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viernes, 4 de septiembre de 2026

SARA BAREILLES: EL REGRESO DE UNA VOZ QUE PERMANECE.

 


No teníamos noticias de SARA BAREILLES desde Admist The Chaos (2019). Es cierto que desde que compusiera el musical Waitress plasmado en su álbum What's Inside: Songs From Waitress (2015), su vida artística dio un giro de 180º y su faceta de cantautora pop quizás ha estado menos presente en los últimos años. Pero ella no ha dejado de trabajar. La hemos visto como actriz en la serie Girls5Eva de Netflix y en los musicales Jesus Christ Superstar Live in Concert o Waitress: The Musical. Además de ser la co-creadora, productora ejecutiva y responsable de la música original de esa pequeña joyita que fue la miniserie Little Voice para Apple TV+.

Este 2026 regresa con GOOD GRIEF y a pesar de que Bareilles ha estado muy presente en Broadway, televisión y otros proyectos, pero no precisamente como figura central del ciclo pop contemporáneo. Siete años sin grabar es demasiado tiempo y se podría decir que GOOD GRIEF llega prácticamente como un regreso de culto.

Como anécdota recordar que SARA BAREILLES ha vinculado el lanzamiento y la gira a una iniciativa solidaria de salud mental, destinando a NAMI -la National Alliance on Mental Illness, una de las principales organizaciones estadounidenses dedicadas a la educación, el apoyo y la defensa de las personas afectadas por problemas de salud mental- el 100 % de los ingresos de las ventas del álbum realizadas a través de su tienda y de los paquetes VIP de la gira. El gesto adquiere una dimensión especialmente coherente dentro de GOOD GRIEF, un disco construido alrededor del duelo, la pérdida y el proceso, a menudo nada lineal, de aprender a convivir con el dolor. De esta manera, el mensaje del álbum trasciende las canciones y se convierte también en una forma concreta de apoyar a quienes atraviesan momentos de vulnerabilidad emocional. 

Tampoco creemos que este álbum esté diseñado para generar grandes titulares. El concepto es íntimo: además de tratar temas como la pérdida y el duelo. También habla de amistad, fertilidad, recuperación y aceptación. Es un álbum adulto y bastante reflexivo, no un comeback era construido alrededor de un gran single viral.

Pero musicalmente hay bastante más ambición de la que podría parecer. Aaron Dessner participa en la producción y composición, hay colaboraciones con Brandi Carlile e Ingrid Michaelson, y el disco mezcla el terreno habitual de Bareilles con elementos folk, country y arreglos más atmosféricos. 

Lo que nos llama poderosamente la atención es la poca repercusión crítica que ha tenido hasta el momento. Después de una semana de su lanzamiento, solamente AllMusic ha emitido una valoración de 80 sobre 100. Y nos extraña porque se trata de SARA BAREILLES, la autora de The Blessed Unrest (2013). Os recuerdo que no fue simplemente un disco de una cantante conocida: fue un álbum que le consiguió una nominación a Album of the Year en los Grammy de 2014. Bareilles ya había demostrado que podía competir en ese espacio cuando la industria le prestaba atención.





GOOD GRIEF, salió sin una campaña mediática gigantesca y aun así parece estar encontrando poco a poco a la gente que necesita escucharlo. Quizás el mayor problema no sea el álbum, sino que SARA BAREILLES puede que ya no ocupe el lugar cultural que ocupaba en 2014. 

Y existe cierta conexión con The Blessed Unrest (2013) con GOOD GRIEF. Es inevitable relacionarlos, no tanto porque ambos discos compartan exactamente el mismo sonido, sino porque recuperan una misma manera de entender la canción pop: partir de una emoción profundamente personal y convertirla en algo melódico, cercano y universal. En ambos álbumes, SARA BAREILLES encuentra un equilibrio muy particular entre vulnerabilidad y luminosidad, entre canciones que hablan de heridas reales y una música que nunca se recrea completamente en la oscuridad. GOOD GRIEF recupera así a la Bareilles más reconocible, la que sabe hacer del piano, la voz y una gran melodía herramientas suficientes para sostener emociones complejas.

Sin embargo, reducir esa conexión a The Blessed Unrest sería ignorar todo lo que ocurrió entre ambos discos. Amidst the Chaos funciona como un puente evidente: allí Bareilles llevó su escritura hacia un terreno más adulto, orgánico e introspectivo, al mismo tiempo que se alejaba parcialmente de los sintetizadores y los detalles electrónicos de sus trabajos anteriores para abrazar una sonoridad más acústica y natural. GOOD GRIEF recoge esa evolución y la lleva a un formato más desnudo y emocionalmente directo. Por eso quizá la mejor manera de entender GOOD GRIEF sea como un punto de encuentro entre las dos etapas: tiene el ADN emocional de The Blessed Unrest, pero también la madurez y la sensibilidad sonora que Bareilles desarrolló a partir de Amidst the Chaos. No es una vuelta atrás, sino el reencuentro con una parte esencial de SARA BAREILLES desde un lugar completamente distinto.

Una de las cualidades más importantes de SARA BAREILLES es que antes que una cantante pop, es una comunicadora extraordinariamente eficaz. Puede que vocalmente haya artistas más espectaculares, o que haya compositoras con una paleta musical más innovadora, pero Bareilles tiene algo bastante diferenciador: sabe convertir una emoción concreta en algo que el oyente reconoce como propio. No se limita a decir "estoy triste" o "estoy enamorada"; suele encontrar el detalle, la imagen o la frase que hace que tú sientas la situación. Algo que explica muy bien que haya podido trasladarse a terrenos como la interpretación y el teatro musical. Para escribir musicales necesitas entender qué siente un personaje, por qué lo siente y cómo hacer que el público lo sienta también.  

También creemos que Bareilles traspasa la grabación original. Hay intérpretes técnicamente impecables que pueden cantar una canción perfectamente y, sin embargo, la emoción se queda en la grabación. Con Bareilles ocurre lo contrario. Cuando encuentra la canción adecuada, parece que la distancia de separación entre intérprete y oyente deaparece. Canciones de su repertorio como Gravity, She Used to Be Mine, I Choose You, Brave o incluso Uncharted. Son canciones muy distintas entre sí, pero tienen ese mismo mecanismo: la canción parece estar diciéndote algo, no simplemente se está interprentando delante de ti.

Además, no necesita sobreactuar para transmitir. Tiene una cierta vulnerabilidad en la voz, pero también sabe contenerse. Una frase cantada casi conversacionalmente puede resultar más devastadora que una gran nota. Por eso quizás GOOD GRIEF sea un regreso particularmente interesante. Después de tantos años, su principal arma no solamente sigue intacta, la ha perfeccionado. Sabe escribir sobre lo que siente y sabe hacer que tú sientas lo que está escribiendo. De hecho, es probablemente una de las diferencias más importantes entre una buena cantante y compositora y una artista que realmente deja huella.

Still Crying es buena prueba de ello. Una de las grandes canciones de GOOD GRIEF y, quizás, una de las que mejor resume su sensibilidad. Bareilles convierte el duelo en una pieza de elegancia casi atemporal, contenida pero profundamente emotiva, donde la melodía y las armonías tienen tanto peso como la propia interpretación. Hay algo clásico en su sonido, una calidez que incluso puede recordar a cierta tradición de la canción americana, pero también una fragilidad muy contemporánea en la manera en que aborda la pérdida. Es una canción triste sin ser devastadora, y precisamente ahí reside buena parte de su belleza: no intenta superar el dolor, sino aprender a convivir con él.

Al final, quizás lo más interesante de GOOD GRIEF sea precisamente que no necesita comportarse como un gran regreso. No hay voluntad de demostrar que SARA BAREILLES sigue siendo la misma artista que en 2013, ni de competir con un panorama pop que ha cambiado considerablemente desde entonces. Lo que encontramos es a una compositora que ha vivido, trabajado y evolucionado en otros territorios y que ahora vuelve a su propio lenguaje con una perspectiva diferente. Puede que GOOD GRIEF no vaya a convertirse en el acontecimiento pop del año, ni probablemente lo necesite. Su valor reside en otro lugar: en demostrar que algunas voces no pierden relevancia porque desaparezcan durante un tiempo, sino que simplemente esperan a tener algo que decir. 

Y SARA BAREILLES tiene todavía mucho que decir. GOOD GRIEF es un álbum sereno, humano y sorprendentemente sólido que quizás llegue a nosotros en un momento en el que la industria ya no parece saber muy bien qué hacer con artistas como ella. Pero precisamente por eso resulta tan reivindicable. En una época obsesionada con el impacto inmediato, Bareilles apuesta por algo mucho más difícil de medir: canciones que permanecen. Puede que todavía no sepamos si GOOD GRIEF acabará siendo un nuevo clásico dentro de su discografía, pero sí sabemos que, siete años después, SARA BAREILLES ha vuelto a recordarnos por qué llegó a convertirse en una de las grandes compositoras de su generación. 



MEJORES MOMENTOS: Still Crying, Home, Just A Kid, Heartland, Nervous Breakdown, Salt Then Sour Then Sweet... 

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

jueves, 3 de septiembre de 2026

AYRA STARR: UNA ENTRE UN MILLÓN.

 


AYRA STARR pertenece a una generación de artistas africanas que ya no necesitan que su música sea presentada como una rareza llegada desde otro lugar. El público internacional lleva unos años acostumbrándose a encontrar en el pop nombres procedentes de Nigeria, Sudáfrica, Mali y otros puntos del continente, aunque cada una de ellas haya construido su propio camino. En ese mapa caben propuestas tan diferentes como las de Fatoumata Diawara, Tyla o la propia AYRA STARR. No tiene demasiado sentido colocarlas en una misma carrera porque sus intereses son distintos, pero sí sirve para entender el espacio cada vez mayor que ocupa la música africana en el mercado internacional. Ayra, además, ya ha demostrado que puede moverse por ese mercado sin necesidad de reducir su música a una única etiqueta. 

STARRGIRL llega dos años después de The Year I Turned 21 (2024), un álbum que ya nos había parecido especialmente fresco por sus narrativas, por la naturalidad con la que AYRA STARR se desenvolvía entre distintos sonidos y, sobre todo, por una forma de interpretar las canciones que hacía que todo pareciera mucho más sencillo de lo que probablemente era. Con este tercer álbum no encontramos un cambio radical de dirección. Tampoco creemos que lo necesitara. Lo que encontramos es una continuación bastante natural de aquella personalidad, pero con una artista que parece saber todavía mejor qué puede hacer con ella. 

Porque una de las cosas que más nos sorprenden de AYRA STARR es que cuesta muy poco reconocerla. Apenas hacen falta unas notas para saber quién está cantando. Y esto no es algo que pueda darse por hecho, especialmente cuando estamos ante una artista que trabaja con tantos sonidos, tantos productores, tantos compositores y tantas colaboraciones. Hay músicos que pasan años buscando una voz propia y no siempre terminan encontrándola. En AYRA STARR la sensación es muy diferente. Parece que esa identidad hubiera estado ahí desde el principio, con una naturalidad casi instintiva. Como respirar. 

Lo interesante es comprobar hasta dónde puede llevar esa cualidad cuando se la rodea de una producción cada vez más ambiciosa. STARRGIRL no es precisamente un disco pequeño. Es un álbum de dieciséis canciones que se mueve por el Contemporary R&B, los Afrobeats, el Dance-Pop, el Dancehall y el Afropiano, además de incorporar elementos de otros territorios que aparecen con mayor o menor intensidad a lo largo del recorrido. Sobre el papel puede parecer una colección demasiado amplia de influencias. En la práctica, casi todo termina pasando por el mismo filtro: AYRA STARR

También resulta curioso que el Amapiano, que aparecía explícitamente entre las etiquetas de The Year I Turned 21, desaparezca ahora de la clasificación genérica de STARRGIRL. No creemos que esto signifique que haya desaparecido de su música. Sigue habiendo ritmos, texturas y recursos que remiten a ese universo, especialmente cuando atendemos a la manera en que se construye el pulso de algunas canciones. Lo que sí parece haber cambiado es su peso dentro de la identidad general del álbum. El amapiano ya no parece necesitar ocupar un lugar destacado para que Ayra pueda construir una canción alrededor de él. 

Y quizás ahí encontremos una de las diferencias más interesantes de este disco. El género no parece ser nunca una declaración de intenciones. Ayra puede acercarse al R&B, al Afrobeats, al dancehall o al pop y no da la impresión de estar probándose un traje distinto cada vez. Todo queda absorbido por una personalidad que se mantiene reconocible. Las influencias entran, se mezclan y terminan convertidas en algo que cuesta atribuir por completo a ningún género concreto. No es tanto una cuestión de acumular referencias como de conseguir que todas ellas convivan sin disputarse el protagonismo. 

Las narrativas también siguen teniendo un peso importante. Ayra no necesita convertir cada canción en una gran confesión ni construir una mitología alrededor de sí misma. Le interesan el deseo, las relaciones, la vulnerabilidad, la seguridad en una misma y todas esas pequeñas situaciones que permiten que una canción pop tenga algo de experiencia personal. Pero aquí vuelve a aparecer esa naturalidad suya. Las letras pueden ser sencillas y directas sin que eso las haga impersonales, porque su forma de cantar consigue darles una personalidad que no siempre está únicamente en las palabras. 

En STARRGIRL encontramos momentos más sensuales, otros claramente orientados al baile y también canciones en las que Ayra deja que su voz ocupe más espacio. Amazing, con kwn, se mueve por un R&B suave y envolvente; Gimme Dat, junto a Wizkid, lleva su afropop hacia un terreno más expansivo; Pressure, con Leon Thomas, introduce una luminosidad pop que encaja con sorprendente facilidad; mientras que Ms. Paper, junto a Theodora, aporta una energía francófona y bailable que amplía todavía más el radio del álbum. Who's Dat Girl, con Rema, vuelve a llevarnos a un terreno puramente africano sin que el disco pierda continuidad. 



Y todavía queda espacio para canciones que se permiten cambiar de registro. Letter To God encuentra una Ayra más íntima y Heaven Baby, con ZAYN, juega con un R&B pop mucho más abierto al público internacional. Incluso cuando se acerca a terrenos que podrían parecer menos propios, seguimos teniendo la sensación de que hay algo que la mantiene en el centro. No todo funciona con la misma intensidad, ni es perfecto. Pero esas pequeñas imperfecciones también sirven para comprobar lo difícil que es hacer que una artista tan reconocible se pierda dentro de un disco tan amplio. 

Porque detrás de esta aparente facilidad hay muchísimo trabajo. La producción corre a cargo de nombres como Johnny Drille, The Elements, Joe Reeves, Skillies y Shizzi, acompañados por una larga nómina de productores adicionales. En la composición encontramos a AYRA STARR trabajando junto a otros 38 coautores. A eso hay que sumar las colaboraciones de kwn, Wizkid, Leon Thomas, Theodora, Rema, ZAYN y Danny Ocean. No estamos ante un álbum construido en una habitación con cuatro instrumentos y una cantante siguiendo una única idea. STARRGIRL es ambicioso, está lleno de manos y tiene detrás una cantidad considerable de trabajo. 

Y, sin embargo, cuesta escucharlo pensando en todo lo que ha tenido que ocurrir para que llegue hasta nosotros. Esa es probablemente una de las mayores virtudes de AYRA STARR. No consigue frescura porque su música esté poco elaborada, sino porque toda esa elaboración permanece al servicio de una personalidad que parece fluir por encima de ella. Hay muchas personas trabajando en estas canciones, pero rara vez tenemos la sensación de estar escuchando un collage de decisiones. Seguimos escuchando a Ayra. 

