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viernes, 7 de agosto de 2026

ÁLBUMES REPESCADOS: NIALL HORAN, VIOLET GROHL, PAUL McCARTNEY, EMBRACE, KIM PETRAS, KURT VILE, KELELA, MADONNA Y GRACIE ABRAMS.


Nuevo post de álbumes repescados. Para los que lleguen accidentalmente a este blog hoy y por esta entrada, os contaremos que esto no es ninguna lista. Solo es una manera de dar salida al mayor número posible de álbumes que hemos escuchado este año y poder hacerles una reseña. El criterio que se sigue para que estos álbumes estén aquí y no en otra reseña individual es un tanto aleatorio. Aunque al final cuidamos igual tanto las reseñas de estos posts como las individuales. 

Lo que sí tenemos muy claro es que por nuestra condición de blog independiente, no tenemos que darle prioridad a discos del mainstream como el de Gracie Abrams o el de Madonna que cuando se editaron hace unas semanas acapararon todas las conversaciones. No solo porque son discos que no necesitan de nuestra ayuda ya que tienen atención mediática de más. Es que este blog no nació para hablar de lo que habla todo el mundo. No obstante, cuando escribimos una reseña sobre un álbum mainstream intentamos darle un enfoque diferente a lo que se suele leer en los demás medios. Pero nuestra filosofía es que no vamos a dejar lo que estamos haciendo para reseñar uno de esos discos. Y normalmente pasan algunas semanas en nuestra lista de espera para terminar en uno de estos posts múltiples. (Sí, con la inmensa cantidad de discos editados cada semana, tenemos lista de espera).

Pertenecer al mainstream, ser muy famoso y tener millones de reproducciones no es motivo para priorizar un disco para nosotros. En este blog se habla sobre todo de discos que consideramos importantes, independientemente del número de reproducciones y oyentes mensuales que se tenga. Aunque eso, nuestros lectores habituales hace mucho tiempo que lo saben. 


NIALL HORAN - DINNER PARTY



Hay discos que intentan convencerte de que su autor ha cambiado. No es el caso de NIALL HORAN que con DINNER PARTY te invita a que visites su zona de confort desde el principio. Porque ha construido un álbum tan escrupulosamente agradable que uno acaba preguntándose si en algún momento se planteó incomodar a alguien. La respuesta parece ser no, y tampoco da la impresión de que le quite el sueño. 

Lo curioso es que The Show (2023) dejaba entrever algo distinto. Sin romper con su ADN, había pequeños detalles que sugerían cierta curiosidad por salir de su carril. No se trataba de un volantazo, pero sí de un leve giro del volante. DINNER PARTY corrige la trayectoria y vuelve al centro de la carretera con una precisión admirable. No hay baches, pero tampoco desvíos. El disco está bien. Sería absurdo negarlo. Horan y un equipo de una decena de coautores, escriben melodías con una facilidad envidiable, canta con solvencia y sabe exactamente cómo fabricar canciones que acompañan una tarde de domingo sin estropearle el día a nadie. 

El problema es que esa misma habilidad termina jugando en su contra. Todo resulta tan correcto que cuesta encontrar una razón para emocionarse. Quizás estemos siendo injustos con él. Quizás el problema no sea Horan, sino nosotros. O mejor dicho, el público. Llevamos años culpando a las discográficas de impedir que los artistas evolucionen, pero cada vez cuesta más creer que sean las únicas responsables.

Los fandoms (algunos muy posesivos) han acabado convirtiéndose en auténticas patrullas de la ortodoxia. Exigen discos distintos... siempre que suenen exactamente igual que los anteriores. El artista cambia y le reprochan haber perdido la esencia. El artista no cambia y le acusan de repetirse. No parece el negocio más sencillo del mundo. 

No sé si eso explica este regreso a la zona de confort. Sería aventurado afirmarlo. Pero sí invita a preguntarse si The Show, su disco mejor valorado hasta la fecha (77/100), enseñó a Horan una lección incómoda: que la crítica puede aplaudir los pequeños riesgos, pero quien compra entradas y suma reproducciones suele agradecer mucho más que le den exactamente aquello que espera. 

En cuanto a la crítica DINNER PARTY se convierte en su segundo álbum mejor valorado con una media de 68 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: Clash, The Irish Times y Hot Press 80/100; Spectrum Culture 74/100 y PopMatters y AllMusic 60/100. A veces nos preguntamos si a un artista como NIALL HORAN, haciendo el tipo de música que hace, le importa realmente lo que puedan decir los críticos. Incluso parece que se está preparando a que llegue el día en que sus discos ni serán reseñados.

