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viernes, 23 de octubre de 2026

JOHANNA SAMUELS: EL SALTO DEFINITIVO.


 

JOAHANNA SAMUELS lleva tiempo demostrando que tiene mucho que ofrecer. Excelsior! (2021) y Bystander (2023) fueron dos trabajos excelentes y respaldados por la crítica con puntuaciones de 82/100 y 84/100, respectivamente, y ambos tuvieron presencia en nuestra lista de los mejores álbumes de esos años. Sin embargo, no consiguieron situarla en el lugar que creemos que merece. Ahora llega SORRY, KID, su tercer álbum, y tenemos la sensación de que por fin ha encontrado la manera de reunir todas sus virtudes y llevarlas un paso más allá. 

Ya conocíamos el potencial de Samuels, pero este disco ha conseguido sorprendernos de una manera muy particular. En una escucha a ciegas, entre la cantidad de novedades que pasan cada semana por nuestros oídos, reconocimos su personalidad prácticamente al instante. Lo que no esperábamos era que captara nuestra atención con tanta fuerza. SORRY, KID no tardó en convertirse en una de nuestras prioridades y, después de escucharlo repetidamente, tenemos claro que es el mejor de los tres álbumes que ha publicado hasta ahora. 

Parte de la singularidad de Samuels reside en su relación con los géneros. SORRY, KID se mueve entre la Americana y el folk, pero reducir su música a esas etiquetas sería quedarse muy cortos. En sus canciones hay una raíz de indie rock que ya se intuía en Excelsior!, especialmente a través de unas guitarras que anunciaban posibilidades todavía por desarrollar. Comparte cierta sensibilidad con Rosali, otra artista que transita territorios cercanos al folk y la Americana sin renunciar a una personalidad marcadamente rockera. Samuels pertenece a esa estirpe de compositoras capaces de habitar esos géneros sin quedar limitadas por ellos. 

La diferencia es que aquí las guitarras ya no tienen que sostener por sí solas todo el edificio. La producción se abre, gana profundidad y permite que las canciones fluyan de otra manera. Jonathan Rado, acompañado por Patrick Damphier, amplía el lenguaje musical de Samuels sin desdibujar su identidad. Hay más variedad, contrastes y riqueza en los arreglos, pero también una naturalidad que evita que el álbum parezca un intento de adaptarse a las tendencias del momento. La voz de Samuels suena tan bien como siempre; lo que ha cambiado es el espacio que la rodea y las posibilidades que encuentra para desarrollar sus composiciones. 

El trabajo de Rado merece una mención especial porque su aportación no eclipsa a la protagonista ni convierte SORRY, KID en un ejercicio de estilo del productor. Al contrario, parece haber entendido qué necesitaban estas canciones y cómo llevarlas más lejos. La ambición sonora y la accesibilidad que gana el álbum no se consiguen sacrificando la calidad artística, sino encontrando una producción capaz de proyectar mejor una personalidad que ya existía. 







También hay una dimensión narrativa que contribuye a dar cohesión al conjunto. Las canciones recorren distintas etapas de la vida de Samuels, algunas procedentes de años atrás y otras más recientes, y las contemplan desde una perspectiva que solo el tiempo puede ofrecer. En SORRY, KID conviven la nostalgia por la intensidad de la juventud, la necesidad de reconciliarse con quien fuimos y la aceptación de que no todas las preguntas tienen una respuesta definitiva. Blue vs. Pinkerton conecta con aquellos discos que nos marcaron durante la adolescencia y que terminan formando parte de nuestra propia biografía. Grade 11 (Sorry Kid), por su parte, adquiere una dimensión especialmente emotiva al convertirse también en una forma de dirigirse a la persona que Samuels fue. No encontramos aquí una mirada al pasado dominada por la idealización, sino una manera de integrar sus distintas versiones y entender que todas siguen formando parte de ella. 

Las letras vuelven a demostrar una de las fortalezas que ya conocíamos de Samuels, pero es su combinación con la música lo que termina de redondear el resultado. Las canciones tienen personalidad, funcionan individualmente y mantienen el interés a lo largo del recorrido. Las colaboraciones contribuyen a enriquecerlas sin restar protagonismo a la compositora: Madison Cunningham participa en Rare (The Runner Song); Tyler Ballgame, en Circles; Jordan Lehning aparece en Full Story; y Erin Rae aporta su voz a Bats y Grade 11 (Sorry Kid). Son cuatro nombres que amplían las posibilidades expresivas del álbum desde lugares distintos, sin que sus intervenciones parezcan reclamos comerciales destinados a atraer reproducciones. Concretamente, las aportaciones de Cunningham y Rae sugieren una afinidad entre artistas que comparten una sensibilidad y se apoyan mutuamente, algo que va más allá de la colaboración puntual. 

