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lunes, 19 de octubre de 2026

KEO: EL GRUNGE TAL Y COMO LO CONOCÍAMOS.

 



Procedentes de Londres, KEO se han hecho un hueco en la nueva escena del rock británico con una propuesta que recupera la visceralidad del rock alternativo de los noventa sin renunciar a una sensibilidad melódica actual. Liderados por los hermanos Finn y Conor Keogh, junto a Jimmy Lanwern y Oli Spackman, el cuarteto combina guitarras crudas, atmósferas envolventes y una intensidad emocional que encuentra en la vulnerabilidad uno de sus principales argumentos. Tras llamar la atención con el EP Siren (2025), la banda da un paso adelante con PUT A SMILE ON FOR ME, su álbum de debut, en el que explora las contradicciones personales y esos sentimientos incómodos que, por mucho que intentemos esconderlos, terminan saliendo a la superficie. 

En el plano sonoro, PUT A SMILE ON FOR ME se mueve entre el post-grunge, el grunge y el rock alternativo, recuperando la aspereza y la electricidad de los noventa para darles un enfoque contemporáneo. KEO alternan riffs contundentes y guitarras distorsionadas con pasajes más atmosféricos, en los que las melodías van ganando terreno hasta desembocar en explosiones de intensidad. La producción busca un equilibrio entre crudeza y accesibilidad, dejando espacio tanto para la pegada instrumental como para una interpretación vocal cargada de tensión y fragilidad. Y es precisamente en esos contrastes donde el álbum encuentra buena parte de su atractivo: las canciones saben cuándo apretar los dientes y cuándo dejar que las emociones fluyan. No estamos ante una propuesta especialmente rupturista, pero sí ante un grupo que entiende cómo construir temas directos, envolventes y capaces de golpear tanto por su energía como por su carga emocional. 

En el terreno lírico, PUT A SMILE ON FOR ME se adentra en las contradicciones de las relaciones personales y en la distancia que a menudo separa lo que mostramos al mundo de lo que realmente sentimos. El desamor, la culpa, la inseguridad y la dificultad para reconocer nuestros propios errores dibujan un paisaje emocional en el que la vulnerabilidad convive con ciertas tendencias autodestructivas. A través de la escritura de Finn Keogh, el disco aborda el peso de las apariencias y esa costumbre, tan humana como agotadora, de fingir que todo va bien cuando por dentro las cosas distan mucho de estar en orden. El propio título parece resumir esa contradicción: poner una sonrisa, aunque no tengamos demasiados motivos para hacerlo. Lejos de recrearse gratuitamente en el dramatismo, KEO convierten estos conflictos íntimos en combustible para un rock visceral y catártico. La intensidad de las guitarras acompaña así unas letras que, sin necesidad de grandes artificios, pueden resultar reconocibles para cualquiera que haya intentado disimular sus propias heridas. 

Que Finn Keogh se encargue tanto de la composición como de la producción refuerza la coherencia de un álbum que responde a una visión creativa bastante definida. Su implicación permite mantener una conexión estrecha entre los conflictos personales que alimentan las letras y el tratamiento sonoro que los acompaña. El resultado es un trabajo con una marcada impronta autoral, en el que cada canción contribuye a construir un universo emocional reconocible. Sin embargo, esa cohesión no siempre se traduce en una personalidad musical plenamente diferenciada. KEO saben lo que quieren transmitir y encuentran la manera de hacerlo, aunque todavía les queda camino por recorrer para que su identidad resulte tan reconocible como las influencias que manejan. 



La recepción crítica de PUT A SMILE ON FOR ME se ha saldado con una media de 79 sobre 100 y ha sido mayoritariamente favorable, aunque no exenta de discrepancias. Kerrang! le ha otorgado un 100/100; God Is In The TV, un 90/100; Evening Standard y Rolling Stone UK, un 80/100; y DIY y Mojo, un 60/100. Estas valoraciones reflejan, en cierto modo, la doble lectura que admite el debut: un disco convincente por su energía y su capacidad para conectar emocionalmente, pero que también deja interrogantes sobre hasta qué punto consigue escapar de los referentes que alimentan su sonido. 

