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jueves, 3 de septiembre de 2026

AYRA STARR: UNA ENTRE UN MILLÓN.

 


AYRA STARR pertenece a una generación de artistas africanas que ya no necesitan que su música sea presentada como una rareza llegada desde otro lugar. El público internacional lleva unos años acostumbrándose a encontrar en el pop nombres procedentes de Nigeria, Sudáfrica, Mali y otros puntos del continente, aunque cada una de ellas haya construido su propio camino. En ese mapa caben propuestas tan diferentes como las de Fatoumata Diawara, Tyla o la propia AYRA STARR. No tiene demasiado sentido colocarlas en una misma carrera porque sus intereses son distintos, pero sí sirve para entender el espacio cada vez mayor que ocupa la música africana en el mercado internacional. Ayra, además, ya ha demostrado que puede moverse por ese mercado sin necesidad de reducir su música a una única etiqueta. 

STARRGIRL llega dos años después de The Year I Turned 21 (2024), un álbum que ya nos había parecido especialmente fresco por sus narrativas, por la naturalidad con la que AYRA STARR se desenvolvía entre distintos sonidos y, sobre todo, por una forma de interpretar las canciones que hacía que todo pareciera mucho más sencillo de lo que probablemente era. Con este tercer álbum no encontramos un cambio radical de dirección. Tampoco creemos que lo necesitara. Lo que encontramos es una continuación bastante natural de aquella personalidad, pero con una artista que parece saber todavía mejor qué puede hacer con ella. 

Porque una de las cosas que más nos sorprenden de AYRA STARR es que cuesta muy poco reconocerla. Apenas hacen falta unas notas para saber quién está cantando. Y esto no es algo que pueda darse por hecho, especialmente cuando estamos ante una artista que trabaja con tantos sonidos, tantos productores, tantos compositores y tantas colaboraciones. Hay músicos que pasan años buscando una voz propia y no siempre terminan encontrándola. En AYRA STARR la sensación es muy diferente. Parece que esa identidad hubiera estado ahí desde el principio, con una naturalidad casi instintiva. Como respirar. 

Lo interesante es comprobar hasta dónde puede llevar esa cualidad cuando se la rodea de una producción cada vez más ambiciosa. STARRGIRL no es precisamente un disco pequeño. Es un álbum de dieciséis canciones que se mueve por el Contemporary R&B, los Afrobeats, el Dance-Pop, el Dancehall y el Afropiano, además de incorporar elementos de otros territorios que aparecen con mayor o menor intensidad a lo largo del recorrido. Sobre el papel puede parecer una colección demasiado amplia de influencias. En la práctica, casi todo termina pasando por el mismo filtro: AYRA STARR

También resulta curioso que el Amapiano, que aparecía explícitamente entre las etiquetas de The Year I Turned 21, desaparezca ahora de la clasificación genérica de STARRGIRL. No creemos que esto signifique que haya desaparecido de su música. Sigue habiendo ritmos, texturas y recursos que remiten a ese universo, especialmente cuando atendemos a la manera en que se construye el pulso de algunas canciones. Lo que sí parece haber cambiado es su peso dentro de la identidad general del álbum. El amapiano ya no parece necesitar ocupar un lugar destacado para que Ayra pueda construir una canción alrededor de él. 

Y quizás ahí encontremos una de las diferencias más interesantes de este disco. El género no parece ser nunca una declaración de intenciones. Ayra puede acercarse al R&B, al Afrobeats, al dancehall o al pop y no da la impresión de estar probándose un traje distinto cada vez. Todo queda absorbido por una personalidad que se mantiene reconocible. Las influencias entran, se mezclan y terminan convertidas en algo que cuesta atribuir por completo a ningún género concreto. No es tanto una cuestión de acumular referencias como de conseguir que todas ellas convivan sin disputarse el protagonismo. 

Las narrativas también siguen teniendo un peso importante. Ayra no necesita convertir cada canción en una gran confesión ni construir una mitología alrededor de sí misma. Le interesan el deseo, las relaciones, la vulnerabilidad, la seguridad en una misma y todas esas pequeñas situaciones que permiten que una canción pop tenga algo de experiencia personal. Pero aquí vuelve a aparecer esa naturalidad suya. Las letras pueden ser sencillas y directas sin que eso las haga impersonales, porque su forma de cantar consigue darles una personalidad que no siempre está únicamente en las palabras. 

