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miércoles, 2 de septiembre de 2026

KELZ: ENTRE DOS MUNDOS.

 


Hay discos que llegan hasta nosotros cuando ya todo el mundo está hablando de ellos. A SWEET PASSERBY, segundo trabajo de KELZ, todavía no pertenece a esa categoría. Y quizás ahí esté precisamente una parte de su encanto. Estamos ante una artista que empieza a asomar la cabeza fuera de un circuito todavía pequeño y ante un álbum que nos invita a detenernos un momento antes de seguir buscando el siguiente lanzamiento. 

Detrás de KELZ está Kelly Truong, una artista, compositora, productora y multiinstrumentista vietnamita-americana nacida en Orange County y asentada en Los Ángeles. Su proyecto nació ligado a esa tradición bedroom pop en la que hacer música significa también construir el espacio en el que esa música va a existir: canciones grabadas y producidas con una fuerte implicación personal, guitarras, sintetizadores, ritmos electrónicos y una voz frágil que parece acercarse a nosotros en lugar de obligarnos a captar su atención. Truong ha explicado también cómo su identidad vietnamita-americana forma parte de su manera de entenderse a sí misma, en ese territorio intermedio entre distintas formas de concebir la familia, la individualidad y la propia identidad. 

Todo eso adquiere un peso especial en A SWEET PASSERBY. El álbum fue tomando forma durante unos cuatro años atravesados por pérdidas familiares, duelo, relaciones que se desvanecen, depresión y una búsqueda personal de aceptación y tranquilidad. No estamos, por tanto, ante un disco que esconda sus heridas, aunque lo verdaderamente interesante es que tampoco las presenta de una manera evidente. A SWEET PASSERBY prefiere envolverlas en luz. 

Ahí es donde la música empieza a contarnos algo diferente. KELZ parte del bedroom pop, pero no se queda encerrada en él. La electrónica abre las paredes de esas canciones, los sintetizadores dejan espacio alrededor de la voz y las guitarras aparecen como pequeñas fuentes de luz dentro de un paisaje que termina acercándose al ambient. No porque estemos ante un disco ambient en el sentido más estricto, sino porque la sensación que nos queda después de escucharlo es la de haber permanecido dentro de una atmósfera durante casi cuarenta minutos. Y esa atmósfera es tremendamente californiana. 

Podemos hablar de sus raíces vietnamitas y de cómo forman parte de su identidad, pero cuando escuchamos A SWEET PASSERBY pensamos en otra cosa: en Orange County, en Los Ángeles, en una carretera junto al Pacífico, en la ventana de un coche abierta y en la brisa del mar entrando mientras el sol empieza a bajar. Hay algo luminoso, cálido y abierto en estas canciones que contrasta con lo que cuentan. La tristeza nunca termina de oscurecer el paisaje. Al contrario, parece atravesarlo. 

Esa contradicción es probablemente uno de los grandes atractivos del álbum. Podemos encontrarnos con canciones que hablan desde la pérdida, la soledad o la inseguridad mientras la música nos invita a movernos. Sweet Escape es un buen ejemplo de esa convivencia entre el duelo y la ligereza, pero la sensación recorre buena parte del disco. Las melodías parecen sonreír mientras debajo de ellas hay algo que todavía está intentando recomponerse. La propia KELZ ha definido esta luminosidad como una forma de hacer más llevaderos esos sentimientos, y ahí encontramos una de las claves de su música. No necesitamos que la música sea tan triste como aquello que estamos sintiendo para reconocer nuestra tristeza en ella. 





También por eso creemos que la secuenciación tiene tanta importancia. Las canciones funcionan individualmente. Algunas podrían salir perfectamente del álbum y encontrar su espacio como singles, pero A SWEET PASSERBY gana cuando lo escuchamos completo. Las piezas parecen colocadas para llevarnos de un estado a otro, para que las texturas, los ritmos y las voces vayan construyendo un recorrido. No es simplemente una colección de canciones de KELZ; es un lugar al que entramos y del que salimos después de haber pasado un tiempo en su interior. 

Y eso tiene algo casi contracultural en 2026. Porque casi nadie escucha discos enteros. 

