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viernes, 15 de mayo de 2026

EMMA LOUISE: CERCANÍA, DISTANCIA Y RECUERDO.

 


EMMA LOUISE es una cantautora australiana que lleva en activo unos quince años y SUNSHINE FOR HAPPINESS es su quinto álbum de estudio si contamos su trabajo anterior Dumb (2025) que era un álbum colaborativo con Flume. Aunque para entender mejor SUNSHINE FOR HAPPINESS habría que viajar en el tiempo hacia 2018 en el que EMMA LOUISE publicaba Lilac Everything un álbum importante en su carrera en el que comenzaba a colaborar con Tobias Jesso Jr., que artísticamente parecía su alma gemela. 

Las canciones de SUNSHINE FOR HAPPINES se crearon alrededor de 2019 y 2020 y la prensa australiana menciona que parte de este álbum se grabó en ese periodo de tiempo aunque se haya publicado en 2026. Eso es algo que encaja mucho con la sensación que produce en una primera escucha: no parece hecho para seguir tendencias, es más bien un material muy íntimo que Emma necesitó años para procesarlo antes de publicarlo. Es de esos álbumes que te sientes un privilegiado al escucharlo porque sabes que están compartiendo contigo algo muy personal que podría haberse quedado olvidado en un cajón para siempre.    

SUNSHINE FOR HAPPINES se mueve principalmente en un territorio de pop alternativo muy orgánico y contemplativo, con una fuerte base de piano y arreglos minimalistas que se expanden en capas atmosféricas. La producción de Shawn Everett introduce un enfoque textural, con reverberaciones amplias, elementos acústicos tratados de forma casi ambiental y una sensación de espacio muy marcada, mientras que la escritura de Emma Louise mantiene el centro en la melodía y la interpretación vocal íntima. En lugar de apoyarse en ritmos propios del pop electrónico o el R&B contemporáneo, el disco se acerca más a una estética de indie pop de cámara con tintes de art pop, donde la emoción se construye a partir de la contención, el silencio y la evolución gradual de las canciones.

La narrativa de SUNSHINE FOR HAPPINES se construye desde una doble distancia: la del tiempo y la de las relaciones que lo originaron. El álbum nace en un periodo de alta intensidad emocional para EMMA LOUISE, en el que la escritura funciona más como necesidad que como producto final, y en el que intervienen de forma muy cercana Tobias Jesso Jr, no solo como co-productor y colaborador musical, sino como presencia importante en el núcleo creativo y afectivo del proceso. 

En ese contexto, EMMA LOUISE y Tobias Jesso Jr. eran pareja, y esa relación atraviesa de forma directa el origen del material y la manera en que se construyen muchas de las canciones, tanto en lo compositivo como en lo emocional. Sin embargo, el disco no se publica en ese momento. Queda en suspenso durante unos cinco años, atrapado entre decisiones personales, cambios vitales y el propio desplazamiento emocional de quienes lo hicieron posible. Ese intervalo transforma por completo su significado: lo que originalmente era una escritura inmediata desde la cercanía se convierte, con el paso del tiempo, en un objeto reconstruido desde la distancia. 

La participación de Jesso Jr. resulta clave en esta arquitectura emocional, no tanto como elemento anecdótico de colaboración, sino como presencia estructural en la forma de entender la melodía, la contención y la desnudez expresiva que atraviesan el álbum. Pero el paso del tiempo reordena inevitablemente esa intimidad inicial: lo que se escucha al final ya no es una relación en presente, sino su huella fijada. 

Por eso el álbum no se percibe ni como un disco de amor ni como un disco de ruptura en sentido convencional, sino como algo más ambiguo y complejo: un trabajo escrito desde la proximidad emocional, terminado en un estado de separación afectiva y temporal, y finalmente escuchado desde la memoria. Esa triple capa -cercanía, distancia y recuerdo- es la que define su identidad narrativa y le da su carácter singular dentro de la discografía de EMMA LOUISE.

Shawn Everett es el otro productor y su trabajo ocupa otro lugar dentro del disco: el de la construcción sonora. No forma parte del núcleo emocional del relato biográfico, sino del lenguaje musical del álbum. A través de un enfoque muy textural y espacial, Everett articula la arquitectura sonora del disco, dando forma a la sensación de intimidad y amplitud simultáneas que lo caracterizan, y ayudando a traducir ese material emocional en un entorno sonoro coherente y atmosférico.





