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jueves, 24 de septiembre de 2026

LIZZY McALPINE: ENTRE EL FOLK Y SU PROPIA VOZ

 



ANGEL llega después de Older (2024), y podemos decir que aquel disco supuso un punto de inflexión en la carrera de LIZZY McALPINE sin estar exagerando. Para muchos oyentes, entre los que nos incluimos, fue el álbum que terminó de situarla como algo más que una prometedora cantautora de la nueva generación. Por eso es bastante probable que buena parte de quienes lleguen ahora a ANGEL lo hagan precisamente porque descubrieron a McAlpine en Older y estén buscando más. Lo interesante es que McAlpine no parece especialmente interesada en ofrecerles una repetición de algo que ya funcionó.

Las diferencias se perciben prácticamente desde el principio. Si Older ampliaba considerablemente el sonido de McAlpine y podía moverse por territorios de indie rock y soft rock, en ANGEL encontramos una propuesta más depurada y mucho más centrada en el indie folk. Las etiquetas de chamber folk y chamber pop también están presentes y tienen sentido, porque no estamos ante un disco desnudo ni mucho menos: hay una instrumentación rica y numerosos detalles alrededor de las canciones. La diferencia está en la jerarquía. Ahora todo parece estar colocado para que las canciones ocupen el centro de la producción. No sentimos que McAlpine esté experimentando con su sonido para demostrar hasta dónde puede llegar. Más bien parece que ha encontrado un lugar en el que se siente cómoda y simplemente está fluyendo. 

La declaración de intenciones, de hecho, aparece casi antes de escuchar el disco. Nick Drake y Joni Mitchell están muy presentes en el imaginario de ANGEL, y la colaboración con Fleet Foxes termina de dibujar unas coordenadas musicales que apuntan directamente hacia el folk. Pero lo mejor es que ninguna de estas referencias se siente como una exhibición de cultura musical. McAlpine conoce la tradición de la que bebe y la deja formar parte de su lenguaje sin convertirla en el argumento de las canciones. Podemos reconocer las influencias, pero no tenemos en ningún momento la sensación de que nos esté diciendo que las reconozcamos. 

El caso de Nick Drake es especialmente curioso. A Car Wash and a New Pair of Pants no es un cover de Drake, pero McAlpine descubrió después de escribirla que su introducción compartía tonalidad y progresión de acordes con One of These Things First. Ella estaba escuchando mucho a Drake en aquella época, aunque no conocía esa canción concreta. Cuando alguien de su entorno detectó el parecido, McAlpine decidió ponerse en contacto con el patrimonio del músico y finalmente Drake terminó apareciendo acreditado como compositor. Es algo que podría parecer anecdótico, pero termina funcionando casi como una metáfora de lo que hace ANGEL: las influencias están ahí, forman parte de la música, pero no parecen colocadas deliberadamente para demostrar nada. Incluso cuando una canción se acerca accidentalmente a uno de sus referentes, la respuesta de McAlpine no es ocultarlo, sino reconocerlo y seguir adelante. 

Y quizás lo más importante es que las canciones siguen siendo de LIZZY McALPINE. Eso se aprecia especialmente cuando nos fijamos en cómo escribe. Over Country construye una historia alrededor de la distancia y convierte la geografía en una forma de hablar del amor: carreteras, montañas, ciudades, viento, lugares que separan y, al mismo tiempo, sirven para hacer presente a la persona que está lejos. La mencionada A Car Wash and a New Pair of Pants es mucho más narrativa y directa, y utiliza la fama, los escenarios y la transformación de una persona en personaje público para hablar de una relación que termina rompiéndose bajo el peso de la ambición. Peach, en cambio, consigue levantar una canción emocionalmente muy potente a partir de algo tan cotidiano como cortar un melocotón en la cocina mientras la otra persona está de gira. Las tres canciones parten de lugares muy diferentes y, sin embargo, comparten una virtud: no necesitan explicarnos constantemente lo que sienten. Construyen escenas y dejan que el significado aparezca dentro de ellas. 