Según algunos críticos, la principal virtud de KEO es también su mayor debilidad. Su decidida apuesta por recuperar el grunge de los noventa, con Nirvana como referencia inevitable, les ha permitido destacar en una escena en la que las guitarras vuelven a reclamar protagonismo. Sin embargo, esa misma apuesta los expone a las comparaciones y al reproche de depender demasiado de sus influencias. PUT A SMILE ON FOR ME reproduce con solvencia la aspereza instrumental, los contrastes dinámicos y la intensidad emocional que definieron aquel movimiento, aunque no siempre consigue transformar esos ingredientes en algo verdaderamente distintivo. No se trata de cuestionar la legitimidad de sus referentes, sino de preguntarnos hasta qué punto el cuarteto consigue ir más allá de ellos. Porque recuperar un sonido que sigue teniendo vigencia es una cosa; encontrar una voz propia dentro de un lenguaje que ya dejó obras fundamentales es otra bien distinta. En ese equilibrio entre homenaje y personalidad se encuentra el principal desafío de un debut que convence más por su intensidad que por su capacidad para sorprender. 

Y es que, al terminar la escucha, resulta difícil esquivar una pregunta: ¿hasta qué punto estamos escuchando a KEO y hasta qué punto reconocemos en ellos el eco de Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden? Las referencias al grunge de los noventa son tan evidentes que, en algunos momentos, cuesta distinguir dónde termina el homenaje y dónde empieza una identidad propia. El disco funciona, las guitarras golpean con fuerza y las melodías recuperan una intensidad emocional que echábamos de menos. Pero, aunque todo eso juega a su favor, no basta por sí solo para despejar las dudas sobre la personalidad artística del grupo. 

Ahora bien, sería injusto reducir su propuesta a un simple ejercicio de nostalgia. En una época en la que echábamos de menos precisamente esa aspereza, esa vulnerabilidad y esa manera de entender el rock desde las entrañas, recuperar aquellos sonidos tiene un valor que trasciende la cuestión de la originalidad. No todo consiste en inventar algo nuevo; también importa saber transmitir emociones genuinas y escribir canciones que nos remuevan por dentro. Quizás KEO todavía tengan que demostrar quiénes son más allá de sus influencias, pero también cabe la posibilidad de que su identidad empiece, precisamente, por reivindicar un lenguaje que nunca debió desaparecer del todo. Al fin y al cabo, hay sonidos que no necesitan reinventarse por completo para volver a emocionarnos. 

PUT A SMILE ON FOR ME deja un balance muy positivo y confirma que KEO tienen argumentos para hacerse un hueco en la escena británica. Su capacidad para construir canciones intensas, directas y emocionalmente reconocibles pesa más que las dudas que todavía suscita su personalidad artística. Quizás el verdadero reto llegue con su próximo trabajo, cuando tengan que demostrar hasta dónde pueden desarrollar esta propuesta sin depender tanto de sus referentes. Pero sería un error restar méritos a un debut que recupera una forma de entender el rock que sigue teniendo mucho que decir. Porque, más allá de las comparaciones inevitables, KEO consiguen recordarnos por qué seguimos necesitando guitarras que suenen como si estuviera en juego algo más que una buena canción. Un comienzo prometedor, con margen para crecer y razones suficientes para seguirles la pista, que merece un 85 sobre 100.




MEJORES MOMENTOS: Be Happy, Thorn, That's Me, Bird On The Wires, Pistol, I Lied Amber... 

MEDIA CRÍTICA: 79/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

viernes, 16 de octubre de 2026

THE WLDLFE: LOS GRADOS DE LA EUFORIA.


Hablar de THE WLDLFE es, para nosotros, adentrarse en la historia de una de las bandas más constantes y, paradójicamente, menos comentadas de la escena del indie pop estadounidense. Formados originalmente en 2015 tras coincidir en las aulas de la Anderson University, el hoy trío integrado por Jansen Hogan, Carson Hogan y Jack Crane ha construido paso a paso una discografía impecable sobre la base de melodías eufóricas y una marcada inclinación por la indietrónica. 