Vivimos en una época en la que una canción puede ser arrancada de su contexto en cuestión de segundos y convertirse en un fragmento independiente para una playlist, un vídeo o un algoritmo. KELZ, sin embargo, ha construido un paisaje que merece ser recorrido. Podemos detenernos en una canción concreta, volver a Just Us 2, a Breathe, a Falling Behind o a I'm Sorry, y encontrar en ellas motivos suficientes para regresar. Pero el verdadero sentido aparece cuando dejamos que el álbum avance sin intervenir. 

Quizás esa sea también la razón por la que A SWEET PASSERBY puede resultar más interesante de lo que su aparente sencillez deja entrever. No necesita grandes gestos para crecer. Se mueve mediante pequeñas variaciones, texturas, voces susurradas, guitarras y ritmos que se van encadenando hasta conseguir que dejemos de pensar en canciones aisladas y empecemos a pensar en un paisaje. 

Y algo está empezando a cambiar alrededor de KELZ. Su primer álbum, 5 AM and I Can't Sleep, publicado en 2022, pasó prácticamente desapercibido para la crítica especializada. En cambio, A SWEET PASSERBY ya está consiguiendo una atención que entonces no llegó. Las dos valoraciones que están registradas actualmente, la de Spill Magazine (80/100) y la de AllMusic (70/100), sitúan la media en un 75 sobre 100. Son todavía muy pocas reseñas como para hablar de consenso crítico, pero sí suficientes para detectar que algo está pasando con KELZ.

EXQUSITECES nació, en buena medida, con la intención de prestar atención a esos artistas que todavía necesitan ser descubiertos, cuando todavía no tenemos la certeza de hasta dónde pueden llegar. Hemos tenido la suerte de escribir sobre músicos que posteriormente han conseguido una repercusión enorme, pero nunca hemos pensado que descubrir a un artista consista en adivinar el futuro. Se trata más bien de reconocer que algo está ocurriendo delante de nosotros y de darle el espacio que merece. 

No sabemos qué futuro le espera a KELZ. No sabemos si A SWEET PASSERBY será el disco que preceda a una carrera mucho mayor o si permanecerá como una pequeña joya para quienes llegamos hasta él en este momento. Pero sí sabemos que tiene ese algo que nos hace querer compartir un descubrimiento.

Porque hay una paradoja en este álbum que esconde cierta belleza. Está lleno de canciones que pueden funcionar por sí mismas y, al mismo tiempo, nos pide que no las separemos. Es luminoso y habla desde lugares bastante oscuros. Es íntimo y, sin embargo, consigue abrirse hasta convertirse en un paisaje enorme. Parte de una habitación y termina dejando entrar el océano. Quizás no necesitamos escuchar discos enteros como antes. Quizás tampoco necesitamos que los artistas nos ofrezcan una respuesta definitiva sobre quiénes son. Pero cuando aparece un álbum como A SWEET PASSERBY, nosotros sí queremos quedarnos hasta el final. Queremos pasear por él, dejar que sus canciones nos acompañen y descubrir el poso que deja cuando termina. Nuestra valoración es un 85 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Just Us 2, Sweet Scape, Breathe, I'm Sorry, Sunday Miracle...

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

lunes, 31 de agosto de 2026

REENCUENTROS CON LAURA VEIRS.

 


Llevamos siguiendo a LAURA VEIRS desde su primer disco, publicado en 1999, y quizás por eso TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación difícil de explicar sin recurrir a algo tan sencillo como la emoción. Al terminar la primera escucha tuvimos la impresión de habernos reencontrado con una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veíamos. No porque LAURA VEIRS haya dejado de estar presente durante estos años, ni porque TEMPLE SONGS sea una vuelta atrás, sino porque hay algo en estas canciones que nos resulta inmediatamente familiar. Como si después de todo este tiempo hubiéramos vuelto a reconocer una voz que siempre estuvo ahí. 

Veirs ha construido una discografía extensa en la que resulta inevitable distinguir diferentes etapas. Una de ellas está estrechamente ligada a Tucker Martine, aunque su presencia en la carrera de la compositora llegó unos años después de aquel debut. Martine ha sido un productor extraordinario y su importancia en algunos de los mejores trabajos de Veirs es indiscutible. Carbon Glacier (2004), Years of Meteors (2005), Saltbreakers (2007) y, especialmente, July Flame (2010) forman parte de ese periodo que seguimos considerando fundamental dentro de su trayectoria. My Echo (2020), además, nos parece un magnífico cierre para aquella etapa. 