Esto es importante porque nos encontramos en un momento en el que la canción confesional está más que asentada entre las nuevas generaciones de cantautoras. La intimidad por sí sola ya no es suficiente. Hay niveles. Y cuando pensamos en compositoras como Phoebe Bridgers o, especialmente, Madi Díaz, encontramos una capacidad extraordinaria para transformar experiencias personales en historias que terminan teniendo interés incluso cuando desconocemos por completo las circunstancias que las provocaron. En el extremo contrario encontramos canciones que dependen demasiado de conocer la biografía de quien las escribe para que nos importe lo que cuentan. McAlpine, al menos en las canciones que hemos podido analizar de ANGEL, está mucho más cerca del primer grupo. No se limita a decirnos cómo se siente: encuentra imágenes, situaciones y pequeñas narrativas capaces de sostener esas emociones por sí mismas. Older ya nos había demostrado que estaba entre las grandes compositoras de su generación y ANGEL no da motivos para pensar que aquello fuera un espejismo. 

La parte técnica también ayuda a entender por qué el álbum tiene esa sensación de unidad. LIZZY McALPINE, Mason Stoops y Taylor Mackall forman el núcleo creativo de ANGEL, participando en la producción y en la composición del disco. Es un equipo reducido en comparación con la cantidad de nombres que pueden llegar a intervenir en una producción pop contemporánea, y quizás eso explique en parte la sensación de coherencia que transmite el álbum. No hay una sucesión de productores intentando llevar las canciones en direcciones diferentes. Hay una visión bastante clara y compartida. Y, aunque la producción está lejos de ser minimalista, cada instrumento parece tener una función dentro de esa idea de depuración: guitarras acústicas y eléctricas, piano, Rhodes, Wurlitzer, pedal steel, banjo, armónica, órgano, cuerdas y otros elementos aparecen sin que ninguno parezca reclamar protagonismo por encima de las canciones. 

En ese contexto, la presencia de Fleet Foxes en Soldier of the Road adquiere un significado especial. No parece una colaboración concebida únicamente para añadir un nombre prestigioso a los créditos. Fleet Foxes representa una de las conexiones más evidentes entre la tradición folk que McAlpine está explorando y su posterior evolución dentro del folk contemporáneo. Su aparición encaja con absoluta naturalidad en el universo de ANGEL. Y también dice bastante de las decisiones que McAlpine está tomando en este momento de su carrera: podría haber buscado una colaboración mucho más vinculada al centro del pop actual, pero ha preferido profundizar en la tradición que está alimentando este disco. 

La recepción crítica, de momento, está siendo bastante más tímida de lo que podríamos haber imaginado teniendo en cuenta el crecimiento de McAlpine desde Older. En el momento de escribir estas líneas, Angel cuenta con una media de 72 sobre 100 basada en tres reseñas: Clash le concede un 80/100, mientras que Pitchfork y Paste se quedan en 68/100 y 67/100 respectivamente. Es todavía una muestra pequeña y, con el ritmo actual de publicaciones musicales y la enorme cantidad de discos que aparecen cada semana, no sabemos cuánto terminará cambiando esa cifra cuando lleguen más críticas. Las tres primeras reseñas, además, coinciden bastante en reconocer el giro hacia el folk y la evolución de McAlpine, aunque no todas interpretan de la misma manera hasta qué punto ha conseguido convertir esas influencias en un lenguaje completamente propio. Ese 72 sobre 100 es, por tanto, una fotografía del momento y no una sentencia sobre el disco. 

Y aquí es donde nos encontramos en desacuerdo con la lectura de Pitchfork. Podemos escuchar a Nick Drake, a Joni Mitchell y a Fleet Foxes; podemos reconocer las referencias prácticamente desde los créditos y todavía más claramente cuando empieza a sonar el disco. Pero reconocer esas influencias no significa que McAlpine se haya perdido dentro de ellas. No sentimos que haya hecho ANGEL para demostrar que conoce la historia del folk, ni que esté intentando aparentar algo que no es. Al contrario: parece haber interiorizado ese legado y haberlo utilizado para depurar su propio sonido. 

Las canciones siguen siendo suyas, las narrativas tienen personalidad y la ambición no ha desaparecido en ningún momento. Si Older fue el disco que nos demostró hasta dónde podía llegar LIZZY McALPINE, ANGEL nos parece la confirmación de que no necesita repetir nada para seguir creciendo. Es un álbum sereno, ambicioso y extraordinariamente bien escrito, que además tiene la valentía de avanzar hacia un territorio menos obvio para una artista que ya podría permitirse jugar sobre seguro. Quizás no estemos ante una obra maestra, pero sí ante un trabajo excelente que demuestra que McAlpine puede alejarse de lo que ya le funcionó sin perder aquello que nos hizo confiar en ella. Nuestra valoración es un 90 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Peach, Over Country, Soldier Of The Road, Ugly Things, The Light In The Painting, A Car Wash and a New Pair of Pants...

