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viernes, 4 de septiembre de 2026

SARA BAREILLES: EL REGRESO DE UNA VOZ QUE PERMANECE.

 


No teníamos noticias de SARA BAREILLES desde Admist The Chaos (2019). Es cierto que desde que compusiera el musical Waitress plasmado en su álbum What's Inside: Songs From Waitress (2015), su vida artística dio un giro de 180º y su faceta de cantautora pop quizás ha estado menos presente en los últimos años. Pero ella no ha dejado de trabajar. La hemos visto como actriz en la serie Girls5Eva de Netflix y en los musicales Jesus Christ Superstar Live in Concert o Waitress: The Musical. Además de ser la co-creadora, productora ejecutiva y responsable de la música original de esa pequeña joyita que fue la miniserie Little Voice para Apple TV+.

Este 2026 regresa con GOOD GRIEF y a pesar de que Bareilles ha estado muy presente en Broadway, televisión y otros proyectos, pero no precisamente como figura central del ciclo pop contemporáneo. Siete años sin grabar es demasiado tiempo y se podría decir que GOOD GRIEF llega prácticamente como un regreso de culto.

Como anécdota recordar que SARA BAREILLES ha vinculado el lanzamiento y la gira a una iniciativa solidaria de salud mental, destinando a NAMI -la National Alliance on Mental Illness, una de las principales organizaciones estadounidenses dedicadas a la educación, el apoyo y la defensa de las personas afectadas por problemas de salud mental- el 100 % de los ingresos de las ventas del álbum realizadas a través de su tienda y de los paquetes VIP de la gira. El gesto adquiere una dimensión especialmente coherente dentro de GOOD GRIEF, un disco construido alrededor del duelo, la pérdida y el proceso, a menudo nada lineal, de aprender a convivir con el dolor. De esta manera, el mensaje del álbum trasciende las canciones y se convierte también en una forma concreta de apoyar a quienes atraviesan momentos de vulnerabilidad emocional. 

Tampoco creemos que este álbum esté diseñado para generar grandes titulares. El concepto es íntimo: además de tratar temas como la pérdida y el duelo. También habla de amistad, fertilidad, recuperación y aceptación. Es un álbum adulto y bastante reflexivo, no un comeback era construido alrededor de un gran single viral.

Pero musicalmente hay bastante más ambición de la que podría parecer. Aaron Dessner participa en la producción y composición, hay colaboraciones con Brandi Carlile e Ingrid Michaelson, y el disco mezcla el terreno habitual de Bareilles con elementos folk, country y arreglos más atmosféricos. 

Lo que nos llama poderosamente la atención es la poca repercusión crítica que ha tenido hasta el momento. Después de una semana de su lanzamiento, solamente AllMusic ha emitido una valoración de 80 sobre 100. Y nos extraña porque se trata de SARA BAREILLES, la autora de The Blessed Unrest (2013). Os recuerdo que no fue simplemente un disco de una cantante conocida: fue un álbum que le consiguió una nominación a Album of the Year en los Grammy de 2014. Bareilles ya había demostrado que podía competir en ese espacio cuando la industria le prestaba atención.





GOOD GRIEF, salió sin una campaña mediática gigantesca y aun así parece estar encontrando poco a poco a la gente que necesita escucharlo. Quizás el mayor problema no sea el álbum, sino que SARA BAREILLES puede que ya no ocupe el lugar cultural que ocupaba en 2014. 

Y existe cierta conexión con The Blessed Unrest (2013) con GOOD GRIEF. Es inevitable relacionarlos, no tanto porque ambos discos compartan exactamente el mismo sonido, sino porque recuperan una misma manera de entender la canción pop: partir de una emoción profundamente personal y convertirla en algo melódico, cercano y universal. En ambos álbumes, SARA BAREILLES encuentra un equilibrio muy particular entre vulnerabilidad y luminosidad, entre canciones que hablan de heridas reales y una música que nunca se recrea completamente en la oscuridad. GOOD GRIEF recupera así a la Bareilles más reconocible, la que sabe hacer del piano, la voz y una gran melodía herramientas suficientes para sostener emociones complejas.