Samuels forma parte de una tradición musical y de una genealogía compartida con otras compositoras de su generación, pero eso no significa que su personalidad se diluya en ella. Nos parece importante que encuentre su lugar dentro de esa comunidad sin perder aquello que la distingue: su raíz de indie rock, su manera de construir las canciones y su capacidad para combinar melodía, emoción y carácter. SORRY, KID confirma que puede ampliar su universo musical y establecer vínculos con otras artistas sin dejar de sonar inequívocamente a ella misma. 

En cuanto a la recepción crítica, todavía es pronto para saber hasta dónde llegará el álbum. Por el momento, el único medio que se ha pronunciado es Spectrum Culture, que le ha concedido un 87 sobre 100, una valoración muy positiva que invita al optimismo, aunque la cobertura continúa siendo limitada. La saturación de lanzamientos hace que muchos discos interesantes apenas encuentren espacio para generar conversación. Nosotros mismos sabemos lo difícil que resulta conseguir que una publicación destaque entre tantas novedades, pero precisamente por eso creemos que merece la pena detenerse en un trabajo como este. 

SORRY, KID no necesita que JOAHANNA SAMUELS se convierta en otra artista ni que renuncie a su identidad para llegar a más gente. Necesita que más oyentes descubran lo que lleva años construyendo y que este álbum permite apreciar con una claridad especial. La composición, la interpretación y la producción encuentran aquí un equilibrio que no habíamos escuchado antes en su discografía. Hay ambición, variedad y emoción, pero, sobre todo, una personalidad capaz de sostener el conjunto sin perder fuerza ni coherencia. Para nosotros, es su mejor disco hasta la fecha y uno de los trabajos más redondos que hemos escuchado este año. Le damos un 100 sobre 100 y lo recomendamos encarecidamente. Ojalá SORRY, KID consiga que, de una vez por todas, JOAHANNA SAMUELS deje de pasar desapercibida para el gran público.



MEJORES MOMENTOS: Full Story, Circles, White Limousine, Two People, The Moon, Rare (The Runner Song), Grade 11 (Sorry Kids), Bats...  

MEDIA CRÍTICA: 87/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

jueves, 22 de octubre de 2026

MATILDA MANN: ROMANTICISMO ZETA.

 


MATILDA MANN es una cantautora londinense que comenzó a darse a conocer a través de varios EP antes de publicar Roxwell (2025), su primer álbum de larga duración. Un año después regresa con KISMET, un segundo trabajo que da continuidad a su discografía y que llega cuando todavía teníamos bastante presente su debut. 

La proximidad entre ambos álbumes nos hizo preguntarnos si no habría sido conveniente dejar vivir un poco más a Roxwell. No es que KISMET parezca una colección de descartes, ni tenemos motivos para afirmarlo, pero sí mantiene una continuidad que hace difícil entenderlo como un cambio de rumbo. Quizás el momento de su publicación tenga más sentido del que pensamos inicialmente ya que el disco está encontrando una audiencia considerable y parece estar llevando a muchos oyentes hasta la música de Mann. En cualquier caso, no necesitamos que una artista cambie radicalmente de dirección con su segundo disco para justificar su existencia. 

Jonah Summerfield vuelve a ocuparse de la producción, esta vez junto a Rob Milton, y su presencia va más allá de lo estrictamente técnico. Summerfield firma la mayoría de las canciones junto a Mann y un tercer colaborador, lo que lo convierte en una figura central en la construcción del álbum. El resultado es un disco bastante homogéneo, bien armado y con una producción que juega a favor de las canciones. No hay grandes sobresaltos ni una voluntad evidente de romper con lo anterior, pero tampoco parece que Mann necesite hacerlo. La producción aporta cuerpo y definición a un repertorio que funciona sin necesidad de artificios llamativos. 

Las etiquetas de KISMET -indie pop, sophisti-pop, chamber pop, folk pop y singer-songwriter- describen bastante bien sus coordenadas. Se mantienen elementos que ya encontrábamos en Roxwell, aunque el conjunto se aleja de esa asociación con el bedroom pop que podía resultar algo engañosa en el caso de su debut. Aquí encontramos un pop más elaborado, de contornos cuidados, que busca la elegancia sin perder cercanía. Quizás echamos en falta algún contraste más acusado entre canciones, pero la homogeneidad también forma parte de su identidad. El álbum sabe a qué suena y no parece tener ninguna necesidad de disculparse por ello. 







El amor ocupa el centro de KISMET, pero no desde el desengaño o la melancolía que tantas veces acompañan a la escritura confesional. Las canciones de Mann tienen algo de banda sonora de comedia romántica: encuentros, ilusiones, incertidumbres y ese deseo de que las cosas salgan bien. Incluso cuando aparece el miedo a perder lo que tenemos, siempre queda un poso de optimismo. El disco no nos deja mal cuerpo; al contrario, mantiene una calidez que hace que sus canciones funcionen también fuera de la escucha completa del álbum. Podemos entender las comparaciones con otras cantautoras de su generación, aunque la mirada de Mann nos parece menos inclinada al desgarro y más dispuesta a disfrutar de la felicidad mientras dura. 

