Jilian Medford lleva una década haciendo música bajo el nombre de IAN SWEET. El proyecto comenzó en 2014, cuando estudiaba en Berklee College of Music, y desde Shapeshifter (2016) ha ido construyendo una discografía asentada en el indie rock y el indie pop, con una relación especialmente estrecha con las guitarras y con una escritura de fuerte componente emocional. Después de Show Me How You Disappear (2021) y Sucker (2023), SHIVERSTRUCK supone el quinto álbum de IAN SWEET y aparece en un momento de cambios personales para Medford, marcado por el final de una relación, el regreso de Nueva York a Los Ángeles y una etapa en la que también trabajó como profesora de música para niños.
Nuestra primera impresión después de escucharlo es que estamos ante un disco extraordinariamente fluido. SHIVERSTRUCK está etiquetado como indie pop e indie rock, pero esas categorías se quedan algo cortas para explicar por qué funciona. Las guitarras son fundamentales y nunca desaparece la sensación de estar escuchando una banda de rock, aunque las canciones tengan una vocación melódica muy clara. La batería y el bajo adquieren protagonismo en temas como Hired Gun, mientras que en otros momentos basta una guitarra y una voz frágil para construir la canción. También aparecen órganos, sintetizadores, Rhodes y otros elementos, pero funcionan como colores dentro de los arreglos y nunca convierten el álbum en un disco electrónico. Lo que permanece en el centro son las canciones.
987 abre el álbum y establece desde el principio un tono íntimo, con una interpretación vocal frágil y en comunión con una guitarra. Jilian se mueve entre esa intimidad y un formato más abiertamente melódico. Después llegan canciones como Criminal Kissing, Silver Screen y Deadweight, donde las guitarras y los estribillos hacen que el disco resulte inmediatamente reconocible y fácil de seguir. La La Love incluso podría funcionar como uno de los singles destinados a mostrar la faceta más accesible del álbum. Wild Heart y Speed Demon vuelven a introducir otros matices y consiguen que el recorrido no se convierta en una sucesión de canciones intercambiables.
La palabra accesible aparece inevitablemente cuando hablamos de SHIVERSTRUCK, pero no deberíamos confundirla con sencillo ni, mucho menos, con menor. Las canciones parecen fáciles porque todo está colocado con naturalidad. No percibimos artificio en la producción ni una voluntad de demostrar cuánto trabajo hay detrás de cada arreglo. Las guitarras entran cuando tienen que entrar, la batería sostiene las canciones sin convertirse en protagonista y los pequeños detalles instrumentales aparecen sin reclamar nuestra atención. La dificultad está precisamente en conseguir que todo parezca tan natural.
Las letras terminan de darle profundidad a esa aparente sencillez. En Criminal Kissing encontramos una relación que vuelve a repetirse pese a que ambos saben que probablemente sea una mala idea. La canción juega con el deseo, la imprudencia y la posibilidad de que el encuentro termine convirtiéndose en algo más. Speed Demon lleva esa idea hacia otro lugar: conducir a toda velocidad por una carretera que termina en un callejón sin salida se convierte en una imagen bastante precisa de una relación que avanza sin llegar realmente a ninguna parte. En Wild Heart aparece otro de los temas centrales del álbum: el cansancio de vivir dentro de una identidad marcada por la tristeza y la decisión de abandonar ese papel. La frase sobre haber dejado atrás el título de “la chica más triste de la habitación” resume muy bien esa transformación y a lo mejor también es una metafora de lo que ella considera que han sido sus anteriores trabajos hasta ahora.
Por eso las canciones no nos parecen tan luminosas como su facilidad para ser cantadas podría hacernos pensar. Hay ruptura, deseo, frustración, espera, rencor y cierta sensación de estar atrapados, pero Medford no convierte ninguno de esos sentimientos en una solemnidad permanente. Incluso en los momentos más dolorosos existe sentido del humor y una cierta capacidad para reírse de las propias decisiones. En Criminal Kissing sabemos que estamos ante una mala idea y, al mismo tiempo, entendemos perfectamente por qué resulta tentadora. En Speed Demon aparece el cabreo y la desesperación, pero también la energía de seguir conduciendo. En Wild Heart la tristeza acaba convirtiéndose en una identidad de la que se puede renunciar.