Sin embargo, reducir esa conexión a The Blessed Unrest sería ignorar todo lo que ocurrió entre ambos discos. Amidst the Chaos funciona como un puente evidente: allí Bareilles llevó su escritura hacia un terreno más adulto, orgánico e introspectivo, al mismo tiempo que se alejaba parcialmente de los sintetizadores y los detalles electrónicos de sus trabajos anteriores para abrazar una sonoridad más acústica y natural. GOOD GRIEF recoge esa evolución y la lleva a un formato más desnudo y emocionalmente directo. Por eso quizá la mejor manera de entender GOOD GRIEF sea como un punto de encuentro entre las dos etapas: tiene el ADN emocional de The Blessed Unrest, pero también la madurez y la sensibilidad sonora que Bareilles desarrolló a partir de Amidst the Chaos. No es una vuelta atrás, sino el reencuentro con una parte esencial de SARA BAREILLES desde un lugar completamente distinto.

Una de las cualidades más importantes de SARA BAREILLES es que antes que una cantante pop, es una comunicadora extraordinariamente eficaz. Puede que vocalmente haya artistas más espectaculares, o que haya compositoras con una paleta musical más innovadora, pero Bareilles tiene algo bastante diferenciador: sabe convertir una emoción concreta en algo que el oyente reconoce como propio. No se limita a decir "estoy triste" o "estoy enamorada"; suele encontrar el detalle, la imagen o la frase que hace que tú sientas la situación. Algo que explica muy bien que haya podido trasladarse a terrenos como la interpretación y el teatro musical. Para escribir musicales necesitas entender qué siente un personaje, por qué lo siente y cómo hacer que el público lo sienta también.  

También creemos que Bareilles traspasa la grabación original. Hay intérpretes técnicamente impecables que pueden cantar una canción perfectamente y, sin embargo, la emoción se queda en la grabación. Con Bareilles ocurre lo contrario. Cuando encuentra la canción adecuada, parece que la distancia de separación entre intérprete y oyente deaparece. Canciones de su repertorio como Gravity, She Used to Be Mine, I Choose You, Brave o incluso Uncharted. Son canciones muy distintas entre sí, pero tienen ese mismo mecanismo: la canción parece estar diciéndote algo, no simplemente se está interprentando delante de ti.

Además, no necesita sobreactuar para transmitir. Tiene una cierta vulnerabilidad en la voz, pero también sabe contenerse. Una frase cantada casi conversacionalmente puede resultar más devastadora que una gran nota. Por eso quizás GOOD GRIEF sea un regreso particularmente interesante. Después de tantos años, su principal arma no solamente sigue intacta, la ha perfeccionado. Sabe escribir sobre lo que siente y sabe hacer que tú sientas lo que está escribiendo. De hecho, es probablemente una de las diferencias más importantes entre una buena cantante y compositora y una artista que realmente deja huella.

Still Crying es buena prueba de ello. Una de las grandes canciones de GOOD GRIEF y, quizás, una de las que mejor resume su sensibilidad. Bareilles convierte el duelo en una pieza de elegancia casi atemporal, contenida pero profundamente emotiva, donde la melodía y las armonías tienen tanto peso como la propia interpretación. Hay algo clásico en su sonido, una calidez que incluso puede recordar a cierta tradición de la canción americana, pero también una fragilidad muy contemporánea en la manera en que aborda la pérdida. Es una canción triste sin ser devastadora, y precisamente ahí reside buena parte de su belleza: no intenta superar el dolor, sino aprender a convivir con él.

Al final, quizás lo más interesante de GOOD GRIEF sea precisamente que no necesita comportarse como un gran regreso. No hay voluntad de demostrar que SARA BAREILLES sigue siendo la misma artista que en 2013, ni de competir con un panorama pop que ha cambiado considerablemente desde entonces. Lo que encontramos es a una compositora que ha vivido, trabajado y evolucionado en otros territorios y que ahora vuelve a su propio lenguaje con una perspectiva diferente. Puede que GOOD GRIEF no vaya a convertirse en el acontecimiento pop del año, ni probablemente lo necesite. Su valor reside en otro lugar: en demostrar que algunas voces no pierden relevancia porque desaparezcan durante un tiempo, sino que simplemente esperan a tener algo que decir. 