Incluso la conexión con Latinoamérica aparece integrada dentro de esa lógica. En The Year I Turned 21 estaba mucho más presente, con colaboraciones de Anitta y Rauw Alejandro y un uso más evidente del español. En STARRGIRL esa presencia es más discreta, pero no ha desaparecido. Hot Body (Remix), que cierra el álbum junto a Danny Ocean, recupera el español y funciona como una última apertura hacia otro espacio musical. No parece necesario convertirlo en una declaración sobre el mercado latino ni en una estrategia que tengamos que descifrar. El español entra en el disco del mismo modo que entran otras influencias: como una pieza más que Ayra puede incorporar sin dejar de ser ella. 

También por eso nos parece interesante el lugar que STARRGIRL puede ocupar fuera de Nigeria. AYRA STARR comparte espacio internacional con artistas que están llevando diferentes formas de música africana hacia el público global, pero su fortaleza no parece depender de apropiarse de un sonido concreto. Su música puede entrar en distintos mercados porque no necesita abandonar su identidad para hacerlo. Esa capacidad de moverse entre culturas sin que ninguna termine absorbiéndola puede convertirse en una de sus mayores ventajas a largo plazo. 

La recepción crítica inicial parece confirmar que estamos ante una continuación especialmente sólida. STARRGIRL tiene actualmente una media de 85 sobre 100, aunque debemos tener en cuenta que la cifra parte únicamente de dos reseñas. NME le ha concedido un 90/100 y Clash un 80/100, una recepción ligeramente superior a la de The Year I Turned 21, que se quedó en 83/100 a pesar de recibir un 100/100 también de NME

Nosotros le damos un 85 sobre 100. STARRGIRL no nos parece especialmente valioso porque AYRA STARR haya dado un giro respecto a lo que hacía antes, sino porque vuelve a demostrar algo bastante más difícil: que puede hacer muchas cosas diferentes sin dejar de sonar como ella misma. Su música está llena de influencias, de géneros, de culturas, de productores y de colaboradores, pero nada parece forzado. Todo encuentra su sitio alrededor de una artista que resulta reconocible prácticamente desde la primera nota. Después de dos discos anteriores ya teníamos suficientes motivos para pensar que aquello no era casualidad. STARRGIRL nos convence de que estamos ante una de esas artistas que pueden crecer, cambiar y ampliar su música todo lo que quieran sin tener que sacrificar aquello que las hace únicas. Hay algo en AYRA STARR que, por ahora, parece sencillamente irrepetible.



MEJORES MOMENTOS: Amazing, Ms Paper, Missunderstood, Who's Dat Girl, Hot Body, Pressure, Gimme Dat, Heaven Baby, Tornado, Where Do We Go...

MEDIA CRÍTICA: 85/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 2 de septiembre de 2026

KELZ: ENTRE DOS MUNDOS.

 


Hay discos que llegan hasta nosotros cuando ya todo el mundo está hablando de ellos. A SWEET PASSERBY, segundo trabajo de KELZ, todavía no pertenece a esa categoría. Y quizás ahí esté precisamente una parte de su encanto. Estamos ante una artista que empieza a asomar la cabeza fuera de un circuito todavía pequeño y ante un álbum que nos invita a detenernos un momento antes de seguir buscando el siguiente lanzamiento. 

Detrás de KELZ está Kelly Truong, una artista, compositora, productora y multiinstrumentista vietnamita-americana nacida en Orange County y asentada en Los Ángeles. Su proyecto nació ligado a esa tradición bedroom pop en la que hacer música significa también construir el espacio en el que esa música va a existir: canciones grabadas y producidas con una fuerte implicación personal, guitarras, sintetizadores, ritmos electrónicos y una voz frágil que parece acercarse a nosotros en lugar de obligarnos a captar su atención. Truong ha explicado también cómo su identidad vietnamita-americana forma parte de su manera de entenderse a sí misma, en ese territorio intermedio entre distintas formas de concebir la familia, la individualidad y la propia identidad. 

Todo eso adquiere un peso especial en A SWEET PASSERBY. El álbum fue tomando forma durante unos cuatro años atravesados por pérdidas familiares, duelo, relaciones que se desvanecen, depresión y una búsqueda personal de aceptación y tranquilidad. No estamos, por tanto, ante un disco que esconda sus heridas, aunque lo verdaderamente interesante es que tampoco las presenta de una manera evidente. A SWEET PASSERBY prefiere envolverlas en luz. 

Ahí es donde la música empieza a contarnos algo diferente. KELZ parte del bedroom pop, pero no se queda encerrada en él. La electrónica abre las paredes de esas canciones, los sintetizadores dejan espacio alrededor de la voz y las guitarras aparecen como pequeñas fuentes de luz dentro de un paisaje que termina acercándose al ambient. No porque estemos ante un disco ambient en el sentido más estricto, sino porque la sensación que nos queda después de escucharlo es la de haber permanecido dentro de una atmósfera durante casi cuarenta minutos. Y esa atmósfera es tremendamente californiana. 

Podemos hablar de sus raíces vietnamitas y de cómo forman parte de su identidad, pero cuando escuchamos A SWEET PASSERBY pensamos en otra cosa: en Orange County, en Los Ángeles, en una carretera junto al Pacífico, en la ventana de un coche abierta y en la brisa del mar entrando mientras el sol empieza a bajar. Hay algo luminoso, cálido y abierto en estas canciones que contrasta con lo que cuentan. La tristeza nunca termina de oscurecer el paisaje. Al contrario, parece atravesarlo. 

Esa contradicción es probablemente uno de los grandes atractivos del álbum. Podemos encontrarnos con canciones que hablan desde la pérdida, la soledad o la inseguridad mientras la música nos invita a movernos. Sweet Escape es un buen ejemplo de esa convivencia entre el duelo y la ligereza, pero la sensación recorre buena parte del disco. Las melodías parecen sonreír mientras debajo de ellas hay algo que todavía está intentando recomponerse. La propia KELZ ha definido esta luminosidad como una forma de hacer más llevaderos esos sentimientos, y ahí encontramos una de las claves de su música. No necesitamos que la música sea tan triste como aquello que estamos sintiendo para reconocer nuestra tristeza en ella. 





También por eso creemos que la secuenciación tiene tanta importancia. Las canciones funcionan individualmente. Algunas podrían salir perfectamente del álbum y encontrar su espacio como singles, pero A SWEET PASSERBY gana cuando lo escuchamos completo. Las piezas parecen colocadas para llevarnos de un estado a otro, para que las texturas, los ritmos y las voces vayan construyendo un recorrido. No es simplemente una colección de canciones de KELZ; es un lugar al que entramos y del que salimos después de haber pasado un tiempo en su interior. 

Y eso tiene algo casi contracultural en 2026. Porque casi nadie escucha discos enteros. 

Vivimos en una época en la que una canción puede ser arrancada de su contexto en cuestión de segundos y convertirse en un fragmento independiente para una playlist, un vídeo o un algoritmo. KELZ, sin embargo, ha construido un paisaje que merece ser recorrido. Podemos detenernos en una canción concreta, volver a Just Us 2, a Breathe, a Falling Behind o a I'm Sorry, y encontrar en ellas motivos suficientes para regresar. Pero el verdadero sentido aparece cuando dejamos que el álbum avance sin intervenir. 

Quizás esa sea también la razón por la que A SWEET PASSERBY puede resultar más interesante de lo que su aparente sencillez deja entrever. No necesita grandes gestos para crecer. Se mueve mediante pequeñas variaciones, texturas, voces susurradas, guitarras y ritmos que se van encadenando hasta conseguir que dejemos de pensar en canciones aisladas y empecemos a pensar en un paisaje. 

Y algo está empezando a cambiar alrededor de KELZ. Su primer álbum, 5 AM and I Can't Sleep, publicado en 2022, pasó prácticamente desapercibido para la crítica especializada. En cambio, A SWEET PASSERBY ya está consiguiendo una atención que entonces no llegó. Las dos valoraciones que están registradas actualmente, la de Spill Magazine (80/100) y la de AllMusic (70/100), sitúan la media en un 75 sobre 100. Son todavía muy pocas reseñas como para hablar de consenso crítico, pero sí suficientes para detectar que algo está pasando con KELZ.

EXQUSITECES nació, en buena medida, con la intención de prestar atención a esos artistas que todavía necesitan ser descubiertos, cuando todavía no tenemos la certeza de hasta dónde pueden llegar. Hemos tenido la suerte de escribir sobre músicos que posteriormente han conseguido una repercusión enorme, pero nunca hemos pensado que descubrir a un artista consista en adivinar el futuro. Se trata más bien de reconocer que algo está ocurriendo delante de nosotros y de darle el espacio que merece. 

No sabemos qué futuro le espera a KELZ. No sabemos si A SWEET PASSERBY será el disco que preceda a una carrera mucho mayor o si permanecerá como una pequeña joya para quienes llegamos hasta él en este momento. Pero sí sabemos que tiene ese algo que nos hace querer compartir un descubrimiento.

Porque hay una paradoja en este álbum que esconde cierta belleza. Está lleno de canciones que pueden funcionar por sí mismas y, al mismo tiempo, nos pide que no las separemos. Es luminoso y habla desde lugares bastante oscuros. Es íntimo y, sin embargo, consigue abrirse hasta convertirse en un paisaje enorme. Parte de una habitación y termina dejando entrar el océano. Quizás no necesitamos escuchar discos enteros como antes. Quizás tampoco necesitamos que los artistas nos ofrezcan una respuesta definitiva sobre quiénes son. Pero cuando aparece un álbum como A SWEET PASSERBY, nosotros sí queremos quedarnos hasta el final. Queremos pasear por él, dejar que sus canciones nos acompañen y descubrir el poso que deja cuando termina. Nuestra valoración es un 85 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Just Us 2, Sweet Scape, Breathe, I'm Sorry, Sunday Miracle...

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

lunes, 31 de agosto de 2026

REENCUENTROS CON LAURA VEIRS.

 


Llevamos siguiendo a LAURA VEIRS desde su primer disco, publicado en 1999, y quizás por eso TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación difícil de explicar sin recurrir a algo tan sencillo como la emoción. Al terminar la primera escucha tuvimos la impresión de habernos reencontrado con una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veíamos. No porque LAURA VEIRS haya dejado de estar presente durante estos años, ni porque TEMPLE SONGS sea una vuelta atrás, sino porque hay algo en estas canciones que nos resulta inmediatamente familiar. Como si después de todo este tiempo hubiéramos vuelto a reconocer una voz que siempre estuvo ahí. 

Veirs ha construido una discografía extensa en la que resulta inevitable distinguir diferentes etapas. Una de ellas está estrechamente ligada a Tucker Martine, aunque su presencia en la carrera de la compositora llegó unos años después de aquel debut. Martine ha sido un productor extraordinario y su importancia en algunos de los mejores trabajos de Veirs es indiscutible. Carbon Glacier (2004), Years of Meteors (2005), Saltbreakers (2007) y, especialmente, July Flame (2010) forman parte de ese periodo que seguimos considerando fundamental dentro de su trayectoria. My Echo (2020), además, nos parece un magnífico cierre para aquella etapa. 

Pero no creemos que la historia de LAURA VEIRS pueda reducirse a una cuestión de estar mejor con Martine o sin él. Su capacidad como compositora es incuestionable. Basta con volver a CASE/LANG/VEIRS (2016) para comprobarlo. En un álbum en el que compartía espacio con dos compositoras de enorme personalidad como Neko Case y k.d. lang, las canciones de Veirs no solo estaban a la altura, sino que para nosotros destacaban especialmente. Esa es una cuestión que conviene recordar ahora, porque TEMPLE SONGS no demuestra que Veirs pueda escribir buenas canciones sin Tucker Martine. Eso ya lo sabíamos. Lo que sí demuestra es hasta dónde puede llegar cuando decide asumir por completo el proceso.

TEMPLE SONGS es el primer álbum que LAURA VEIRS ha escrito, grabado, arreglado, producido e interpretado en solitario. En el proceso solo ha contado con Philip Weindrobe como ingeniero de mezcla, con Tyler Hicks y Zach Bloomstein como ingenieros asistentes de mezcla y con Josh Bonati en la masterización. Después de cerrar su etapa con Martine en My Echo, Veirs comenzó a recorrer su propio camino. En Found Light (2022) contó con Shahzad Ismaily como coproductor y en Phone Orphans (2023) asumió ya la producción en solitario. Ahora, con TEMPLE SONGS, lleva esa independencia hasta sus últimas consecuencias. 

La transición resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta la naturaleza de Phone Orphans. Nos gustó aquel disco desde el principio, pero también tenemos que reconocer que no hemos vuelto a él como sí hemos vuelto a la mayoría de los álbumes de Veirs. Era un trabajo especial, casi una rareza dentro de su discografía, construido a partir de demos, notas de voz grabadas con el móvil y otros materiales que después fueron transformándose en canciones. Tiene el atractivo de permitirnos acercarnos al proceso creativo de una artista que conocemos bien, pero también tiene algo de documento, de colección de piezas encontradas. 

En TEMPLE SONGS volvemos a encontrarnos con un álbum en el sentido más pleno de la palabra. Musicalmente se mueve dentro del indie folk y del territorio de la cantautora, pero no se queda instalado cómodamente en él. Veirs sigue teniendo esa capacidad para construir canciones aparentemente sencillas que esconden una considerable riqueza en sus arreglos, y buena parte del atractivo del álbum está precisamente en cómo consigue mantener una identidad reconocible mientras se permite introducir elementos menos previsibles. 

Pulse es probablemente el ejemplo más evidente. La canción termina abriéndose hasta desembocar en una explosión de jazz que nos saca del lugar en el que parecía que iba a quedarse. Es uno de esos momentos en los que entendemos que esta independencia creativa no consiste solamente en haber podido grabar todos los instrumentos o encargarse de la producción. También consiste en poder tomar decisiones arriesgadas, seguir una intuición y comprobar hasta dónde puede llevarnos una canción. 

Y esa libertad aparece de diferentes maneras a lo largo del disco. No estamos ante un ejercicio de experimentación por el mero hecho de experimentar. Veirs no necesita disfrazar sus canciones para demostrar que está haciendo algo nuevo. La base sigue siendo la misma: melodías, guitarras, una voz que nunca necesita imponerse y una escritura capaz de combinar lo cotidiano con lo simbólico. Pero los arreglos adquieren una personalidad propia y permiten que algunas canciones se alejen de lo previsible sin perder nunca de vista su esencia. 




Las narrativas de TEMPLE SONGS también contribuyen a esa sensación de intimidad. Hay en el disco una mirada hacia dentro, hacia las relaciones, el paso del tiempo, la memoria y esa necesidad de encontrar algún tipo de refugio en medio de todo lo que cambia. No necesitamos convertir cada canción en una confesión para percibir que estamos ante un trabajo muy personal. La intimidad de Veirs nunca ha dependido de levantar la voz. 

Y aquí volvemos inevitablemente a July Flame. Es el disco de su carrera con el que TEMPLE SONGS nos parece más emparentado. No porque suene exactamente igual, sino porque comparte esa extraordinaria capacidad para hacer que las canciones parezcan cercanas desde la primera escucha y, al mismo tiempo, permitan descubrir nuevos detalles con cada regreso. Flying Into Darkness es uno de los mejores ejemplos de esa conexión. Hay algo en su melodía, en la manera de construir el arreglo y en la forma en que Veirs deja que la canción avance que nos lleva directamente a aquella época. 