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

miércoles, 23 de septiembre de 2026

JAMES IVY: LA MAGIA DE HACER MÚSICA.


Cuando nos acercamos a JAMES IVY, nos encontramos con un músico que lleva ya unos cuantos años moviéndose por los márgenes más interesantes del pop alternativo. Su trayectoria nace en buena medida en el ecosistema de SoundCloud y pasa por la electrónica, la indietrónica y ese pop de Internet tan difícil de encasillar que fue desarrollándose durante la última década. Después de sus Eps Good Grief! (2021) y Everything Perfect (2023), Ivy llega a THE SEAMS con una experiencia considerable a sus espaldas, pero también con una decisión que, vista desde fuera, resulta bastante sorprendente: hacer de su debut un álbum mucho más orgánico, físico y cercano a la tradición del rock de guitarras de lo que cabría esperar por sus antecedentes. 

A primera vista, THE SEAMS podría parecernos una de esas pequeñas joyas ocultas que nadie ha descubierto todavía. Y es que el contraste resulta llamativo: estamos ante el primer álbum de un artista con una trayectoria previa, pero la atención que ha recibido por parte de la crítica especializada es sorprendentemente nula. En el agregador AOTY, por ejemplo, la recepción profesional continúa en blanco. Si solo mirásemos esa parte del mapa, podríamos pensar que estamos ante un disco perdido en algún rincón de la escena alternativa, esperando a que alguien lo rescate. Pero basta con mirar un poco más allá para comprobar que la historia es bastante distinta. 

Spotify cuenta otra historia. Las diez canciones de THE SEAMS aparecen actualmente entre las canciones más populares de JAMES IVY, con Eye For An Eye, Morphine y Lima ocupando los primeros puestos de su perfil. No estamos, por tanto, ante un artista desconocido cuyo disco haya sido descubierto por un puñado de aficionados especialmente entusiastas. Hay una audiencia considerable escuchando este álbum, y la actividad que ha generado en las comunidades musicales refuerza todavía más esa sensación. En AOTY, de hecho, la participación de los usuarios es sorprendentemente alta para un lanzamiento tan reciente. La paradoja está precisamente ahí: THE SEAMS parece mucho más grande entre los oyentes de lo que su presencia en la crítica profesional nos haría pensar. Es una joya bastante menos oculta de lo que aparenta. 

Y entonces llega la música, que es donde realmente entendemos por qué todo esto resulta tan interesante. Las etiquetas de indie rock, alternative rock, art rock, indie folk y dream pop encajan razonablemente bien con lo que encontramos aquí, aunque hay una que nos llama especialmente la atención: post-Britpop. De entrada puede resultar curioso aplicársela a un músico estadounidense, pero la etiqueta cobra sentido si la entendemos como una referencia estética y no geográfica. Porque THE SEAMS tiene una conexión bastante evidente con aquella concepción del rock de guitarras que se desarrolló alrededor de finales de los noventa, y la comparación que antes o después termina apareciendo es The Bends (1995) de Radiohead.

No porque JAMES IVY esté intentando sonar como Radiohead. Eso sería quedarse en la superficie. Lo que comparte con aquel disco es algo más difícil de señalar: la capacidad de partir de canciones relativamente sencillas y hacer que vayan adquiriendo una dimensión emocional mucho mayor gracias a los arreglos, las texturas y los cambios de intensidad. Hay guitarras que pueden parecer contenidas durante unos segundos y terminar abriendo la canción por completo; hay melodías que mantienen una cierta sencillez mientras todo lo que las rodea va creciendo. Esa mezcla de intimidad y grandiosidad contenida está muy presente en THE SEAMS

Pero lo que más nos sorprende es quién compone y produce este disco: el propio JAMES IVY, que viene de la indietrónica, de una cultura musical en la que la producción digital puede convertirse casi en otro instrumento. Podría haber llenado THE SEAMS de capas electrónicas, efectos, voces procesadas y pequeños detalles destinados a llamar nuestra atención. En cambio, hace prácticamente lo contrario. Hay guitarras, baterías, cuerdas, voces y espacio. Mucho espacio. Y la verdad es que funciona de maravilla.








No estamos ante un álbum desnudo o rudimentario. Al contrario, detrás de esa sensación de naturalidad hay bastante trabajo. Los arreglos están cuidadosamente colocados, las reverberaciones amplían las canciones y las distintas capas aparecen en el momento adecuado para hacer que determinadas melodías fluyan y crezcan. Pero todo ese trabajo tiene una virtud preciosa: no se nota demasiado. THE SEAMS está producido con mimo, pero no parece un disco que necesite enseñarnos constantemente cómo ha sido producido. 