Porque da la sensación de que Horan ha tomado una decisión muy consciente. En lugar de perseguir el estatus de artista imprevisible, ha preferido asegurarse un futuro extraordinariamente estable. Es fácil imaginarlo dentro de veinte años llenando teatros con un repertorio de éxitos, algún recopilatorio navideño, un disco de versiones y colaboraciones con media industria. El proyecto está perfectamente diseñado. Suena menos a Harry Styles que a un futuro Ronan Keating. Y no hay nada malo en ello, salvo que durante un instante pareció que podía aspirar a otra cosa. 

Porque esa es la sensación que deja DINNER PARTY. No la de un músico que ha tocado techo, sino la de uno que ha encontrado una fórmula tan rentable -artística, comercial y emocionalmente- que ya no siente ninguna necesidad de abandonarla. Puede que sea una decisión inteligente. También puede que, dentro de unos años, cuando siga publicando discos impecablemente agradables, descubramos que este fue el momento exacto en el que decidió dejar de sorprender para empezar a administrarse. Nuestra nota para DINNER PARTY es de un 60 sobre 100


MEJORES MOMENTOS: Little More Time, Dinner Party, End Of An Era, Tastes So Good, She Gets In Front Her Mother... 

MEDIA CRÍTICA: 68/100

NUESTRA VALORACIÓN: 60/100

VIOLET GROHL - BE SWEET TO ME


Escuchar el debut de VIOLET GROHL implica tener presente una cosa antes incluso de darle al play: su apellido pesa. Hija de Dave Grohl, una de las figuras más reconocibles del rock estadounidense, Violet forma parte de esa generación de músicos a los que inevitablemente acompaña la etiqueta de nepo baby. Y sí, lo es. Ser hija de un miembro de Nirvana y fundador de Foo Fighters le ha proporcionado una exposición, unos contactos y unas oportunidades que la mayoría de artistas tardan años en conseguir.

Pero quedarse únicamente en esa etiqueta sería una forma bastante pobre de acercarse a BE SWEET TO ME. La pregunta interesante no es si VIOLET GROHL tuvo una puerta de entrada privilegiada, sino qué hace una vez dentro. Y este debut tiene algo que merece atención: es el trabajo de alguien con una cultura musical evidente, alguien que parece disfrutar tanto creando canciones como dialogando con los discos que ha escuchado. 

Precisamente esa es la razón por la que merece una reseña. Más allá del apellido, BE SWEET TO ME es un álbum entretenido de analizar porque está lleno de conexiones. Porque nos presenta una colección de canciones donde las referencias aparecen constantemente y resulta interesante comprobar cómo intenta combinarlas. 

El inicio del álbum es probablemente su tramo más convincente. THUM, 595 y Bug In The Cake sitúan a Violet en una tradición muy concreta del rock alternativo de los noventa. Aquí aparecen ecos de PJ Harvey, Hole o Liz Phair, no tanto como imitaciones directas, sino en esa mezcla de guitarras con personalidad, melodías cuidadas y una actitud que nunca es completamente frágil ni completamente agresiva. 

En Last Day I Loved You aparece una conexión más cercana al indie rock contemporáneo. Hay algo de la sensibilidad de Snail Mail en su manera de combinar guitarras y vulnerabilidad, una forma de entender el rock alternativo que ya no necesita reivindicar una ruptura con nada porque esas influencias forman parte del lenguaje habitual. 

El gran momento del primer tramo llega con Big Memory, una de las canciones más destacadas del álbum. Aquí Violet se aleja de la oscuridad alternativa y se acerca al pop-rock de guitarras de Haim o The Bangles. Las armonías y la construcción melódica son el centro de la canción, y es precisamente ahí donde mejor funciona: cuando las referencias no parecen una colección de nombres, sino herramientas al servicio de una composición sólida. 

A partir de ese punto el disco empieza a explorar otros caminos. Often Others introduce una faceta más ruidosa y menos preocupada por la melodía inmediata. La guitarra gana protagonismo y aparece una Violet más cercana al rock de distorsión, casi como si quisiera dejar claro que su propuesta no se limita a las canciones de guitarras bonitas. 

Esa vertiente continúa en Cool Buzz, uno de los temas más interesantes del álbum por la cantidad de elementos que consigue juntar. La canción combina guitarras más sucias con un bajo que recuerda al rock alternativo de los noventa más cercano a Red Hot Chili Peppers, mientras que la melodía principal y las armonías recuperan ese aire luminoso de The Bangles. Es una mezcla curiosa porque resume bastante bien el enfoque del disco: mirar hacia varias décadas de música de guitarras e intentar que convivan en un mismo espacio. 