Pero TEMPLE SONGS no es una repetición de July Flame. Si aquel álbum representaba una de las cimas de lo que Veirs podía conseguir trabajando junto a Martine, este nos muestra qué ocurre cuando ella misma controla cada una de las piezas. La comparación resulta inevitable precisamente porque las diferencias también son reveladoras. 

Durante años, algunos críticos calificaron a LAURA VEIRS de fría. Nunca hemos entendido demasiado bien esa descripción. Podemos entender que su manera de cantar sea contenida, que nunca haya necesitado grandes exhibiciones emocionales y que sus arreglos puedan ser delicados, detallistas o incluso algo distantes en apariencia. Pero confundir contención con frialdad nos parece un error. 

Su emoción está muchas veces dentro de las canciones y no necesariamente en la manera de interpretarlas. No necesita subrayar una frase para que entendamos lo que hay detrás de ella. Tampoco necesita convertir una canción íntima en una demostración de vulnerabilidad. Quizás esa manera de cantar haya hecho que algunos la percibieran como distante, pero nosotros siempre hemos encontrado precisamente lo contrario: una cercanía que no necesita ser explícita. 

TEMPLE SONGS vuelve a ponerlo de manifiesto. Hay algo especialmente cálido en este disco. No necesariamente porque sea más sentimental que otros trabajos de Veirs, sino porque su voz, sus canciones y sus arreglos consiguen transmitir una familiaridad que reconocemos inmediatamente. Es una música que no nos exige nada y, sin embargo, consigue que queramos volver a ella. 

La crítica le ha otorgado una media de 77 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: MusicOHM, PopMatters, AllMusic, Mojo y The Arts Desk 80/100; Spectrum Culture 75/100; Pitchfork 74/100 y Far Out Magazine y Uncut 70/100. La lectura que hacemos de estas cifras es muy positiva. La crítica, en general, considera que Veirs mantiene el nivel, y no es poca cosa cuando hablamos de una artista que lleva publicando discos desde hace más de veinticinco años. 

Es cierto que TEMPLE SONGS todavía queda lejos de la valoración que obtuvo su álbum mejor puntuado por la crítica, Carbon Glacier, con un 86/100. Y también resulta significativo que aquel disco estuviera producido por Tucker Martine. Pero el segundo álbum mejor valorado es CASE/LANG/VEIRS, con un 81/100, y aquí merece la pena insistir en algo que ya hemos señalado: las canciones de Veirs estaban entre lo mejor de aquel trabajo. 

Quizás las cifras no cuenten toda la historia. Un 77 sobre 100 puede indicar que estamos ante un disco muy sólido, pero no necesariamente explica lo que ocurre cuando lo escuchamos después de conocer durante tantos años la obra de Veirs. Para nosotros, TEMPLE SONGS tiene algo que no siempre aparece en una primera valoración crítica: ganas de volver a él. Y esa capacidad de permanencia es, en nuestra opinión, una de las mejores maneras de medir un disco de una compositora con una trayectoria tan larga.

Porque al final TEMPLE SONGS nos ha producido una sensación muy concreta: la de reencontrarnos con una amiga que hacía tiempo que no veíamos. Reconocemos su voz, sus maneras, su forma de escribir y esa sensibilidad que siempre hemos encontrado en sus canciones. Pero hay algo más. Tenemos la impresión de que no solo nosotros estamos reencontrándonos con Laura Veirs. También parece que Laura Veirs está reencontrándose consigo misma. 

Quizás por eso este disco nos gusta tanto. No necesitamos decidir si Veirs está mejor sola o con Tucker Martine. Martine fue una parte importante de su historia y produjo algunos de sus mejores discos, pero TEMPLE SONGS demuestra algo mucho más interesante: que LAURA VEIRS tenía dentro todo lo necesario para seguir adelante por sí misma. Algunos lo teníamos bastante claro desde hace tiempo. Otros han tenido que esperar a que ella lo demostrara. Nuestra valoración para TEMPLE SONGS es de 90 sobre 100




MEJORES MOMENTOSFlying Into Darkness, Pulse, Arc Still Bends, Golden Seams, River's Song, Sunlight And Doom... 

MEDIA CRÍTICA: 77/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

viernes, 28 de agosto de 2026

IAN SWEET: ACCESIBLE NO SIGNIFICA SENCILLO.

 


Jilian Medford lleva una década haciendo música bajo el nombre de IAN SWEET. El proyecto comenzó en 2014, cuando estudiaba en Berklee College of Music, y desde Shapeshifter (2016) ha ido construyendo una discografía asentada en el indie rock y el indie pop, con una relación especialmente estrecha con las guitarras y con una escritura de fuerte componente emocional. Después de Show Me How You Disappear (2021) y Sucker (2023), SHIVERSTRUCK supone el quinto álbum de IAN SWEET y aparece en un momento de cambios personales para Medford, marcado por el final de una relación, el regreso de Nueva York a Los Ángeles y una etapa en la que también trabajó como profesora de música para niños.  

Nuestra primera impresión después de escucharlo es que estamos ante un disco extraordinariamente fluido. SHIVERSTRUCK está etiquetado como indie pop e indie rock, pero esas categorías se quedan algo cortas para explicar por qué funciona. Las guitarras son fundamentales y nunca desaparece la sensación de estar escuchando una banda de rock, aunque las canciones tengan una vocación melódica muy clara. La batería y el bajo adquieren protagonismo en temas como Hired Gun, mientras que en otros momentos basta una guitarra y una voz frágil para construir la canción. También aparecen órganos, sintetizadores, Rhodes y otros elementos, pero funcionan como colores dentro de los arreglos y nunca convierten el álbum en un disco electrónico. Lo que permanece en el centro son las canciones. 

 987 abre el álbum y establece desde el principio un tono íntimo, con una interpretación vocal frágil y en comunión con una guitarra. Jilian se mueve entre esa intimidad y un formato más abiertamente melódico. Después llegan canciones como Criminal Kissing, Silver Screen y Deadweight, donde las guitarras y los estribillos hacen que el disco resulte inmediatamente reconocible y fácil de seguir. La La Love incluso podría funcionar como uno de los singles destinados a mostrar la faceta más accesible del álbum. Wild Heart y Speed Demon vuelven a introducir otros matices y consiguen que el recorrido no se convierta en una sucesión de canciones intercambiables. 

La palabra accesible aparece inevitablemente cuando hablamos de SHIVERSTRUCK, pero no deberíamos confundirla con sencillo ni, mucho menos, con menor. Las canciones parecen fáciles porque todo está colocado con naturalidad. No percibimos artificio en la producción ni una voluntad de demostrar cuánto trabajo hay detrás de cada arreglo. Las guitarras entran cuando tienen que entrar, la batería sostiene las canciones sin convertirse en protagonista y los pequeños detalles instrumentales aparecen sin reclamar nuestra atención. La dificultad está precisamente en conseguir que todo parezca tan natural. 

Las letras terminan de darle profundidad a esa aparente sencillez. En Criminal Kissing encontramos una relación que vuelve a repetirse pese a que ambos saben que probablemente sea una mala idea. La canción juega con el deseo, la imprudencia y la posibilidad de que el encuentro termine convirtiéndose en algo más. Speed Demon lleva esa idea hacia otro lugar: conducir a toda velocidad por una carretera que termina en un callejón sin salida se convierte en una imagen bastante precisa de una relación que avanza sin llegar realmente a ninguna parte. En Wild Heart aparece otro de los temas centrales del álbum: el cansancio de vivir dentro de una identidad marcada por la tristeza y la decisión de abandonar ese papel. La frase sobre haber dejado atrás el título de “la chica más triste de la habitación” resume muy bien esa transformación y a lo mejor también es una metafora de lo que ella considera que han sido sus anteriores trabajos hasta ahora.



Por eso las canciones no nos parecen tan luminosas como su facilidad para ser cantadas podría hacernos pensar. Hay ruptura, deseo, frustración, espera, rencor y cierta sensación de estar atrapados, pero Medford no convierte ninguno de esos sentimientos en una solemnidad permanente. Incluso en los momentos más dolorosos existe sentido del humor y una cierta capacidad para reírse de las propias decisiones. En Criminal Kissing sabemos que estamos ante una mala idea y, al mismo tiempo, entendemos perfectamente por qué resulta tentadora. En Speed Demon aparece el cabreo y la desesperación, pero también la energía de seguir conduciendo. En Wild Heart la tristeza acaba convirtiéndose en una identidad de la que se puede renunciar. 

En la producción encontramos a Ben H. Allen III, responsable de producir y mezclar el álbum, mientras que en la composición participan Jilian Medford, Blonder, Richard Orofino, Steph Marziano y Alex Craig. La grabación se realizó entre Maze Studios, en Atlanta, y Rock Lobster Recording, en Maine, con Allen III participando además en bajo, batería, guitarras, piano, sintetizadores, Rhodes, percusión y programación. Macie Stewart se encargó del arreglo y la grabación de las cuerdas de Speed Demon.  

La crítica le ha otorgado una media de 70 sobre 100 basada en 6 reseñas distribuida de la siguiente manera: AllMusic y Far Out Magazine 80/100; Northern Transmissions 78/100; Pitchfork 62/100; Under The Radar 60/100 y Paste 58/100. 

La dispersión de las notas resulta llamativa porque las tres valoraciones más bajas parecen tener bastante que ver con una expectativa concreta sobre lo que debería hacer IAN SWEET. Pitchfork, por ejemplo, considera que las melodías son demasiado formulaicas y que el carácter contenido del disco no termina de transmitir la intensidad de las emociones que aparecen en las letras. Nosotros hemos tenido una experiencia diferente. Precisamente esa distancia entre la intensidad de las emociones y la naturalidad con que están convertidas en canciones nos parece uno de los mayores aciertos del álbum. No necesitamos que una canción grite para percibir frustración, ni que una producción se vuelva grandilocuente para que una melodía tenga fuerza. Criminal Kissing, Jilian, La La Love o Wild Heart funcionan porque consiguen algo que consideramos bastante más complicado: quedarse en la cabeza sin parecer construidas para quedarse en la cabeza. 

También nos parece significativo que una parte de la recepción más fría pueda estar relacionada con la comparación con el propio pasado de Medford. Sucker había llevado más lejos los ganchos y la energía pop, mientras que Show Me How You Disappear había presentado una versión más ambiciosa y expansiva de IAN SWEETSHIVERSTRUCK no necesita repetir ninguna de esas dos fórmulas. Su fuerza está en otro sitio.

Nosotros nos quedamos con un 85 sobre 100SHIVERSTRUCK nos parece uno de esos discos que hacen que lo difícil parezca fácil. Todo fluye de manera orgánica y no encontramos artificios que distraigan de las canciones. Nos gustan especialmente esas melodías que podemos cantar mientras conducimos y esas guitarras que mantienen el disco unido incluso cuando los arreglos se abren. También nos interesa la genealogía que percibimos detrás de algunas de estas canciones. Hay momentos que nos llevan hasta la Liz Phair de Liz Phair (2003), aquel disco que nos presentaba a Liz Phair como una divorciada que solamente quería divertirse y fue recibido con enorme hostilidad precisamente por apartarse de la imagen que muchos críticos habían construido alrededor de Exile in Guyville (1993), y otros que nos recuerdan a la Avril Lavigne de Under My Skin (2004), cuando el pop-rock adolescente de Let Go (2022) adquirió un tono más oscuro y adulto. Son dos referencias que nosotros siempre hemos valorado y que aquí funcionan como parte de una tradición de canciones guitarreras, melódicas y emocionales que no necesitan complicarse para resultar buenas. SHIVERSTRUCK nos ha convencido justamente por eso: porque parece sencillo, pero cuando prestamos atención descubrimos todo lo que hace falta para que un disco pueda sonar así de natural. 




MEJORES MOMENTOS: Criminal Kissing, Jillian, Silver Screen, 987, Speed Demon, La La Love, Wild Heart...

MEDIA CRÍTICA: 70/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

martes, 25 de agosto de 2026

ÁLBUMES REPESCADOS: CÉCILE McLORIN SALVANT, MYLES SMITH, SUKI WATERHOUSE, CHARLI XCX, SHANIA TWAIN, TYLA, THE MENZINGERS, LAURA MISCH Y ARIANA GRANDE.

 


Segundo post de álbumes repescados de este mes. A partir de ahora serán mucho más frecuentes porque nos acercamos peligrosamente al último trimestre del año. Aquí encontraréis otros nueve discos que por algún motivo hemos decidido que no podían quedarse sin ser reseñados.  


CÉCILE McLORIN SALVANT - WITH EVERY BREATH I TAKE


Hay algo especialmente interesante en la trayectoria reciente de CÉCILE McLORIN SALVANT:  cuando creemos haber entendido hacia dónde se dirige, cambia de rumbo. Mélusine (2023) fue una obra expansiva, construida a partir de lenguas, tradiciones y músicas distintas; Oh Snap (2025) llevó la búsqueda hacia un territorio mucho más íntimo, con canciones propias y una paleta sonora que incorporaba electrónica, folk y elementos de pop. 

Ahora, en WITH EVERY BREATH I TAKE, Salvant vuelve a las canciones de otros y se rodea por primera vez de una gran orquesta. No parece una artista buscando una fórmula después de haber encontrado el éxito, sino alguien que sigue preguntándose qué puede hacer con su voz. Los tres discos pertenecen a momentos y planteamientos muy diferentes de una misma trayectoria.

CÉCILE McLORIN SALVANT es ya una de las grandes vocalistas de jazz de nuestro tiempo. Lo es por su técnica, por su capacidad para frasear, por el dominio de la voz y por una cultura musical que parece no tener demasiadas fronteras, pero sobre todo por su manera de enfrentarse al repertorio. Salvant no necesita que una canción haya sido escrita para el jazz para poder tratarla como una cantante de jazz. Su carrera ha consistido, en buena medida, en descubrir qué posibilidades permanecen escondidas dentro de canciones que creíamos conocer. Desde WomanChild (2013) hasta For One to Love (2015), Dreams and Daggers (2017), The Window (2018), Ghost Song (2022) y Mélusine (2023), hemos visto cómo esa curiosidad se ha ido haciendo cada vez más amplia. Después llegó Oh Snap (2025), otro cambio de dirección que la llevó hacia un terreno más personal y experimental. Y ahora, en lugar de insistir en cualquiera de esos caminos, Salvant ha elegido volver a una tradición aparentemente mucho más clásica. 

Por eso WITH EVERY BREATH I TAKE tiene algo de declaración de confianza. Es un álbum construido sobre canciones que pertenecen a una tradición reconocible y, en buena parte de los casos, muy conocida. No estamos ante un repertorio elegido para sorprendernos por su rareza. Están Cy Coleman, David Zippel, Duke Ellington, Irving Mills, Mitchell Parish, Stephen Sondheim, Kurt Weill, Bertolt Brecht, Michel Legrand, Jacques Demy, Noël Coward, Billy Strayhorn y la propia Salvant. Broadway, jazz, cine, chanson y cabaret conviven aquí sin que el álbum necesite explicar demasiado por qué están juntos. 