Y es que ahí encontramos una de sus mayores virtudes. Donde podríamos esperar artificio encontramos fisicidad; donde podríamos encontrar una producción saturada, encontramos aire; donde podría imponerse la tecnología, aparecen instrumentos que parecen tener peso y espacio propios. Las guitarras suenan a guitarras. La batería tiene cuerpo. Las voces pueden transmitir fragilidad sin necesitar una montaña de efectos encima. Parece una obviedad, pero en un momento en el que la producción puede llegar a convertirse en el centro de una canción, escuchar un disco que confía tanto en sus propias composiciones resulta casi reconfortante. 

También nos gusta pensar que THE SEAMS funciona porque Ivy no intenta demostrar cuánto sabe hacer. Hay algo mucho más humano en su manera de construir estas canciones. Como si, después de pasar años trabajando con herramientas digitales, hubiera decidido apartarlas un momento de la mesa y comprobar qué quedaba cuando la canción tenía que sostenerse por sí misma. Y lo que queda es bastante hermoso: melodías sólidas, arreglos sensibles y una atmósfera que puede crecer hasta lo épico sin perder nunca ese punto de cercanía. 

Por eso la comparación con The Bends termina teniendo más sentido de lo que parecía al principio. No estamos ante un ejercicio de nostalgia ni ante otro intento de recuperar el sonido de los noventa. Hay algo más curioso ocurriendo aquí: un músico formado en la era de SoundCloud y la producción digital recupera una forma de entender el rock en la que la canción vuelve a ocupar el centro. No necesita renunciar a su pasado para hacerlo, pero sí parece haber descubierto que no siempre hace falta añadir algo para conseguir más. A veces basta con dejar estar lo que ya funciona. 

Y ese equilibrio es, en última instancia, lo que hace que THE SEAMS nos parezca un disco tan especial al que le otorgamos un 100 sobre 100. No lo valoramos porque sea orgánico, ni porque renuncie a la electrónica, ni porque recuerde a The Bends. Todas esas son piezas de un conjunto mucho mayor. Lo que nos lleva a situarlo tan arriba es que las canciones funcionan, los arreglos tienen sentido, la interpretación transmite y la producción consigue envolverlo todo sin comerse aquello que debería estar en primer plano. Hay discos muy trabajados que nos hacen pensar en el trabajo que hay detrás de ellos; THE SEAMS, en cambio, consigue algo más difícil: hacernos olvidar que estamos escuchando una producción. 

Quizás lo más bonito sea que, después de todo, no necesitamos convertirlo en una rareza ni en una supuesta joya secreta para reivindicarlo. Los números de Spotify ya nos dicen que James Ivy tiene una audiencia mucho mayor de la que su escasa presencia crítica podría hacernos imaginar. Y si nosotros hemos llegado hasta THE SEAMS con la sensación de haber encontrado algo que estaba esperando ser descubierto, tampoco pasa nada. A veces un gran disco puede seguir sintiéndose íntimo incluso cuando, al mirar alrededor, descubrimos que no estamos ni mucho menos solos escuchándolo.



MEJORES MOMENTOS: Throw It Like You Can, Lima, Eye For An Eye, Morphine, Waiting Means Nothing, Tear, Bent, PT... 

MEDIA CRÍTICA:---- 

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

martes, 22 de septiembre de 2026

SERA CAHOONE VUELVE A CASA.


Después de ocho años sin un nuevo álbum de canciones propias, SERA CAHOONE vuelve con I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS, un disco que nos parece mucho más importante que una simple vuelta a la actividad. A los 51 años, y con una carrera que se acerca ya a las dos décadas, Cahoone regresa además a Sub Pop, el sello con el que publicó Only as the Day Is Long (2008) y Deer Creek Canyon (2012), después de haber editado de manera independiente From Where I Started (2017) y el Ep The Flora String Sessions (2018). Hay algo especialmente atractivo en este reencuentro: cuando firmó con Sub Pop por primera vez era muy joven y ella misma ha contado que entonces llegó a sentirse una impostora. Ahora regresa con otra seguridad, con la sensación de encajar por fin en un lugar que ya conoce, pero desde una posición completamente distinta. 