Tras más de una década de carretera, furgonetas y evolución constante, la agrupación regresa con REVOLVER, que se presenta como su octavo álbum de estudio. Si en sus inicios la crítica los situaba rápidamente a la sombra de LANY o The 1975, la verdad es que en esta entrega cambian las reglas del juego por completo. Se vuelcan de lleno hacia un sonido robusto, masivo, con un pie firmemente plantado en la nostalgia de los ochenta. La sonoridad del disco transita por terrenos que coquetean abiertamente con el synth-rock clásico, el new wave y un pop rock cinematográfico concebido para grandes recintos. Una música que pide a gritos ser cantada a pleno pulmón. 

Y es que en este punto resulta imposible no trazar un paralelismo con The Strike. Al igual que la banda liderada por Chris Thompson, que aunque actualmente tiene su base de operaciones en Los Ángeles, nació en realidad en las aulas universitarias de Utah, THE WLDLFE ha decidido abrazar en sencillos como Saturn y Lips la grandeza y el brillo instrumental de otra época. El oyente se topa aquí con baterías cargadas de eco que retumban en el pecho, sintetizadores espaciales y líneas de guitarra rítmicas milimétricas. A esto se le suma la interpretación vocal de Jansen Hogan. Su entrega es eufórica, apasionada. Recuerda de inmediato al magnetismo vocal de Thompson, transformando cada pista en el himno de una película de crecimiento personal. 





Esa energía sonora encuentra su contrapeso ideal en el corazón lírico del álbum. Aunque no llega a ser un disco conceptual estricto, nosotros sentimos que REVOLVER funciona bajo una fuerte narrativa de coming-of-age inspirada originalmente por el tema de apertura, Ruby. A través de las canciones, la banda traza el mapa emocional de alguien que atraviesa el desordenado y a veces doloroso proceso de madurar. Pasamos de la euforia y el enamoramiento ciego al dolor punzante de la pérdida. Nos sumergimos en la melancolía por lo que pudo ser en pistas como Saturn, hasta alcanzar una madura aceptación del paso del tiempo. Al final, las letras logran plasmar esa dualidad tan humana de sentirse profundamente perdido e increíblemente esperanzado al mismo tiempo. Es como mirar fotos viejas: duele un poco, pero sonríes. 

Sin embargo, el lanzamiento de REVOLVER nos invita a una reflexión que va más allá de lo puramente musical. Al revisar  nuestra plataforma de agregación crítica de referencia (AOTY), salta a la vista un dato desolador: casi la totalidad de su discografía figura bajo las siglas NR (Not Rated). La única y tibia excepción es su segundo álbum I'm Not Worried Anymore de 2018, calificado con un discreto 60/100 por el ya extinto medio británico The 405. 

Este vacío nos expone una realidad incómoda. A pesar de ser una banda que lleva más de una década trabajando, girando y acumulando millones de reproducciones, no ha logrado capturar la atención de la prensa musical especializada. Quedan atrapados en un curioso limbo industrial, siendo demasiado pop para los medios alternativos más duros y demasiado independientes para los grandes reflectores comerciales. 

Al final, REVOLVER no es solo una colección de canciones que encapsulan a la perfección el revival del pop-rock ochentero; es también el recordatorio de que, a veces, la consistencia y las mejores melodías de la temporada se están cocinando en los márgenes de los grandes titulares de la prensa tradicional. Y a nosotros nos toca hacerles justicia. Por eso nuestra valoración para este trabajo es de un 90 sobre 100. Es uno de esos discos que te enganchan y necesitas escucharlo en bucle y una de las sorpresas más refrescantes de la temporada.  



MEJORES MOMENTOS: Ruby, Lips, Saturn, Parachutes, No Sleep, Hearts, Delusional, Revolver... 