En STARRGIRL encontramos momentos más sensuales, otros claramente orientados al baile y también canciones en las que Ayra deja que su voz ocupe más espacio. Amazing, con kwn, se mueve por un R&B suave y envolvente; Gimme Dat, junto a Wizkid, lleva su afropop hacia un terreno más expansivo; Pressure, con Leon Thomas, introduce una luminosidad pop que encaja con sorprendente facilidad; mientras que Ms. Paper, junto a Theodora, aporta una energía francófona y bailable que amplía todavía más el radio del álbum. Who's Dat Girl, con Rema, vuelve a llevarnos a un terreno puramente africano sin que el disco pierda continuidad. 



Y todavía queda espacio para canciones que se permiten cambiar de registro. Letter To God encuentra una Ayra más íntima y Heaven Baby, con ZAYN, juega con un R&B pop mucho más abierto al público internacional. Incluso cuando se acerca a terrenos que podrían parecer menos propios, seguimos teniendo la sensación de que hay algo que la mantiene en el centro. No todo funciona con la misma intensidad, ni es perfecto. Pero esas pequeñas imperfecciones también sirven para comprobar lo difícil que es hacer que una artista tan reconocible se pierda dentro de un disco tan amplio. 

Porque detrás de esta aparente facilidad hay muchísimo trabajo. La producción corre a cargo de nombres como Johnny Drille, The Elements, Joe Reeves, Skillies y Shizzi, acompañados por una larga nómina de productores adicionales. En la composición encontramos a AYRA STARR trabajando junto a otros 38 coautores. A eso hay que sumar las colaboraciones de kwn, Wizkid, Leon Thomas, Theodora, Rema, ZAYN y Danny Ocean. No estamos ante un álbum construido en una habitación con cuatro instrumentos y una cantante siguiendo una única idea. STARRGIRL es ambicioso, está lleno de manos y tiene detrás una cantidad considerable de trabajo. 

Y, sin embargo, cuesta escucharlo pensando en todo lo que ha tenido que ocurrir para que llegue hasta nosotros. Esa es probablemente una de las mayores virtudes de AYRA STARR. No consigue frescura porque su música esté poco elaborada, sino porque toda esa elaboración permanece al servicio de una personalidad que parece fluir por encima de ella. Hay muchas personas trabajando en estas canciones, pero rara vez tenemos la sensación de estar escuchando un collage de decisiones. Seguimos escuchando a Ayra. 

Incluso la conexión con Latinoamérica aparece integrada dentro de esa lógica. En The Year I Turned 21 estaba mucho más presente, con colaboraciones de Anitta y Rauw Alejandro y un uso más evidente del español. En STARRGIRL esa presencia es más discreta, pero no ha desaparecido. Hot Body (Remix), que cierra el álbum junto a Danny Ocean, recupera el español y funciona como una última apertura hacia otro espacio musical. No parece necesario convertirlo en una declaración sobre el mercado latino ni en una estrategia que tengamos que descifrar. El español entra en el disco del mismo modo que entran otras influencias: como una pieza más que Ayra puede incorporar sin dejar de ser ella. 

También por eso nos parece interesante el lugar que STARRGIRL puede ocupar fuera de Nigeria. AYRA STARR comparte espacio internacional con artistas que están llevando diferentes formas de música africana hacia el público global, pero su fortaleza no parece depender de apropiarse de un sonido concreto. Su música puede entrar en distintos mercados porque no necesita abandonar su identidad para hacerlo. Esa capacidad de moverse entre culturas sin que ninguna termine absorbiéndola puede convertirse en una de sus mayores ventajas a largo plazo. 

La recepción crítica inicial parece confirmar que estamos ante una continuación especialmente sólida. STARRGIRL tiene actualmente una media de 85 sobre 100, aunque debemos tener en cuenta que la cifra parte únicamente de dos reseñas. NME le ha concedido un 90/100 y Clash un 80/100, una recepción ligeramente superior a la de The Year I Turned 21, que se quedó en 83/100 a pesar de recibir un 100/100 también de NME

Nosotros le damos un 85 sobre 100. STARRGIRL no nos parece especialmente valioso porque AYRA STARR haya dado un giro respecto a lo que hacía antes, sino porque vuelve a demostrar algo bastante más difícil: que puede hacer muchas cosas diferentes sin dejar de sonar como ella misma. Su música está llena de influencias, de géneros, de culturas, de productores y de colaboradores, pero nada parece forzado. Todo encuentra su sitio alrededor de una artista que resulta reconocible prácticamente desde la primera nota. Después de dos discos anteriores ya teníamos suficientes motivos para pensar que aquello no era casualidad. STARRGIRL nos convence de que estamos ante una de esas artistas que pueden crecer, cambiar y ampliar su música todo lo que quieran sin tener que sacrificar aquello que las hace únicas. Hay algo en AYRA STARR que, por ahora, parece sencillamente irrepetible.