Ya sabéis que siempre que presentamos una artista de la que no hemos escrito antes intentamos que el lector la ubique y hablamos de la similitudes con otros artistas. En el caso de EMMA LOISE vemos un claro parecido con Nerina Pallot, independientemente de que se diferencien en una sola cosa: el acento de Emma es más global y el de Nerina muy british.

Entre las similitudes que hemos encontrado destaca, ante todo, una forma muy particular de entender la canción: ambas se mueven en un terreno donde la emoción no se fuerza ni se dramatiza en exceso, sino que se sugiere con sutileza, a través de interpretaciones contenidas, arreglos relativamente desnudos y una escritura muy cuidada en lo emocional. En su música hay una sensación constante de intimidad, como si las canciones se estuvieran construyendo desde un espacio privado, pero filtrado por una sensibilidad estética muy cuidada. En ese sentido, no es extraño que temas como Dust o Holy Holy puedan recordar al universo de Nerina Pallot, donde el piano, la voz cercana y la economía de recursos generan un impacto emocional muy directo sin necesidad de grandes explosiones sonoras. 

A esta afinidad se suma un elemento clave que a menudo pasa más desapercibido pero que resulta decisivo en la percepción de ambas: la forma de frasear. Tanto EMMA LOISE como Nerina Pallot tienden a cantar de manera muy orgánica, casi conversacional en algunos pasajes, con una atención muy fina a las pausas, a los silencios entre palabras y a la manera en que las frases se dejan caer sobre la armonía. No buscan una línea vocal excesivamente ornamental, sino que priorizan la naturalidad del discurso emocional, lo que refuerza esa sensación de cercanía e intimidad. Este tipo de fraseo, flexible y ligeramente quebrado en ocasiones, contribuye a que sus interpretaciones parezcan más una extensión del pensamiento que una ejecución puramente vocal. 

Más allá de lo puramente sonoro, también comparten un desarrollo de carrera con ciertos paralelismos. Ninguna ha estado centrada en el circuito del pop masivo o en la exposición constante, sino que han ido construyendo trayectorias más pausadas, con momentos de mayor visibilidad seguidos de etapas más introspectivas o de reinvención artística. Esto ha hecho que ambas sean percibidas menos como figuras del mainstream y más como creadoras con una identidad muy definida, seguidas por una audiencia fiel que valora precisamente esa coherencia y esa honestidad emocional. 

Hay otro punto de contacto especialmente relevante: la manera en que abordan lo dramático. Tanto EMMA LOISE como Nerina Pallot -y aquí también encaja Tobias Jesso Jr.- tienen una forma muy particular de tratar temas emocionalmente intensos, como la pérdida, el desamor o el colapso personal, sin caer en la exageración ni en la manipulación emocional. En lugar de subrayar el drama, lo presentan con una especie de contención narrativa y emocional que lo hace más humano y, paradójicamente, más devastador. No buscan dirigir la emoción del oyente de manera evidente, sino dejar que la canción fluya con naturalidad, confiando en que la honestidad del enfoque sea suficiente por sí misma. Esa “anti-teatralidad” emocional es precisamente lo que les da credibilidad y profundidad, y lo que hace que incluso los temas más duros se perciban como cercanos, casi hablados desde la experiencia vivida más que interpretados. 

En el caso de EMMA LOISE, su evolución desde el indie-pop más directo hacia propuestas más experimentales y posteriormente hacia un lenguaje más desnudo y maduro refuerza aún más esa afinidad con la trayectoria de Nerina Pallot, quien también ha transitado entre el pop, el folk y la canción de autor con una libertad poco condicionada por las modas. 

En conjunto, esta combinación de contención expresiva, fraseo orgánico y tratamiento no manipulativo de lo emocional sitúa a EMMA LOISE en una órbita estética muy afín a Nerina Pallot, y explica por qué su evolución puede entenderse dentro de una tradición de cantautoras que priorizan la verdad emocional por encima del impacto inmediato. Por todo ello, no resulta exagerado pensar que EMMA LOISE pueda acabar ocupando un lugar similar al de Nerina Pallot dentro del panorama musical: el de una artista de culto, respetada por su integridad creativa, su capacidad de transformación y una sensibilidad que no necesita grandes artificios para resultar profundamente conmovedora. 

