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jueves, 10 de septiembre de 2026

MEMORIAL: UN MAL NOMBRE PARA UN DÚO EXCEPCIONAL.

 


¿Cómo es posible que un disco en el que aparecen los nombres de Lisa Hannigan, Niamh Regan, Ólafur Arnalds y Dustin O’Halloran haya pasado prácticamente inadvertido para la prensa musical española? Es una pregunta que nos hacemos mientras escuchamos JERA, el tercer álbum de MEMORIAL una y otra vez. Y, después de buscar sin encontrar apenas rastro del álbum en ninguna publicación de nuestro país, nos alegra pensar que quizás seamos los primeros en hablar de él en EXQUISITECES. No deja de resultar extraño, porque estamos ante uno de esos trabajos que parecen destinados a encontrar su sitio con el tiempo, incluso aunque ahora mismo no lo hayan encontrado en los titulares. 

MEMORIAL es un dúo británico formado por Jack Watts y Oliver Spalding, dos músicos de Brighton que llevan ya varios años construyendo una discografía discreta pero cada vez más interesante. JERA es su tercer álbum y llega después de Memorial (2022) y Redsetter (2024), pero también después de un momento en el que Watts y Spalding llegaron a plantearse qué sentido tenía seguir haciendo música bajo las presiones habituales de la industria. El encuentro con Ólafur Arnalds y el entorno de OPIA Community terminó propiciando una especie de reseteo. 

El propio título del álbum parece resumir ese nuevo comienzo. JERA es una runa del antiguo alfabeto nórdico asociada al ciclo de las estaciones, la cosecha y el fruto que llega después del trabajo y la espera. Habla, en definitiva, de los ciclos que se cierran para volver a empezar. No parece un mal nombre para un disco nacido precisamente de la necesidad de parar, recomponerse y volver a encontrar el camino. Así que, viajaron a Reikiavik, grabaron buena parte del álbum en el estudio de Arnalds que además de coproducir su colaboración directa en la canción tiulada Dawn, ejerció de ingeniero de sonido en gran parte del álbum y Watts y Spalding recuperaron algo que quizás habían perdido por el camino: la posibilidad de hacer música sin que todo lo demás pesara tanto. 

Y ese nuevo comienzo es bastante notorio. Desde el primer corte sabemos dónde estamos. JERA es indie folk, pero pertenece a esa tradición británica que no necesita disfrazarse de americana para hablar desde el folk. Cuando el género se hace al otro lado del Atlántico es frecuente que incorpore elementos de country, blues o distintas tradiciones populares estadounidenses. En el folk británico encontramos en ocasiones una pureza distinta, una manera de quedarse con la canción, las voces, las guitarras y el espacio que deja alrededor de ellas. MEMORIAL consigue llevar esa pureza hasta un lugar particularmente hermoso y, al encontrarse con la sensibilidad de Arnalds, el resultado adquiere una dimensión nueva. 

La mano de Ólafur Arnalds está ahí, y sería absurdo no reconocerla. Está en el tratamiento del piano, en las texturas, en los espacios, en esa producción que parece saber exactamente cuándo añadir algo y cuándo dejar que una nota desaparezca. Pero lo verdaderamente admirable es que JERA nunca se convierte en un disco de Ólafur Arnalds con MEMORIAL como invitados. Las canciones siguen perteneciendo al dúo. Porque Watts y Spalding también son los productores principales del álbum. Arnalds las entiende, las acompaña y las amplía, pero no las invade. Y en algunos momentos llegamos incluso a pensar que estamos ante un trabajo superior a alguno de los propios discos de Arnalds. Aunque eso se entiende mucho mejor cuando mencionemos que también participa Tim Bidwell. Una presencia crucial en cualquier álbum de folk británico que se precie. Y da igual que en este caso solo ejerza mayoritariamente como ingeniero de mezcla. Porque Bidwell es la persona idónea a la que siempre hay que llamar para conseguir que las canciones no tengan demasiadas capas innecesarias y que prevalezca solamente la verdad y la autenticidad por encima de todo. 