Pero no creemos que la historia de LAURA VEIRS pueda reducirse a una cuestión de estar mejor con Martine o sin él. Su capacidad como compositora es incuestionable. Basta con volver a CASE/LANG/VEIRS (2016) para comprobarlo. En un álbum en el que compartía espacio con dos compositoras de enorme personalidad como Neko Case y k.d. lang, las canciones de Veirs no solo estaban a la altura, sino que para nosotros destacaban especialmente. Esa es una cuestión que conviene recordar ahora, porque TEMPLE SONGS no demuestra que Veirs pueda escribir buenas canciones sin Tucker Martine. Eso ya lo sabíamos. Lo que sí demuestra es hasta dónde puede llegar cuando decide asumir por completo el proceso.

TEMPLE SONGS es el primer álbum que LAURA VEIRS ha escrito, grabado, arreglado, producido e interpretado en solitario. En el proceso solo ha contado con Philip Weindrobe como ingeniero de mezcla, con Tyler Hicks y Zach Bloomstein como ingenieros asistentes de mezcla y con Josh Bonati en la masterización. Después de cerrar su etapa con Martine en My Echo, Veirs comenzó a recorrer su propio camino. En Found Light (2022) contó con Shahzad Ismaily como coproductor y en Phone Orphans (2023) asumió ya la producción en solitario. Ahora, con TEMPLE SONGS, lleva esa independencia hasta sus últimas consecuencias. 

La transición resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta la naturaleza de Phone Orphans. Nos gustó aquel disco desde el principio, pero también tenemos que reconocer que no hemos vuelto a él como sí hemos vuelto a la mayoría de los álbumes de Veirs. Era un trabajo especial, casi una rareza dentro de su discografía, construido a partir de demos, notas de voz grabadas con el móvil y otros materiales que después fueron transformándose en canciones. Tiene el atractivo de permitirnos acercarnos al proceso creativo de una artista que conocemos bien, pero también tiene algo de documento, de colección de piezas encontradas. 

En TEMPLE SONGS volvemos a encontrarnos con un álbum en el sentido más pleno de la palabra. Musicalmente se mueve dentro del indie folk y del territorio de la cantautora, pero no se queda instalado cómodamente en él. Veirs sigue teniendo esa capacidad para construir canciones aparentemente sencillas que esconden una considerable riqueza en sus arreglos, y buena parte del atractivo del álbum está precisamente en cómo consigue mantener una identidad reconocible mientras se permite introducir elementos menos previsibles. 

Pulse es probablemente el ejemplo más evidente. La canción termina abriéndose hasta desembocar en una explosión de jazz que nos saca del lugar en el que parecía que iba a quedarse. Es uno de esos momentos en los que entendemos que esta independencia creativa no consiste solamente en haber podido grabar todos los instrumentos o encargarse de la producción. También consiste en poder tomar decisiones arriesgadas, seguir una intuición y comprobar hasta dónde puede llevarnos una canción. 

Y esa libertad aparece de diferentes maneras a lo largo del disco. No estamos ante un ejercicio de experimentación por el mero hecho de experimentar. Veirs no necesita disfrazar sus canciones para demostrar que está haciendo algo nuevo. La base sigue siendo la misma: melodías, guitarras, una voz que nunca necesita imponerse y una escritura capaz de combinar lo cotidiano con lo simbólico. Pero los arreglos adquieren una personalidad propia y permiten que algunas canciones se alejen de lo previsible sin perder nunca de vista su esencia. 




Las narrativas de TEMPLE SONGS también contribuyen a esa sensación de intimidad. Hay en el disco una mirada hacia dentro, hacia las relaciones, el paso del tiempo, la memoria y esa necesidad de encontrar algún tipo de refugio en medio de todo lo que cambia. No necesitamos convertir cada canción en una confesión para percibir que estamos ante un trabajo muy personal. La intimidad de Veirs nunca ha dependido de levantar la voz. 