La gran diferencia está en cómo se presentan esas canciones. WITH EVERY BREATH I TAKE es el primer álbum de Salvant grabado con una orquesta, y la presencia de la Metropole Orkest no es un simple añadido de lujo. Jules Buckley dirige la formación y Darcy James Argue se ocupa de los arreglos, y son precisamente esos arreglos los que convierten el proyecto en algo mucho más interesante que un disco de una cantante de jazz acompañada por una gran orquesta. La elección de la Metropole Orkest tampoco es casual: es una formación especialmente acostumbrada a moverse entre el jazz, la música contemporánea y los formatos orquestales más abiertos, y Buckley lleva años trabajando precisamente en esa zona fronteriza. 

Argue entiende que no tiene sentido envolver estas canciones en una capa de cuerdas y metales para hacerlas más solemnes. Lo que hace es construir nuevos espacios alrededor de ellas. La orquesta cambia de función constantemente: puede crear una atmósfera, sostener una frase, desaparecer casi por completo o generar una tensión que obliga a Salvant a responder. La música no está detrás de la cantante como un decorado. Está permanentemente dialogando con ella. 

Y esto es importante porque permite que Salvant cante de una manera que no sería posible en una lectura convencional de muchas de estas canciones. Los arreglos le dejan espacio para comportarse como una vocalista de jazz. La melodía no siempre aparece como una línea que debemos reconocer de principio a fin. Salvant puede retrasarla, deformarla, fragmentarla, estirar una palabra, cambiar el peso de una frase o dejarla suspendida. La canción sigue ahí, pero no está obligada a permanecer intacta. 

La Metropole Orkest y Jules Buckley desempeñan un papel fundamental para que esa libertad no se pierda dentro de una formación tan grande. La orquesta tiene una enorme capacidad de color, pero Buckley mantiene el equilibrio necesario para que la voz continúe siendo el centro. No estamos ante una cantante que lucha contra una orquesta, sino ante una música en la que ambos elementos parecen respirar juntos. Es una diferencia importante, porque un proyecto de estas dimensiones podría haberse convertido fácilmente en una exhibición de grandilocuencia. 

El repertorio es otra de las grandes virtudes del álbum. Hay algo casi insolente en reunir en diez canciones a Sondheim, Ellington, Strayhorn, Legrand, Coward o Weill y pensar que todavía podemos decir algo nuevo sobre ellos. Pero Salvant parece haber entendido que precisamente las grandes canciones permiten este tipo de operación. Sophisticated Lady y Lush Life llegan desde la tradición del jazz; Send in the Clowns y Being Alive desde Sondheim y Broadway; Les Parapluies de Cherbourg desde Michel Legrand y Jacques Demy; I’ll See You Again desde Noël Coward; Barbara Song desde Kurt Weill y Bertolt Brecht. Y entre todo ello aparece Left Over, una composición de Salvant que ya conocíamos de antes y que aquí adquiere una nueva dimensión orquestal. 

Send in the Clowns es probablemente uno de los ejemplos más claros de lo que este álbum pretende hacer. Es una canción que hemos escuchado interpretada de muchas maneras y cuya versión de Barbra Streisand ocupa un lugar especialmente importante en la memoria popular gracias a The Broadway Album (1985). Uno de sus álbumes más aclamados por la crítica. Streisand llevó aquel repertorio a un público enorme y convirtió aquellas canciones en grandes interpretaciones de Broadway, con la voz como centro absoluto y el drama como principal motor.

Salvant no pretende competir con ella. Ni siquiera parece interesada en jugar el mismo partido. Lo que hace con Send in the Clowns es mucho más cercano a la lógica de una cantante de jazz. La melodía se reconoce, pero empieza a moverse. Hay una libertad en el fraseo que hace que la canción parezca menos una escena teatral y más una conversación entre una cantante y una composición que lleva décadas esperando que alguien vuelva a abrirla. 

Algo parecido sucede con Being Alive, aunque aquí la comparación con Streisand resulta todavía más interesante porque nos permite comprobar hasta qué punto dos intérpretes extraordinarias pueden entender la misma canción de maneras completamente distintas. La versión de Streisand tiene una claridad dramática enorme: la canción avanza hacia su significado y la interpretación se apoya en la capacidad de la cantante para convertir cada frase en una afirmación emocional. Salvant introduce incertidumbre. Parece más interesada en el recorrido que en la conclusión. La melodía se vuelve flexible, el ritmo respira de otra manera y la interpretación adquiere esa sensación de riesgo que asociamos al jazz. 

No estamos ante una versión de Being Alive que intente sustituir a la de Streisand. Es otra manera de escuchar la canción. Y quizás ahí esté una de las grandes virtudes del disco: no necesita borrar las interpretaciones que conocemos para justificar su existencia. 

Les Parapluies de Cherbourg es todavía más especial. La música de Michel Legrand está tan ligada a la película de Jacques Demy que resulta difícil separar la canción del mundo visual y emocional de Los paraguas de Cherburgo. Salvant no intenta reproducirlo. Tampoco busca cantar como una intérprete tradicional de chanson francesa. Lo que hace es apropiarse de la melodía y llevarla a su propio lenguaje.

Aquí es donde más claramente volvemos a encontrar a la Cécile de Mélusine. La canción francesa deja de ser una pieza que debemos interpretar desde su tradición original y se convierte en material abierto. Salvant juega con la melodía y con las palabras, mientras el arreglo construye alrededor de ella un paisaje completamente distinto al de la película. Reconocemos la canción desde el primer momento, pero la experiencia de escucharla es otra. Es una auténtica maravilla y, probablemente, uno de los momentos en los que el álbum encuentra con mayor claridad su propia razón de ser. 

La recepción crítica ha sido bastante menos entusiasta que la que acompañó a MélusineWITH EVERY BREATH I TAKE tiene una media de 78 sobre 100. AllMusic, Mojo y Record Collector le han concedido un 80/100, mientras que Uncut se queda en un 70/100. La diferencia respecto a Mélusine es comprensible hasta cierto punto. Aquel álbum tenía una cualidad que la crítica suele valorar especialmente: parecía estar abriendo una puerta. Era fácil hablar de él como una obra que ampliaba el territorio del jazz, que mezclaba tradiciones alejadas y que planteaba nuevas posibilidades para el género. WITH EVERY BREATH I TAKE no tiene esa apariencia de manifiesto. Es un disco más clásico en sus materiales y menos interesado en demostrar que está cambiando las reglas. 

Pero creemos que aquí la crítica puede estar valorando demasiado la novedad y demasiado poco la excelencia. Porque hay que escuchar este disco en 2026. Hacer un álbum como WITH EVERY BREATH I TAKE hoy, no es necesariamente una decisión conservadora. En un momento en el que buena parte de la música que ocupa el centro del mercado funciona con otros códigos, dedicar un álbum entero a canciones de Sondheim, Ellington, Strayhorn, Legrand, Coward o Coleman, y hacerlo con una orquesta de estas dimensiones y con unos arreglos de esta complejidad, exige una confianza enorme en la música que se está defendiendo. No es un proyecto que cualquiera pueda hacer y conseguir que despierte un interés real. Para que un disco así tenga espacio en la conversación tiene que hacerlo una artista como Salvant, que viene de publicar Mélusine y después Oh Snap, y que ya ha demostrado que puede llevar el jazz vocal a territorios mucho más inesperados. 

Y eso también es riesgo. Quizás no sea el riesgo de inventar un nuevo lenguaje, pero sí el de defender uno que ya no ocupa el centro de la cultura musical. Quizás por eso creemos que WITH EVERY BREATH I TAKE merece más reconocimiento del que está recibiendo. El trabajo de todo el equipo es inmaculado: la selección de canciones, la interpretación de Salvant, los arreglos de Darcy James Argue, la Metropole Orkest y la dirección de Jules Buckley forman un conjunto extraordinariamente coherente. No hay aquí una obra tan revolucionaria como Mélusine, y por eso nuestro 95/100 para aquel álbum sigue teniendo sentido. Pero tampoco necesitamos que un disco sea revolucionario para considerarlo excepcional. A veces basta con que esté hecho a un nivel altísimo, que tenga personalidad y que nos recuerde por qué determinadas canciones siguen mereciendo ser cantadas. Por todo ello, nosotros le damos a WITH EVERY BREATH I TAKE un 90 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Send In The Clowns, Being Alive, Sophisticated Lady, Lush Life, Les Parapluies de Cherbourg...  

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

MYLES SMITH - MY MESS, MY HEART, MY LIFE


Llevamos un tiempo escuchando a MYLES SMITH casi sin darnos cuenta. Su nombre empezó a crecer con Stargazing, una de esas canciones que parecen hechas para encontrar su sitio en todas partes: radio, playlists, redes sociales, conciertos, vídeos. Después llegó Nice to Meet You y la sensación de que estábamos ante uno de esos artistas británicos capaces de convertir el folk-pop de guitarras acústicas, grandes estribillos y una cierta épica de cantautor en canciones pop de alcance internacional. No es extraño que los singles hayan funcionado tan bien comercialmente. Son inmediatos, melódicos, fáciles de cantar y tienen ese punto emocional que permite que una canción pueda funcionar tanto en una escucha individual como en un estadio lleno de gente. 

Con ese contexto llega MY MESS, MY HEART, MY LIFE, su álbum debut, aunque llamarlo simplemente «debut» resulta un poco engañoso. Cuando un disco aparece después de que varias de sus canciones hayan tenido una vida propia y alguna de ellas se haya convertido en un éxito gigantesco, ya no estamos exactamente ante el descubrimiento de un artista. Estamos ante la recopilación de una primera etapa de su carrera. Y eso condiciona bastante la escucha. 

Musicalmente, MYLES SMITH se mueve por terrenos que conocemos bien: stomp and holler, folk-pop, folk-rock y pop-rock. Siempre bajo el marco de cantautor. Hay guitarras acústicas, percusión marcada, coros que buscan crecer hasta convertirse en himnos y una producción suficientemente limpia como para que todo resulte accesible desde el primer minuto. El problema es que conocemos demasiado bien este lenguaje. Escuchamos el disco y es difícil no pensar en el Ed Sheeran de hace diez años, especialmente en esa época en la que el cantautor acústico empezaba a convertirse en una estrella de pop de estadios. También hay bastante de Mumford & Sons en esa manera de utilizar la guitarra, el ritmo y los estribillos como herramientas para hacer crecer canciones que parten de una estructura aparentemente sencilla. 

The Guardian fue bastante más contundente con esta comparación y señaló precisamente el carácter derivativo de la propuesta. Y, aunque podamos discutir la dureza de su veredicto, resulta difícil negar que la sensación existe. MY MESS, MY HEART, MY LIFE. suena como un disco que llega unos años tarde.

Lo curioso es que eso no significa que sea un disco malo. De hecho, aquí empieza el problema de cómo queremos valorar este álbum. Porque las canciones funcionan. Funcionan bastante bien. Tenemos melodías que se quedan, estribillos que entran con facilidad y una producción que sabe exactamente cuándo debe crecer una canción. Quizás no haya demasiados momentos que nos hagan pensar que estamos escuchando algo que no habíamos escuchado antes, pero tampoco abundan las canciones que nos hagan querer saltar inmediatamente a la siguiente. 

Y ahí es donde empezamos a preguntarnos si el problema está realmente en MYLES SMITH o en la forma en que estamos consumiendo música. MY MESS, MY HEART, MY LIFE. es, en cierto sentido, un greatest hits debut. No porque sea un recopilatorio, evidentemente, sino porque cuando un artista llega a su primer álbum después de haber publicado durante meses o años sus canciones más importantes, el debut nace con una parte considerable de su historia ya consumida. Stargazing, Nice to Meet You y otros singles no llegan al disco como descubrimientos. Llegan con millones de escuchas, con recuerdos asociados, con una vida comercial y con una posición previa en el imaginario del público. 

Y esto es algo que cada vez nos encontramos más. La industria ha cambiado la manera de construir las carreras. Antes podíamos descubrir a un artista con un single, esperar el álbum y entrar en una nueva etapa con todo lo que aquello implicaba. Ahora los singles se suceden, las canciones se prueban en plataformas, se observa cuáles funcionan, se cambia de estrategia si hace falta y el álbum termina llegando cuando buena parte de su contenido ya ha sido escuchado hasta la saciedad. 

El resultado es extraño: algunos álbumes debut terminan pareciéndose a greatest hits de artistas que apenas han empezado su carrera. Y lo peor es que el ciclo no termina cuando sale el disco. El álbum aparece un viernes y apenas tenemos tiempo para escucharlo cuando ya estamos viendo cuál será el siguiente single. En ocasiones ni siquiera está incluido en el álbum. Se interrumpe una era antes de que haya tenido tiempo de convertirse realmente en una era. 

Estamos acostumbrándonos a consumir música de una manera cada vez más rápida y la industria, en lugar de combatir esa tendencia, parece empeñada en acelerarla. Si un disco contiene canciones nuevas, necesitamos tiempo para descubrirlas. Para que una canción que en la primera escucha parecía menor termine siendo nuestra favorita. Para que un álbum encuentre su lugar. Para que deje de ser simplemente «el disco que salió el viernes» y se convierta en un disco que forma parte de nuestras vidas. 

Cuando apenas han pasado dos semanas y ya nos están ofreciendo el siguiente single, ese proceso se vuelve mucho más difícil. Quizás por eso algunas carreras terminan acumulando canciones muy buenas sin llegar a construir una trayectoria reconocible. Tenemos cada vez más música y, paradójicamente, cada vez menos tiempo para quedarnos con ella. 

En el caso de MYLES SMITH, además, encontramos una paradoja interesante en los créditos. El propio Smith participa mayoritariamente en la producción del álbum y trabaja junto a productores como Will Bloomfield, Oscar Görres, Gabe Simon y Peter Fenn, además de otros colaboradores. En composición aparecen, entre otros, Niall Horan, Steph Jones, Jesse Fink y Will Bloomfield, además de una larga lista de colaboradores que incluye al propio Ed Sheeran. Esto último resulta casi demasiado perfecto. 

Si MY MESS, MY HEART, MY LIFE. nos recuerda tanto al Ed Sheeran de hace una década, no estamos solamente ante una coincidencia estilística. Estamos dentro de la misma manera de entender el pop. MYLES SMITH ha trabajado con algunos de los nombres que forman parte de esa maquinaria de composición y, además, ha coescrito Dublin Lights con Ed Sheeran

MYLES SMITH no está imitando accidentalmente el modelo de Ed Sheeran: está trabajando dentro de la misma maquinaria de composición y producción que hizo posible ese modelo. Y esto no invalida su autoría. Al contrario. Smith produce buena parte del álbum, participa en las composiciones y coloca experiencias personales en canciones como My Mess, Sertraline o Grandma's Place. El problema es otro: la personalidad de la experiencia no siempre se traduce en personalidad musical. 

MYLES SMITH tiene una historia propia que contar, pero todavía no ha encontrado una música que sea tan propia como esa historia. Quizás ahí esté la principal debilidad del disco. No en las canciones, sino en la dificultad para identificar qué hace que estas canciones solo puedan ser de MYLES SMITH

La recepción crítica ha sido bastante desigual y, en cierto modo, resume perfectamente esta discusión. La media se sitúa en un 63 sobre 100, con un 80/100 de Rolling Stone UK, un 70/100 de Clash, un 60/100 de AllMusic y un 40/100 de The Guardian. Es una horquilla considerable para un disco que, en realidad, no parece esconder demasiado misterio. Rolling Stone UK ha valorado especialmente la vulnerabilidad y la capacidad de Smith para convertir experiencias personales en canciones de pop accesibles. Clash se queda también en una posición bastante favorable. AllMusic baja algo más la nota, mientras que The Guardian le da la puntilla con ese 40/100 que sitúa el problema fundamental en la falta de originalidad y en lo derivativo de su sonido. 