Las voces son fundamentales en este trabajo. Watts y Spalding construyen unas armonías tan delicadas y tan perfectamente encajadas que en ocasiones nos sorprenden por su ambigüedad tímbrica (en una primera escucha la voz de Joe Watts se puede confundir con una voz femenina). Es un álbum en el que la voz nunca parece un elemento colocado encima de la música: forma parte de ella. Y quizás por eso agradecemos que no haya una pieza instrumental destinada a romper el recorrido. Aquí son las propias canciones y la manera de cantarlas las que mantienen el hilo. 




También sorprende la manera en que están integradas las colaboraciones. Niamh Regan, Lisa Hannigan y Dustin O’Halloran podrían haber sido utilizados como reclamos evidentes, pero no ocurre eso. En varios casos, si no hubiéramos consultado los créditos, ni siquiera habríamos sabido quién estaba participando. Y eso es una virtud. Las colaboraciones están al servicio de las canciones y nunca las canciones al servicio de las colaboraciones. La aparición de Lisa Hannigan, especialmente querida por muchos de nuestros lectores, es una de esas pequeñas alegrías que encontramos en un disco lleno de ellas, pero su presencia no necesita convertirse en acontecimiento: está ahí porque encaja a la perfección. 

Hay poesía también en las letras. No necesitamos descifrar cada verso para percibirlo. Aparecen la pérdida, las relaciones que cambian, la memoria, la aceptación, el dolor y esa necesidad de encontrar una salida cuando quizás ya estamos contemplando el final desde el principio. Son narrativas íntimas que no necesitan explicarse demasiado y que encuentran en las voces y en la música el lugar perfecto para desarrollarse. 

Pero quizás lo que más nos impresiona de JERA sea que no encontramos ningún momento en el que tengamos la sensación de que el álbum necesita hacer algo más. No hay tensión innecesaria, pero tampoco hay monotonía. Es sereno sin resultar adormecedor. Los silencios están medidos, los espacios tienen sentido y cada instrumento parece ocupar exactamente el lugar que debe ocupar. La producción es impecable sin llamar la atención sobre sí misma. Todo está donde tiene que estar. 

Y todo esto adquiere todavía más valor cuando pensamos en la escasa atención crítica que MEMORIAL ha recibido desde el principio. Tres álbumes después, seguimos hablando de un grupo que para buena parte de la crítica generalista parece no existir. JERA tampoco ha encontrado todavía en España la atención que creemos que merece. Quizás eso cambie. Hay discos que necesitan tiempo para encontrar a quienes los van a escuchar y hay otros que, sencillamente, esperan a que alguien los descubra. Tenemos la sensación de que estamos ante los primeros. Y también para eso estamos nosotros que seguimos aquí después de dieciséis años: para ejercer esa función curatorial que nos lleva a buscar, entre todo lo que se publica, los discos que realmente importan, aunque todavía no hayan encontrado la atención que merecen.

La secuencia de JERA es extraordinaria y explica en buena medida por qué entendemos el álbum como un todo antes que como una colección de canciones. No sobra ningún tema. Ninguno parece estar esperando su turno para desaparecer. Todo conduce hacia The Lightness, ese cierre que llega con la naturalidad de las últimas páginas de un buen libro. Cuando termina, nos queda una pequeña sensación de vacío. Hemos invertido nuestro tiempo en algo que nos ha acompañado durante todo el recorrido y, de repente, se ha terminado. Pero hay una diferencia maravillosa entre un libro y un álbum: podemos volver a empezar inmediatamente. Y eso hacemos. Le damos otra vez al botón de repetir. 

Por todo ello, nuestra valoración es un 100 sobre 100 y no necesitamos buscar una canción que justifique la nota ni una colaboración que explique nuestro entusiasmo. JERA funciona como una obra completa, con una sonoridad propia, una producción extraordinaria, unas voces magníficas, una secuenciación impecable y una sensibilidad que estamos convencidos de que seguirá funcionando dentro de veinte años. Quizás entonces MEMORIAL ya no sea un secreto para casi nadie y JERA haya adquirido la consideración que merece. Nosotros, por nuestra parte, preferimos no esperar tanto para decirlo.



MEJORES MOMENTOS: This Is Not An Exit, Rest (& be thankful), Words, Teeth, Dawn, The Lightness... 