Y aquí volvemos inevitablemente a July Flame. Es el disco de su carrera con el que TEMPLE SONGS nos parece más emparentado. No porque suene exactamente igual, sino porque comparte esa extraordinaria capacidad para hacer que las canciones parezcan cercanas desde la primera escucha y, al mismo tiempo, permitan descubrir nuevos detalles con cada regreso. Flying Into Darkness es uno de los mejores ejemplos de esa conexión. Hay algo en su melodía, en la manera de construir el arreglo y en la forma en que Veirs deja que la canción avance que nos lleva directamente a aquella época. 

Pero TEMPLE SONGS no es una repetición de July Flame. Si aquel álbum representaba una de las cimas de lo que Veirs podía conseguir trabajando junto a Martine, este nos muestra qué ocurre cuando ella misma controla cada una de las piezas. La comparación resulta inevitable precisamente porque las diferencias también son reveladoras. 

Durante años, algunos críticos calificaron a LAURA VEIRS de fría. Nunca hemos entendido demasiado bien esa descripción. Podemos entender que su manera de cantar sea contenida, que nunca haya necesitado grandes exhibiciones emocionales y que sus arreglos puedan ser delicados, detallistas o incluso algo distantes en apariencia. Pero confundir contención con frialdad nos parece un error. 

Su emoción está muchas veces dentro de las canciones y no necesariamente en la manera de interpretarlas. No necesita subrayar una frase para que entendamos lo que hay detrás de ella. Tampoco necesita convertir una canción íntima en una demostración de vulnerabilidad. Quizás esa manera de cantar haya hecho que algunos la percibieran como distante, pero nosotros siempre hemos encontrado precisamente lo contrario: una cercanía que no necesita ser explícita. 

TEMPLE SONGS vuelve a ponerlo de manifiesto. Hay algo especialmente cálido en este disco. No necesariamente porque sea más sentimental que otros trabajos de Veirs, sino porque su voz, sus canciones y sus arreglos consiguen transmitir una familiaridad que reconocemos inmediatamente. Es una música que no nos exige nada y, sin embargo, consigue que queramos volver a ella. 

La crítica le ha otorgado una media de 77 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: MusicOHM, PopMatters, AllMusic, Mojo y The Arts Desk 80/100; Spectrum Culture 75/100; Pitchfork 74/100 y Far Out Magazine y Uncut 70/100. La lectura que hacemos de estas cifras es muy positiva. La crítica, en general, considera que Veirs mantiene el nivel, y no es poca cosa cuando hablamos de una artista que lleva publicando discos desde hace más de veinticinco años. 

Es cierto que TEMPLE SONGS todavía queda lejos de la valoración que obtuvo su álbum mejor puntuado por la crítica, Carbon Glacier, con un 86/100. Y también resulta significativo que aquel disco estuviera producido por Tucker Martine. Pero el segundo álbum mejor valorado es CASE/LANG/VEIRS, con un 81/100, y aquí merece la pena insistir en algo que ya hemos señalado: las canciones de Veirs estaban entre lo mejor de aquel trabajo. 

Quizás las cifras no cuenten toda la historia. Un 77 sobre 100 puede indicar que estamos ante un disco muy sólido, pero no necesariamente explica lo que ocurre cuando lo escuchamos después de conocer durante tantos años la obra de Veirs. Para nosotros, TEMPLE SONGS tiene algo que no siempre aparece en una primera valoración crítica: ganas de volver a él. Y esa capacidad de permanencia es, en nuestra opinión, una de las mejores maneras de medir un disco de una compositora con una trayectoria tan larga.

Porque al final TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación muy concreta: la de reencontrarnos con una amiga que hacía tiempo que no veíamos. Reconocemos su voz, sus maneras, su forma de escribir y esa sensibilidad que siempre hemos encontrado en sus canciones. Pero hay algo más. Tenemos la impresión de que no solo nosotros estamos reencontrándonos con Laura Veirs. También parece que Laura Veirs está reencontrándose consigo misma. 