Nosotros estamos bastante más cerca del 75 sobre 100 que del 40. No porque pensemos que MY MESS, MY HEART, MY LIFE. sea un álbum innovador. No lo es. Tampoco porque creamos que MYLES SMITH haya encontrado aquí una identidad artística completamente formada. Todavía no. Lo que ocurre es que podemos reconocer que un disco no necesita revolucionar el pop para ser un buen disco de pop. 

Las canciones funcionan. La producción funciona. La voz de Smith funciona. Los estribillos funcionan. Y cuando dejamos de pedirle al álbum que sea algo que no pretende ser, resulta bastante agradable volver a él. 

El problema es que estamos viviendo una época en la que parece que cualquier disco tiene que justificar inmediatamente su existencia con una novedad estética, un concepto, una narrativa o un impacto cultural. Mientras tanto, seguimos escuchando canciones que simplemente quieren ser canciones. 

MYLES SMITH tiene una historia propia que contar, pero todavía no ha encontrado una música que sea tan propia como esa historia. Y quizás esa sea precisamente la razón por la que podemos disfrutar tanto de este disco y, al mismo tiempo, tener la sensación de que ya lo hemos escuchado antes. MY MESS, MY HEART, MY LIFE. es un disco excesivamente convencional, pero precisamente porque entiende a la perfección las reglas del pop contemporáneo.



MEJORES MOMENTOS: Stargazing, My Mess, Hold Me In The Dark, Drive Safe, Sertraline, Grandma's Place...

MEDIA CRÍTICA: 63/100

NUESTRA VALORACIÓN: 75/100

SUKI WATERHOUSE - LOVELAND


Venimos de Memoir of a Sparklemuffin (2024), un disco que nos pareció icónico precisamente porque no parecía tener demasiado interés en contenerse. Era excesivo, juguetón, caprichoso y, sobre todo, tenía una narrativa propia. SUKI WATERHOUSE se divertía construyendo un personaje que no necesitaba explicar demasiado quién era porque las canciones ya estaban llenas de referencias a esa mezcla de modelo, actriz, cantante y estrella pop que había ido construyendo alrededor de sí misma. Model, Actress, Whatever era probablemente el mejor resumen de aquella idea: una canción descarada, consciente de su propio personaje y con una capacidad extraordinaria para convertirlo todo en parte del espectáculo. 

Con LOVELAND nos encontramos con una Suki algo más seria. No menos carismática, ni mucho menos, pero sí más concentrada en demostrar hasta dónde puede llevar sus canciones. Da la sensación de que después de haber construido un universo tan reconocible ha querido detenerse un momento y enseñar otras facetas de sí misma. Y eso modifica bastante la experiencia, porque echamos de menos parte de aquella ligereza, pero también descubrimos a una artista que no quiere quedarse atrapada en su propia fórmula. 

Musicalmente, LOVELAND  sigue mirando hacia los años setenta. Suki continúa absorbiendo el soft rock, la psicodelia, las guitarras y ese pop-rock cálido y ligeramente nostálgico de aquella década, pero no lo convierte en un ejercicio de recreación. No estamos ante un pastiche setentero ni ante una artista disfrazándose de otra época. Las referencias están integradas dentro de una producción contemporánea y, sobre todo, pasan por su propia personalidad. Es precisamente esa capacidad para apropiarse de sus influencias la que hace que el disco funcione. 

Las etiquetas que rodean a Loveland ayudan a entender el cambio. Aquí aparecen Pop Rock, Indie Pop, Neo-Psychedelia, Alternative Rock, Soft Rock y Alt-Pop. En Memoir of a Sparklemuffin convivían Pop Rock e Indie Pop con Dream Pop, Chamber Pop, Indie Rock y Singer-Songwriter. La diferencia puede parecer sutil, pero dice bastante. El disco anterior tenía una paleta más atmosférica, más fantasiosa y más cambiante; LOVELAND se apoya en una tradición rock mucho más definida. Hemos pasado del Dream Pop y el Chamber Pop al Soft Rock y la Neo-Psychedelia. De alguna manera, Suki ha hecho que sus influencias setenteras sean menos un ingrediente entre muchos y más parte del centro de la propuesta.

También cambia la manera en la que nos acercamos a las canciones. No desaparece la narrativa ni esa capacidad de Suki para convertir sus propias experiencias y contradicciones en pequeños personajes, pero ya no tenemos la sensación de que cada canción esté compitiendo por ser el momento más extravagante del disco. Hay más espacio para la reflexión y para el desarrollo de las melodías. Es un álbum que parece menos interesado en sorprendernos constantemente y más preocupado por construir una identidad sonora consistente. 

Los créditos ayudan a explicar parte de ese resultado. Jules Apollinaire es el productor que más aparece, participando en cinco canciones, mientras que Dan Wilson produce dos y Aaron Dessner otras dos. Suki, además, figura como compositora en todos los temas y cuenta con una nómina de colaboradores especialmente llamativa: Jules Apollinaire, Findlay, Boy Matthews, Joel Little, Aaron Dessner y Dan Wilson están entre los quince coautores que participan en la composición del álbum. Es una cantidad considerable de gente alrededor de un disco que, sin embargo, nunca termina sonando como un producto de comité. La personalidad de Suki sigue estando por encima de todos esos nombres. 

Y quizás ahí esté uno de los mayores méritos de LOVELAND . Tener a tantos músicos y compositores alrededor podría haber diluido su identidad, pero ocurre lo contrario. La producción amplía sus posibilidades sin borrar quién está cantando. Seguimos reconociendo a Suki, solo que ahora la encontramos en un terreno algo más adulto y menos travieso. 

La recepción crítica también parece respaldar esta evolución. LOVELAND alcanza un 71 sobre 100, ligeramente por encima del 69/100 que obtuvo Memoir of a Sparklemuffin. El nuevo disco reúne cuatro notas de 80/100, procedentes de AllMusic, NME, DIY y Dork, dos 60/100 de The Line of Best Fit y The Skinny, y un 58/100 de Paste. El álbum anterior tuvo una recepción más irregular, incluyendo el 50/100 de Under the Radar, que en esta ocasión ni siquiera ha reseñado el nuevo trabajo. La diferencia no es enorme, pero sí resulta significativa: la crítica parece haber recibido favorablemente esta versión algo más madura, cohesionada y segura de Suki. 

Nosotros, sin embargo, no necesitamos subir la nota para reconocer esa evolución. A Memoir of a Sparklemuffin le dimos un 85/100, y vamos a mantener ese 85 sobre 100 para LOVELAND . No porque los discos sean iguales, sino precisamente porque no lo son. Nos parece interesante que Suki haya decidido no repetir exactamente aquella fórmula. Sería muy fácil volver a construir otro álbum lleno de excesos, personajes, colaboraciones inesperadas y canciones que parecen diseñadas para convertirse inmediatamente en favoritas. Pero LOVELAND demuestra que detrás de aquella personalidad tan juguetona había también una artista capaz de moverse por otros terrenos. 

Echamos de menos la locura de Sparklemuffin. Echamos de menos un poco aquella sensación de que Suki podía hacer cualquier cosa y que, probablemente, iba a hacerlo antes de que pudiéramos prepararnos. Pero eso no convierte a Loveland en un paso atrás. Al contrario: nos parece una evolución saludable y necesaria. Suki nos está enseñando otras caras de lo que es capaz de hacer y lo hace sin perder su carisma, su voz ni su capacidad para escribir canciones que se quedan con nosotros. 

Además, no tenemos por qué pensar que esta versión más seria vaya a ser definitiva. Siempre podrá regresar a aquella Suki más excesiva, juguetona y descarada que nos conquistó con Memoir of a Sparklemuffin. Quizás después de LOVELAND incluso tenga más herramientas para hacerlo. 

De momento, nos quedamos con este disco. Porque aunque haya cambiado el tono, las canciones siguen estando a la altura de las del álbum anterior. Y eso es lo verdaderamente importante. LOVELAND no necesita superar a Memoir of a Sparklemuffin para justificar su existencia. Solo necesita demostrar que SUKI WATERHOUSE todavía tiene más cosas que contarnos. Y, por suerte, parece que las tiene.



MEJORES MOMENTOS: Back In Love, Notting Hill, When I Get Drunk (I Want You Boy), Tiny Raisin, Almost, Puppy Dogs Eyes... 

MEDIA CRÍTICA: 71/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

CHARLI XCX - MUSIC, FASHION, FILMS


Después de Brat (2024), probablemente lo peor que podía hacer CHARLI XCX era intentar hacer otro Brat. No porque tuviera que demostrar que podía superar aquel disco, sino precisamente porque hacerlo habría significado quedar atrapada para siempre en su sombra. Después de un álbum convertido en fenómeno cultural, cualquier nuevo disco de club, cualquier canción con vocoder, cualquier producción minimalista y agresiva habría sido recibida inevitablemente bajo la misma pregunta: ¿estamos ante otro Brat? Charli ha optado por una solución bastante más inteligente: cambiar completamente de escenario.

MUSIC, FASHION, FILM funciona, en ese sentido, como una especie de maniobra de distracción. Primero llegó la banda sonora de Wuthering Heights y ahora este disco, diametralmente opuesto a Brat, en el que Charli explora registros que hasta ahora apenas habíamos visto en ella. No parece interesada en competir con su disco anterior, sino en conseguir que dejemos de hablar de él durante un rato. Y probablemente sea la mejor decisión que podía tomar. Cuando llegue su próximo disco y vuelva a acercarse a su sonido habitual, Brat seguirá siendo inevitable, pero ya no tendremos inmediatamente delante la comparación entre dos discos consecutivos. En realidad, es como si esos dos discos hicieran de cortafuegos entre Brat y su siguiente etapa creativa.  

Musicalmente, el cambio es evidente. Aquí encontramos una Charli mucho más cercana a la indietronica, el indie rock, el post-punk revival y el slacker rock. Las guitarras adquieren un protagonismo que no tenían en sus trabajos anteriores y la electrónica deja de ocupar necesariamente el centro de la propuesta para convertirse en una herramienta más dentro de la producción. Frente a la inmediatez física y el carácter eminentemente bailable de Brat, aquí las canciones parecen construirse de una manera más convencional, con riffs, melodías y estructuras más reconocibles. 

Y, curiosamente, encontramos las canciones más directas y contundentes de Charli XCX. Es una afirmación que hacemos también desde el gusto personal, porque estos registros nos interesan más que los de Brat, pero no creemos que sea solamente una cuestión de preferencias. Las canciones tienen una entidad mayor al margen de la producción y parecen apoyarse más en la composición propiamente dicha. Brat era, en buena medida, un disco en el que el sonido y la canción estaban completamente fusionados; aquí sentimos que las canciones podrían defenderse mejor incluso si las despojáramos de parte de ese tratamiento sonoro. 

La producción corre a cargo de A. G. Cook, Finn Keane y la propia CHARLI XCX, mientras que la composición vuelve a reunir a Charlotte Aitchison -Su nombre real, con el que firma las composiciones-, Alexander Guy Cook y Finn Keane. Pero uno de los créditos que más llama la atención es el de David Cronenberg en No One Lasts Forever. Sí, hablamos del director canadiense de Videodrome, The Fly o Crash. Cronenberg no participa como compositor: su aportación es vocal, mediante una intervención hablada que encaja especialmente bien en una canción preocupada por la fugacidad y por la idea de que nada permanece para siempre. Es una colaboración bastante más interesante que el simple cameo de una celebridad y, además, convierte al cine en parte literal del disco.

La portada sigue esa misma lógica. John Cale representa la música, Marc Jacobs la moda y Martin Scorsese el cine. Es una asociación bastante evidente, aunque quizá nos habría resultado todavía más interesante ver a Cronenberg en lugar de Scorsese, precisamente porque su presencia habría conectado directamente con No One Lasts Forever y habría hecho que el concepto del álbum fuese un poco menos obvio. 

En cuanto a la recepción crítica, MUSIC, FASHION, FILM ha obtenido una media de 78 sobre 100 a partir de 34 reseñas, cuatro más de las que se recogieron para Brat. La cifra habla de una recepción claramente positiva, pero también bastante menos unánime que la de su predecesor. Dork, DIY y The Guardian han llegado al 100/100, mientras que Consequence of Sound y Paste se sitúan en un 91/100. Gran parte de las valoraciones se mueve entre 90 y 70/100, pero la dispersión resulta llamativa: The Skinny, The Arts Desk y The Independent se quedan en 60/100; No Ripcord baja hasta 55/100; PopMatters hasta 50/100; y The Telegraph y Far Out Magazine llegan al 40/100. 

Es precisamente esta diferencia entre las notas lo que más nos interesa. Hay críticos que han interpretado el cambio de dirección como una muestra de libertad artística y una prueba de que Charli no está dispuesta a vivir permanentemente de Brat. Otros han encontrado en esa misma reinvención un disco irregular, menos inspirado o menos sólido en sus composiciones. La media de 78 sobre 100 nos parece, por tanto, bastante más reveladora que las tres notas perfectas: la crítica parece estar de acuerdo en que Charli ha hecho algo interesante, pero no existe el mismo consenso a la hora de considerar que ese algo sea extraordinario. 

Y aquí es donde inevitablemente nos vuelve a aparecer la sombra de Brat. No tenemos demasiadas dudas de que el contexto ha influido en la recepción de este álbum. Charli llega después de haber conseguido algo que cambia completamente la percepción de un artista: convertirse en una referencia crítica y, al mismo tiempo, en un fenómeno cultural. A partir de ahí, sus decisiones adquieren un significado adicional. Un cambio de estilo puede interpretarse como valentía, una producción extraña como riesgo y una canción imperfecta como parte de una búsqueda artística. No creemos que la crítica esté fingiendo que le gusta CHARLI XCX, pero sí creemos que existe un cierto capital crítico acumulado alrededor de su figura. 

Y eso nos lleva a la pregunta que más nos interesa. ¿Habría tenido MUSIC, FASHION, FILM la misma recepción si hubiese aparecido antes de Brat? ¿Y si exactamente las mismas canciones las hubiese publicado otra artista sin el recorrido de CHARLI XCX? No podemos saberlo, evidentemente, pero resulta difícil pensar que el contexto no habría cambiado la conversación. Quizás algunas de las decisiones que hoy se leen como una muestra de libertad artística se habrían considerado simplemente un cambio de rumbo poco convincente. Y quizás algunas de las imperfecciones que ahora se perdonan con facilidad habrían pesado bastante más. 

Eso no significa que el disco sea malo. Al contrario. MUSIC, FASHION, FILM es un buen álbum, interesante, coherente con la carrera que Charli está construyendo y, sobre todo, una decisión extraordinariamente inteligente después de Brat. Lo que no tenemos tan claro es que sea un álbum extraordinario. Y tampoco creemos que todo lo que haga CHARLI XCX a partir de ahora tenga que recibir automáticamente el beneficio de la duda por haber firmado uno de los discos más celebrados de los últimos años.

Nuestra valoración se queda en 85 sobre 100. Nos gusta más esta faceta de Charli que la de Brat, encontramos aquí canciones más directas y contundentes y valoramos especialmente que haya tenido la inteligencia de alejarse de su gran éxito en lugar de intentar repetirlo. Pero seguimos teniendo esa pequeña duda que acompaña a todo el disco: ¿estaríamos hablando de MUSIC, FASHION, FILM de la misma manera si no lo hubiera hecho CHARLI XCX? El disco nos parece notable y tiene suficientes argumentos para defenderse por sí mismo, pero nos cuesta compartir algunas de las valoraciones entusiastas que lo sitúan cerca de la excelencia. Quizás parte de ese entusiasmo tenga más que ver con el momento de CHARLI XCX que con lo que realmente encontramos en estas canciones.