Y SARA BAREILLES tiene todavía mucho que decir. GOOD GRIEF es un álbum sereno, humano y sorprendentemente sólido que quizás llegue a nosotros en un momento en el que la industria ya no parece saber muy bien qué hacer con artistas como ella. Pero precisamente por eso resulta tan reivindicable. En una época obsesionada con el impacto inmediato, Bareilles apuesta por algo mucho más difícil de medir: canciones que permanecen. Puede que todavía no sepamos si GOOD GRIEF acabará siendo un nuevo clásico dentro de su discografía, pero sí sabemos que, siete años después, SARA BAREILLES ha vuelto a recordarnos por qué llegó a convertirse en una de las grandes compositoras de su generación. 



MEJORES MOMENTOS: Still Crying, Home, Just A Kid, Heartland, Nervous Breakdown, Salt Then Sour Then Sweet... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

jueves, 3 de septiembre de 2026

AYRA STARR: UNA ENTRE UN MILLÓN.

 


AYRA STARR pertenece a una generación de artistas africanas que ya no necesitan que su música sea presentada como una rareza llegada desde otro lugar. El público internacional lleva unos años acostumbrándose a encontrar en el pop nombres procedentes de Nigeria, Sudáfrica, Mali y otros puntos del continente, aunque cada una de ellas haya construido su propio camino. En ese mapa caben propuestas tan diferentes como las de Fatoumata Diawara, Tyla o la propia AYRA STARR. No tiene demasiado sentido colocarlas en una misma carrera porque sus intereses son distintos, pero sí sirve para entender el espacio cada vez mayor que ocupa la música africana en el mercado internacional. Ayra, además, ya ha demostrado que puede moverse por ese mercado sin necesidad de reducir su música a una única etiqueta. 

STARRGIRL llega dos años después de The Year I Turned 21 (2024), un álbum que ya nos había parecido especialmente fresco por sus narrativas, por la naturalidad con la que AYRA STARR se desenvolvía entre distintos sonidos y, sobre todo, por una forma de interpretar las canciones que hacía que todo pareciera mucho más sencillo de lo que probablemente era. Con este tercer álbum no encontramos un cambio radical de dirección. Tampoco creemos que lo necesitara. Lo que encontramos es una continuación bastante natural de aquella personalidad, pero con una artista que parece saber todavía mejor qué puede hacer con ella. 

Porque una de las cosas que más nos sorprenden de AYRA STARR es que cuesta muy poco reconocerla. Apenas hacen falta unas notas para saber quién está cantando. Y esto no es algo que pueda darse por hecho, especialmente cuando estamos ante una artista que trabaja con tantos sonidos, tantos productores, tantos compositores y tantas colaboraciones. Hay músicos que pasan años buscando una voz propia y no siempre terminan encontrándola. En AYRA STARR la sensación es muy diferente. Parece que esa identidad hubiera estado ahí desde el principio, con una naturalidad casi instintiva. Como respirar. 

Lo interesante es comprobar hasta dónde puede llevar esa cualidad cuando se la rodea de una producción cada vez más ambiciosa. STARRGIRL no es precisamente un disco pequeño. Es un álbum de dieciséis canciones que se mueve por el Contemporary R&B, los Afrobeats, el Dance-Pop, el Dancehall y el Afropiano, además de incorporar elementos de otros territorios que aparecen con mayor o menor intensidad a lo largo del recorrido. Sobre el papel puede parecer una colección demasiado amplia de influencias. En la práctica, casi todo termina pasando por el mismo filtro: AYRA STARR

También resulta curioso que el Amapiano, que aparecía explícitamente entre las etiquetas de The Year I Turned 21, desaparezca ahora de la clasificación genérica de STARRGIRL. No creemos que esto signifique que haya desaparecido de su música. Sigue habiendo ritmos, texturas y recursos que remiten a ese universo, especialmente cuando atendemos a la manera en que se construye el pulso de algunas canciones. Lo que sí parece haber cambiado es su peso dentro de la identidad general del álbum. El amapiano ya no parece necesitar ocupar un lugar destacado para que Ayra pueda construir una canción alrededor de él. 

Y quizás ahí encontremos una de las diferencias más interesantes de este disco. El género no parece ser nunca una declaración de intenciones. Ayra puede acercarse al R&B, al Afrobeats, al dancehall o al pop y no da la impresión de estar probándose un traje distinto cada vez. Todo queda absorbido por una personalidad que se mantiene reconocible. Las influencias entran, se mezclan y terminan convertidas en algo que cuesta atribuir por completo a ningún género concreto. No es tanto una cuestión de acumular referencias como de conseguir que todas ellas convivan sin disputarse el protagonismo. 