La relación de EMMA LOUISE con la crítica generalista es muy parecida a la de muchos artistas independientes. Hubo un momento que llamó la atención. Concretamente con Lilac Everything (2018) que consiguió una media de 80/100. Pero SUNSHINE FOR HAPPINESS no ha recibido ninguna atención por parte de ningún medio generalista. Nosotros, que formamos parte de la crítica independiente, pensamos que este álbum es una de esas joyas ocultas que no deberían pasar desapercibidas y que dan razón de ser a nuestra existencia. 

Si has leído todo lo que hemos escrito hasta este punto, no te extrañará saber que nuestra nota para SUNSHINE FOR HAPPINESS es un 100 sobre 100. Porque es un álbum que, tras una escucha atenta, tiene absolutamente todo lo que estamos buscando en un buen álbum. De estos trabajos que permanecen en el tiempo para volver a ellos una y mil veces, pasen los años que pasen. Además de que EMMA LOUISE podrá tener una gran carrera en el futuro o quizás no. Pero dificilmente volverá a darnos un álbum tan especial como este.  



MEJORES MOMENTOS: Nothing Could Tear Us Apart, God Between Us, Medicine, Dust, Holy Holy, It's Hard To Say Good Bye...

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

jueves, 14 de mayo de 2026

HISS GOLDEN MESSENGER: SU MEJOR VERSIÓN.

 


Siempre que HISS GOLDEN MESSENGER ha editado un álbum lo hemos seguido atentamente. Es un cantautor muy prolífico, normalmente tenemos una cita con su música cada dos años. Aunque esta vez ha tardado tres en editar I'M PEOPLE y creemos que ha sido muy positivo esperar un año más, porque tres años permiten depurar repertorio, narrativa y secuenciación, consiguiendo así que I'M PEOPLE suene menos como una colección de canciones y más como un álbum verdaderamente construido.

Si echamos la vista atrás, el punto de inflexión en la carrera de MC Taylor surgió con Heart Like A Levee (2016). Ahí encontró una manera muy convincente de unir confesión personal, espiritualidad sureña y canciones con auténtico gancho melódico. Hasta entonces había álbumes excelentes en su discografía, pero Heart Like a Levee fue probablemente el primero que sonó plenamente grande sin perder intimidad. Además coincidió con el momento en que empezó a ser tomado realmente en serio fuera del nicho alt-country y americana más especializado.

Luego llegó una etapa muy fértil -Hallelujah Anyhow (2017), Terms of Surrender (2019), Quietly Blowing It (2021)- donde refinó esa fórmula, pero quizás sin un salto cualitativo tan claro. Muy buenos discos, sí, aunque más continuistas. Por eso nos aventuramos a decir que I'M PEOPLE podría funcionar como una segunda apertura en su carrera. No necesariamente porque cambie radicalmente el sonido, sino porque se siente mucho más centrado; ha conseguido una producción más cohesionada y contemporánea y las canciones comunican más rápido con todo tipo de públicos. Pero que esto no se interprete en ningún caso como un giro comercial artificial; más bien suena a una versión refinada y muy segura de lo que M.C. Taylor llevaba intentando desde hace tiempo. 



Eso último es importante. Muchos artistas de americana madura llegan a un punto donde profundizan tanto en su propio lenguaje que se vuelven más herméticos. Taylor aquí parece haber logrado lo contrario: condensar su estilo. Hay menos fricción entre intención y recepción. También creemos que influye el contexto actual. Durante años, HISS GOLDEN MESSENGER fue una banda enormemente respetada pero algo periférica, incluso dentro del indie americano. Ahora hay un público mucho más receptivo a discos cálidos, humanos y con raíces tradicionales reinterpretadas de forma moderna. El trabajo de gente como Waxahatchee, MJ Lenderman o Big Thief ha abierto bastante ese espacio cultural. 

No podemos pasar por alto la presencia de Josh Kaufman en la producción. Kaufman tiene esa capacidad de hacer discos orgánicos pero muy envolventes, con arreglos que nunca parecen ostentosos y, aun así, elevan muchísimo las canciones. Lleva años construyendo una identidad sonora muy reconocible alrededor del folk-rock contemporáneo americano. En el caso de HISS GOLDEN MESSENGER, Josh Kaufman ayuda en tres aspectos: deja espacio para que las melodías se asienten; suaviza cierta aspereza lo-fi de discos anteriores y coloca la voz de Taylor en el centro emocional sin cargarla de dramatismo.