Por eso las etiquetas asociadas al álbum -Alternative Rock, Indie Rock, Post-Grunge, Dream Pop y Stoner Rock- no son tan descabelladas. BE SWEET TO ME no pertenece exclusivamente a un solo género. Puede pasar de la herencia alternativa de los noventa a momentos más atmosféricos, de guitarras con peso a composiciones donde la voz ocupa el primer plano. 

El tramo final cambia el ritmo. Pool Of My Dreams apuesta por una canción más atmosférica, con una batería suave y un arreglo que coloca la voz de Violet en el centro. Es un tema que funciona desde otro lugar, menos basado en el impacto inmediato y más en la creación de un ambiente determinado. 

El cierre, Plastic Couch, vuelve a llevar la atención a la combinación de guitarra y voz. La introducción puede recordar a la sensibilidad de All Apologies de Nirvana, no tanto por buscar una referencia evidente como por esa idea de una canción sostenida por una guitarra sencilla y una interpretación emocional. Es un final coherente para un álbum que durante toda su duración intenta encontrar el equilibrio entre ruido, melodía e intimidad. 

La recepción de BE SWEET TO ME ha sido mayoritariamente positiva, aunque con diferencias bastante marcadas. Una media de 74 sobre 100 basado en 14 reseñas (excelente la atención mediática). La puntuación más alta llega de DIY, que le concede un 90/100. Varios medios coinciden en una valoración de 80/100, entre ellos Clash, Mojo, Kerrang!, Spill Magazine y Far Out Magazine. Más moderados se muestran AllMusic, Spectrum Culture y Classic Rock, todos con un 70/100. En el lado más crítico encontramos a The Guardian y Dork, ambos con un 60/100, mientras que Paste se sitúa claramente por debajo con un 43/100. 

Parte de la diferencia entre las críticas parece venir de la misma cuestión que define el álbum: para algunos, la cantidad de referencias demuestra una gran cultura musical; para otros, evidencia que VIOLET GROHL todavía está buscando una identidad completamente propia. 

Nuestra nota para BE SWEET TO ME es un 82 sobre 100VIOLET GROHL tiene todavía mucho camino por recorrer. Este debut no presenta a una artista completamente definida y en algunos momentos se nota que está más cerca de reunir influencias que de haber encontrado una voz absolutamente personal. Pero sería un error escuchar el álbum únicamente desde el prisma de su apellido. 

No somos especialmente partidarios de las ventajas que tienen los nepo babies, pero una oportunidad no garantiza un buen disco. Lo que funciona aquí es la cultura musical de Violet, su capacidad para conectar referencias de distintas épocas y la forma en que mezcla influencias sin convertir el álbum en una simple colección de homenajes. BE SWEET TO ME no es todavía la gran declaración artística de una nueva figura del rock, pero sí el debut de una artista prometedora que sabe escuchar, sabe escribir canciones y tiene una base musical mucho más interesante que la etiqueta que la acompaña.



MEJORES MOMENTOS: THUM, 595, Big Memory, Last Day I Loved You,Cool Buzz... 

MEDIA CRÍTICA: 74/100

NUESTRA VALORACIÓN: 82/100

PAUL McCARTNEY - THE BOYS OF DUNGEON LANE



A estas alturas de la carrera de PAUL McCARTNEY, cada nuevo disco parece llegar acompañado de la misma pregunta: ¿realmente sigue siendo necesario? La respuesta, al menos en el caso de THE BOYS OF DUNGEAN LANE, parece bastante clara. 

La nominación al Mercury Prize no ha hecho más que confirmar una sensación que ya reflejaba la crítica especializada. Con una media de 81 sobre 100 basada en 26 reseñas, el álbum se ha convertido en el trabajo mejor valorado de McCartney desde Tug of War (1982) (83/100). No se trata de un éxito aislado. Su anterior lanzamiento, McCartney III (2020), obtuvo un 79/100, la tercera mejor valoración de toda su carrera. Lejos de vivir únicamente del prestigio acumulado, McCartney atraviesa uno de los momentos de mayor reconocimiento crítico de las últimas cuatro décadas. 

Los números, además, esconden un consenso poco habitual. Spill Magazine y The Telegraph le concedieron la máxima puntuación, 100/100. AllMusic, The Needle Drop y Rolling Stone lo situaron en un 90/100. Alrededor de trece publicaciones (Mojo, Uncut, The Guardian, DIY o NME entre otros) lo calificaron con un 80/100. Incluso las voces tradicionalmente más exigentes han sido bastante favorables: Pitchfork le otorgó un 72/100, mientras que la nota más baja corresponde a The Line of Best Fit, con un 60/100. No es un disco que haya gustado porque lo firme un Beatle. Ha gustado porque, sencillamente, es un buen disco. 