MEJORES MOMENTOS: SS26, Camera, Wink Wink, No One Lasts Forever...

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

SHANIA TWAIN - LITTLE MISS TWAIN


Hubo una época en la que SHANIA TWAIN era una de las mayores estrellas de la música. No solamente del country, ni siquiera del country-pop: de la música popular en general. Entre The Woman in Me (1995), Come On Over (1997) y Up! (2002) consiguió algo que todavía no ha repetido ninguna otra artista: tres álbumes consecutivos certificados Diamond en Estados Unidos. Come On Over se convirtió además en uno de los discos más vendidos de la historia y en el gran fenómeno que terminó de convertir a Shania en una estrella mundial. Durante aquellos años parecía imposible que alguien pudiera discutir su dimensión comercial. 

Lo curioso es que su influencia ha sobrevivido mucho mejor de lo que podría sugerir la consideración que recibió durante buena parte de su carrera. Taylor Swift creció con Shania como una de sus referencias y Harry Styles tampoco ha ocultado nunca su admiración por ella. De hecho, que Styles la haya llevado consigo al escenario y haya contado con ella como telonera en sus conciertos demuestra hasta qué punto aquella Shania de finales de los noventa sigue formando parte del imaginario de una generación que ni siquiera vivió su momento de mayor esplendor como lo vivimos nosotros. 

Después llegó el largo paréntesis. Los problemas derivados de la enfermedad de Lyme afectaron a su voz, su relación con Mutt Lange terminó y con ella desapareció también una parte fundamental del equipo creativo que había construido aquel sonido. Cuando Shania regresó en 2017 con Now, la sensación fue extraña. No era simplemente una SHANIA TWAIN más madura: era una artista que sonaba diferente. La producción, las canciones y especialmente la voz nos alejaban de aquella identidad que reconocíamos inmediatamente en The Woman in Me, Come On Over y Up!. Now fue su regreso discográfico, pero para nosotros no fue todavía el regreso de SHANIA TWAIN

Ese regreso llegó seis años después con Queen of Me (2023). La crítica no fue especialmente generosa con aquel disco y nosotros seguimos pensando que se quedó algo corta. No porque Queen of Me sea comparable con su trilogía dorada, sino porque consiguió algo que Now no había conseguido: devolvernos a una Shania reconocible. La producción volvía a buscar esa mezcla de pop, country y rock que siempre había sido su territorio y su voz, aun siendo inevitablemente distinta después de todo lo ocurrido, volvía a estar mucho más cerca de la que teníamos en la memoria. Si Queen of Me se hubiese publicado en 2004, inmediatamente después de Up!, probablemente habría tenido una vida comercial completamente diferente. El problema es que en 2023 habían pasado demasiadas cosas y demasiados años. El público se había renovado, la industria había cambiado y Shania tuvo que empezar prácticamente desde cero. 

LITTLE MISS TWAIN continúa en buena medida el camino de Queen of Me, aunque no pretende exactamente lo mismo. Es un disco menos preocupado por recuperar una fórmula concreta y mucho más interesado en explicar de dónde viene la mujer que la interpreta. 

Ese es el eje central del álbum. LITTLE MISS TWAIN es un disco biográfico. Shania mira hacia su infancia, hacia su familia, hacia Canadá, hacia las dificultades de aquellos primeros años y hacia las canciones y artistas que fueron construyendo su identidad antes de que existiera la estrella mundial. La niña que aparece en el título es la mujer que todavía estaba intentando descubrir qué quería ser y que acabaría convirtiéndose en una de las artistas más importantes de su generación. 

La idea funciona especialmente bien porque no estamos ante una autobiografía complaciente. Hay recuerdos difíciles, inseguridades, pobreza, pérdidas y una infancia que explica muchas de las características que terminarían definiendo a la artista adulta. El álbum intenta conectar a aquella niña con la Shania que conocemos hoy y, en sus mejores momentos, consigue que la distancia entre ambas parezca mucho menor de lo que podrían sugerir las décadas transcurridas. 

En el apartado técnico encontramos a SHANIA TWAIN compartiendo las labores de producción con Zachary Dawes, Eren Cannata, David Paich, Justin Tranter y Jeff Gitelman. Es un equipo amplio y con perfiles muy diferentes, algo que se refleja en la variedad estilística del álbum. También es un disco construido con una cantidad considerable de colaboradores y coautores: las canciones están firmadas por Shania junto a un numeroso grupo de compositores. 

Esa amplitud tiene una consecuencia positiva y otra menos favorable. Por un lado, permite que LITTLE MISS TWAIN recorra diferentes géneros y sonidos relacionados con las influencias de Shania. Por otro, tenemos la sensación de que en algunos momentos hay demasiadas manos alrededor de las canciones. El disco está un tanto sobreproducido. No hablamos de una producción deficiente, sino de una producción que a veces añade elementos cuando quizás habría sido preferible dejar las canciones estar, o incluso restarle más elementos. 

Y aquí es inevitable pensar en Mutt Lange. Han pasado muchos años desde su divorcio y no sabemos si una reconciliación profesional sería posible o siquiera deseable para ellos. Pero nos resulta tentador imaginarlo. No necesitamos que Lange vuelva para producir un álbum entero de Shania ni queremos escuchar una repetición de Come On Over. Nos gustaría algo mucho más sencillo: dos o tres canciones. Una oportunidad para comprobar qué ocurriría si el hombre que conocía tan bien su voz, sus armonías y su manera de construir una canción volviera a trabajar con ella después de tantos años. 

También sería interesante para Lange. Después de haber participado en algunas de las producciones más importantes de las últimas décadas, su figura está inevitablemente asociada a un periodo muy concreto de la música. Una nueva colaboración con Shania demostraría hasta qué punto sigue existiendo aquella química musical. No necesitaríamos que intentaran recuperar el pasado. Precisamente sería interesante comprobar qué podrían hacer juntos desde el presente. 

La recepción crítica de LITTLE MISS TWAIN ha sido moderadamente positiva, aunque tampoco estamos ante una reivindicación crítica de grandes proporciones. Porque consigue una media crítica de 63 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Clash 80/100; PopMatters 70/100; Pitchfork 68/100; Spectrum Culture 62/100; AllMusic, Slant Magazine, The Guardian y The Arts Desk 60/100 y Sputnikmusic 44/100. 

El dato nos parece interesante porque vuelve a poner de manifiesto una constante en la carrera de Shania: la enorme distancia entre su importancia popular y la consideración que ha recibido tradicionalmente por parte de la crítica. Nunca ha sido una artista especialmente protegida por los críticos y tampoco parece que LITTLE MISS TWAIN vaya a cambiar radicalmente esa situación. 

De hecho, la valoración media más alta de su discografía en AOTY sigue correspondiendo a Up!, con 71/100. Es una puntuación bastante modesta para un álbum que forma parte de una trilogía comercial extraordinaria y que cerró una de las etapas de mayor éxito que haya tenido jamás una artista femenina. Esto no significa que la crítica esté obligada a otorgarle una determinada puntuación por sus ventas, pero sí resulta llamativo que una artista con semejante impacto cultural siga estando relativamente lejos del reconocimiento crítico que reciben otras figuras de dimensiones comerciales mucho menores. 

La colaboración con Tanya Tucker adquiere una importancia especial precisamente por esta cuestión. Tucker es otra artista cuya influencia y relevancia histórica tardaron mucho tiempo en recibir el reconocimiento crítico que merecían. Después de una carrera larguísima, fue en su etapa madura cuando llegaron algunas de sus mejores valoraciones, especialmente a partir de While I'm Livin' (2019), producido por Brandi Carlile y Shooter Jennings. Allí se produjo algo que nos parece especialmente interesante para entender también el momento actual de Shania: en lugar de intentar recuperar a la Tanya Tucker joven, se construyó alrededor de la mujer que era entonces, con su voz, su historia y todo lo que había vivido.

La conexión con Shania es evidente. Tanya fue una de las figuras que inspiraron a la joven Shania, hasta el punto de que su propia madre la señalaba como el modelo que debía seguir. Por eso que Tanya aparezca cantando precisamente en LITTLE MISS TWAIN tiene un significado que va mucho más allá de una colaboración entre dos nombres importantes del country. Es una artista que formó parte del imaginario de aquella niña y que ahora aparece en el disco en el que Shania intenta contar quién era aquella niña.

Las otras dos colaboraciones principales también cumplen funciones diferentes. Josh Homme aporta en Faded Blue Jeans una dimensión más rockera y áspera, mientras que The War and Treaty participan en Take It to the River, llevando el álbum hacia un territorio de soul y gospel mucho más marcado. Las tres colaboraciones ayudan a construir un disco que no pretende encerrarse en un único género y que, al mismo tiempo, vuelve constantemente a las raíces musicales de Shania. 

Por eso creemos que LITTLE MISS TWAIN funciona mejor cuando dejamos de preguntarnos si es capaz de recuperar a la Shania de Come On Over. No puede hacerlo, ni tiene sentido que lo haga. Aquella mujer tenía treinta años, estaba trabajando con Mutt Lange, se encontraba en el momento exacto de su carrera en el que todo parecía posible y pertenecía a una industria musical completamente diferente.

Compararla constantemente con aquella versión de sí misma sería una manera bastante injusta de escuchar su música actual. Lo que tenemos aquí es otra cosa. Tenemos a una artista de más de tres décadas de carrera intentando ordenar sus recuerdos y convertirlos en canciones. Tenemos a una voz que ha cambiado, a una producción que todavía busca el equilibrio adecuado y a una mujer que parece mucho más interesada en contar de dónde viene que en demostrar que todavía puede ser la estrella que fue. 

Nos gusta LITTLE MISS TWAIN. Hay canciones muy buenas y, sobre todo, encontramos una identidad mucho más definida que en Now. Seguimos prefiriendo Queen of Me, porque sentimos que aquel disco conectaba de una manera más directa con la Shania que conocíamos de sus grandes álbumes y porque su producción recuperaba mejor aquella sensación de familiaridad. Pero LITTLE MISS TWAIN tiene algo que Queen of Me no tenía en la misma medida: una historia que contar. Le damos un 73 sobre 100. No es el regreso de la Shania Twain de los noventa, ni necesita serlo. Es el disco de una artista que ha sobrevivido a una de las etapas más complicadas de su vida y que, después de tantos años, todavía tiene ganas de presentarse ante nosotros y decirnos quién es.



MEJORES MOMENTOS: Stranger Thing, Little Miss Twain, Faded Blue Jeans, Dirty Rosie, Take It To The River...

MEDIA CRÍTICA: 63/100

NUESTRA VALORACIÓN: 73/100

TYLA - A*POP


La irrupción de TYLA en el panorama internacional fue una de esas que parecen suceder de repente, aunque detrás haya mucho trabajo. Water convirtió a la sudafricana en una estrella global y terminó llevándose el Grammy a la Mejor Interpretación de Música Africana, una categoría que le permitió situar en el centro de la conversación internacional una propuesta que partía del amapiano y lo llevaba hacia terrenos mucho más próximos al pop, el R&B y la música urbana. Su primer álbum, TYLA (2024), confirmó que aquel éxito no era flor de un día y nos presentó a una artista con una identidad muy definida, basada tanto en la música como en una imagen de diva pop contemporánea construida alrededor de la sensualidad, el baile y el glamour. Dos años después llega A*POP, un segundo álbum que no pretende romper con aquello, sino seguir explotándolo. 

Y probablemente esa sea la primera impresión que nos deja el disco: TYLA no ha cambiado demasiado. Tampoco estamos seguros de que tuviera ninguna necesidad de hacerlo. Solo estamos ante su segundo álbum y, si una fórmula funciona, no hay ninguna obligación de repararla. A*POP profundiza en la personalidad que ya conocíamos, la pule y la convierte en un producto pop todavía más inmediato. Seguimos encontrando Contemporary R&B, Dance-Pop, Afrobeats, Afroswing, Electropop, Afropiano y Amapiano, géneros que se mezclan con bastante naturalidad alrededor de una producción concebida para el movimiento, el ritmo y la melodía. 

Conviene detenerse un momento en el amapiano, porque aunque sea una de las raíces fundamentales de TYLA , probablemente muchos lectores no sepan exactamente qué es. Se trata de un género nacido en Sudáfrica durante la década de 2010, especialmente asociado a la provincia de Gauteng, que recoge elementos del house, el deep house, el jazz y distintas tradiciones musicales sudafricanas. Su característica más reconocible es ese groove relajado pero profundamente bailable, con líneas de bajo marcadas y el uso del llamado log drum. TYLA no practica un amapiano purista ni pretende hacerlo. Lo incorpora a un lenguaje mucho más amplio en el que también caben el R&B contemporáneo, el pop electrónico y los distintos derivados del afropop. De hecho, una de las particularidades de su música es que las raíces sudafricanas pueden pasar bastante desapercibidas en una primera escucha. Están ahí, pero no necesitan ocupar el primer plano. 

A*POP es, ante todo, un disco de diva pop. Y utilizamos el término en un sentido que se ha ido perdiendo entre tanta utilización indiscriminada de la palabra. TYLA ha construido una personalidad escénica basada en la seguridad, la sensualidad, el baile y la imagen, y la música está completamente al servicio de esa personalidad. Las letras no parecen interesadas en construir grandes narrativas ni en invitarnos a descifrar cada verso. Hay relaciones, deseo, autoestima, fiesta, seducción y la habitual exhibición de seguridad propia del personaje, pero no estamos ante un álbum que nos pida sentarnos con unos auriculares para estudiar sus textos o descubrir nuevas capas después de cada escucha. 

Y no creemos que eso sea un problema. Este es un disco para disfrutarlo. Para ponerlo en el coche, subir el volumen y cantar sus canciones mientras conducimos. Para bailar. Para acompañar una tarde de verano. Para que una melodía se nos quede en la cabeza y descubramos que llevamos diez minutos tarareándola. Puede que una escucha detenida nos permita apreciar mejor los detalles de su producción y localizar esas pequeñas huellas sudafricanas que en una primera impresión pasan inadvertidas, pero A*POP no parece pedirnos ese tipo de atención. Su virtud está precisamente en la inmediatez. 

La aparente sencillez del resultado tampoco debería hacernos olvidar todo lo que hay detrás. La producción está repartida entre P2J, Sammy Soso, Ari PenSmith, Believve, Mocha Bands y una larga nómina de productores adicionales, mientras que TYLA comparte los créditos de composición con cerca de una treintena de autores. No creemos que esto deba utilizarse como un defecto ni que una canción sea menos válida porque hayan participado en ella muchas personas. El pop contemporáneo funciona cada vez más de esta manera. Pero tampoco creemos que haya que obviarlo, porque esos créditos ayudan a definir qué clase de disco tenemos delante: A*POP es el resultado de una enorme maquinaria creativa e industrial que busca que todo parezca sencillo, natural y tremendamente pegadizo. 