Las narrativas también siguen teniendo un peso importante. Ayra no necesita convertir cada canción en una gran confesión ni construir una mitología alrededor de sí misma. Le interesan el deseo, las relaciones, la vulnerabilidad, la seguridad en una misma y todas esas pequeñas situaciones que permiten que una canción pop tenga algo de experiencia personal. Pero aquí vuelve a aparecer esa naturalidad suya. Las letras pueden ser sencillas y directas sin que eso las haga impersonales, porque su forma de cantar consigue darles una personalidad que no siempre está únicamente en las palabras. 

En STARRGIRL encontramos momentos más sensuales, otros claramente orientados al baile y también canciones en las que Ayra deja que su voz ocupe más espacio. Amazing, con kwn, se mueve por un R&B suave y envolvente; Gimme Dat, junto a Wizkid, lleva su afropop hacia un terreno más expansivo; Pressure, con Leon Thomas, introduce una luminosidad pop que encaja con sorprendente facilidad; mientras que Ms. Paper, junto a Theodora, aporta una energía francófona y bailable que amplía todavía más el radio del álbum. Who's Dat Girl, con Rema, vuelve a llevarnos a un terreno puramente africano sin que el disco pierda continuidad. 



Y todavía queda espacio para canciones que se permiten cambiar de registro. Letter To God encuentra una Ayra más íntima y Heaven Baby, con ZAYN, juega con un R&B pop mucho más abierto al público internacional. Incluso cuando se acerca a terrenos que podrían parecer menos propios, seguimos teniendo la sensación de que hay algo que la mantiene en el centro. No todo funciona con la misma intensidad, ni es perfecto. Pero esas pequeñas imperfecciones también sirven para comprobar lo difícil que es hacer que una artista tan reconocible se pierda dentro de un disco tan amplio. 

Porque detrás de esta aparente facilidad hay muchísimo trabajo. La producción corre a cargo de nombres como Johnny Drille, The Elements, Joe Reeves, Skillies y Shizzi, acompañados por una larga nómina de productores adicionales. En la composición encontramos a AYRA STARR trabajando junto a otros 38 coautores. A eso hay que sumar las colaboraciones de kwn, Wizkid, Leon Thomas, Theodora, Rema, ZAYN y Danny Ocean. No estamos ante un álbum construido en una habitación con cuatro instrumentos y una cantante siguiendo una única idea. STARRGIRL es ambicioso, está lleno de manos y tiene detrás una cantidad considerable de trabajo. 

Y, sin embargo, cuesta escucharlo pensando en todo lo que ha tenido que ocurrir para que llegue hasta nosotros. Esa es probablemente una de las mayores virtudes de AYRA STARR. No consigue frescura porque su música esté poco elaborada, sino porque toda esa elaboración permanece al servicio de una personalidad que parece fluir por encima de ella. Hay muchas personas trabajando en estas canciones, pero rara vez tenemos la sensación de estar escuchando un collage de decisiones. Seguimos escuchando a Ayra. 

Incluso la conexión con Latinoamérica aparece integrada dentro de esa lógica. En The Year I Turned 21 estaba mucho más presente, con colaboraciones de Anitta y Rauw Alejandro y un uso más evidente del español. En STARRGIRL esa presencia es más discreta, pero no ha desaparecido. Hot Body (Remix), que cierra el álbum junto a Danny Ocean, recupera el español y funciona como una última apertura hacia otro espacio musical. No parece necesario convertirlo en una declaración sobre el mercado latino ni en una estrategia que tengamos que descifrar. El español entra en el disco del mismo modo que entran otras influencias: como una pieza más que Ayra puede incorporar sin dejar de ser ella. 

También por eso nos parece interesante el lugar que STARRGIRL puede ocupar fuera de Nigeria. AYRA STARR comparte espacio internacional con artistas que están llevando diferentes formas de música africana hacia el público global, pero su fortaleza no parece depender de apropiarse de un sonido concreto. Su música puede entrar en distintos mercados porque no necesita abandonar su identidad para hacerlo. Esa capacidad de moverse entre culturas sin que ninguna termine absorbiéndola puede convertirse en una de sus mayores ventajas a largo plazo. 