MEDIA CRÍTICA: ----

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

miércoles, 14 de octubre de 2026

MARY IN THE JUNKYARD: EL MOMENTO DEL OFICIO.


 

Hay algo especialmente estimulante en descubrir una banda cuando todavía parece estar construyendo su propio lugar. MARY IN THE JUNKYARD llegan a ROLE MODEL HERMIT después de haberse ganado el derecho a grabarlo sobre los escenarios, tocando una y otra vez en salas pequeñas del circuito londinense y aprendiendo a funcionar como grupo antes de encerrarse en un estudio. No es un detalle menor. Clari Freeman-Taylor, Saya Barbaglia y David Addison tienen además formación clásica, una circunstancia que podría haberles llevado por caminos mucho más previsibles y que, en cambio, han utilizado para alimentar una música que disfruta tanto de la melodía como de la fricción, del arreglo como del ruido. Toda esta historia ayuda a entender mejor el disco. 

MARY IN THE JUNKYARD no parece una banda que haya descubierto su sonido delante de un ordenador para después intentar reproducirlo en directo. Hay algo físico en sus canciones, una sensación de grupo que ha pasado muchas horas tocando juntos y que ha ido encontrando sobre la marcha aquello que merece la pena conservar. El hecho de que los tres miembros aparezcan como compositores de los temas y que Oli Bayston figure como productor refuerza esa impresión artesanal. En una época en la que los créditos de un disco pueden convertirse en una lista interminable de productores, coautores, músicos adicionales y especialistas de todo tipo, resulta refrescante encontrar una cadena creativa tan concentrada: las canciones pertenecen al trío y un productor ayuda a convertirlas en disco. 

El resultado tampoco es fácil de encerrar en una etiqueta. ROLE MODEL HERMIT aparece asociado al Art Rock, Indie Folk, Indie Rock, Chamber Pop o Avant-Folk, y todas esas denominaciones tienen algo de razón, aunque ninguna termina de explicar por sí sola qué sucede aquí. Nosotros escuchamos sobre todo una raíz mucho más reconocible: la del indie rock de los noventa, con ese gusto por las guitarras nerviosas y las melodías que sobreviven entre la distorsión. En algunos momentos aparece el nervio de Elastica; en otros, la combinación de fragilidad y aspereza de The Breeders. Pero el disco no se queda ahí. 

A medida que avanzamos, las canciones empiezan a abrirse hacia otros lugares. Welcome Break puede hacernos pensar en Heather Nova, especialmente por esa manera de colocar una melodía íntima en el centro, pero alrededor de ella las guitarras y las texturas adquieren una dimensión mucho más inquieta, casi como si aquella canción hubiera pasado por las manos de Sonic Youth. No es tanto una cuestión de imitación como de parentesco: una sensibilidad melódica muy clásica rodeada de un tratamiento sonoro que se resiste a permanecer tranquilo. En otros momentos aparecen el folk de cámara, cierta oscuridad casi ritual y una teatralidad que hace que el álbum parezca más grande que el formato de trío que lo sostiene. 

También hay espacio para el ruido. Seek And Destroy representa muy bien esa otra cara del grupo, la que convierte la distorsión y la abrasión en parte esencial de la canción. Aquí las guitarras no están simplemente al servicio de una melodía: el ruido es materia compositiva, una forma de tensión que recuerda a aquella tradición alternativa de los noventa en la que una canción podía ser perfectamente reconocible sin necesidad de estar limpia ni pulida. 

Pero ROLE MODEL HERMIT es, sobre todo, un disco de dos caras. La primera mitad tiene ese nervio que nos lleva hacia Elastica o The Breeders, una energía más inmediata y guitarrera en la que MARY IN THE JUNKYARD demuestra que sabe desenvolverse perfectamente dentro de la tradición del indie rock. El problema es que el álbum tarda un poco en encontrar su verdadera personalidad. Mantra III, encargado de abrir el disco, nos parece una entrada poco convincente y claramente por debajo de lo que vendrá después. Si hubiéramos tenido que juzgar ROLE MODEL HERMIT únicamente por esos primeros minutos, probablemente no habríamos imaginado el alcance que terminaría teniendo. 