MEDIA CRÍTICA:----

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

OFF THE RECORD: Tenemos que reconocer que MEMORIAL no se lo ha puesto fácil ni a sus propios oyentes. Es un nombre bastante desastroso para los buscadores de Internet. MEMORIAL es una palabra demasiado común, la utilizan varias bandas o proyectos musicales y, cuando intentamos buscar todo lo relacionado con este dúo de Brighton, los resultados se llenan de todo tipo de items que poco tienen que ver con Jack Watts y Oliver Spalding

Y si queremos comprar el disco, la cosa no mejora demasiado. Basta con escribir Memorial en Amazon para que aparezcan libros, novelas y todo tipo de productos antes de llegar a este maravilloso álbum. Encontrar JERA puede convertirse así en una pequeña búsqueda del tesoro. 

Quizás no sea la estrategia de marketing más eficaz del mundo, aunque tiene cierta ironía que un grupo tan difícil de encontrar haya hecho un disco que, una vez descubierto, resulta tan difícil de dejar de escuchar.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

WESTSIDE COWBOY Y LA BRITAINICANA.


 

WESTSIDE COWBOY son Jimmy Bradbury, Reuben Haycocks, Aoife Anson-O'Connell y Paddy Murphy, cuatro músicos de Manchester que empezaron a tocar juntos sin demasiadas pretensiones. Algunos ya habían pasado por otras bandas y proyectos, pero WESTSIDE COWBOY nació de una forma bastante más sencilla: tocar juntos, probar canciones y pasarlo bien. Esa manera de entender la música continúa siendo importante para ellos y ayuda a explicar buena parte de lo que encontramos en IT GOES ON

El crecimiento de la banda ha sido rapidísimo. Su primer single apareció en 2024 y durante 2025 empezaron a llamar la atención como uno de los nuevos nombres de la escena británica. Ganaron el Emerging Talent Competition de Glastonbury, actuaron en el festival, publicaron el EP This Better Be Something Great y comenzaron a compartir escenarios con algunas de las bandas más interesantes de su generación. Todo esto sucedió antes de que llegase su primer álbum, así que IT GOES ON aparece después de una ascensión que para cualquier banda nueva habría sido difícil de imaginar. 

Lo curioso es que toda esa atención no parece haber cambiado demasiado la esencia del grupo. WESTSIDE COWBOY comenzaron con una filosofía bastante sencilla: no querían hacer canciones complicadas porque sí. Si una canción funcionaba con menos acordes, mejor. Si podían conseguir una buena melodía sin llenar cada espacio de arreglos, también. Querían tocar juntos y conseguir canciones que tuviesen vida propia. Esa sencillez no debe confundirse con falta de recursos. Al contrario, una de las grandes virtudes de IT GOES ON es precisamente la facilidad con la que la banda consigue que las canciones parezcan naturales. 

Las etiquetas que acompañan al disco son indie rock, alt-country y power pop. No tenemos demasiados problemas para reconocer esos tres elementos mientras escuchamos el álbum. Las guitarras proceden claramente de la tradición del indie rock, el country y el folk aparecen en las melodías y en algunos arreglos, y el power pop está presente en esa búsqueda constante de canciones que entren rápido y permanezcan en la memoria. 

Pero nos gusta mucho más la etiqueta que han escogido ellos mismos: Britainicana. Es divertida y, además, bastante precisa. WESTSIDE COWBOY toman elementos de la Americana y los pasan por un filtro británico. No intentan convertirse en una banda de country americana ni reproducir una tradición concreta. Su música está llena de guitarras, melodías pop y energía de banda de rock, pero debajo encontramos ese gusto por el folk, el country y las canciones de carretera. El resultado tiene sentido viniendo de cuatro músicos de Manchester. 

La frescura es probablemente una de sus grandes bazas. IT GOES ON no parece un disco construido para demostrar cuánto saben tocar sus integrantes. Las canciones avanzan con naturalidad, las voces se reparten entre ellos y las guitarras tienen una energía que funciona especialmente bien cuando se escucha el álbum de principio a fin. En algunos momentos nos han recordado a Divorce, sobre todo por esa forma de incorporar elementos de la música americana a una propuesta de rock británico contemporáneo. La comparación puede servir para situarlos, pero Westside Cowboy tienen suficiente personalidad como para que no necesitemos recurrir constantemente a ella. 

