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miércoles, 13 de mayo de 2026

EL AUTÉNTICO SONIDO MUNA.

 



La llegada de MUNA a Saddest Factory Records no solo supuso un cambio de discográfica, sino también el reconocimiento definitivo de una banda que durante años había parecido demasiado compleja para los márgenes del pop alternativo tradicional y demasiado pop para ciertos circuitos indie. Su álbum homónimo de 2022 terminó funcionando como el disco de consagración que su anterior etapa nunca llegó a proporcionarles: una colección de canciones inmediatas, emocionales y enormes que por fin situaron al trío en el lugar que llevaba tiempo mereciendo. Allí estaban las melodías expansivas, los himnos coreables y la capacidad de convertir vulnerabilidad en euforia colectiva. Pero, sobre todo, estaba la sensación de que MUNA había encontrado por fin un entorno que entendía perfectamente qué clase de banda tenía entre manos. 

Con DANCING ON THE WALL, el grupo no busca una reinvención drástica, sino algo mucho más difícil: consolidar un lenguaje propio. Y lo consigue regresando parcialmente a las sombras emocionales y al synth-pop melancólico de About U, su debut de 2017, aunque esta vez con una producción mucho más ambiciosa, detallista y segura de sí misma. Donde aquel álbum sonaba nocturno, ansioso y lleno de intuiciones brillantes todavía en construcción, DANCING ON THE WALL recupera esa misma sensibilidad desde la experiencia y la precisión de una banda plenamente consciente de su identidad. Hay más medios, sí, pero también más control sobre las atmósferas, sobre la tensión emocional de cada arreglo y sobre una forma de entender el pop que ya no necesita perseguir tendencias para sonar contemporánea.

Una de las claves de DANCING ON THE WALL está también en el peso que adquiere la producción de Naomi McPherson dentro del sonido del disco. Mientras el álbum homónimo de 2022 transmitía una sensación más colectiva y abierta -como si las canciones hubiesen sido construidas desde la interacción constante entre las tres integrantes-, aquí la producción parece responder a una visión mucho más cohesionada y atmosférica. McPherson refuerza la dimensión nocturna del grupo con sintetizadores densos, capas de texturas cuidadosamente dosificadas y una tensión emocional que atraviesa incluso los momentos más accesibles del álbum. Esa diferencia resulta fundamental para entender por qué DANCING ON THE WALL recuerda tanto a About U sin sonar nostálgico ni repetitivo. Si el debut encontraba su identidad desde la intuición y cierta fragilidad estructural, este nuevo trabajo la reformula desde la experiencia técnica y la confianza artística. La producción no busca saturar las canciones ni convertir cada estribillo en un gran momento explosivo; al contrario, trabaja desde el detalle, permitiendo que las emociones se acumulen lentamente. Es precisamente ahí donde aparece con más claridad algo que ya puede definirse como el auténtico sonido MUNA.

Y quizá ese sea el gran logro (discreto) de este trabajo: la consolidación definitiva de un sonido propio. No entendido como una fórmula cerrada, sino como una manera muy concreta de equilibrar vulnerabilidad y euforia, tensión electrónica y calidez melódica, intimidad confesional y ambición pop. Durante años podían rastrearse influencias evidentes en su música -del synth-pop ochentero al indie electrónico contemporáneo-, pero DANCING ON THE WALL suena menos preocupado por dialogar con referencias externas y más centrado en perfeccionar un lenguaje propio. Hay bandas que evolucionan cambiando constantemente de piel; MUNA parece haber llegado al punto en el que evoluciona profundizando en su identidad.





La crítica le ha otorgado una media de 74 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Dork 100/100; DIY, The Skinny, Clash y Northern Transmissions 80/100; Pitchfork 76/100; NME y Slant Magazine 70/100; Exclaim! 60/100; Paste 58/100 y Far Out Magazine 50/100. 

Parte de la división crítica que ha acompañado a DANCING ON THE WALL parece venir precisamente de esa ausencia de una reinvención evidente. Algunas publicaciones han interpretado la continuidad estética del álbum como una señal de estancamiento (Far Out Magazine), cuando en realidad el disco funciona más como una consolidación consciente de todo aquello que MUNA llevaba años construyendo. Resulta llamativo que varias de las reseñas más tibias parezcan obsesionadas con medir el factor sorpresa del grupo, como si la única forma válida de evolucionar fuese romper drásticamente con el pasado cada pocos años. 

Sin embargo, escuchar el álbum completo revela algo muy distinto. DANCING ON THE WALL no suena automático ni complaciente; suena preciso, maduro y plenamente seguro de su identidad. Las canciones están trabajadas con una atención casi obsesiva por las atmósferas, las transiciones emocionales y la construcción melódica, hasta el punto de que muchas de ellas poseen esa cualidad cada vez más rara en el pop contemporáneo: parecen destinadas a permanecer. Y quizás ahí resida parte del problema para cierta crítica acelerada por la lógica del consumo inmediato. Este no es un disco construido para impresionar en el primer titular ni para generar conversación durante un fin de semana. Es un álbum que crece en la escucha continuada y que encuentra su verdadera dimensión cuando se entiende como una evolución natural dentro del universo emocional y sonoro de MUNA.

Por nuestra parte tenemos que decir que la crítica independiente -la que escucha discos completos, vuelve a ellos y los coloca dentro de una trayectoria- suele estar mejor posicionada para captar procesos largos: cómo cambia una banda entre discos, qué se gana o se pierde en la secuenciación, o cómo evoluciona un lenguaje sonoro. En un caso como el de MUNA, eso es especialmente relevante, porque su propuesta depende mucho más de la continuidad emocional y estética que del impacto aislado de singles. A pesar de ser una banda de muy buenos singles que funcionan a la perfección fuera del contexto de los álbumes que habitan.

En cambio, la crítica generalista trabaja muchas veces bajo otras condiciones: tiempos más cortos, mayor presión por contextualizar en el momento del estreno y una dependencia inevitable de adelantos o cortes promocionales. Eso no implica que escuchen menos, pero sí que el marco de evaluación tiende a ser más inmediato.

Al final, la diferencia no es tanto quién entiende mejor el disco, sino qué pregunta se le está haciendo. La crítica más inmediata suele preguntar: "¿qué encontramos de nuevo aquí?", mientras que una escucha más continuada pregunta: "¿qué está construyendo este álbum dentro de su propia historia?". Y en trabajos como este, la segunda pregunta suele dar respuestas más interesantes. Por eso nuestra valoración a DANCING ON THE WALL es de 90 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Dancing On The Wall, Wannabeher, So What, Eastside Girls, Big Stick, It Gets So Hot, On Call... 

MEDIA CRÍTICA: 74/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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