La recepción crítica inicial parece confirmar que estamos ante una continuación especialmente sólida. STARRGIRL tiene actualmente una media de 85 sobre 100, aunque debemos tener en cuenta que la cifra parte únicamente de dos reseñas. NME le ha concedido un 90/100 y Clash un 80/100, una recepción ligeramente superior a la de The Year I Turned 21, que se quedó en 83/100 a pesar de recibir un 100/100 también de NME

Nosotros le damos un 85 sobre 100. STARRGIRL no nos parece especialmente valioso porque AYRA STARR haya dado un giro respecto a lo que hacía antes, sino porque vuelve a demostrar algo bastante más difícil: que puede hacer muchas cosas diferentes sin dejar de sonar como ella misma. Su música está llena de influencias, de géneros, de culturas, de productores y de colaboradores, pero nada parece forzado. Todo encuentra su sitio alrededor de una artista que resulta reconocible prácticamente desde la primera nota. Después de dos discos anteriores ya teníamos suficientes motivos para pensar que aquello no era casualidad. STARRGIRL nos convence de que estamos ante una de esas artistas que pueden crecer, cambiar y ampliar su música todo lo que quieran sin tener que sacrificar aquello que las hace únicas. Hay algo en AYRA STARR que, por ahora, parece sencillamente irrepetible.



MEJORES MOMENTOS: Amazing, Ms Paper, Missunderstood, Who's Dat Girl, Hot Body, Pressure, Gimme Dat, Heaven Baby, Tornado, Where Do We Go...

MEDIA CRÍTICA: 85/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 2 de septiembre de 2026

KELZ: ENTRE DOS MUNDOS.

 


Hay discos que llegan hasta nosotros cuando ya todo el mundo está hablando de ellos. A SWEET PASSERBY, segundo trabajo de KELZ, todavía no pertenece a esa categoría. Y quizás ahí esté precisamente una parte de su encanto. Estamos ante una artista que empieza a asomar la cabeza fuera de un circuito todavía pequeño y ante un álbum que nos invita a detenernos un momento antes de seguir buscando el siguiente lanzamiento. 

Detrás de KELZ está Kelly Truong, una artista, compositora, productora y multiinstrumentista vietnamita-americana nacida en Orange County y asentada en Los Ángeles. Su proyecto nació ligado a esa tradición bedroom pop en la que hacer música significa también construir el espacio en el que esa música va a existir: canciones grabadas y producidas con una fuerte implicación personal, guitarras, sintetizadores, ritmos electrónicos y una voz frágil que parece acercarse a nosotros en lugar de obligarnos a captar su atención. Truong ha explicado también cómo su identidad vietnamita-americana forma parte de su manera de entenderse a sí misma, en ese territorio intermedio entre distintas formas de concebir la familia, la individualidad y la propia identidad. 

Todo eso adquiere un peso especial en A SWEET PASSERBY. El álbum fue tomando forma durante unos cuatro años atravesados por pérdidas familiares, duelo, relaciones que se desvanecen, depresión y una búsqueda personal de aceptación y tranquilidad. No estamos, por tanto, ante un disco que esconda sus heridas, aunque lo verdaderamente interesante es que tampoco las presenta de una manera evidente. A SWEET PASSERBY prefiere envolverlas en luz. 

Ahí es donde la música empieza a contarnos algo diferente. KELZ parte del bedroom pop, pero no se queda encerrada en él. La electrónica abre las paredes de esas canciones, los sintetizadores dejan espacio alrededor de la voz y las guitarras aparecen como pequeñas fuentes de luz dentro de un paisaje que termina acercándose al ambient. No porque estemos ante un disco ambient en el sentido más estricto, sino porque la sensación que nos queda después de escucharlo es la de haber permanecido dentro de una atmósfera durante casi cuarenta minutos. Y esa atmósfera es tremendamente californiana. 

Podemos hablar de sus raíces vietnamitas y de cómo forman parte de su identidad, pero cuando escuchamos A SWEET PASSERBY pensamos en otra cosa: en Orange County, en Los Ángeles, en una carretera junto al Pacífico, en la ventana de un coche abierta y en la brisa del mar entrando mientras el sol empieza a bajar. Hay algo luminoso, cálido y abierto en estas canciones que contrasta con lo que cuentan. La tristeza nunca termina de oscurecer el paisaje. Al contrario, parece atravesarlo. 