Las cuatro primeras canciones son una carta de presentación difícil de ignorar. Kick Stones (The Boys), Paperchains, Dobro y Well Done Kid, You Did It nos ponen delante de prácticamente todas las virtudes del grupo: buenas guitarras, melodías pegadizas, voces que se complementan y una energía que parece pensada para el directo. Es un comienzo especialmente potente y una buena forma de entender rápidamente qué propone la banda. Después el disco continúa desarrollando esa fórmula y aparecen canciones que necesitan algo más de tiempo para quedarse con nosotros. 

Eso último no convierte al álbum en irregular. Todo lo contrario. El nivel se mantiene bastante alto durante todo el recorrido. Simplemente hay canciones que tienen más capacidad para acompañarnos después de haber terminado el disco. Algunas aparecen en nuestra cabeza con facilidad; otras funcionan mejor cuando forman parte del conjunto. No necesitamos que todas tengan el mismo impacto para considerar que estamos ante un álbum muy consistente. 

En cuanto a las narrativas, las canciones hablan de crecer, de avanzar sin tener demasiado claro hacia dónde y de intentar encontrar un sitio mientras todo alrededor parece cambiar demasiado deprisa. La ansiedad está muy presente, aunque el grupo no necesita convertirla en un discurso solemne. Worried Age probablemente sea el ejemplo más evidente: el miedo, la preocupación constante y la sensación de quedarse paralizado ante todo lo que puede salir mal se convierten en el centro de una canción que musicalmente avanza justo en la dirección contraria, empujada por las guitarras y la batería. Esa contradicción entre la energía de la música y la inseguridad de lo que cuentan aparece varias veces a lo largo del álbum. 

También encontramos una preocupación por el paso del tiempo y por aquello que vamos dejando atrás. Well Done Kid, You Did It mira hacia el pasado desde una posición incómoda, mientras que Big Wheels convierte recuerdos aparentemente pequeños y cotidianos en una forma de enfrentarse a lo que ya no está. No necesitan grandes acontecimientos para hablar de nostalgia: basta una persona, un objeto o una escena que se ha quedado en su memoria. 




En Coyote el tono cambia y la mirada se amplía. La canción utiliza imágenes del paisaje americano para hablar del deterioro del mundo que habitamos y de nuestra propia responsabilidad en ese proceso. La preocupación medioambiental aparece sin que WESTSIDE COWBOY abandonen su manera directa de escribir. Esa mezcla entre asuntos enormes y situaciones reconocibles es una de las características más interesantes de sus letras. 

Y el disco termina volviendo a una cuestión que estaba presente desde el principio: seguir adelante a pesar de no tener las cosas resueltas. You Could Have Died There on the Dancefloor lleva esa idea hasta un extremo casi absurdo y termina convirtiendo el miedo a que todo pueda desaparecer de repente en una especie de aceptación. No tenemos respuestas definitivas y tampoco parece que WESTSIDE COWBOY pretendan encontrarlas. El título IT GOES ON termina adquiriendo así bastante sentido: la vida continúa, incluso cuando nosotros todavía estamos intentando entender qué estamos haciendo con ella.

Estas historias aportan profundidad a un álbum que, por su sonido, podría parecer mucho más despreocupado. WESTSIDE COWBOY hablan de ansiedad, nostalgia, incertidumbre, medioambiente y miedo al futuro, pero lo hacen sin perder el humor ni la sensación de estar cuatro amigos tocando juntos. Esa combinación entre unas canciones que entran con facilidad y unas preocupaciones bastante más serias de lo que aparentan ayuda a que IT GOES ON gane con cada escucha.

En la parte técnica, Loren Humphrey tiene un papel importante. Es el productor y también se ocupa de la mezcla, además de participar en la grabación y aportar percusión, piano y sintetizadores en diferentes canciones. Su trabajo ayuda a ampliar el sonido de la banda sin eliminar esa sensación de espontaneidad que resulta tan importante en WESTSIDE COWBOY. Hay detalles y capas que enriquecen las canciones, pero nunca tenemos la sensación de que la producción quiera demostrar algo por encima de ellas. 

También resulta significativo que los cuatro miembros de WESTSIDE COWBOY -Aoife Anson-O'Connell, Reuben Haycocks, Jimmy Bradbury y Paddy Murphy- aparezcan como autores de las canciones del álbum. La composición es, por tanto, completamente colectiva. Ellos mismos controlan el material que están presentando y eso adquiere un interés especial al comprobar que el disco se publica a través de Island Records, una gran compañía discográfica. 