MEJORES MOMENTOS: Amazing, Ms Paper, Missunderstood, Who's Dat Girl, Hot Body, Pressure, Gimme Dat, Heaven Baby, Tornado, Where Do We Go...

MEDIA CRÍTICA: 85/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 2 de septiembre de 2026

KELZ: ENTRE DOS MUNDOS.

 


Hay discos que llegan hasta nosotros cuando ya todo el mundo está hablando de ellos. A SWEET PASSERBY, segundo trabajo de KELZ, todavía no pertenece a esa categoría. Y quizás ahí esté precisamente una parte de su encanto. Estamos ante una artista que empieza a asomar la cabeza fuera de un circuito todavía pequeño y ante un álbum que nos invita a detenernos un momento antes de seguir buscando el siguiente lanzamiento. 

Detrás de KELZ está Kelly Truong, una artista, compositora, productora y multiinstrumentista vietnamita-americana nacida en Orange County y asentada en Los Ángeles. Su proyecto nació ligado a esa tradición bedroom pop en la que hacer música significa también construir el espacio en el que esa música va a existir: canciones grabadas y producidas con una fuerte implicación personal, guitarras, sintetizadores, ritmos electrónicos y una voz frágil que parece acercarse a nosotros en lugar de obligarnos a captar su atención. Truong ha explicado también cómo su identidad vietnamita-americana forma parte de su manera de entenderse a sí misma, en ese territorio intermedio entre distintas formas de concebir la familia, la individualidad y la propia identidad. 

Todo eso adquiere un peso especial en A SWEET PASSERBY. El álbum fue tomando forma durante unos cuatro años atravesados por pérdidas familiares, duelo, relaciones que se desvanecen, depresión y una búsqueda personal de aceptación y tranquilidad. No estamos, por tanto, ante un disco que esconda sus heridas, aunque lo verdaderamente interesante es que tampoco las presenta de una manera evidente. A SWEET PASSERBY prefiere envolverlas en luz. 

Ahí es donde la música empieza a contarnos algo diferente. KELZ parte del bedroom pop, pero no se queda encerrada en él. La electrónica abre las paredes de esas canciones, los sintetizadores dejan espacio alrededor de la voz y las guitarras aparecen como pequeñas fuentes de luz dentro de un paisaje que termina acercándose al ambient. No porque estemos ante un disco ambient en el sentido más estricto, sino porque la sensación que nos queda después de escucharlo es la de haber permanecido dentro de una atmósfera durante casi cuarenta minutos. Y esa atmósfera es tremendamente californiana. 

Podemos hablar de sus raíces vietnamitas y de cómo forman parte de su identidad, pero cuando escuchamos A SWEET PASSERBY pensamos en otra cosa: en Orange County, en Los Ángeles, en una carretera junto al Pacífico, en la ventana de un coche abierta y en la brisa del mar entrando mientras el sol empieza a bajar. Hay algo luminoso, cálido y abierto en estas canciones que contrasta con lo que cuentan. La tristeza nunca termina de oscurecer el paisaje. Al contrario, parece atravesarlo. 

Esa contradicción es probablemente uno de los grandes atractivos del álbum. Podemos encontrarnos con canciones que hablan desde la pérdida, la soledad o la inseguridad mientras la música nos invita a movernos. Sweet Escape es un buen ejemplo de esa convivencia entre el duelo y la ligereza, pero la sensación recorre buena parte del disco. Las melodías parecen sonreír mientras debajo de ellas hay algo que todavía está intentando recomponerse. La propia KELZ ha definido esta luminosidad como una forma de hacer más llevaderos esos sentimientos, y ahí encontramos una de las claves de su música. No necesitamos que la música sea tan triste como aquello que estamos sintiendo para reconocer nuestra tristeza en ella. 





También por eso creemos que la secuenciación tiene tanta importancia. Las canciones funcionan individualmente. Algunas podrían salir perfectamente del álbum y encontrar su espacio como singles, pero A SWEET PASSERBY gana cuando lo escuchamos completo. Las piezas parecen colocadas para llevarnos de un estado a otro, para que las texturas, los ritmos y las voces vayan construyendo un recorrido. No es simplemente una colección de canciones de KELZ; es un lugar al que entramos y del que salimos después de haber pasado un tiempo en su interior. 