También Kaufman tiene mucho olfato para detectar cuándo un artista necesita expansión y cuándo necesita contención. Con I'M PEOPLE parece haber entendido que el objetivo no era reinventar a HISS GOLDEN MESSENGER, sino iluminar mejor sus virtudes. A veces las segundas etapas importantes no llegan con un cambio drástico, sino cuando un artista aprende a sonar completamente natural en su propia piel. Este disco transmite bastante esa sensación.  

La crítica le ha otorgado una media de 80 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Spill Magazine 90/100; Uncut, Mojo y Classic Rock 80/100 y PopMatters 70/100 convirtiendo a I'M PEOPLE en uno de los discos mejor valorados de su carrera. 

Por nuestra parte, nunca hemos estado más seguros de que I'M PEOPLE es un 100 sobre 100. Es cierto que en artistas tan prolíficos como HISS GOLDEN MESSENGER no siempre es fácil distinguir entre discos excelentes y discos realmente definitivos. Pero cuando aparece uno que parece sintetizar años de búsqueda estética, la percepción cambia. Con I'M PEOPLE parece que varias cosas encajan a la vez: tenemos canciones más inmediatas sin perder profundidad; una producción muy trabajada pero nada aparatosa; interpretaciones muy humanas y una secuenciación que hace que el álbum fluya como una obra completa. Eso suele ser lo que separa un muy buen disco de otro que se siente importante dentro de una discografía.  



MEJORES MOMENTOS: Shaky Eyes, In The Middle Of It, Mercy Avenue, I'm People, Heavy World, Last Orders, Depends On The River... En realidad, es un álbum para escuchar de principio a fin sin usar el modo aleatorio.

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100


miércoles, 13 de mayo de 2026

EL AUTÉNTICO SONIDO MUNA.

 



La llegada de MUNA a Saddest Factory Records no solo supuso un cambio de discográfica, sino también el reconocimiento definitivo de una banda que durante años había parecido demasiado compleja para los márgenes del pop alternativo tradicional y demasiado pop para ciertos circuitos indie. Su álbum homónimo de 2022 terminó funcionando como el disco de consagración que su anterior etapa nunca llegó a proporcionarles: una colección de canciones inmediatas, emocionales y enormes que por fin situaron al trío en el lugar que llevaba tiempo mereciendo. Allí estaban las melodías expansivas, los himnos coreables y la capacidad de convertir vulnerabilidad en euforia colectiva. Pero, sobre todo, estaba la sensación de que MUNA había encontrado por fin un entorno que entendía perfectamente qué clase de banda tenía entre manos. 

Con DANCING ON THE WALL, el grupo no busca una reinvención drástica, sino algo mucho más difícil: consolidar un lenguaje propio. Y lo consigue regresando parcialmente a las sombras emocionales y al synth-pop melancólico de About U, su debut de 2017, aunque esta vez con una producción mucho más ambiciosa, detallista y segura de sí misma. Donde aquel álbum sonaba nocturno, ansioso y lleno de intuiciones brillantes todavía en construcción, DANCING ON THE WALL recupera esa misma sensibilidad desde la experiencia y la precisión de una banda plenamente consciente de su identidad. Hay más medios, sí, pero también más control sobre las atmósferas, sobre la tensión emocional de cada arreglo y sobre una forma de entender el pop que ya no necesita perseguir tendencias para sonar contemporánea.

Una de las claves de DANCING ON THE WALL está también en el peso que adquiere la producción de Naomi McPherson dentro del sonido del disco. Mientras el álbum homónimo de 2022 transmitía una sensación más colectiva y abierta -como si las canciones hubiesen sido construidas desde la interacción constante entre las tres integrantes-, aquí la producción parece responder a una visión mucho más cohesionada y atmosférica. McPherson refuerza la dimensión nocturna del grupo con sintetizadores densos, capas de texturas cuidadosamente dosificadas y una tensión emocional que atraviesa incluso los momentos más accesibles del álbum. Esa diferencia resulta fundamental para entender por qué DANCING ON THE WALL recuerda tanto a About U sin sonar nostálgico ni repetitivo. Si el debut encontraba su identidad desde la intuición y cierta fragilidad estructural, este nuevo trabajo la reformula desde la experiencia técnica y la confianza artística. La producción no busca saturar las canciones ni convertir cada estribillo en un gran momento explosivo; al contrario, trabaja desde el detalle, permitiendo que las emociones se acumulen lentamente. Es precisamente ahí donde aparece con más claridad algo que ya puede definirse como el auténtico sonido MUNA.

