SARAH NIXEY es una veterana. Saltó a la fama como vocalista principal del grupo indie de electropop británico Black Box Recorder, formado a finales de los 90 con Luke Haines (The Auteurs) y John Moore (The Jesus and Mary Chain). Con el grupo publicó varios álbumes aclamados, como England Made Me (1998) y The Facts of Life (2000). La banda se disolvió en 2010. Pero ella ya había comenzado su carrera en solitario en 2007. SEA FEVER es su cuarto álbum de estudio.
Hay discos que nacen con narrativa. Otros la construyen a base de escucha. SEA FEVER pertenece claramente al segundo grupo. No cuenta con una maquinaria promocional expansiva ni con una etiqueta generacional que lo empuje automáticamente hacia el consenso en las listas anuales de mejores álbumes. No responde a una tendencia reconocible ni busca inscribirse en una escena concreta. Y, sin embargo, conforme avanza, se impone por algo mucho más difícil de fabricar: coherencia, madurez y una comprensión profundamente clásica de la canción.
Es indie, sí, pero no en su acepción más superficial. No encontramos aquí crudeza impostada ni minimalismo entendido como gesto estético. Lo que encontramos es arquitectura: melodías desarrolladas con paciencia, producción que respira, arreglos colocados con precisión casi camerística. Ese clasicismo -que no implica retroceso sino confianza en la forma- es precisamente lo que permite que el álbum crezca con cada escucha.
Podemos rastrear afinidades: cierta textura etérea que remite a Jessica Pratt, también una tradición art-pop británica que inevitablemente evoca a Kate Bush y una claridad emocional y técnica que recuerda a Paula Cole. Pero SARAH NIXEY no se diluye en esas referencias. Las asume desde la experiencia, desde una madurez que prescinde de ansiedad estilística y que no necesita subrayar su singularidad a través del exceso.
Sonoramente, SEA FEVER se sostiene sobre los cimientos de un álbum de singer-songwriter: voz en primer plano, melodías claras y arreglos cuidadosamente construidos. Pero Nixey no se limita a ese registro; deambula con soltura por territorios de art-pop y texturas atmosféricas, incorporando capas etéreas, efectos de ambiente y detalles sonoros que enriquecen la narrativa musical. El cierre con Spring Equinox, con cantos de pájaros y atmósferas casi mágicas, suena a Kate Bush interpretando la banda sonora de una película de Disney, un guiño juguetón y etéreo que sorprende sin romper la coherencia del álbum. Son estos momentos de experimentación y apertura los que impiden que Sea Fever se quede encasillado, convirtiéndolo en un disco que se despliega en múltiples planos y recompensa la escucha atenta.
A lo largo de SEA FEVER, se perciben narrativas que no se imponen, sino que se despliegan con sutileza, casi como confesiones compartidas a medias luz. Cada canción articula un espacio emocional propio: la memoria, la pérdida, la transformación y la relación con la naturaleza aparecen como hilos conductores, pero nunca de manera literal o didáctica. SARAH NIXEY construye relatos que viven en la ambigüedad de lo íntimo, donde lo personal se encuentra con lo universal, y donde la escucha atenta descubre matices que se escapan a la primera impresión. Esa capacidad de sugerir sin cerrar, de trazar caminos emocionales claros sin recurrir a la obviedad, convierte al álbum en un territorio narrativo rico, en el que cada escucha revela nuevas capas y sutilezas. No es casual que varios títulos remitan a estaciones, fenómenos naturales o imágenes casi táctiles -invierno, nieve, equinoccios-: SEA FEVER parece construido desde esa misma lógica estacional, ajena a la prisa.
Es posible que SEA FEVER no alcance la visibilidad crítica que otros trabajos de mérito comparable han obtenido gracias a una narrativa mediática más favorable. Eso no disminuye su valor; más bien señala los mecanismos que determinan qué discos se convierten en símbolo de un año y cuáles, en cambio, permanecen como descubrimientos persistentes. Medios como Mojo y God Is In The Tv lo han valorado con un 80 sobre 100 y esa es su media crítica de momento.
Desde aquí lo afirmamos sin rodeos: estamos ante un álbum que merece atención crítica real. No por oportunismo ni por afán de contradecir el consenso, sino porque en un contexto saturado de inmediatez, todavía existen obras que reivindican la escucha atenta como forma de permanencia. Nuestra valoración es un 90 sobre 100. Si algunos álbumes de Jessica Pratt han logrado convertir la contención en acontecimiento crítico, SEA FEVER demuestra que esa misma contención puede existir al margen del foco mediático sin perder un ápice de grandeza.
MEJORES MOMENTOS: On This Wide Night, Witness Tree, The Sound Of Falling Snow, Sea Fever, Winter Solstice, Lies Of The Land...
MEDIA CRÍTICA: 80/100
NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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