Lo curioso es que McCartney no ha conseguido todo esto intentando sonar como un artista de 2026. Al contrario. Sigue escribiendo desde un lenguaje musical que parece ir por libre. Las melodías siguen siendo el centro de todo, las armonías continúan teniendo un peso enorme y las canciones se construyen con una paciencia que hoy casi ha desaparecido del pop. Es un idioma distinto al de la mayoría de músicos actuales. Y, sin embargo, sigue funcionando. 

Es lógico pensar que el álbum conectará especialmente con un público de cincuenta años en adelante. No solo por una cuestión generacional, sino porque comparte una forma de entender la música que muchos crecieron escuchando. Pero reducir THE BOYS OF DUNGEAN LANE a un ejercicio de nostalgia sería un error. Lo que mantiene vivo el disco no es el recuerdo de quién fue PAUL McCARTNEY, sino la sensación de que sigue disfrutando escribiendo canciones. 

En lo musical, THE BOYS OF DUNGEAN LANE vuelve a demostrar que McCartney nunca ha entendido los géneros como compartimentos estancos. El disco transita con naturalidad entre el pop rock, el baroque pop, el folk pop, el progressive pop, el folk rock y algunos destellos de psicodelia. Pero por encima de cualquier etiqueta hay una constante: este sigue siendo un disco de cantautor. Un álbum construido alrededor de las canciones, donde los arreglos están siempre al servicio de la melodía y nunca al revés. 

También conviene detenerse en el apartado técnico. El disco está escrito y producido a cuatro manos entre PAUL McCARTNEY y Andrew Watt. La colaboración funciona porque ninguno intenta imponerse sobre el otro. Watt aporta una producción limpia, elegante y contemporánea, pero entiende perfectamente cuál es su papel. No pretende reinventar a McCartney. 

McCartney es perro viejo y sabe perfectamente cómo secuenciar un álbum. No desperdicia las mejores cartas y coloca dos de sus composiciones más memorables justo al principio y al final. 

As You Lie There abre el disco con una declaración de intenciones. Es una canción de raíz rockera, construida con calma, donde las guitarras, la atmósfera y la melodía avanzan de la mano. Desde el primer minuto queda claro que McCartney no tiene ninguna intención de perseguir tendencias. Sigue creyendo en las canciones y basta con escuchar la apertura para entenderlo. 

El cierre llega con Momma Gets By, una balada al piano que remite inevitablemente al McCartney más beatleliano y a aquellas grandes canciones grandilocuentes de los años sesenta pero jugando con pocos elementos. Lo mejor de todo es la decisión que toma como compositor. Durante toda la canción esperas un gran crescendo, un cambio de intensidad, una explosión final... pero nunca llega. McCartney mantiene la contención hasta el último acorde y esa renuncia termina siendo mucho más emocionante que cualquier exhibición de fuerza. 

En medio aparecen algunos de los momentos más inspirados del disco. Ripples In a Pond recupera a ese McCartney más teatral, el que parece cantar con una media sonrisa y guiñando un ojo al oyente. Es una faceta que siempre ha formado parte de su personalidad y que aquí vuelve a aparecer con total naturalidad. 

Mountain Top ofrece uno de los paisajes sonoros más sugerentes del álbum. La guitarra arpegiada, una voz tratada con delicadeza y un bajo que conduce la canción introducen un ligero aroma psicodélico sin perder nunca la identidad de McCartney. Es una prueba de que, incluso después de tantos años, sigue teniendo curiosidad por explorar pequeños caminos nuevos sin dejar de sonar a sí mismo. 

Y luego está Home To Us, el esperado reencuentro con Ringo Starr. Más allá del simbolismo, lo realmente bonito es escuchar cómo se divierten juntos. Hay una complicidad imposible de fingir y una alegría que termina contagiándose al oyente. Solo por esta canción ya merece la pena comprarse el disco. 

Quizás la palabra que mejor define THE BOYS OF DUNGEAN LANE sea ilusión. No la ilusión ingenua de quien empieza una carrera, sino la de alguien que lleva más de sesenta años escribiendo canciones y todavía entra en un estudio con ganas de probar una idea nueva. 