Y eso tiene algo casi contracultural en 2026. Porque casi nadie escucha discos enteros. 

Vivimos en una época en la que una canción puede ser arrancada de su contexto en cuestión de segundos y convertirse en un fragmento independiente para una playlist, un vídeo o un algoritmo. KELZ, sin embargo, ha construido un paisaje que merece ser recorrido. Podemos detenernos en una canción concreta, volver a Just Us 2, a Breathe, a Falling Behind o a I'm Sorry, y encontrar en ellas motivos suficientes para regresar. Pero el verdadero sentido aparece cuando dejamos que el álbum avance sin intervenir. 

Quizás esa sea también la razón por la que A SWEET PASSERBY puede resultar más interesante de lo que su aparente sencillez deja entrever. No necesita grandes gestos para crecer. Se mueve mediante pequeñas variaciones, texturas, voces susurradas, guitarras y ritmos que se van encadenando hasta conseguir que dejemos de pensar en canciones aisladas y empecemos a pensar en un paisaje. 

Y algo está empezando a cambiar alrededor de KELZ. Su primer álbum, 5 AM and I Can't Sleep, publicado en 2022, pasó prácticamente desapercibido para la crítica especializada. En cambio, A SWEET PASSERBY ya está consiguiendo una atención que entonces no llegó. Las dos valoraciones que están registradas actualmente, la de Spill Magazine (80/100) y la de AllMusic (70/100), sitúan la media en un 75 sobre 100. Son todavía muy pocas reseñas como para hablar de consenso crítico, pero sí suficientes para detectar que algo está pasando con KELZ.

EXQUSITECES nació, en buena medida, con la intención de prestar atención a esos artistas que todavía necesitan ser descubiertos, cuando todavía no tenemos la certeza de hasta dónde pueden llegar. Hemos tenido la suerte de escribir sobre músicos que posteriormente han conseguido una repercusión enorme, pero nunca hemos pensado que descubrir a un artista consista en adivinar el futuro. Se trata más bien de reconocer que algo está ocurriendo delante de nosotros y de darle el espacio que merece. 

No sabemos qué futuro le espera a KELZ. No sabemos si A SWEET PASSERBY será el disco que preceda a una carrera mucho mayor o si permanecerá como una pequeña joya para quienes llegamos hasta él en este momento. Pero sí sabemos que tiene ese algo que nos hace querer compartir un descubrimiento.

Porque hay una paradoja en este álbum que esconde cierta belleza. Está lleno de canciones que pueden funcionar por sí mismas y, al mismo tiempo, nos pide que no las separemos. Es luminoso y habla desde lugares bastante oscuros. Es íntimo y, sin embargo, consigue abrirse hasta convertirse en un paisaje enorme. Parte de una habitación y termina dejando entrar el océano. Quizás no necesitamos escuchar discos enteros como antes. Quizás tampoco necesitamos que los artistas nos ofrezcan una respuesta definitiva sobre quiénes son. Pero cuando aparece un álbum como A SWEET PASSERBY, nosotros sí queremos quedarnos hasta el final. Queremos pasear por él, dejar que sus canciones nos acompañen y descubrir el poso que deja cuando termina. Nuestra valoración es un 85 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Just Us 2, Sweet Scape, Breathe, I'm Sorry, Sunday Miracle...

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

lunes, 31 de agosto de 2026

REENCUENTROS CON LAURA VEIRS.

 


Llevamos siguiendo a LAURA VEIRS desde su primer disco, publicado en 1999, y quizás por eso TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación difícil de explicar sin recurrir a algo tan sencillo como la emoción. Al terminar la primera escucha tuvimos la impresión de habernos reencontrado con una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veíamos. No porque LAURA VEIRS haya dejado de estar presente durante estos años, ni porque TEMPLE SONGS sea una vuelta atrás, sino porque hay algo en estas canciones que nos resulta inmediatamente familiar. Como si después de todo este tiempo hubiéramos vuelto a reconocer una voz que siempre estuvo ahí. 

Veirs ha construido una discografía extensa en la que resulta inevitable distinguir diferentes etapas. Una de ellas está estrechamente ligada a Tucker Martine, aunque su presencia en la carrera de la compositora llegó unos años después de aquel debut. Martine ha sido un productor extraordinario y su importancia en algunos de los mejores trabajos de Veirs es indiscutible. Carbon Glacier (2004), Years of Meteors (2005), Saltbreakers (2007) y, especialmente, July Flame (2010) forman parte de ese periodo que seguimos considerando fundamental dentro de su trayectoria. My Echo (2020), además, nos parece un magnífico cierre para aquella etapa. 