Y esa paradoja nos resulta interesante. Hay muchísima gente trabajando detrás de estas canciones para conseguir que cuando las escuchemos no pensemos en el trabajo que hay detrás, sino simplemente en lo bien que funcionan. La producción está tan integrada en la propuesta de TYLA que termina desapareciendo como artificio y solo queda la sensación de que todo fluye. No necesitamos valorar negativamente esa forma de trabajar, pero sí podemos preguntarnos hasta qué punto la enorme cantidad de recursos que se ponen actualmente al servicio del pop está empezando a convertirse en algo que damos por sentado. A*POP es, en ese sentido, un producto de su tiempo. 

Las colaboraciones tampoco son precisamente escasas. Liquideep, la resucitada Zara Larsson, Mawhoo y Bavaiwa M completan una lista de invitados que termina de ampliar un disco que ya cuenta con una cantidad considerable de manos detrás. Y las colaboraciones tienen sentido dentro de la estrategia general del álbum: ampliar el radio de acción de TYLA sin alterar demasiado el núcleo de su propuesta. Todo sigue girando alrededor de esa mezcla de sensualidad, baile y pop global que la artista ha convertido en su principal seña de identidad. 

La recepción crítica ha sido algo menos entusiasta que la de su debut. A*POP obtiene actualmente una media de 73 sobre 100 a partir de ocho reseñas. AllMusic, The Guardian y Clash coinciden en un 80/100; Beats Per Minute le concede un 73/100; Pitchfork 72/100; NME 70/; Spectrum Culture 69/100; y The Arts Desk baja hasta un 60/100. El descenso es apreciable frente al 80/100 que obtuvo TYLA, aunque tampoco estamos ante un rechazo crítico. El debut contó además con dos reseñas más y alcanzó cotas superiores, con especial mención al 90/100 de The Line of Best Fit, y no tuvo valoraciones por debajo de 70/100. La diferencia parece estar, sobre todo, en el factor sorpresa: el primer álbum presentaba a una artista nueva con una identidad que todavía estaba descubriéndose, mientras que A*POP parte de un lenguaje ya establecido y decide perfeccionarlo en lugar de reinventarlo. 

Y quizás ahí esté la clave para valorar este segundo álbum. No creemos que tenga sentido exigirle a TYLA una transformación radical cuando apenas estamos ante su segundo trabajo. Si dentro de cinco álbumes continúa haciendo exactamente lo mismo, tendremos motivos suficientes para hablar de estancamiento. Ahora mismo nos parece más justo preguntarnos si ha conseguido hacer mejor lo que ya sabía hacer. Y creemos que sí. A*POP resulta más seguro, más inmediato y, en muchos momentos, más eficaz que su predecesor. No necesariamente más profundo, pero tampoco parece que la profundidad sea lo que TYLA busca. 

Nosotros le damos un 82 sobre 100A*POP nos parece un disco fresco, especialmente apropiado para el verano y tremendamente disfrutable. No vamos a recurrir a la habitual coletilla de que es un álbum “sin pretensiones”, porque no lo es: detrás de estas canciones hay una maquinaria enorme, muchos productores, numerosos compositores, colaboraciones y una estrategia perfectamente reconocible. Tiene pretensiones, y precisamente una de ellas es conseguir que el pop de TYLA crezca cada vez más sin dejar de resultar fácil de escuchar. Nosotros creemos que lo consigue. No necesita reinventarse todavía. Le basta con poner el coche en marcha, subir el volumen y dejar que sus canciones hagan el resto.



MEJORES MOMENTOS: Is It, Is It Love, She Did It Again, Chanel, I Don't Care, Crazy Of Me...

MEDIA CRÍTICA: 73/100

NUESTRA VALORACIÓN: 82/100

THE MENZINGERS - EVERYTHING I EVER SAW


Cuando hablamos de THE MENZINGERS en España tenemos que empezar casi por el principio, porque es bastante probable que una parte importante de nuestros lectores no haya tenido demasiado contacto con ellos. Y resulta curioso, porque estamos hablando de una banda que lleva aproximadamente dos décadas de trayectoria, que ha publicado ya nueve discos y que en Estados Unidos ocupa un lugar bastante más reconocible dentro del punk melódico y el rock alternativo del que tiene entre nosotros. 

THE MENZINGERS nacieron en Scranton, Pennsylvania, y desde sus primeros trabajos fueron construyendo una manera muy particular de entender el punk rock: guitarras eléctricas, melodías muy cuidadas, estribillos que buscan quedarse y unas letras profundamente personales. Su nombre suele aparecer asociado a bandas como The Gaslight Anthem, Against Me! o The Bouncing Souls, aunque con el paso de los años han terminado desarrollando una personalidad perfectamente reconocible. 

Lo extraño es que, teniendo en cuenta cuándo comenzaron su carrera, resulta fácil pensar que podrían haber tenido una trayectoria diferente en nuestro país. Fueron coetáneos de una generación de bandas que sí encontró en España un público considerable. Green Day, The Offspring, Blink-182, Sum 41 y otras formaciones demostraron que el punk melódico podía salir de las salas pequeñas y convertirse en un fenómeno capaz de llenar recintos y festivales. THE MENZINGERS, sin embargo, nunca terminaron de dar ese salto aquí. Cuando alcanzaron su madurez artística, aquel ecosistema ya no era el mismo y el mercado español había cambiado considerablemente. 

Por eso cuesta imaginar hoy que puedan convertirse en una banda verdaderamente popular en España. No porque les falte calidad, sino porque probablemente han llegado demasiado tarde para aprovechar una ventana que hace quince o veinte años era mucho más amplia. Lo razonable es pensar en ellos como una excelente banda de culto, con un público fiel y creciente, pero difícilmente como uno de esos nombres capaces de trascender su escena. Y quizás esa sea también una de las razones por las que EVERYTHING I EVER SAW puede pasar bastante más desapercibido entre nosotros de lo que merece. 

Si tuviéramos que resumir EVERYTHING I EVER SAW en una sola idea, nosotros hablaríamos de rock melódico. Pero de rock melódico ejecutado con una precisión extraordinaria. THE MENZINGERS son ya una banda veterana y eso se nota en cada detalle. Nada parece colocado al azar, ninguna canción da la impresión de necesitar un elemento adicional y todo funciona con una naturalidad que solo se consigue después de muchos años escribiendo, tocando y grabando juntos. 

Las melodías son probablemente el elemento más importante del álbum. Hay canciones que simplemente funcionan mientras las escuchamos y otras que permanecen cuando el disco ya ha terminado. Esa capacidad para construir temas reconocibles, con estribillos que entran con facilidad y guitarras que acompañan sin ocupar nunca más espacio del necesario, es la verdadera virtud de THE MENZINGERS

Podemos hablar de punk melódico, de rock alternativo o de pop punk, pero hay una etiqueta que nos parece especialmente útil para entenderlos: heartland rock. En su música encontramos esa tradición norteamericana de canciones que hablan de personas normales, relaciones, pérdidas, lugares, recuerdos y el paso del tiempo, con una importancia enorme concedida a la melodía y a las guitarras. Es un lenguaje que nos lleva directamente a nombres como Bruce Springsteen o The Replacements y que posteriormente fue filtrado por el punk melódico de generaciones posteriores. 

THE MENZINGERS hacen precisamente eso: toman el heartland rock y lo pasan por el filtro del punk. El resultado conserva la urgencia y las guitarras de aquel género, pero también tiene una vocación inequívoca de rock de canciones. 

Y sí, hay momentos en EVERYTHING I EVER SAW que nos llevan a los noventa. Se percibe el ADN de aquella década, de aquellos grupos que consiguieron convertir el punk y el rock alternativo en música enormemente accesible. Pero no estamos ante un disco nostálgico ni ante una banda intentando reproducir un sonido antiguo. Lo que escuchamos es un lenguaje noventero revitalizado, utilizado por una formación que ha tenido tiempo suficiente para asimilarlo y hacerlo suyo. No suena desfasado porque THE MENZINGERS no están mirando hacia atrás: están utilizando una tradición que forma parte de su propia identidad. 

En esa sensación de equilibrio tiene bastante que ver Will Yip, una figura fundamental en el sonido de THE MENZINGERS durante su etapa más madura. Yip ya había trabajado con ellos en After the Party y Hello Exile, y vuelve a encargarse de la producción de EVERYTHING I EVER SAW. Su relación con la banda va bastante más allá de la de un productor contratado para una sesión de grabación: existe una confianza construida durante años y un conocimiento profundo de cómo debe sonar THE MENZINGERS

Yip es también una figura muy reconocida dentro de la escena alternativa y punk estadounidense, y ha trabajado con numerosas bandas de ese ámbito. Su aportación aquí consiste precisamente en no intentar convertir a THE MENZINGERS en otra cosa. El sonido es potente, limpio cuando tiene que serlo y suficientemente orgánico para que las canciones sigan estando en primer plano. 

La autoría corresponde a la propia banda, algo que también resulta importante porque EVERYTHING I EVER SAW no es un ejercicio de intérpretes poniendo voz a canciones ajenas. Las canciones pertenecen a THE MENZINGERS y el disco transmite esa sensación de grupo que conoce perfectamente cuáles son sus fortalezas. Producción, interpretación y composición avanzan en la misma dirección. 

La crítica le ha otorgado una media de 76 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Distorted Sound 90/100; DIY, Kerrang! y The Arts Desk 80/100 y Pichfork 47/100. La media resulta bastante razonable si tenemos en cuenta que EVERYTHING I EVER SAW no está entre los discos peor valorados de la carrera de THE MENZINGERS, pero tampoco entre los que han recibido las puntuaciones más altas. 

Lo verdaderamente llamativo es la enorme distancia entre algunas de las valoraciones y, especialmente, ese 47/100 de Pitchfork. En este caso merece la pena detenernos en las letras porque es precisamente ahí donde encontramos la principal objeción de la crítica más negativa. Pitchfork compara inevitablemente el disco con la etapa más celebrada de THE MENZINGERS y considera que aquellas canciones de juventud tenían una capacidad narrativa y una intensidad que ahora se han debilitado. Nosotros entendemos perfectamente que alguien pueda preferir On the Impossible Past (2012) o After the Party (2017). También podemos aceptar que las letras de una banda cambien con los años y que determinadas historias tengan más fuerza cuando se escriben desde la inmediatez de los veinte o los treinta años. 

Lo que no nos parece justo es utilizar esa comparación como si una banda estuviera obligada a seguir escribiendo desde el mismo lugar durante toda su carrera. 

THE MENZINGERS ya no son los mismos músicos que eran hace quince años, y tampoco tienen las mismas vidas. Lo que una banda puede dar a los treinta no es lo mismo que puede dar a los cincuenta. No es ni mejor ni peor. Pero no es lo mismo. A determinada edad muchas experiencias dejan de ser nuevas y empiezan a aparecer otras: relaciones largas, separaciones, hijos, pérdidas, responsabilidades, amigos que desaparecen, la conciencia del tiempo que ha pasado y la necesidad de mirar hacia atrás de otra manera. 

Quizás las letras de EVERYTHING I EVER SAW no tengan la misma capacidad de sorpresa que las de sus primeros grandes discos. Quizás tampoco tengan esa sensación de estar descubriendo el mundo que acompañaba a la banda cuando era más joven. Pero convertir esa diferencia en una carencia absoluta significa, en cierto modo, exigir que los músicos permanezcan congelados en el momento de su juventud que nosotros preferimos. 

Y ahí sí creemos que existe un problema. No necesariamente en la crítica de las letras, que es perfectamente legítima, sino en utilizar como medida de calidad el hecho de que una banda veterana ya no escribe como cuando tenía treinta años. Hay algo de edadismo en esa mirada cuando se interpreta la madurez como una pérdida en lugar de entenderla como un cambio. 

Además, existe una realidad que la propia historia del rock nos ha enseñado muchas veces: las bandas suelen tener su época dorada durante sus primeros años. La combinación de juventud, hambre, descubrimiento y experiencias nuevas es muy difícil de repetir. Eso no significa que después de los cuarenta o los cincuenta los músicos dejen de tener cosas que decir. Significa que tienen cosas diferentes que decir. THE MENZINGERS han aceptado ese cambio y no intentan fingir que siguen siendo los que eran. 

Nosotros le damos un 85 sobre 100EVERYTHING I EVER SAW. Y lo hacemos por una razón bastante sencilla: nos parece un disco redondo. No sobra ninguna canción, todas fluyen y la sensación general es la de estar escuchando a una banda que sabe exactamente lo que está haciendo. 

No hay aquí una reinvención del rock melódico. Tampoco creemos que THE MENZINGERS pretendan hacerlo. Su mérito está precisamente en haber llevado su fórmula a un grado de precisión extraordinario. Las canciones están perfectamente construidas, las melodías funcionan, los estribillos aparecen cuando tienen que aparecer y la producción permite que todo llegue con claridad y fuerza. 

Después de tantos años es difícil conseguir que un disco de una banda veterana transmita la sensación de que todo está en su sitio sin caer en la rutina. THE MENZINGERS lo consiguen porque detrás de esa aparente facilidad hay muchísimo oficio. 

EVERYTHING I EVER SAW no necesita ser el disco más arriesgado de su carrera. Tampoco necesita superar obligatoriamente a On the Impossible Past o After the Party. Es suficiente con que sea un magnífico disco de THE MENZINGERS en 2026. Y lo es. 

Escuchamos una banda que conoce perfectamente sus recursos y que los utiliza con una precisión casi quirúrgica, pero sin perder la emoción ni la capacidad de escribir canciones que se quedan. Hay un sonido que nos recuerda a los noventa, sí, pero no hay nostalgia impostada. Hay heartland rock, punk melódico y rock alternativo, pero no hay necesidad de escoger una sola etiqueta. Hay experiencia, pero no acomodamiento. 

Después de veinte años, THE MENZINGERS saben perfectamente quiénes son. Y quizás esa sea la mayor virtud de EVERYTHING I EVER SAW: no necesitan demostrar que pueden hacer otra cosa. Les basta con hacer esto extraordinariamente bien.




MEJORES MOMENTOS: Nobody's Heroes, Better Angels, Chance Encounters, Everything I Ever Saw, Gasoline & Matches... 

MEDIA CRÍTICA: 76/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

LAURA MISCH - LITHIC 


LAURA MISCH todavía no ha hecho su gran disco, pero con LITHIC vuelve a demostrar que tiene todas las herramientas para hacerlo. La saxofonista, compositora y productora londinense continúa ampliando un lenguaje que se mueve entre el Art Pop, el Ambient y el Spiritual Jazz, y lo hace sin terminar de instalarse en ninguno de esos territorios. LITHIC es, sobre todo, un disco para escuchar de principio a fin y dejarse llevar por él. Su verdadera fuerza no está tanto en canciones individuales como en la manera en que todas ellas construyen un mismo espacio sonoro.

Para quienes todavía no conozcamos demasiado a LAURA MISCH, estamos ante una artista londinense que se mueve con bastante libertad entre el saxofón, la electrónica, el Ambient y el Art Pop. Su formación tampoco es la habitual de una músico de jazz: estudió ciencias biomédicas y fue desarrollando buena parte de su lenguaje desde la producción y la experimentación personal. Antes de LITHIC publicó los Eps Playground (2017) y Lonely City (2019), para después llegar a su primer largo Sample the Sky en 2023. Aquel disco ya mostraba una artista con una identidad bastante definida, aunque todavía en búsqueda. Sample the Earth, publicado posteriormente, llevó aquella exploración hacia un terreno todavía más experimental y acústico. Ahora, con LITHIC, tenemos la impresión de que varias de esas inquietudes empiezan a encontrar un lugar común. 