Podría haber dedicado los últimos años de su vida a publicar recopilatorios, reediciones, discos navideños o a girar eternamente alrededor de los Beatles. Nadie le habría dicho absolutamente nada. Se lo habría ganado. Pero sigue prefiriendo el camino más difícil: hacer discos nuevos. Y eso, a estas alturas, tiene muchísimo mérito. 

Hay una última reflexión que deja este álbum y que trasciende incluso a PAUL McCARTNEY. En un momento en el que la inteligencia artificial es capaz de generar melodías, imitar voces o reproducir estilos con una precisión cada vez mayor, escuchar un disco como este sirve para recordar qué es lo verdaderamente importante. 

Una buena canción no nace únicamente de una progresión de acordes, de una producción brillante o de una melodía pegadiza. Nace de una vida. 

Detrás de estas canciones hay más de seis décadas componiendo, acertando, equivocándose, experimentando, tocando con otros músicos y aprendiendo de cada disco. Una inteligencia artificial podrá imitar estilos, reconocer patrones o acercarse a determinadas estéticas. Lo que no puede hacer es vivir una vida. Y tampoco convertir esa vida en música. Quizás por eso THE BOYS OF DUNGEAN LANE emociona tanto.

No porque lo haya firmado una leyenda. Sino porque detrás de estas canciones no hay un algoritmo ni una fórmula, sino una vida entera dedicada a la música. Al final, eso es lo que distingue a los grandes compositores de quienes simplemente administran un legado: nunca dejan de buscar la siguiente buena canción. Nuestra nota para THE BOYS OF DUNGEAN LANE es de 85 sobre 100.  



MEJORES MOMENTOS: Come Inside, Days We Left Behind, As You Lie There, Momma Gets By, Home To Us... 

MEDIA CRÍTICA: 81/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

EMBRACE - AVALANCHE


Resulta curioso que AVALANCHE sea ya el noveno álbum de estudio de EMBRACE y que, para buena parte del público fuera de Reino Unido, la banda parezca haberse quedado congelada en el tiempo. En países como España, su último gran momento de visibilidad llegó con Out of Nothing (2004), un disco que los situó durante un breve periodo en el mapa gracias a canciones como Ashes y a la conexión con un sonido británico melódico que entonces gozaba de una enorme popularidad. 

Después de aquello, EMBRACE siguió publicando discos con regularidad, pero su repercusión internacional fue disminuyendo hasta convertirse prácticamente en una banda de culto para seguidores del rock británico de aquella época. Y es que EMBRACE pertenece a una tradición musical muy concreta: el llamado post-britpop. Una corriente que tomó elementos del britpop de los noventa y los llevó hacia un terreno más emocional, atmosférico y menos preocupado por la actitud rockera. En esa misma familia encontramos a bandas como Travis, Keane, Snow Patrol o incluso los primeros Coldplay, grupos que apostaron por las melodías grandes, las letras introspectivas y los arreglos capaces de convertir una canción sencilla en un himno. 

Sin embargo, a diferencia de algunos de sus compañeros de generación, EMBRACE nunca llegó a tener un éxito que trascendiera de forma masiva. Travis tuvo himnos reconocibles como Why Does It Always Rain on Me? o Sing; Keane convirtió Somewhere Only We Know en una canción asociada para siempre a su nombre; y Snow Patrol alcanzó una dimensión internacional con Chasing Cars. Embrace tuvo éxitos importantes en Reino Unido, pero nunca contó con ese gran tema que funcionara como carta de presentación universal. 

AVALANCHE no pretende cambiar esa historia ni reinventar a la banda. Su propuesta se mantiene fiel a esa tradición de rock británico melódico que hoy ya no ocupa el centro de la conversación musical. El piano tiene un peso notable en muchos de los cortes, aportando ese componente emotivo que conecta con la escuela de Keane, mientras que las guitarras, las capas de sonido y los arreglos de producción están trabajados con mucho cuidado. Sobre todo destaca la voz de Danny McNamara, siempre intensa y capaz de llevar las canciones hacia momentos de mayor épica sin perder la identidad del grupo. 

El resultado es un disco que mira más hacia una herencia musical concreta que hacia las tendencias actuales. En sus mejores momentos recuerda por qué aquel sonido funcionó durante tantos años: canciones bien construidas, melodías claras y una búsqueda constante de la emoción. No hay aquí una voluntad de sorprender ni de modernizar el discurso de EMBRACE; la banda parece más interesada en recuperar una forma de hacer canciones que sigue teniendo seguidores. 