Esa contradicción es probablemente uno de los grandes atractivos del álbum. Podemos encontrarnos con canciones que hablan desde la pérdida, la soledad o la inseguridad mientras la música nos invita a movernos. Sweet Escape es un buen ejemplo de esa convivencia entre el duelo y la ligereza, pero la sensación recorre buena parte del disco. Las melodías parecen sonreír mientras debajo de ellas hay algo que todavía está intentando recomponerse. La propia KELZ ha definido esta luminosidad como una forma de hacer más llevaderos esos sentimientos, y ahí encontramos una de las claves de su música. No necesitamos que la música sea tan triste como aquello que estamos sintiendo para reconocer nuestra tristeza en ella. 





También por eso creemos que la secuenciación tiene tanta importancia. Las canciones funcionan individualmente. Algunas podrían salir perfectamente del álbum y encontrar su espacio como singles, pero A SWEET PASSERBY gana cuando lo escuchamos completo. Las piezas parecen colocadas para llevarnos de un estado a otro, para que las texturas, los ritmos y las voces vayan construyendo un recorrido. No es simplemente una colección de canciones de KELZ; es un lugar al que entramos y del que salimos después de haber pasado un tiempo en su interior. 

Y eso tiene algo casi contracultural en 2026. Porque casi nadie escucha discos enteros. 

Vivimos en una época en la que una canción puede ser arrancada de su contexto en cuestión de segundos y convertirse en un fragmento independiente para una playlist, un vídeo o un algoritmo. KELZ, sin embargo, ha construido un paisaje que merece ser recorrido. Podemos detenernos en una canción concreta, volver a Just Us 2, a Breathe, a Falling Behind o a I'm Sorry, y encontrar en ellas motivos suficientes para regresar. Pero el verdadero sentido aparece cuando dejamos que el álbum avance sin intervenir. 

Quizás esa sea también la razón por la que A SWEET PASSERBY puede resultar más interesante de lo que su aparente sencillez deja entrever. No necesita grandes gestos para crecer. Se mueve mediante pequeñas variaciones, texturas, voces susurradas, guitarras y ritmos que se van encadenando hasta conseguir que dejemos de pensar en canciones aisladas y empecemos a pensar en un paisaje. 

Y algo está empezando a cambiar alrededor de KELZ. Su primer álbum, 5 AM and I Can't Sleep, publicado en 2022, pasó prácticamente desapercibido para la crítica especializada. En cambio, A SWEET PASSERBY ya está consiguiendo una atención que entonces no llegó. Las dos valoraciones que están registradas actualmente, la de Spill Magazine (80/100) y la de AllMusic (70/100), sitúan la media en un 75 sobre 100. Son todavía muy pocas reseñas como para hablar de consenso crítico, pero sí suficientes para detectar que algo está pasando con KELZ.

EXQUSITECES nació, en buena medida, con la intención de prestar atención a esos artistas que todavía necesitan ser descubiertos, cuando todavía no tenemos la certeza de hasta dónde pueden llegar. Hemos tenido la suerte de escribir sobre músicos que posteriormente han conseguido una repercusión enorme, pero nunca hemos pensado que descubrir a un artista consista en adivinar el futuro. Se trata más bien de reconocer que algo está ocurriendo delante de nosotros y de darle el espacio que merece. 

No sabemos qué futuro le espera a KELZ. No sabemos si A SWEET PASSERBY será el disco que preceda a una carrera mucho mayor o si permanecerá como una pequeña joya para quienes llegamos hasta él en este momento. Pero sí sabemos que tiene ese algo que nos hace querer compartir un descubrimiento.

Porque hay una paradoja en este álbum que esconde cierta belleza. Está lleno de canciones que pueden funcionar por sí mismas y, al mismo tiempo, nos pide que no las separemos. Es luminoso y habla desde lugares bastante oscuros. Es íntimo y, sin embargo, consigue abrirse hasta convertirse en un paisaje enorme. Parte de una habitación y termina dejando entrar el océano. Quizás no necesitamos escuchar discos enteros como antes. Quizás tampoco necesitamos que los artistas nos ofrezcan una respuesta definitiva sobre quiénes son. Pero cuando aparece un álbum como A SWEET PASSERBY, nosotros sí queremos quedarnos hasta el final. Queremos pasear por él, dejar que sus canciones nos acompañen y descubrir el poso que deja cuando termina. Nuestra valoración es un 85 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Just Us 2, Sweet Scape, Breathe, I'm Sorry, Sunday Miracle...

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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