Quizás por eso este disco nos gusta tanto. No necesitamos decidir si Veirs está mejor sola o con Tucker Martine. Martine fue una parte importante de su historia y produjo algunos de sus mejores discos, pero TEMPLE SONGS demuestra algo mucho más interesante: que LAURA VEIRS tenía dentro todo lo necesario para seguir adelante por sí misma. Algunos lo teníamos bastante claro desde hace tiempo. Otros han tenido que esperar a que ella lo demostrara. Nuestra valoración para TEMPLE SONGS es de 90 sobre 100




MEJORES MOMENTOSFlying Into Darkness, Pulse, Arc Still Bends, Golden Seams, River's Song, Sunlight And Doom... 

MEDIA CRÍTICA: 77/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

viernes, 28 de agosto de 2026

IAN SWEET: ACCESIBLE NO SIGNIFICA SENCILLO.

 


Jilian Medford lleva una década haciendo música bajo el nombre de IAN SWEET. El proyecto comenzó en 2014, cuando estudiaba en Berklee College of Music, y desde Shapeshifter (2016) ha ido construyendo una discografía asentada en el indie rock y el indie pop, con una relación especialmente estrecha con las guitarras y con una escritura de fuerte componente emocional. Después de Show Me How You Disappear (2021) y Sucker (2023), SHIVERSTRUCK supone el quinto álbum de IAN SWEET y aparece en un momento de cambios personales para Medford, marcado por el final de una relación, el regreso de Nueva York a Los Ángeles y una etapa en la que también trabajó como profesora de música para niños.  

Nuestra primera impresión después de escucharlo es que estamos ante un disco extraordinariamente fluido. SHIVERSTRUCK está etiquetado como indie pop e indie rock, pero esas categorías se quedan algo cortas para explicar por qué funciona. Las guitarras son fundamentales y nunca desaparece la sensación de estar escuchando una banda de rock, aunque las canciones tengan una vocación melódica muy clara. La batería y el bajo adquieren protagonismo en temas como Hired Gun, mientras que en otros momentos basta una guitarra y una voz frágil para construir la canción. También aparecen órganos, sintetizadores, Rhodes y otros elementos, pero funcionan como colores dentro de los arreglos y nunca convierten el álbum en un disco electrónico. Lo que permanece en el centro son las canciones. 

 987 abre el álbum y establece desde el principio un tono íntimo, con una interpretación vocal frágil y en comunión con una guitarra. Jilian se mueve entre esa intimidad y un formato más abiertamente melódico. Después llegan canciones como Criminal Kissing, Silver Screen y Deadweight, donde las guitarras y los estribillos hacen que el disco resulte inmediatamente reconocible y fácil de seguir. La La Love incluso podría funcionar como uno de los singles destinados a mostrar la faceta más accesible del álbum. Wild Heart y Speed Demon vuelven a introducir otros matices y consiguen que el recorrido no se convierta en una sucesión de canciones intercambiables. 

La palabra accesible aparece inevitablemente cuando hablamos de SHIVERSTRUCK, pero no deberíamos confundirla con sencillo ni, mucho menos, con menor. Las canciones parecen fáciles porque todo está colocado con naturalidad. No percibimos artificio en la producción ni una voluntad de demostrar cuánto trabajo hay detrás de cada arreglo. Las guitarras entran cuando tienen que entrar, la batería sostiene las canciones sin convertirse en protagonista y los pequeños detalles instrumentales aparecen sin reclamar nuestra atención. La dificultad está precisamente en conseguir que todo parezca tan natural. 

Las letras terminan de darle profundidad a esa aparente sencillez. En Criminal Kissing encontramos una relación que vuelve a repetirse pese a que ambos saben que probablemente sea una mala idea. La canción juega con el deseo, la imprudencia y la posibilidad de que el encuentro termine convirtiéndose en algo más. Speed Demon lleva esa idea hacia otro lugar: conducir a toda velocidad por una carretera que termina en un callejón sin salida se convierte en una imagen bastante precisa de una relación que avanza sin llegar realmente a ninguna parte. En Wild Heart aparece otro de los temas centrales del álbum: el cansancio de vivir dentro de una identidad marcada por la tristeza y la decisión de abandonar ese papel. La frase sobre haber dejado atrás el título de “la chica más triste de la habitación” resume muy bien esa transformación y a lo mejor también es una metafora de lo que ella considera que han sido sus anteriores trabajos hasta ahora.