La recepción crítica también resulta interesante dentro de la trayectoria del grupo. EMBRACE nunca ha sido una banda especialmente querida por la crítica, y sus álbumes anteriores han tenido valoraciones discretas. AVALANCHE es el primero de sus discos que supera la barrera del 70/100 (en la media de AOTY) con un 73 sobre 100, aunque hay que matizar que esa cifra procede de únicamente cuatro reseñas: Classic Rock y XS Noize le otorgaron un 80/100, Clash un 70/100 y Record Collector un 60/100. Son notas positivas, pero lejos de presentar el álbum como una obra maestra o como un cambio de rumbo definitivo. 

Quizás la mejor forma de entender AVALANCHE sea como un regreso solvente de una banda que sabe perfectamente cuál es su identidad. Probablemente sí estemos ante uno de los mejores discos de EMBRACE, especialmente comparado con algunos trabajos más irregulares de su carrera, pero también es cierto que parte de su atractivo reside en la nostalgia. Suena a una tradición que ya no domina el panorama musical y precisamente por eso puede resultar reconfortante. No hay reinvención, ni parece que la haya buscado. Hay un público que todavía demanda este tipo de álbumes, y EMBRACE ha sabido entregarle un disco honesto, cuidado y competente. Nuestra nota es un 82 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: Road To Nowhere, Stop, Up In Your Feelings, Funny, The Power... 

MEDIA CRÍTICA: 73/100

NUESTRA VALORACIÓN: 82/100

KIM PETRAS - DETOUR


DETOUR no es simplemente el tercer álbum de estudio de KIM PETRAS, sino el trabajo que mejor explica quién es como artista y qué tipo de música quiere hacer cuando las prioridades dejan de ser la búsqueda constante del siguiente éxito comercial. 

Aunque KIM PETRAS llevaba más de una década construyendo una base de seguidores gracias a sencillos, mixtapes y proyectos como Turn Off the Light o Clarity, su salto definitivo al gran público llegó en 2022 gracias a Unholy, la colaboración con Sam Smith que se convirtió en un fenómeno global y le dio su primer número uno. 

A partir de ese momento, su nombre dejó de ser conocido únicamente entre los aficionados al pop alternativo para pasar a formar parte de la conversación musical internacional. Tras aquel éxito llegaron Feed the Beast (2023) y Problématique (2024). El primero apostaba por un pop diseñado para acumular sencillos, pero acabó transmitiendo una sensación de irregularidad y poca cohesión. El segundo resultó más consistente, aunque también daba la impresión de ser un proyecto recuperado de otra etapa creativa, sin terminar de desarrollar una identidad propia. 

DETOUR supone un cambio de dirección evidente. También es importante entender quién es KIM PETRAS para comprender mejor este disco. La artista alemana es una mujer trans y esa circunstancia ha formado parte de su vida pública desde mucho antes de dedicarse profesionalmente a la música. Sin embargo, durante gran parte de su carrera evitó convertir su identidad en el eje central de sus canciones. Sus letras tendían a refugiarse en personajes, fantasías, romances o himnos de evasión antes que en relatos autobiográficos. Precisamente por eso, DETOUR resulta tan significativo: por primera vez, KIM PETRAS parece interesada en explicar quién es, más que en interpretar un personaje. 

Musicalmente, DETOUR es el álbum más ambicioso de KIM PETRAS. Aunque sigue siendo un disco eminentemente pop, se mueve con naturalidad entre múltiples estilos de música electrónica sin perder nunca la sensación de unidad. 

Las etiquetas que mejor describen el álbum incluyen electropop, electronic dance music (EDM), hyperpop, electro house, electroclash, dance-pop, complextro e incluso algunos elementos puntuales de trap. Lo importante, sin embargo, no es la cantidad de géneros que aparecen, sino la manera en la que conviven. 

Lejos de sonar como una recopilación de tendencias, DETOUR construye un universo coherente donde las texturas electrónicas más agresivas conviven con momentos mucho más melódicos e íntimos. Hay ecos del electro europeo de mediados de los 2000, del bloghouse, del pop futurista y del hyperpop contemporáneo, pero todo está integrado bajo una misma dirección artística. 

Quizás esa sea la principal diferencia respecto a sus trabajos anteriores. Mientras Feed the Beast parecía construido alrededor de posibles sencillos, DETOUR funciona como un álbum pensado para escucharse de principio a fin. 

El mejor ejemplo de ese cambio creativo es Brutalist, probablemente la composición más importante de toda la carrera de KIM PETRAS. Hasta ahora, la artista apenas había abordado de forma directa su experiencia como mujer trans dentro de su discografía. En Brutalist lo hace utilizando una metáfora sorprendentemente elegante: un edificio brutalista que visitaba junto a su padre durante los desplazamientos relacionados con su transición cuando era niña. 