La recepción crítica de KISMET está siendo bastante más discreta que su respuesta entre los oyentes. DIY le ha otorgado un 60 sobre 100, frente al 80/100 que le dio a Roxwell que finalizó con un 75/100 de media, y por ahora no parece haber despertado demasiado interés entre los demás medios especializados que recogen los agregadores. La crítica de DIY plantea una lectura generacional del álbum, vinculándolo a una época obsesionada con las aplicaciones de citas y con la búsqueda de una historia romántica. No nos parece una interpretación descabellada, aunque sí algo dura en su manera de juzgar esa tendencia. 

La crítica musical vive sometida a una inmediatez que obliga a encontrar argumentos y lecturas casi desde el mismo momento en que aparece un disco. Quizás necesitemos algo más de distancia para valorar qué representa KISMET y qué queda de él una vez que pase la novedad. Que sus canciones conecten con el público no debería convertirse en un motivo para considerarlas menores, ni tampoco invalida una lectura crítica que encuentra en ellas los síntomas de su tiempo. 

Lo que más nos gusta de KISMET es MATILDA MANN. Sabemos que hay muchas artistas moviéndose en coordenadas similares, y precisamente por eso tiene mérito que consiga captar nuestra atención con tan poco esfuerzo aparente. Su manera de cantar, la escritura de las canciones y una producción que sabe acompañarlas forman una combinación convincente. No estamos ante un álbum que busque revolucionar nada, y quizás tampoco lo necesite. Dentro de diez años, puede que KISMET se recuerde como el retrato sentimental de una generación, con sus ingenuidades y sus expectativas románticas, pero también con todo lo que hubo de ilusionante en ellas. Quizás algunas de esas canciones nos hagan sonreír al recordar quiénes éramos y cómo entendíamos el amor. O quizás sigan emocionándonos. El tiempo pondrá las cosas en su sitio, pero no tenemos por qué esperar una década para reconocer el mérito de un disco que sabe lo que quiere ser y lo consigue. Nuestra nota es un 85 sobre 100. 


 


MEJORES MOMENTOS: Chain Reaction, Inventing, Make Up, The Fig Tree, Haunt Me, After The Love, Bittersweet...

MEDIA CRÍTICA: 68/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 21 de octubre de 2026

VICTORIA MONÉT Y EL ARTE DE NO ABURRIRNOS.

 



El R&B contemporáneo lleva una temporada poniendo a prueba nuestra paciencia. Un género que vivió tiempos bastante más estimulantes parece haberse acomodado en unas fórmulas que se repiten hasta el agotamiento, mientras el público aprende a conformarse con discos interminables que confunden la cantidad con la inspiración. Por eso, encontrarnos con un álbum como FRECUENCY OF LOVE, de VICTORIA MONÉT, supone un pequeño alivio: sus 22 canciones y más de una hora de duración se hacen bastante más llevaderas de lo que cabría esperar.

La artista estadounidense regresa después del aclamado y nominado a siete premios Grammy Jaguar 2 (2023), un disco que nunca terminamos de entender por qué despertó semejante entusiasmo. Nos pareció excesivamente sobrevalorado, aburrido y demasiado beneficiado por los tres Grammy que acabó consiguiendo Monét y por ese consenso crítico que, en ocasiones, convierte determinados lanzamientos en acontecimientos casi incuestionables. Con FRECUENCY OF LOVE la experiencia ha sido distinta. No estamos ante una revolución del R&B ni ante uno de los grandes álbumes del año, pero sí ante un trabajo más variado, dinámico y accesible, que nos ha permitido disfrutar de la escucha sin estar mirando constantemente cuánto falta para que termine. 

Lo más interesante es que esa accesibilidad no parece una concesión desesperada al público. Quizás sea precisamente lo contrario: la impresión que nos deja el álbum es la de una artista que se ha divertido trabajando en él y que ha quedado satisfecha con el resultado. Hay ambición, ganas de explorar distintos caminos y una voluntad de ofrecer algo más que una sucesión de canciones intercambiables. Incluso los interludios, un recurso que habitualmente nos resulta bastante irritante, aquí no entorpecen especialmente la escucha. Cuando hasta esos pequeños paréntesis dejan de parecernos una molestia, está claro que algo estará haciendo bien. 