Aquí aparece una pequeña paradoja alrededor de la palabra “indie”. Podemos hablar de WESTSIDE COWBOY como una banda de indie rock y nadie tendría demasiados problemas para entender a qué nos referimos musicalmente. Pero indie no significa necesariamente independiente. IT GOES ON funciona dentro de una estructura de una major y, al mismo tiempo, conserva la identidad de una banda que compone sus propias canciones y que ha construido su sonido sin necesidad de adaptarse a una fórmula prefabricada. Quizás sea una buena muestra de hasta qué punto las fronteras entre lo independiente y el mainstream se han vuelto mucho más difusas. 

La recepción crítica ha sido extraordinariamente buena. IT GOES ON ha conseguido una media de 84 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Rolling Stone UK y Paste 100/100; MusicOHM, DIY, AllMusic y Far Out Magazine 90/100; Beats Per Minute 83/100; No Ripcord, NME, The Skinny, Clash, Uncut, Mojo, Record Collector, Still Listening 80/100; Pitchfork 78/100; Spill Magazine 70/100 y The Needle Drop 60/100. 

La media resulta bastante representativa del consenso que se ha creado alrededor del álbum. Encontramos dos puntuaciones perfectas, varias notas de 90/100 y una gran concentración de valoraciones en torno al 80/100. Incluso las críticas menos entusiastas reconocen que estamos ante un debut con personalidad. Nosotros estamos claramente en la parte alta de esa valoración. El 60/100 de The Needle Drop nos parece demasiado bajo para un disco que mantiene un nivel tan constante y que, sobre todo, demuestra tanta personalidad desde el primer momento. 

No creemos que sea necesario buscarle defectos para equilibrar el entusiasmo. IT GOES ON tiene buenas canciones y algunas son especialmente buenas. Las cuatro primeras ya nos habían dejado claro desde el principio que WESTSIDE COWBOY podían hacer algo importante, y el resto del álbum confirma esa impresión. Algunas canciones se nos han quedado más que otras, pero ninguna rompe la dinámica del disco ni hace que perdamos el interés por lo que está ocurriendo. 

Y quizás lo más estimulante sea pensar que estamos escuchando solamente el principio. WESTSIDE COWBOY han conseguido con su primer álbum una identidad que muchas bandas necesitan varios discos para encontrar. Han sabido mantener la frescura con la que comenzaron mientras incorporaban suficiente riqueza musical para que IT GOES ON no se quede en una colección de buenas canciones guitarreras. Ahora les toca descubrir qué pueden hacer con todo esto cuando llegue el momento de dar el siguiente paso. 

Nosotros lo valoramos con un 90 sobre 100. Es una nota alta porque estamos ante un debut realmente extraordinario, pero también deja margen para que WESTSIDE COWBOY puedan crecer, arriesgarse y sorprendernos todavía más. IT GOES ON ya es un comienzo magnífico. Ahora queremos saber qué harán después.



MEJORES MOMENTOS: Kick Stones (The Boys), Paperchains, Dobro, Well Done Kid, You Did It, Coyote, Pin Up Boy!, Big Wheel, Well Done Kid You Did It,You Could Have Died There on the Dancefloor...    

MEDIA CRÍTICA: 84/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

martes, 8 de septiembre de 2026

LUCY YEGHIAZARYAN: REVIVIENDO LOS STANDARDS.


Hay algo en la historia de LUCY YEGHIAZARYAN que nos ayuda a entender su música incluso antes de escucharla. Nacida en Armenia y emigrada a Estados Unidos cuando tenía once años, Yeghiazaryan llegó a Nueva York en 2015, después de haber ido descubriendo el jazz al otro lado del Atlántico. Desde entonces ha ido construyendo una carrera con una naturalidad que resulta más fácil de apreciar cuando observamos el camino recorrido: cuatro álbumes como líder y una relación cada vez más profunda con una tradición que conoce bien, pero que nunca parece aceptar como algo cerrado. 

HEY LOVE! llega después de Blue Heaven (2019), In Her Words (2021) y Beside the Golden Door (2024), tres discos que, vistos ahora en perspectiva, parecen capítulos de una misma búsqueda. En el primero encontrábamos a una cantante instalada en el repertorio jazzístico; en In Her Words, compartiendo proyecto con Vanisha Gould, aparecía una mayor voluntad de ampliar ese territorio; y en Beside the Golden Door se producía probablemente el verdadero punto de inflexión. Allí la experiencia armenia de Yeghiazaryan dejaba de ser un dato biográfico para convertirse en materia artística, poniendo en contacto canciones de su cultura de origen con la tradición musical estadounidense que había hecho suya. 