La arquitectura deja de ser únicamente un escenario para convertirse en un símbolo. La demolición del edificio representa la presión por sustituir aquello que resulta diferente por algo considerado más aceptable o convencional. La canción no cae en el dramatismo ni busca provocar compasión; funciona como una reflexión sobre la identidad, la memoria y el derecho a existir sin tener que justificar constantemente quién eres. 

Precisamente porque KIM PETRAS nunca había escrito una canción tan autobiográfica, Brutalist adquiere un peso especial dentro del disco. No solo es una de las mejores composiciones del álbum, sino también el momento en el que la artista deja de esconderse detrás del personaje pop para hablar directamente desde la experiencia personal. 

Otro de los aspectos que ayudan a explicar el salto cualitativo de DETOUR es el contexto en el que ha sido creado. Tras abandonar una gran discográfica y publicar el álbum con una estructura que le otorga un mayor control creativo, KIM PETRAS no solo firma las canciones como compositora, sino que también participa activamente en la producción. En este apartado la acompañan productores como Nightfeelings, Margo XS, Frost Children y Porches, entre otros. 

En la composición colaboran igualmente Nightfeelings, Margo XS, Madison Love, Angel Emoji y una decena más de autores. Más allá de los nombres, lo importante es que el álbum transmite una sensación de libertad creativa difícil de encontrar en sus trabajos anteriores. No parece construido siguiendo una estrategia basada en sencillos potenciales, sino alrededor de una visión artística mucho más clara y cohesionada. 

No puede afirmarse que ese cambio sea consecuencia exclusiva de su nueva situación profesional, pero sí resulta evidente que disponer de un mayor control sobre el proyecto ha permitido a KIM PETRAS asumir riesgos que difícilmente habrían encontrado espacio en un disco pensado únicamente para el mercado masivo. 

La evolución artística de DETOUR no ha pasado desapercibida para la crítica especializada. El álbum obtiene actualmente una media de 72 sobre 100, apoyada por valoraciones como el 76/100 de Pitchfork y el 70/100 de Rolling Stone y The Needle Drop

Más allá de la cifra, el dato realmente significativo es que se trata del álbum mejor valorado de toda la carrera de KIM PETRAS. Sus dos trabajos de estudio anteriores obtuvieron medias de 61/100 y 65/100 respectivamente, por lo que DETOUR representa también un punto de inflexión desde el punto de vista crítico. 

Da la sensación de que DETOUR es el primer álbum en el que KIM PETRAS deja de preguntarse cuál será su próximo éxito para centrarse en una cuestión mucho más interesante: qué clase de artista quiere ser. La cohesión del conjunto, la mayor ambición sonora y la honestidad de canciones como Brutalist convierten este trabajo en el disco más sólido de toda su carrera. 

Junto a ella destacan temas como Jeep, Need For Speed, I Like Ur Look o DTLA, que ayudan a construir un recorrido mucho más sólido de lo que había conseguido hasta ahora. Quizás DETOUR no sea el álbum que le proporcione los mayores éxitos comerciales, pero sí parece el que mejor resistirá el paso del tiempo. Es el trabajo donde KIM PETRAS deja atrás la necesidad de demostrar que sabe fabricar singles y empieza a demostrar que también sabe construir grandes discos. Nuestra nota es un 80 sobre 100.



MEJORES MOMENTOS: Brutalist, Detour, Need For Speed, I Like Ur Look, Jeep, DTLA... 

MEDIA CRÍTICA: 72/100

NUESTRA VALORACIÓN: 80/100

KURT VILE - PHILADELPHIA'S BEEN GOOD TO ME



Diez discos después de consolidarse como una de las voces más reconocibles del indie estadounidense, KURT VILE vuelve la vista hacia el lugar del que partió. PHILADELPHIA'S BEEN GOOD TO ME se presenta como una carta de amor a su ciudad natal y, al mismo tiempo, como una reafirmación de un estilo que lleva años explorando: guitarras de apariencia despreocupada, melodías sinuosas y un rock de combustión lenta que parece avanzar sin esfuerzo. 

Con este décimo trabajo, Vile no busca redefinir su lenguaje, sino profundizar en él. Filadelfia funciona como el hilo conductor del álbum, pero las canciones también dejan espacio para las pequeñas observaciones cotidianas, los recuerdos, la identidad y ese gusto tan característico del compositor por las historias que parecen divagar hasta encontrar su verdadero sentido. Más que un disco conceptual, es una colección de estampas personales unidas por un mismo paisaje emocional. 