Las colaboraciones tampoco pasan inadvertidas. SZA, Bruno Mars, Bryson Tiller, Lucky Daye, Chlöe y Leon Thomas, entre otros, acompañan a Monét a lo largo del álbum. Los encuentros funcionan y no rompen la dinámica del disco, pero aquí cuesta más ignorar el componente comercial. Reunir semejante nómina de nombres parece una manera bastante evidente de ampliar el alcance del lanzamiento y sumar reproducciones. No vamos a fingir que estas estrategias son nuevas, pero sí conviene preguntarse hasta qué punto la colaboración responde a una necesidad musical y cuándo empieza a funcionar como reclamo publicitario.

VICTORIA MONÉT cumple también en el apartado interpretativo. No necesitamos que convierta cada canción en una exhibición de facultades vocales ni que compita consigo misma para demostrar hasta dónde puede llegar. Nos interesa mucho más que sepa interpretar las canciones y encontrar el tono adecuado para cada una. En FRECUENCY OF LOVE, la voz está al servicio del conjunto, y eso contribuye a que el álbum resulte más agradable y cercano. La producción, por su parte, acompaña con solvencia una propuesta que se mueve entre el R&B contemporáneo, el smooth soul y el neo-soul, sin que esas etiquetas impidan apreciar la variedad que encontramos a lo largo del recorrido. 






Ahora bien, tanta ambición también obliga a detenerse en la letra pequeña. En la producción encontramos a Camper, D'Mile, Jeff Gitelman, Michaël Brun, Spencer Stewart y otros seis productores. En la composición aparecen VICTORIA MONÉT y nada menos que 58 coautores. No vamos a sostener que un disco sea peor por necesitar muchas manos, ni que la autoría individual garantice por sí sola una obra maestra. Pero sí nos parece preocupante que la industria normalice cada vez más esta maquinaria de producción y composición, hasta el punto de que el público pueda terminar asumiéndola como una condición necesaria para obtener buenos resultados. 

Conviene preguntarse qué lugar queda para los álbumes construidos entre uno o dos productores y un artista que escribe sus propias canciones. Hay discos que consiguen mucho más con una fracción de esos recursos, y quizás deberíamos prestar más atención a esa diferencia. En FRECUENCY OF LOVE, la fórmula funciona mejor de lo que esperábamos: el resultado es disfrutable y tiene variedad. Sin embargo, eso no elimina las dudas sobre un modelo industrial que parece necesitar equipos cada vez más numerosos para fabricar álbumes que, en demasiadas ocasiones, se presentan como acontecimientos creativos excepcionales. No se trata de restarle méritos a Monét, sino de evitar que confundamos el despliegue de medios con la grandeza artística. 

También debemos situar el disco en un contexto que no es tan desolador como podría parecer. Este año hemos encontrado trabajos de R&B que han aportado ideas interesantes al género y que, a nuestro juicio, han alcanzado resultados más convincentes. El problema es que el R&B sigue arrastrando cierta sensación de agotamiento: incluso cuando aparecen álbumes competentes, cuesta encontrar propuestas que realmente alteren la conversación musical. FRECUENCY OF LOVE no consigue cambiar esa situación, aunque al menos nos recuerda que todavía es posible hacer un disco de larga duración que mantenga el interés sin convertirse en una prueba de resistencia. 

La recepción crítica tampoco ha sido tan entusiasta como la de su antecesor. FRECUENCY OF LOVE obtiene una media de 72 sobre 100, con un 80/100 de musicOMH y AllMusic, un 70/100 de Pitchfork y NME, y un 58/100 de Paste. Jaguar 2, en cambio, alcanzó los 82/100 puntos de media y llegó al 90/100 en AllMusic. La diferencia es considerable, aunque no necesariamente sorprendente. Puede responder a una mezcla de factores: las expectativas generadas por el éxito anterior, las reservas ante un álbum de 22 cortes, la impresión de que algunas canciones se diluyen en una propuesta demasiado extensa y las dudas que suscita una producción tan colectiva. La ambición que en determinados momentos juega a favor de Monét también puede volverse en su contra cuando la variedad no termina de traducirse en una identidad más definida. 

En cualquier caso, no necesitamos coincidir con la crítica para reconocer sus argumentos, ni convertir nuestras discrepancias en una competición por ver quién tiene razón. Nuestra valoración parte de la escucha y de lo que el álbum consigue transmitirnos. FRECUENCY OF LOVE nos parece más disfrutable que Jaguar 2, sale reforzado de varias escuchas y demuestra que VICTORIA MONÉT tiene capacidad para construir un trabajo ambicioso sin hacerlo especialmente pesado. No es, sin embargo, uno de esos discos que debamos reservar desde ahora para las listas de lo mejor del año. Que termine acumulando nominaciones o premios no cambiará nuestra impresión: un buen álbum no tiene por qué convertirse en un álbum imprescindible.



MEJORES MOMENTOS: Come Back To You, Juicy, You Mean The World To Me, Maybe, See You In My Dreams, Reach Out, I Want You... 

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 80/100

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