Si tuviéramos que situar el disco en algún sitio, Art Pop, Spiritual Jazz y Ambient serían tres buenas coordenadas. Ninguna termina de explicarlo por sí sola, pero juntas se acercan bastante a lo que escuchamos. Hay canciones, melodías y una voluntad pop muy evidente, pero también una forma de construir el álbum en la que las atmósferas y las texturas tienen tanto peso como las propias composiciones. El componente Ambient es especialmente importante porque convierte LITHIC en una experiencia de conjunto. Podemos sacar canciones del álbum y escucharlas aisladamente, pero es dentro de la secuencia completa donde adquieren todo su sentido. 

El saxofón merece una mención aparte. Es un instrumento al que quizás no siempre se le encuentra un lugar demasiado natural en buena parte de la música contemporánea. Su personalidad tímbrica es tan reconocible que puede terminar imponiéndose sobre aquello que lo rodea, y cuando se utiliza sin demasiado criterio corre el riesgo de sonar como un añadido que pretende aportar inmediatamente una cierta idea de jazz. Misch hace exactamente lo contrario. Lo integra. Lo deja aparecer, desaparecer, respirar y mezclarse con los sintetizadores y las diferentes capas electrónicas hasta conseguir que en determinados momentos dejemos de percibirlo como «un saxofón» y pasemos a entenderlo como una textura más dentro del conjunto. 

Eso nos parece uno de los mayores aciertos de LITHIC. Misch sabe que el instrumento tiene una enorme personalidad y precisamente por eso no necesita explotarla continuamente. No hay una obsesión por demostrar lo que puede hacer con él. El saxofón puede funcionar como una voz, como una melodía, como una textura ambiental o como una presencia que aparece en el momento adecuado. Es una utilización tremendamente inteligente del instrumento y demuestra que no hace falta renunciar a su carácter para integrarlo en un lenguaje contemporáneo. 

También hay algo de Spiritual Jazz en la actitud del disco. No tanto porque encontremos aquí una traslación directa de los códigos del jazz espiritual, sino por esa búsqueda de contemplación, conexión y trascendencia que recorre todo el trabajo. La naturaleza tiene un papel importante en el concepto de Lithic, y no parece una simple decoración conceptual. La escucha de espacios naturales, las resonancias, las piedras, las cuevas y los sonidos del entorno forman parte del proceso creativo. La música parece intentar encontrar otra relación con el tiempo y con el espacio, alejándose de la velocidad con la que habitualmente consumimos música. 

El propio título apunta hacia esa idea. LITHIC remite a la piedra, a lo geológico, a algo que existe en una escala temporal muy distinta de la nuestra. Frente a nuestra necesidad de avanzar, producir y llegar constantemente a alguna parte, Misch propone detenernos y escuchar. De ahí que el álbum tenga algo casi físico. Más que contarnos una historia concreta, nos conduce por un paisaje. Y quizás por eso funciona mejor cuando no intentamos diseccionarlo demasiado mientras suena. 

También resulta significativo el grado de control que Misch mantiene sobre todo el proyecto. Estamos ante un álbum en el que la identidad está muy concentrada: LAURA MISCH como principal responsable de la composición, interpretación y producción, con Matt Karmil ocupándose de la producción junto a ella. La única colaboración especialmente destacada es la de Alfa Mist. No necesitamos una larga lista de invitados para entender qué clase de disco estamos escuchando. Hay una visión muy personal detrás de LITHIC, y se percibe en la manera en que todos sus elementos parecen responder a una misma concepción. 

La presencia de Alfa Mist es precisamente más interesante por eso. No parece que Misch necesite rodearse de nombres de la escena jazzística británica para certificar su pertenencia a ella. Su colaboración funciona más como un encuentro puntual entre dos lenguajes que tienen determinados puntos en común. El resto del álbum permanece bajo el control de Misch y Karmil, algo que contribuye enormemente a esa sensación de unidad que tenemos durante toda la escucha. 

La recepción crítica, por ahora, tampoco parece haber situado definitivamente a LAURA MISCH en un lugar concreto. LITHIC aparece actualmente con una media de 75 sobre 100 de crítica, basado en dos reseñas, 80/100 de AllMusic y 70/100 de The Line of Best Fit. Es una puntuación que encaja bastante bien con la trayectoria que está teniendo la artista. Sample the Sky obtuvo también un 75/100 de media, aunque allí encontramos valoraciones bastante más dispersas, desde un notable alto hasta críticas mucho más contenidas. Sample the Earth, mucho más experimental, permanece sin valoración crítica. Da la impresión de que existe un reconocimiento bastante claro hacia su personalidad y su capacidad para construir ambientes, pero todavía no hay un consenso sobre dónde situarla exactamente ni hasta dónde puede llegar. 

Y quizás esa indefinición sea precisamente una de las cosas más interesantes de LAURA MISCH en este momento. Está cerca del jazz, pero no necesitamos considerarla estrictamente una artista de jazz. Está cerca de la electrónica, pero tampoco hace música electrónica en un sentido convencional. Tiene una sensibilidad pop evidente, pero tampoco parece interesada en acomodarse a sus fórmulas. Su música se mueve entre todos esos espacios sin necesidad de decidirse por ninguno. 

Algo parecido ocurre con su relación con la escena jazzística londinense. Estamos ante una escena muy conectada, donde los músicos colaboran constantemente, comparten proyectos, bandas y escenarios y forman una red bastante reconocible. Misch procede de ese entorno y ha recibido su influencia, pero su carrera se ha desarrollado hasta ahora un poco al margen de ese núcleo. No está fuera de él, ni mucho menos, pero tampoco parece necesitar integrarse completamente en esa red para desarrollar su música. El saxofón la acerca inmediatamente a ese universo, mientras que su manera de utilizarlo, su interés por el Ambient, la producción electrónica, el Art Pop y la relación con la naturaleza la llevan hacia otro lugar. 

Y nos parece importante añadir «de momento». Esta posición podría cambiar. LITHIC puede convertirse en un punto de inflexión y hacer que su presencia dentro de esa escena sea mucho mayor en los próximos años. O puede ocurrir lo contrario y que LAURA MISCH siga desarrollando una carrera cada vez más personal y difícil de encuadrar. En cualquiera de los dos casos, su posición actual nos parece especialmente interesante porque le permite continuar buscando sin estar demasiado condicionada por una etiqueta. 

Porque esa es, probablemente, la palabra que mejor define su carrera hasta ahora: búsqueda. No tenemos la sensación de que LAURA MISCH haya llegado todavía a su disco definitivo, pero tampoco creemos que LITHIC deba ser juzgado negativamente por ello. Al contrario. Tenemos delante a una artista que ya ha encontrado una voz propia, que sabe producir un universo sonoro reconocible y que ha demostrado una sensibilidad extraordinaria para combinar instrumentos, electrónica, espacio y naturaleza. 

Lo que todavía estamos esperando es que consiga llevar esa misma personalidad a una colección de canciones capaces de sobrevivir por sí solas, fuera del contexto que las une. Cuando consiga eso sin perder ninguna de las características que hacen reconocible su música, estaremos probablemente ante algo mucho mayor. Porque capacidad no le falta. Si mantiene la independencia suficiente para seguir experimentando y continúa desarrollando su lenguaje sin adulterar ni un ápice su esencia, estamos convencidos de que en algún momento llegará ese gran disco que todavía está buscando. LITHIC no es ese 100/100, pero sí nos parece un paso importante hacia él. Por todo ello, nuestra valoración es de 80 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Breathing, Echoes, Siren, Soften, Scrolls, Kairos, Jeaulousea... 

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 80/100

ARIANA GRANDE - PETAL 


No creemos que PETAL sea un buen disco. Tampoco creemos que ARIANA GRANDE haya dejado de ser una artista mediocre por el simple hecho de haber intentado hacer algo diferente. Lo que sí creemos es que este es, probablemente, el álbum suyo que más puede gustarle a alguien a quien normalmente no le gusta ARIANA GRANDE

Y para nosotros eso ya lo convierte en algo interesante. Nuestro problema con Ariana nunca ha sido su capacidad para cantar. Es evidente que canta extraordinariamente bien. Tiene una técnica vocal impresionante, un registro enorme y una facilidad para hacer cosas que la mayoría de cantantes ni siquiera podrían intentar. El problema es que, durante demasiado tiempo, parece que eso ha sido suficiente. Sus canciones pueden ser genéricas, previsibles y bastante planas, pero basta con que Ariana coloque una nota imposible para que buena parte de la conversación desaparezca y todo se reduzca a lo bien que canta. Como si la dificultad técnica de una interpretación fuera automáticamente una prueba de que la canción es buena. 

Y aquí creemos que su fandom tiene bastante responsabilidad. Los Arianators han construido alrededor de ARIANA GRANDE una cultura en la que la demostración vocal parece importar muchísimo más que cualquier otra cosa. Una nota alta se convierte en un acontecimiento; una melodía poco inspirada, una producción convencional o una letra mediocre pueden pasar completamente desapercibidas. No es que Ariana sea incapaz de hacer algo más interesante, sino que durante años ha tenido un público que parece recompensar especialmente aquello que ya sabe hacer. 

Y esto nos resulta particularmente curioso porque siempre hemos hablado de las discográficas como una de las principales fuerzas que impiden que los artistas evolucionen. La lógica es sencilla: si algo funciona, la industria quiere que se repita. Pero quizás hemos pasado por alto que un fandom enorme puede ejercer una presión parecida. Si cada vez que un artista repite su fórmula recibe millones de reproducciones y una ovación, mientras que cada intento de desviarse provoca decepción, ¿qué incentivo existe para cambiar? 

Por supuesto, esto no convierte a ARIANA GRANDE en una víctima. Ella es responsable de su música y durante años ha elegido hacer cosas que encajan perfectamente con las expectativas de su público. Pero precisamente por eso PETAL nos llama la atención. Porque aquí sí tenemos la sensación de que está intentando escapar, aunque sea tímidamente, de esa versión de ARIANA GRANDE que todos conocemos. 

No creemos que el resultado sea extraordinario. Las canciones siguen pareciéndonos bastante mediocres y no vamos a fingir que de repente estamos ante una compositora revolucionaria o una artista que ha descubierto una nueva forma de hacer pop. Petal no consigue convertir a ARIANA GRANDE en una artista especialmente interesante. Lo que consigue es algo mucho más modesto: por momentos, deja de parecer tan interesada en demostrar que ARIANA GRANDE canta mejor que todo el mundo. Y eso cambia bastante nuestra relación con su música. 

Hay algo refrescante en que la voz no sea siempre el acontecimiento principal. En que haya menos sensación de estar esperando el momento en el que Ariana va a demostrar que puede hacer una pirueta vocal imposible. Cuando deja de utilizar su capacidad vocal como argumento definitivo y empieza a preocuparse un poco más por la atmósfera, por la producción o por la personalidad de las canciones, aparece una Ariana que nos resulta bastante más tolerable. Incluso diríamos que, por primera vez, podemos entender por qué alguien que no es fan de ella podría encontrar algo que le interese en un disco como este. 

El problema es que PETAL tampoco llega demasiado lejos. El intento de evolución está ahí, pero no siempre se convierte en grandes canciones. Hay una distancia considerable entre querer salir de una fórmula y encontrar una alternativa realmente estimulante. Y Ariana, al menos aquí, todavía no termina de recorrerla. 

Por eso no podemos sumarnos a la idea de que este sea un gran disco injustamente incomprendido. Para nosotros sigue teniendo muchos de los problemas que encontramos en el resto de su discografía. La diferencia es que esta vez esos problemas conviven con algo que antes echábamos muchísimo de menos: la sensación de que la artista está intentando descubrir qué puede hacer cuando deja de darle al público exactamente lo que espera de ella. 

Y quizás por eso nos parece especialmente revelador que PETAL pueda ser precisamente el disco que menos entusiasme a quienes más quieren a ARIANA GRANDE. Porque quizá el público que lleva años celebrando cada nota imposible, cada demostración vocal y cada regreso a la fórmula conocida sea también el público al que más le cueste aceptar una Ariana que no necesita demostrar constantemente que puede cantar. 

Hay algo casi paradójico en esto. Queremos que nuestros artistas evolucionen, que tengan libertad creativa y que no estén sometidos a las mismas fórmulas durante toda su carrera. Pero después construimos fandoms alrededor de una versión concreta de esos artistas y castigamos cualquier cosa que se aleje demasiado de ella. Decimos que queremos artistas, pero muchas veces actuamos como consumidores de personajes. 

Y quizás ese sea el aspecto más interesante de PETAL. No que sea bueno. No creemos que lo sea. Ni siquiera creemos que vaya a cambiar radicalmente nuestra opinión sobre ARIANA GRANDE. Lo interesante es que por primera vez parece existir una pequeña grieta en esa fórmula. Una intención de hacer algo que no dependa exclusivamente de que Ariana abra la boca y nos recuerde que puede cantar más alto, más limpio o más difícil que casi cualquiera. 

No sabemos si esa grieta va a durar. De hecho, sospechamos que no. ARIANA GRANDE tiene un público enorme, una fórmula que funciona y una carrera construida sobre expectativas muy concretas. Sería bastante fácil que después de PETAL volviera a hacer exactamente lo que sabe que funciona y que todos volviéramos a celebrar las mismas notas de siempre. Pero, al menos esta vez, hay un intento. 

Y para alguien a quien normalmente le resulta bastante difícil encontrar algo interesante en ARIANA GRANDE, quizá eso sea suficiente. PETAL no es el disco que nos ha hecho pensar que ARIANA GRANDE es una gran artista. Es el disco que nos ha hecho pensar que, si alguna vez decidiera dejar de intentar ser la ARIANA GRANDE que su fandom quiere, quizás podría llegar a convertirse en una artista bastante más interesante. 

Y puede que la recepción crítica del disco sea la mejor forma de comprobar hasta qué punto ese intento ha funcionado. PETAL tiene una media de un 64 sobre 100 de crítica a partir de 20 reseñas. Sputnikmusic le ha dado la nota más alta que es un 90/100 y a pesar de que varios medios han apoyado este álbum con valoraciones desde 80 hasta 60/100. Demasiados medios lo han valorado con 50/100 (Exclaim!, Consequence Of Sound, Slant Magazine, The Needle Drop y Paste) e incluso con un 40/100 como The Independent y The Sydney Morning Herald, lo que lo convierte en el segundo álbum de estudio peor valorado de ARIANA GRANDE de su carrera, solo por encima de My Everything (2014), que tiene un 63/100. Sus álbumes mejor valorados son: eternal sunshine (2024) 76/100, Sweetener (2018) 77/100 y thank u, next (2019) en 82/100.

Nuestra nota es un 60 sobre 100. Y hay algo de contexto importante detrás de ella: esta es la primera vez que reseñamos un disco de ARIANA GRANDE. No es casualidad. Normalmente no nos interesa demasiado escribir críticas negativas y, hasta PETAL, tampoco habíamos encontrado en su discografía algo que nos diera demasiadas ganas de escribir una crítica positiva. Seguimos pensando que su música es, en términos generales, bastante mediocre, pero este disco nos ha dado algo que los anteriores no nos daban: una razón para hablar de ella sin limitarnos a decir que no nos gusta lo que hace. No porque PETAL sea bueno, sino porque por primera vez parece que hay algo que discutir más allá de lo bien que ARIANA GRANDE puede cantar.



MEJORES MOMENTOS: Petal, Hate That I Made You Love Me. Kiss Me, Like I Do... 

MEDIA CRÍTICA: 64/100

NUESTRA VALORACIÓN: 60/100




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