Y quizá ese sea el gran logro (discreto) de este trabajo: la consolidación definitiva de un sonido propio. No entendido como una fórmula cerrada, sino como una manera muy concreta de equilibrar vulnerabilidad y euforia, tensión electrónica y calidez melódica, intimidad confesional y ambición pop. Durante años podían rastrearse influencias evidentes en su música -del synth-pop ochentero al indie electrónico contemporáneo-, pero DANCING ON THE WALL suena menos preocupado por dialogar con referencias externas y más centrado en perfeccionar un lenguaje propio. Hay bandas que evolucionan cambiando constantemente de piel; MUNA parece haber llegado al punto en el que evoluciona profundizando en su identidad.





La crítica le ha otorgado una media de 74 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Dork 100/100; DIY, The Skinny, Clash y Northern Transmissions 80/100; Pitchfork 76/100; NME y Slant Magazine 70/100; Exclaim! 60/100; Paste 58/100 y Far Out Magazine 50/100. 

Parte de la división crítica que ha acompañado a DANCING ON THE WALL parece venir precisamente de esa ausencia de una reinvención evidente. Algunas publicaciones han interpretado la continuidad estética del álbum como una señal de estancamiento (Far Out Magazine), cuando en realidad el disco funciona más como una consolidación consciente de todo aquello que MUNA llevaba años construyendo. Resulta llamativo que varias de las reseñas más tibias parezcan obsesionadas con medir el factor sorpresa del grupo, como si la única forma válida de evolucionar fuese romper drásticamente con el pasado cada pocos años. 

Sin embargo, escuchar el álbum completo revela algo muy distinto. DANCING ON THE WALL no suena automático ni complaciente; suena preciso, maduro y plenamente seguro de su identidad. Las canciones están trabajadas con una atención casi obsesiva por las atmósferas, las transiciones emocionales y la construcción melódica, hasta el punto de que muchas de ellas poseen esa cualidad cada vez más rara en el pop contemporáneo: parecen destinadas a permanecer. Y quizás ahí resida parte del problema para cierta crítica acelerada por la lógica del consumo inmediato. Este no es un disco construido para impresionar en el primer titular ni para generar conversación durante un fin de semana. Es un álbum que crece en la escucha continuada y que encuentra su verdadera dimensión cuando se entiende como una evolución natural dentro del universo emocional y sonoro de MUNA.

Por nuestra parte tenemos que decir que la crítica independiente -la que escucha discos completos, vuelve a ellos y los coloca dentro de una trayectoria- suele estar mejor posicionada para captar procesos largos: cómo cambia una banda entre discos, qué se gana o se pierde en la secuenciación, o cómo evoluciona un lenguaje sonoro. En un caso como el de MUNA, eso es especialmente relevante, porque su propuesta depende mucho más de la continuidad emocional y estética que del impacto aislado de singles. A pesar de ser una banda de muy buenos singles que funcionan a la perfección fuera del contexto de los álbumes que habitan.

En cambio, la crítica generalista trabaja muchas veces bajo otras condiciones: tiempos más cortos, mayor presión por contextualizar en el momento del estreno y una dependencia inevitable de adelantos o cortes promocionales. Eso no implica que escuchen menos, pero sí que el marco de evaluación tiende a ser más inmediato.

Al final, la diferencia no es tanto quién entiende mejor el disco, sino qué pregunta se le está haciendo. La crítica más inmediata suele preguntar: "¿qué encontramos de nuevo aquí?", mientras que una escucha más continuada pregunta: "¿qué está construyendo este álbum dentro de su propia historia?". Y en trabajos como este, la segunda pregunta suele dar respuestas más interesantes. Por eso nuestra valoración a DANCING ON THE WALL es de 90 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Dancing On The Wall, Wannabeher, So What, Eastside Girls, Big Stick, It Gets So Hot, On Call... 

MEDIA CRÍTICA: 74/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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