No cuesta entender de dónde viene esa seguridad. Cahoone lleva toda una vida haciendo música. Empezó tocando la batería con apenas once años, pasó por la escena de Seattle y formó parte de Carissa's Wierd antes de tocar también con Band of Horses. Su trayectoria como batería, guitarrista y compositora es inseparable de una determinada cultura musical del Noroeste estadounidense, pero en los últimos años ha añadido otra dimensión especialmente importante: la producción. Fue ella quien produjo Pohorylle (2021), el debut de Margo Cilker, un álbum cuya riqueza sonora ya demostraba hasta qué punto Cahoone entiende que producir una canción no consiste en cubrirla de adornos, sino en encontrar el espacio exacto en el que pueda existir. También estuvo detrás de Valley of Heart's Delight (2023), y esa experiencia parece haber reforzado todavía más una intuición que ahora se escucha con claridad en su propio disco. 

En I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS Cahoone comparte la producción con John Morgan Askew, colaborador habitual desde From Where I Started. El álbum se grabó en Bear Creek Studios, en Washington, con una banda formada en buena medida por músicos que han acompañado a Cahoone a lo largo de los años. Y hay un dato que termina de explicar esa sensación de control que transmite el disco: las once canciones están compuestas por ella. No estamos ante una intérprete que recibe canciones ajenas y después las convierte en algo propio. La escritura, la interpretación, las decisiones de producción y la elección de los músicos parten de una misma personalidad artística. 

Quizás por eso resulta difícil hablar de I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS como un disco que esté "probando sonidos". Hay country, Americana, folk, alt-country entendido como country independiente, algunos ecos de pop y blues, y diferentes colores instrumentales que podrían permitirnos etiquetar cada canción de una manera distinta. Pero esas etiquetas sirven mucho menos para describir el álbum que para describir sus ingredientes. Lo que permanece inalterable es Cahoone. Y ahí reside una de las grandes virtudes del disco. 

No percibimos saltos estilísticos ni una artista buscando una nueva identidad detrás de cada canción. Cahoone utiliza los códigos que tiene a su disposición porque forman parte de su propio lenguaje. La pedal steel, el banjo, las guitarras eléctricas, el órgano, el acordeón, las cuerdas o el piano aparecen cuando tienen que aparecer y nunca dan la impresión de estar ahí para demostrar que puede hacer otra cosa. Todo fluye con una naturalidad extraordinaria. No hay una canción Frankenstein construida a base de juntar country, folk, pop y Americana para satisfacer etiquetas. Hay canciones de SERA CAHOONE que utilizan todos esos recursos con absoluta normalidad. 

Y eso explica también por qué el álbum resulta tan cohesionado. Las once canciones apenas superan la media hora y, sin embargo, no tenemos la sensación de estar ante una colección de piezas independientes. Existe una atmósfera común, una manera reconocible de tocar, de cantar y de arreglar, y sobre todo una forma muy concreta de entender la canción. Cahoone sabe cuánto necesita cada tema y parece saber también cuándo dejar de añadir cosas. El disco suena grande, pero no porque quiera impresionar mediante una producción gigantesca. Suena grande porque detrás hay una artista con muchas tablas que sabe exactamente qué quiere hacer. 

La historia que acompaña al álbum es igualmente poderosa. Cahoone comenzó a escribir estas canciones después de su anterior disco y los años siguientes estuvieron atravesados por pérdidas importantes: murió su mejor amiga, murió su padre durante la pandemia y también perdió a su perro. La propia artista ha explicado el álbum como una especie de regreso a la vida después de ese periodo, como una búsqueda de conexión y comunidad. Es una narrativa muy bien construida para presentar un disco que llega después de ocho años de silencio y que, además, coincide con su regreso a Sub Pop. No hace falta desconfiar de ella para reconocer que está perfectamente diseñada: pérdida, aislamiento, reconstrucción, amigos, música y finalmente un reencuentro. 







Lo interesante es que las canciones permiten encontrar una narrativa propia, menos explícita y quizás más amplia. Hay relaciones que suben y bajan, momentos de inseguridad, decepciones, enamoramientos, necesidad de intimidad, recuerdos y aceptación del pasado. High & Low abre el álbum desde la inestabilidad de una relación; Say Something habla de no haberse sentido una misma y de querer volver a intentarlo; No One Like You encuentra refugio en la permanencia de una pareja; Not How I Hoped se instala en la decepción. Más adelante aparecen el enamoramiento de Horse Runnin', la resistencia vital de Pulling Up Roots, la aceptación de Supposed To Be y esa sensación de no terminar de encajar que aparece en Hits Right. Al final, Tangled Nights busca intimidad, I'm No Fool deja espacio para la inseguridad y Something Good termina encontrando precisamente aquello que parecía faltar: algo bueno, inesperado, capaz de dar sentido y plenitud. 