Pero no creemos que la historia de LAURA VEIRS pueda reducirse a una cuestión de estar mejor con Martine o sin él. Su capacidad como compositora es incuestionable. Basta con volver a CASE/LANG/VEIRS (2016) para comprobarlo. En un álbum en el que compartía espacio con dos compositoras de enorme personalidad como Neko Case y k.d. lang, las canciones de Veirs no solo estaban a la altura, sino que para nosotros destacaban especialmente. Esa es una cuestión que conviene recordar ahora, porque TEMPLE SONGS no demuestra que Veirs pueda escribir buenas canciones sin Tucker Martine. Eso ya lo sabíamos. Lo que sí demuestra es hasta dónde puede llegar cuando decide asumir por completo el proceso.

TEMPLE SONGS es el primer álbum que LAURA VEIRS ha escrito, grabado, arreglado, producido e interpretado en solitario. En el proceso solo ha contado con Philip Weindrobe como ingeniero de mezcla, con Tyler Hicks y Zach Bloomstein como ingenieros asistentes de mezcla y con Josh Bonati en la masterización. Después de cerrar su etapa con Martine en My Echo, Veirs comenzó a recorrer su propio camino. En Found Light (2022) contó con Shahzad Ismaily como coproductor y en Phone Orphans (2023) asumió ya la producción en solitario. Ahora, con TEMPLE SONGS, lleva esa independencia hasta sus últimas consecuencias. 

La transición resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta la naturaleza de Phone Orphans. Nos gustó aquel disco desde el principio, pero también tenemos que reconocer que no hemos vuelto a él como sí hemos vuelto a la mayoría de los álbumes de Veirs. Era un trabajo especial, casi una rareza dentro de su discografía, construido a partir de demos, notas de voz grabadas con el móvil y otros materiales que después fueron transformándose en canciones. Tiene el atractivo de permitirnos acercarnos al proceso creativo de una artista que conocemos bien, pero también tiene algo de documento, de colección de piezas encontradas. 

En TEMPLE SONGS volvemos a encontrarnos con un álbum en el sentido más pleno de la palabra. Musicalmente se mueve dentro del indie folk y del territorio de la cantautora, pero no se queda instalado cómodamente en él. Veirs sigue teniendo esa capacidad para construir canciones aparentemente sencillas que esconden una considerable riqueza en sus arreglos, y buena parte del atractivo del álbum está precisamente en cómo consigue mantener una identidad reconocible mientras se permite introducir elementos menos previsibles. 

Pulse es probablemente el ejemplo más evidente. La canción termina abriéndose hasta desembocar en una explosión de jazz que nos saca del lugar en el que parecía que iba a quedarse. Es uno de esos momentos en los que entendemos que esta independencia creativa no consiste solamente en haber podido grabar todos los instrumentos o encargarse de la producción. También consiste en poder tomar decisiones arriesgadas, seguir una intuición y comprobar hasta dónde puede llevarnos una canción. 

Y esa libertad aparece de diferentes maneras a lo largo del disco. No estamos ante un ejercicio de experimentación por el mero hecho de experimentar. Veirs no necesita disfrazar sus canciones para demostrar que está haciendo algo nuevo. La base sigue siendo la misma: melodías, guitarras, una voz que nunca necesita imponerse y una escritura capaz de combinar lo cotidiano con lo simbólico. Pero los arreglos adquieren una personalidad propia y permiten que algunas canciones se alejen de lo previsible sin perder nunca de vista su esencia. 




Las narrativas de TEMPLE SONGS también contribuyen a esa sensación de intimidad. Hay en el disco una mirada hacia dentro, hacia las relaciones, el paso del tiempo, la memoria y esa necesidad de encontrar algún tipo de refugio en medio de todo lo que cambia. No necesitamos convertir cada canción en una confesión para percibir que estamos ante un trabajo muy personal. La intimidad de Veirs nunca ha dependido de levantar la voz. 