Por eso las canciones no nos parecen tan luminosas como su facilidad para ser cantadas podría hacernos pensar. Hay ruptura, deseo, frustración, espera, rencor y cierta sensación de estar atrapados, pero Medford no convierte ninguno de esos sentimientos en una solemnidad permanente. Incluso en los momentos más dolorosos existe sentido del humor y una cierta capacidad para reírse de las propias decisiones. En Criminal Kissing sabemos que estamos ante una mala idea y, al mismo tiempo, entendemos perfectamente por qué resulta tentadora. En Speed Demon aparece el cabreo y la desesperación, pero también la energía de seguir conduciendo. En Wild Heart la tristeza acaba convirtiéndose en una identidad de la que se puede renunciar. 

En la producción encontramos a Ben H. Allen III, responsable de producir y mezclar el álbum, mientras que en la composición participan Jilian Medford, Blonder, Richard Orofino, Steph Marziano y Alex Craig. La grabación se realizó entre Maze Studios, en Atlanta, y Rock Lobster Recording, en Maine, con Allen III participando además en bajo, batería, guitarras, piano, sintetizadores, Rhodes, percusión y programación. Macie Stewart se encargó del arreglo y la grabación de las cuerdas de Speed Demon.  

La crítica le ha otorgado una media de 70 sobre 100 basada en 6 reseñas distribuida de la siguiente manera: AllMusic y Far Out Magazine 80/100; Northern Transmissions 78/100; Pitchfork 62/100; Under The Radar 60/100 y Paste 58/100. 

La dispersión de las notas resulta llamativa porque las tres valoraciones más bajas parecen tener bastante que ver con una expectativa concreta sobre lo que debería hacer IAN SWEET. Pitchfork, por ejemplo, considera que las melodías son demasiado formulaicas y que el carácter contenido del disco no termina de transmitir la intensidad de las emociones que aparecen en las letras. Nosotros hemos tenido una experiencia diferente. Precisamente esa distancia entre la intensidad de las emociones y la naturalidad con que están convertidas en canciones nos parece uno de los mayores aciertos del álbum. No necesitamos que una canción grite para percibir frustración, ni que una producción se vuelva grandilocuente para que una melodía tenga fuerza. Criminal Kissing, Jilian, La La Love o Wild Heart funcionan porque consiguen algo que consideramos bastante más complicado: quedarse en la cabeza sin parecer construidas para quedarse en la cabeza. 

También nos parece significativo que una parte de la recepción más fría pueda estar relacionada con la comparación con el propio pasado de Medford. Sucker había llevado más lejos los ganchos y la energía pop, mientras que Show Me How You Disappear había presentado una versión más ambiciosa y expansiva de IAN SWEETSHIVERSTRUCK no necesita repetir ninguna de esas dos fórmulas. Su fuerza está en otro sitio.

Nosotros nos quedamos con un 85 sobre 100SHIVERSTRUCK nos parece uno de esos discos que hacen que lo difícil parezca fácil. Todo fluye de manera orgánica y no encontramos artificios que distraigan de las canciones. Nos gustan especialmente esas melodías que podemos cantar mientras conducimos y esas guitarras que mantienen el disco unido incluso cuando los arreglos se abren. También nos interesa la genealogía que percibimos detrás de algunas de estas canciones. Hay momentos que nos llevan hasta la Liz Phair de Liz Phair (2003), aquel disco que nos presentaba a Liz Phair como una divorciada que solamente quería divertirse y fue recibido con enorme hostilidad precisamente por apartarse de la imagen que muchos críticos habían construido alrededor de Exile in Guyville (1993), y otros que nos recuerdan a la Avril Lavigne de Under My Skin (2004), cuando el pop-rock adolescente de Let Go (2022) adquirió un tono más oscuro y adulto. Son dos referencias que nosotros siempre hemos valorado y que aquí funcionan como parte de una tradición de canciones guitarreras, melódicas y emocionales que no necesitan complicarse para resultar buenas. SHIVERSTRUCK nos ha convencido justamente por eso: porque parece sencillo, pero cuando prestamos atención descubrimos todo lo que hace falta para que un disco pueda sonar así de natural. 




MEJORES MOMENTOS: Criminal Kissing, Jillian, Silver Screen, 987, Speed Demon, La La Love, Wild Heart...

MEDIA CRÍTICA: 70/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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