En la producción encontramos a Ben H. Allen III, responsable de producir y mezclar el álbum, mientras que en la composición participan Jilian Medford, Blonder, Richard Orofino, Steph Marziano y Alex Craig. La grabación se realizó entre Maze Studios, en Atlanta, y Rock Lobster Recording, en Maine, con Allen III participando además en bajo, batería, guitarras, piano, sintetizadores, Rhodes, percusión y programación. Macie Stewart se encargó del arreglo y la grabación de las cuerdas de Speed Demon.
La crítica le ha otorgado una media de 70 sobre 100 basada en 6 reseñas distribuida de la siguiente manera: AllMusic y Far Out Magazine 80/100; Northern Transmissions 78/100; Pitchfork 62/100; Under The Radar 60/100 y Paste 58/100.
La dispersión de las notas resulta llamativa porque las tres valoraciones más bajas parecen tener bastante que ver con una expectativa concreta sobre lo que debería hacer IAN SWEET. Pitchfork, por ejemplo, considera que las melodías son demasiado formulaicas y que el carácter contenido del disco no termina de transmitir la intensidad de las emociones que aparecen en las letras. Nosotros hemos tenido una experiencia diferente. Precisamente esa distancia entre la intensidad de las emociones y la naturalidad con que están convertidas en canciones nos parece uno de los mayores aciertos del álbum. No necesitamos que una canción grite para percibir frustración, ni que una producción se vuelva grandilocuente para que una melodía tenga fuerza. Criminal Kissing, Jilian, La La Love o Wild Heart funcionan porque consiguen algo que consideramos bastante más complicado: quedarse en la cabeza sin parecer construidas para quedarse en la cabeza.
También nos parece significativo que una parte de la recepción más fría pueda estar relacionada con la comparación con el propio pasado de Medford. Sucker había llevado más lejos los ganchos y la energía pop, mientras que Show Me How You Disappear había presentado una versión más ambiciosa y expansiva de IAN SWEET. SHIVERSTRUCK no necesita repetir ninguna de esas dos fórmulas. Su fuerza está en otro sitio.
Nosotros nos quedamos con un 85 sobre 100. SHIVERSTRUCK nos parece uno de esos discos que hacen que lo difícil parezca fácil. Todo fluye de manera orgánica y no encontramos artificios que distraigan de las canciones. Nos gustan especialmente esas melodías que podemos cantar mientras conducimos y esas guitarras que mantienen el disco unido incluso cuando los arreglos se abren. También nos interesa la genealogía que percibimos detrás de algunas de estas canciones. Hay momentos que nos llevan hasta la Liz Phair de Liz Phair (2003), aquel disco que nos presentaba a Liz Phair como una divorciada que solamente quería divertirse y fue recibido con enorme hostilidad precisamente por apartarse de la imagen que muchos críticos habían construido alrededor de Exile in Guyville (1993), y otros que nos recuerdan a la Avril Lavigne de Under My Skin (2004), cuando el pop-rock adolescente de Let Go (2022) adquirió un tono más oscuro y adulto. Son dos referencias que nosotros siempre hemos valorado y que aquí funcionan como parte de una tradición de canciones guitarreras, melódicas y emocionales que no necesitan complicarse para resultar buenas. SHIVERSTRUCK nos ha convencido justamente por eso: porque parece sencillo, pero cuando prestamos atención descubrimos todo lo que hace falta para que un disco pueda sonar así de natural.
MEJORES MOMENTOS: Criminal Kissing, Jillian, Silver Screen, 987, Speed Demon, La La Love, Wild Heart...
MEDIA CRÍTICA: 70/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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