, la recepción parece confirmar algo que nosotros sentimos desde las primeras canciones: no estamos ante un simple regreso nostálgico a una etapa conocida de su carrera. Es un disco que parece estar recuperando un lugar importante dentro de su discografía.
Y quizás eso sea lo más estimulante de todo. Durante un tiempo podíamos pensar que BECK todavía podía dar discos buenos, pero que aquellos destellos de genialidad que habían aparecido tantas veces a lo largo de su carrera iban a ser cada vez más difíciles de encontrar. RIDE LONESOME nos obliga a reconsiderarlo.
Todas las canciones de RIDE LONESOME son buenas. Algunas son muchísimo más que eso. Las cuatro primeras nos parecen grandiosas; entre la quinta y la octava hay un ligero descenso en el nivel, pero seguimos hablando de muy buenas canciones, perfectamente capaces de sostener el álbum. Y a partir de la novena vuelve a aparecer ese nivel extraordinario que encontramos al principio y que se mantiene hasta el final. Es una pequeña irregularidad en la intensidad del conjunto, no en la calidad de las canciones, dentro de un álbum cuyo nivel general nos parece excepcional.
Pero hay algo todavía más importante: la cohesión. RIDE LONESOME tiene una identidad sonora muy definida y, al mismo tiempo, sus canciones podrían sobrevivir perfectamente fuera del contexto del álbum. Y esto es algo que asociamos profundamente con BECK. Una canción suya, escuchada al azar, puede terminar formando parte de nuestra vida. Puede aparecer en una película, sonar en cualquier lugar o regresar años después en el momento exacto y adquirir un significado completamente nuevo. Casi parece una señal que el universo nos está enviando.
Eso es lo que esperamos de los grandes discos: que no se agoten cuando termina la escucha. Que las canciones puedan escapar del álbum y acompañarnos después. RIDE LONESOME consigue hacerlo. No es Sea Change, y tampoco necesita serlo. Para nosotros, Sea Change sigue siendo probablemente el disco que más nos gusta de esta vertiente de BECK. Pero RIDE LONESOME se sienta a su lado, junto a Morning Phase y Mutations, en ese pequeño grupo de discos de BECK a los que les exigimos algo más que ser buenos.
Aquí vuelven los paisajes sonoros. Vuelve el cantautor. Vuelve esa América imaginada por Beck. Vuelve esa mezcla de belleza, melancolía y extrañeza que hace que una canción pueda parecer escrita para nosotros aunque no sepamos exactamente por qué. Y después de unos años en los que parecía suficiente con que BECK siguiera haciendo buenos discos, volver a escuchar uno que nos obliga a detenernos, prestar atención y pensar que estamos ante algo realmente especial es una gran noticia. Para nosotros, RIDE LONESOME es un claro 100 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: Ride Lonesome, Run Away, In The Night, Failed Words, It Ends Right Here, Falling Through My Hands, If You Don't Know What Love Is, Beyond The Light...
MEDIA CRÍTICA: 82/100
NUESTRA VALORACIÓN: 100/100


