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viernes, 30 de octubre de 2026

FONTAINES D.C.: PASTICHE DELUXE.

 


La unanimidad crítica empieza a resultar sospechosa cuando un disco recibe tantos 100/100 que parece que ya no queda espacio para la discrepancia. Rolling Stone UK, musicOMH, NME, Louder Than War, The Arts Desk, Dork, DIY, The Independent, The Skinny y The Guardian han situado DOPAMINE CHAMBER de FONTAINES D.C. en lo más alto de sus respectivas valoraciones. Sin embargo, la media se queda en un 82 sobre 100, con Pitchfork marcando un 78/100 y algunas reseñas de Spectrum Culture, God Is in the TV y Slant Magazine que bajan hasta el 50/100. Las discrepancias existen, aunque el entusiasmo mayoritario sea difícil de ignorar. 

No vamos a discutir que FONTAINES D.C. sabe hacer buenos discos. Romance (2024) nos convenció hasta el punto de merecer un 90/100 por nuestra parte. Lo que nos cuesta aceptar es que cada nuevo movimiento de la banda se reciba como una demostración de genialidad. Con DOPAMINE CHAMBER volvemos a encontrarnos ante un álbum notable, lleno de canciones que enganchan, pero también ante una colección de referencias que nos resulta demasiado familiar. 

Es un álbum que parece diseñado para que cada oyente encuentre su propia puerta de entrada. El post-punk revival y el post-britpop permanecen, conservando buena parte del gancho que nos conquistó en Romance, pero ahora se suman otras referencias que amplían considerablemente el radio de acción de la banda. Quizás demasiado. Porque una cosa es evolucionar y otra convertir la reinvención permanente en un objetivo que nadie se atreve a cuestionar. 

En Mimesis encontramos una de las mejores canciones del álbum. La influencia de Depeche Mode se percibe en los sintetizadores, el ritmo, la atmósfera y el desarrollo de una composición en la que todo encaja como las piezas de un puzle. Es como si Depeche Mode nunca hubiera pasado por el synthpop: como si Fontaines D.C. hubiera recogido su oscuridad, su solemnidad y su capacidad para construir atmósferas, pero hubiera llegado hasta ellas por un camino distinto. Mimesis demuestra que la experimentación puede dar resultados extraordinarios cuando cada elemento encuentra su lugar. 

La colaboración con Rosalía en Where Is Gone? nos lleva a otro territorio, con una atmósfera cinematográfica que podría acompañar perfectamente a una película de James Bond. Rosalía amplía una vez más su registro y la grabación funciona de maravilla, aunque nos quedemos con las ganas de imaginar qué habría sucedido si ambos artistas hubieran coincidido en el estudio. Sabemos que las colaboraciones a distancia son habituales, pero eso no impide que nos hubiera gustado un encuentro real entre ambos. Quizás algún día podamos comprobar sobre un escenario si existe esa química que la grabación, por sí sola, no puede confirmar. 

Six Shot Mornings, el tema que abre DOPAMINE CHAMBER también destaca por su amplitud sonora. Desde los primeros compases parece anunciarnos que estamos ante algo enorme. La producción de James Ford, que ya trabajó en Romance y participa en la composición de Mimesis, contribuye a esa grandilocuencia que tanto gusta a la banda y que aquí forma parte esencial de su identidad. Todo suena expansivo, cinematográfico, diseñado para que las canciones ocupen un espacio mucho mayor que el de sus propios límites. 






Pero después llega Demolition, con su imaginario próximo a Linkin Park, y Japan, cuyas guitarras nos llevan hacia una combinación de Oasis, Travis y Snow Patrol. One Man, por su parte, ralentiza el recorrido y nos acerca a The Verve. Todo suena bien. Ese es precisamente el problema: llevamos más de veinte años escuchando discos y nos cuesta no reconocer las piezas con las que se construye este puzle. De Depeche Mode a Linkin Park, pasando por el britpop y el rock alternativo de los noventa, DOPAMINE CHAMBER parece recorrer una colección de referencias musicales que conocemos demasiado bien. 

Y aquí llegamos a la palabra que define nuestra experiencia: PASTICHE. Un pastiche disfrutable, bien producido y con canciones memorables, pero pastiche al fin y al cabo. Grian Chatten contribuye decisivamente a que funcione gracias a una interpretación vocal que se adapta a cada universo sonoro sin perder su personalidad. Su manera de cantar cambia de registro con naturalidad y ayuda a que las canciones conserven su identidad, incluso cuando se alejan de los territorios en los que FONTAINES D.C. nos parece más convincente. La banda sabe lo que hace y tiene recursos suficientes para ensamblar todas esas piezas. Lo que nos cuesta encontrar es algo que no hayamos escuchado antes. 

La paradoja es que FONTAINES D.C. puede ser una banda contemporánea y reconocible, capaz de conectar con quienes bailaban con Depeche Mode en los ochenta y con quienes crecieron escuchando a Linkin Park en los dos mil. Esa amplitud generacional es una virtud. También podría ser parte de una estrategia perfectamente calculada. No podemos demostrar que nada se haya dejado al azar, pero cuesta creer que una banda con semejante control de sus recursos desconozca el efecto de estas referencias y su capacidad para atraer públicos distintos. 

El álbum aborda, además, la saturación de estímulos, la evasión y la búsqueda de placer en un mundo dominado por la tecnología. La propia experiencia de escucha parece encajar con esa idea: una sucesión de estímulos musicales, cambios de registro y referencias reconocibles que mantienen nuestra atención. Un disco que habla de la captura de nuestra atención consigue mantenernos enganchados mediante una sucesión de estímulos sonoros. Quizás la contradicción sea deliberada. Quizás sea precisamente ahí donde reside su eficacia. En cualquier caso, la coherencia conceptual no resuelve nuestras dudas sobre la originalidad musical del conjunto. 

Lo que sí nos parece cuestionable es la recepción crítica. Cuando musicOMH, Rolling Stone UK, NME, The Guardian, The Independent, Dork, DIY y otros medios conceden sus máximas puntuaciones conviene preguntarse qué estamos premiando exactamente. No cuestionamos que el público disfrute de estas canciones ni pretendemos dictar cómo debe escucharse un disco. A la crítica profesional, sin embargo, le exigimos algo más que entusiasmo. Le exigimos contexto, memoria musical y capacidad para distinguir entre una evolución artística y una acumulación eficaz de referencias conocidas. 

Quizás FONTAINES D.C. haya encontrado la fórmula para convertirse en una banda generacional: actualizar los lenguajes de otras generaciones, combinarlos con inteligencia y envolverlos en una producción expansiva. Si funciona, ¿para qué cambiarlo? La banda gana, el público disfruta y la crítica celebra la reinvención. Todos contentos. Hasta que alguien decide aguar la fiesta y recuerda que no todo lo que suena grande es necesariamente nuevo. 

Nosotros lo valoramos con un 85 sobre 100. FONTAINES D.C. tiene canciones excelentes, momentos de auténtica grandeza y una capacidad de seducción incuestionable. Estará entre los mejores discos del año, pero no encabezará nuestra lista. Para eso necesitamos algo más que un puzle perfectamente ensamblado: necesitamos que alguna de sus piezas nos sorprenda. Y esta vez, por mucho que hayamos disfrutado montándolo, ya conocíamos la imagen final.



MEJORES MOMENTOS: Mimesis, Six Shot Mornings, Where Is Gone?, Marianne, Happy For You, One Man, Tongue...

MEDIA CRÍTICA: 82/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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