HEY LOVE! supone en cierta medida un regreso. Pero no un regreso al punto de partida. Yeghiazaryan vuelve al jazz vocal, a los standards, al swing y al blues con una seguridad que no teníamos por qué encontrar en su primer disco. A estas alturas resulta difícil considerarla una promesa que todavía esté buscando su lugar, pero tampoco estamos ante una artista cuya trayectoria haya alcanzado ya ese grado de reconocimiento internacional que acompaña a nombres como Stacey Kent. Estamos en un momento especialmente interesante: el de una cantante con una personalidad suficientemente definida como para que podamos reconocerla, pero con todavía mucho terreno por delante para descubrir hasta dónde puede llevarla. 

Y eso hace que HEY LOVE! resulte especialmente estimulante. Canciones con historia El repertorio es, en su mayor parte, ajeno. Solo Hey Love!, la canción que da título al álbum, aparece como composición de la propia Yeghiazaryan. El resto procede de autores pertenecientes a distintas generaciones de la tradición jazzística y del cancionero estadounidense. Nos encontramos con Jimmy Van Heusen y Johnny Mercer en I Thought About You y con Van Heusen y Sammy Cahn en Come Dance With Me; con Duke Ellington, Irving Gordon y Mercer Ellington en Tonight I Shall Sleep With a Smile on My Face; con Cy Coleman y Carolyn Leigh en Witchcraft; con Richard Rodgers en Loads of Love; y con Saul Chaplin, Sammy Cahn y Hy Zaret en Dedicated to You. También aparecen canciones menos transitadas como Next Spring, de Marvin Jenkins; Blow Top Blues, de Leonard Feather, o Love Is a Simple Thing, de Arthur Siegel y June Carroll

Algunas de ellas tienen detrás una historia especialmente significativa. Witchcraft está inevitablemente asociada a Frank Sinatra, mientras que Lover Man pertenece para siempre al imaginario de Billie Holiday, aunque haya sido interpretada posteriormente por infinidad de músicos. Come Dance With Me nos lleva de nuevo a Sinatra y a aquellas sesiones con Billy May que convirtieron la canción en uno de los grandes ejemplos del swing vocal de finales de los cincuenta. Y Dedicated to You tiene una referencia que para nosotros resulta particularmente significativa: la extraordinaria grabación de Johnny Hartman con John Coltrane en 1963. En el disco de Yeghiazaryan, la canción adquiere otra dimensión: Lucy la canta a dúo con Johnny O’Neal, que además se sienta al piano. El resultado es un cierre íntimo, casi conversado, en el que la tradición del jazz vocal parece pasar de una generación a otra sin necesidad de grandes gestos. 

Sin embargo, Yeghiazaryan no parece acercarse a estas canciones como quien entra en un museo para contemplar piezas que deben permanecer intactas. Las canciones tienen historia, pero no están embalsamadas. Esa es probablemente una de las claves de su personalidad: entiende el jazz como una música viva, una música que cada intérprete vuelve a contar desde su propio presente. 

Por eso resulta especialmente acertado que junto a algunos standards tan reconocibles haya recuperado composiciones bastante menos frecuentadas. No necesita demostrar originalidad escogiendo exclusivamente material raro, ni necesita refugiarse en los clásicos más conocidos para asegurarse el aplauso. Puede cantar Lover Man después de Billie Holiday y Witchcraft después de Sinatra porque sabe que una canción no termina con la interpretación que la hizo famosa. 

Y, en medio de todo ello, aparece Hey Love!, su propia composición. Es una pieza breve pero importante dentro del discurso del álbum: por primera vez la voz de Yeghiazaryan no llega a nosotros a través de una canción heredada, sino que se incorpora directamente a esa tradición que lleva años explorando.