Crash Landing funciona como una frontera. A partir de ahí el disco parece cambiar de temperatura y de ambición. Las canciones empiezan a sentir de otra manera y aquello que hasta entonces podía entenderse como un buen disco de indie rock se transforma en algo bastante más interesante. Welcome Break pertenece a ese nuevo territorio, y después llega Thou Shalt Sprout, uno de los momentos que más nos han impresionado de todo el álbum. 

En Thou Shalt Sprout se entiende mejor que en ningún otro lugar qué pueden aportar esos estudios clásicos de los tres músicos. Los violines van creciendo poco a poco, acumulando tensión hasta que la canción parece a punto de desbordarse. Entonces aparecen los chelos y recuperan la melodía desde un registro mucho más grave, como si aquello que acabamos de escuchar regresara convertido en un réquiem. Es un final extraordinario porque las cuerdas no funcionan como decoración ni como demostración de conocimientos musicales: cambian el sentido emocional de la canción. Es probablemente el momento en que más claramente sentimos que detrás de este grupo hay una formación musical que sabe cómo utilizar un arreglo para llevar una canción a otro lugar. 

Incluso nos parece un momento superior a Mouse, que es también una canción bastante buena y la elegida para cerrar el álbum. Mouse funciona como cierre y resume buena parte de lo que hemos escuchado, pero Thou Shalt Sprout contiene algo más difícil de conseguir: la sensación de haber llegado a un sitio que no esperábamos encontrar cuando empezó el disco. 

La recepción crítica de ROLE MODEL HERMIT ayuda a entender que no estamos ante un debut que haya pasado desapercibido porque ha conseguido una media de 82 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: The Skinny 100/100; musicOMH, God Is In The Tv y Far Out Magazine 90/100; Still Listening 89/100; Northern Transmissions 83/100; DIY, Sputnickmusic, Clash, Uncut, Spectrum Culture 80/100; Pitchfork 76/100; Paste 75/100 y NME, No Ripcord y The Line Of Best Fit 70/100.

Lo interesante de esta recepción no es únicamente la media, sino la amplitud del reconocimiento. Hay un 100, varios 90 y numerosas valoraciones en torno al 80, mientras que incluso las notas más prudentes mantienen al álbum en una zona claramente positiva. Cuando publicaciones tan diferentes reparan en un mismo debut y el público empieza a fijarse en él, aparece algo que va más allá de una buena colección de reseñas: ese momentum, ese don de la oportunidad que hace que una banda parezca estar llegando justo cuando tiene algo que decir y encuentra un público dispuesto a escucharla. 

Nosotros nos quedamos con un 85 sobre 100. ROLE MODEL HERMIT nos parece un soplo de aire fresco y un debut que está claramente por encima de la media. No es perfecto, y quizás hubiéramos agradecido todavía más riesgo, más momentos como Thou Shalt Sprout, donde la formación clásica de MARY IN THE JUNKYARD se hace visible de una manera tan hermosa y natural. Y también nos ha recordado a esos momentos en los que Tori Amos saca sus conocimientos clásicos y se pone juguetona, y hay algo de esa libertad lúdica en la manera en que estas canciones pueden cambiar de forma sin perder completamente su centro. Pero esos deseos no pesan lo suficiente como para oscurecer lo esencial: estamos ante una banda con canciones, personalidad, oficio y margen para crecer. Una banda que ha llegado al estudio después de haber aprendido a ser banda sobre un escenario y que, precisamente por eso, todavía conserva algo que resulta cada vez más difícil de encontrar: la sensación de que detrás de las canciones hay tres personas descubriendo juntas hasta dónde pueden llevarlas.



MEJORES MOMENTOS: Thou Shalt Sprout, Blood, New Muscles, Crash Landing, Seek And Destroy, Mouse, Myrtie...

MEDIA CRÍTICA: 82/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100


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