No necesitamos convertir cada una de esas canciones en una pieza de un puzle autobiográfico para apreciar el recorrido. Basta con escuchar cómo el álbum se mueve emocionalmente. Hay heridas, pero no estamos ante un disco instalado en ellas. Hay nostalgia, pero tampoco es un ejercicio de mirar continuamente hacia atrás. Incluso el título puede funcionar en varios niveles: podemos pensar en las personas que se han perdido, en los años transcurridos desde el último álbum, en las relaciones que se echan de menos o incluso en el reencuentro de Cahoone con una parte de su propia vida artística. 

Su condición queer también forma parte de esa biografía pública. Cahoone ha hablado abiertamente de su proceso de salir del armario y de sus relaciones con mujeres, y esa experiencia puede aportar contexto cuando determinadas canciones abordan el amor, la intimidad o la pertenencia. Pero no necesitamos convertirla en una clave universal para leer el álbum. Es simplemente otra parte de la historia de una artista cuya identidad, como su música, no parece necesitar explicaciones adicionales para existir. 

En este punto resulta inevitable pensar en k.d. lang, aunque la comparación tenga que hacerse con cierta distancia. lang pertenece a otra generación y cuando empezó a hacer country estaba reivindicando una tradición que en aquel momento ocupaba un lugar diferente dentro de la música estadounidense. Su posterior paso hacia Ingenue (1992) hizo especialmente visible la idea de transición: una artista capaz de abandonar un territorio para entrar en otro sin perder su personalidad. Cahoone parece plantear justamente la posibilidad contraria. No necesita abandonar el country, ni la Americana, ni el folk, ni ese territorio independiente que ha recorrido durante toda su carrera. No necesita una transición espectacular para demostrar que ha evolucionado. Puede quedarse en su universo y profundizarlo. 

Y quizás eso sea precisamente lo que más nos gusta de este regreso. I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS puede funcionar como un reseteo sin borrar nada de lo anterior. Para quienes conocemos su trayectoria, están ahí las conexiones con la Seattle de sus comienzos, su pasado como batería, sus años en Sub Pop y su posterior independencia. Para quien descubra a Cahoone ahora, todo eso puede ser completamente secundario. El disco se sostiene por sí mismo. Puede ser la puerta de entrada a una artista que lleva veinte años trabajando sin que el nuevo oyente tenga que recorrer esos veinte años antes de entender por qué merece la pena escucharla. 

También resulta significativo que el regreso a Sub Pop no coincida con una búsqueda de un sonido más grande o más comercial. Cahoone vuelve al sello desde la plena confianza en sus propias herramientas. Después de producir a otros artistas, de trabajar de manera independiente y de acumular dos décadas de experiencia, parece haber alcanzado ese punto extraño en el que ya no necesita preguntarse hacia dónde debe ir. Sabe dónde está. 

La recepción crítica, por ahora, es todavía muy reducida: Uncut es la única publicación que ha reseñado el álbum y le ha otorgado un 80 sobre 100. Es pronto para saber qué lugar acabará ocupando I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS en la conversación crítica del año, pero nuestra impresión es bastante más contundente. Estamos ante un disco importante dentro del country independiente y la Americana contemporánea, no por reinventar ninguno de esos géneros, sino por demostrar hasta dónde puede llegar una artista cuando lleva tantos años perfeccionando su propio lenguaje. 

I'VE MISSED YOU ALL THESE YEARS es un álbum magníficamente producido, con una cohesión sonora extraordinaria y once canciones que funcionan tanto individualmente como dentro de un conjunto perfectamente equilibrado. Sobre todo, es el disco de una artista que parece haber dejado definitivamente atrás cualquier necesidad de demostrar que merece estar ahí. SERA CAHOONE sabe lo que quiere hacer, sabe cómo hacerlo y ha reunido a las personas adecuadas para hacerlo realidad. Después de ocho años, no vuelve para recuperar el tiempo perdido. Vuelve con un disco que puede servir para empezar de nuevo y, al mismo tiempo, para demostrar todo lo que ha aprendido por el camino. 



MEJORES MOMENTOS: High & Low, No One Like You, Not How I Hoped, Horse Runnin', Pulling Up Roots, Supposed To BeSomething Good, Hits Right...  

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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