La comparación con otras grandes cantantes resulta inevitable, pero también delicada. En Yeghiazaryan podemos encontrar ecos de varias de ellas sin que resulte sencillo reducirla a ninguna. La influencia que probablemente se percibe con mayor claridad es la de Carmen McRae. Está en el fraseo, en esa manera de entrar en las palabras sin precipitarse y, sobre todo, en la inteligencia con la que administra una melodía. McRae tenía una extraordinaria capacidad para hacer que cada frase pareciera una conversación, y Yeghiazaryan comparte esa cualidad. No canta por encima de la canción: entra en ella.

De Billie Holiday encontramos algo diferente. No tanto la voz ni la famosa fragilidad de su timbre, sino una concepción del tiempo y de la palabra. Yeghiazaryan entiende que cantar jazz no consiste únicamente en reproducir una melodía correctamente. Una sílaba puede retrasarse, una frase puede respirar de otra manera, una palabra puede adquirir un peso inesperado. En Lover Man, además, se permite apartarse del recuerdo de Billie y llevar la canción a un terreno más vivo y rítmico. No intenta competir con Holiday; simplemente nos demuestra que la canción todavía puede ser otra cosa. 

Con Sarah Vaughan comparte el dominio técnico y una afinación que nunca parece estar en peligro, pero Yeghiazaryan es menos proclive a utilizar la voz como instrumento de exhibición. Vaughan podía convertir una canción en una demostración de posibilidades vocales. Lucy prefiere que la técnica permanezca en segundo plano. Sabemos que está ahí porque todo funciona, no porque necesite mostrárnosla. 

Y quizás la comparación más reveladora sea la de Shirley Horn. En ambas encontramos una relación muy particular con el espacio y con el silencio, una cierta resistencia a llenar cada compás y una confianza enorme en que una canción puede sostenerse sin necesidad de adornarla constantemente. Horn convirtió esa economía en una de las características fundamentales de su estilo. Yeghiazaryan todavía está construyendo su propia versión de esa cualidad, pero resulta evidente que entiende el principio. 

Con Stacey Kent la comparación funciona de otra manera. Ambas poseen una relación muy natural con el repertorio y una forma de cantar que evita la grandilocuencia. Pero mientras Kent ha desarrollado una identidad internacional muy reconocible a lo largo de varias décadas, Yeghiazaryan todavía está definiendo el alcance de la suya. Y quizás sea precisamente su historia armenia, esa doble pertenencia cultural que Beside the Golden Door hizo tan visible, la que pueda acabar distinguiéndola con mayor claridad. 

Ahí está lo genuinamente suyo. No en una determinada inflexión que podamos señalar como absolutamente inédita, sino en la suma de todo lo que ha vivido y escuchado. Armenia y Nueva York, el violín clásico y el jazz, el blues y el American Songbook, la experiencia de emigrar y la necesidad de encontrar una voz propia dentro de una tradición que no le pertenecía originalmente. 

Resulta curioso que cuatro álbumes después LUCY YEGHIAZARYAN siga siendo una artista relativamente poco conocida fuera de los círculos especializados. En los grandes agregadores de crítica musical sus discos aparecen todavía sin una valoración significativa, algo que dice más sobre la limitada presencia del jazz vocal en la crítica generalista que sobre la calidad de su música. 

Porque HEY LOVE! no necesita que lo presentemos como el descubrimiento de una cantante desconocida. LUCY YEGHIAZARYAN ya lleva años trabajando, grabando y compartiendo escenario con músicos de primer nivel. Lo que tenemos delante es algo más interesante: el retrato de una artista que ha alcanzado la madurez suficiente para enfrentarse a una tradición enorme sin sentirse intimidada por ella. 

Quizás el mayor mérito de HEY LOVE! sea precisamente su ausencia de ansiedad. No pretende revolucionar el jazz vocal ni demostrar que los standards están superados. Los canta porque todavía tienen algo que decir. Y cuando una intérprete conoce suficientemente bien una canción, puede permitirse escucharla de nuevo y descubrir en ella algo que otros no habían visto. Después de cuatro álbumes, LUCY YEGHIAZARYAN ya tiene una voz reconocible y un lugar propio dentro de la escena del jazz vocal. Todavía está por ver hasta dónde puede llegar. Pero discos como HEY LOVE! hacen que nos interese mucho seguirla de cerca para comprobarlo.



MEJORES MOMENTOS: Es un disco de Jazz. Todo el repertorio está muy bien escogido. Hay que escucharlo de principio a fin sin usar el modo aleatorio. 

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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