Y aquí volvemos inevitablemente a July Flame. Es el disco de su carrera con el que TEMPLE SONGS nos parece más emparentado. No porque suene exactamente igual, sino porque comparte esa extraordinaria capacidad para hacer que las canciones parezcan cercanas desde la primera escucha y, al mismo tiempo, permitan descubrir nuevos detalles con cada regreso. Flying Into Darkness es uno de los mejores ejemplos de esa conexión. Hay algo en su melodía, en la manera de construir el arreglo y en la forma en que Veirs deja que la canción avance que nos lleva directamente a aquella época. 

Pero TEMPLE SONGS no es una repetición de July Flame. Si aquel álbum representaba una de las cimas de lo que Veirs podía conseguir trabajando junto a Martine, este nos muestra qué ocurre cuando ella misma controla cada una de las piezas. La comparación resulta inevitable precisamente porque las diferencias también son reveladoras. 

Durante años, algunos críticos calificaron a LAURA VEIRS de fría. Nunca hemos entendido demasiado bien esa descripción. Podemos entender que su manera de cantar sea contenida, que nunca haya necesitado grandes exhibiciones emocionales y que sus arreglos puedan ser delicados, detallistas o incluso algo distantes en apariencia. Pero confundir contención con frialdad nos parece un error. 

Su emoción está muchas veces dentro de las canciones y no necesariamente en la manera de interpretarlas. No necesita subrayar una frase para que entendamos lo que hay detrás de ella. Tampoco necesita convertir una canción íntima en una demostración de vulnerabilidad. Quizás esa manera de cantar haya hecho que algunos la percibieran como distante, pero nosotros siempre hemos encontrado precisamente lo contrario: una cercanía que no necesita ser explícita. 

TEMPLE SONGS vuelve a ponerlo de manifiesto. Hay algo especialmente cálido en este disco. No necesariamente porque sea más sentimental que otros trabajos de Veirs, sino porque su voz, sus canciones y sus arreglos consiguen transmitir una familiaridad que reconocemos inmediatamente. Es una música que no nos exige nada y, sin embargo, consigue que queramos volver a ella. 

La crítica le ha otorgado una media de 77 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: MusicOHM, PopMatters, AllMusic, Mojo y The Arts Desk 80/100; Spectrum Culture 75/100; Pitchfork 74/100 y Far Out Magazine y Uncut 70/100. La lectura que hacemos de estas cifras es muy positiva. La crítica, en general, considera que Veirs mantiene el nivel, y no es poca cosa cuando hablamos de una artista que lleva publicando discos desde hace más de veinticinco años. 

Es cierto que TEMPLE SONGS todavía queda lejos de la valoración que obtuvo su álbum mejor puntuado por la crítica, Carbon Glacier, con un 86/100. Y también resulta significativo que aquel disco estuviera producido por Tucker Martine. Pero el segundo álbum mejor valorado es CASE/LANG/VEIRS, con un 81/100, y aquí merece la pena insistir en algo que ya hemos señalado: las canciones de Veirs estaban entre lo mejor de aquel trabajo. 

Quizás las cifras no cuenten toda la historia. Un 77 sobre 100 puede indicar que estamos ante un disco muy sólido, pero no necesariamente explica lo que ocurre cuando lo escuchamos después de conocer durante tantos años la obra de Veirs. Para nosotros, TEMPLE SONGS tiene algo que no siempre aparece en una primera valoración crítica: ganas de volver a él. Y esa capacidad de permanencia es, en nuestra opinión, una de las mejores maneras de medir un disco de una compositora con una trayectoria tan larga.

Porque al final TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación muy concreta: la de reencontrarnos con una amiga que hacía tiempo que no veíamos. Reconocemos su voz, sus maneras, su forma de escribir y esa sensibilidad que siempre hemos encontrado en sus canciones. Pero hay algo más. Tenemos la impresión de que no solo nosotros estamos reencontrándonos con Laura Veirs. También parece que Laura Veirs está reencontrándose consigo misma. 

Quizás por eso este disco nos gusta tanto. No necesitamos decidir si Veirs está mejor sola o con Tucker Martine. Martine fue una parte importante de su historia y produjo algunos de sus mejores discos, pero TEMPLE SONGS demuestra algo mucho más interesante: que LAURA VEIRS tenía dentro todo lo necesario para seguir adelante por sí misma. Algunos lo teníamos bastante claro desde hace tiempo. Otros han tenido que esperar a que ella lo demostrara. Nuestra valoración para TEMPLE SONGS es de 90 sobre 100




MEJORES MOMENTOSFlying Into Darkness, Pulse, Arc Still Bends, Golden Seams, River's Song, Sunlight And Doom... 

MEDIA CRÍTICA: 77/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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