Musicalmente, PHILADELPHIA'S BEEN GOOD TO ME se mueve con naturalidad entre el folk rock, el alt-country, el jangle pop y la americana. Siempre bajo el paraguas del cntautor. Son etiquetas que describen bastante bien el conjunto, mientras que la vertiente neo-psicodélica resulta mucho más sutil de lo que algunos créditos podrían hacer pensar. Si está presente, lo hace de forma casi imperceptible, escondida en determinados arreglos, en algunas texturas de guitarra o en la manera en que ciertas canciones se expanden sin perder nunca el carácter reposado que domina todo el álbum. No es un disco psicodélico; simplemente deja que ese aroma aparezca ocasionalmente sin alterar el equilibrio general. 

Otro aspecto llamativo es el grado de implicación de Vile en el proceso creativo. Firma en solitario las composiciones de las canciones, sin coautores, reforzando la sensación de que estamos ante una obra profundamente personal. También ejerce como principal responsable de la producción, aunque comparte esa labor con Matthew Jugenheimer, Jesse Trbovich, Kyle Spence y Adam Langellotti. El resultado es una producción sobria y orgánica, sin artificios innecesarios, que entiende perfectamente cuándo una canción necesita espacio para expandirse y cuándo basta con un pequeño detalle instrumental para enriquecerla. 

La crítica especializada ha recibido el álbum con entusiasmo. Su media de 79 sobre 100 se sitúa entre las más altas de toda la carrera de KURT VILE, una señal de que incluso quienes habían detectado cierta inercia en sus últimos trabajos consideran que aquí vuelve a encontrarse especialmente inspirado. The Skinny ha sido el medio más entusiasta con una valoración de 100 sobre 100. Northern Transmission le concede un 85/100, mientras que Mojo, Hot Press, Still Listening, Record Collector, The Telegraph, Uncut, The Guardian, DIY, Clash y MusicOMH coinciden en otorgarle 80/100. Incluso publicaciones tradicionalmente más contenidas con Vile, como Pitchfork y Spectrum Culture, lo valoran con un sólido 75/100. Sin llegar a ser un consenso de obra maestra, sí parece existir un acuerdo bastante amplio en que se trata de uno de los trabajos más sólidos de esta etapa de su carrera. 

Nuestra valoración también es claramente positiva. PHILADELPHIA'S BEEN GOOD TO ME merece un 83 sobre 100 porque demuestra a un KURT VILE más inspirado de lo habitual, capaz de escribir un puñado de canciones que mantienen el interés de principio a fin y que confirman la madurez de un músico que conoce perfectamente sus fortalezas. Ahora bien, quien espere una reinvención o un giro inesperado difícilmente lo encontrará aquí. El disco no amplía los límites de su universo creativo ni introduce elementos realmente novedosos. Lo que hace, y lo hace muy bien, es perfeccionar una fórmula que lleva años cultivando. A estas alturas de su trayectoria, quizá esa sea precisamente la mayor virtud de KURT VILE: no intentar ser otro, sino seguir afinando con paciencia un lenguaje que ya es inconfundiblemente suyo.

MEJORES MOMENTOS: Chance To Bleed, Zoom 97, 99BPM, Rock o'Stone

MEDIA CRÍTICA: 79/100

NUESTRA VALORACIÓN: 83/100

KELELA - NEW AVATAR


Pocas artistas han conseguido construir una carrera tan coherente como KELELA. Desde que apareció con Take Me Apart (2017), la cantante estadounidense se ha convertido en una de las figuras más interesantes del R&B alternativo gracias a una propuesta que mezcla soul, electrónica y música de club con una personalidad muy reconocible. Aunque su origen está en Estados Unidos, su sonido siempre ha tenido una conexión especial con la escena británica, especialmente con géneros como el future garage, el UK bass o el ambient. Después de la sofisticación de Raven (2023), NEW AVATAR llega como un paso más en su evolución: un álbum que mantiene sus señas de identidad pero que abre nuevas puertas.

NEW AVATAR se mueve entre el Alternative R&B, la Neo-Psychedelia, el Dream Pop, el Future Garage, el Indie Rock y el Ambient Pop, etiquetas que sirven para entender la amplitud de un disco que no se conforma con repetir fórmulas anteriores. 

Uno de los grandes atractivos de KELELA siempre ha sido el cuidado extremo de sus producciones, y este álbum no es una excepción. Cada sonido está tratado al detalle, desde las capas electrónicas hasta las texturas más orgánicas, creando un espacio donde la voz funciona como un elemento más dentro del conjunto. Esa manera de trabajar la producción la acerca más a cierta sensibilidad británica que a la tradición del soul estadounidense más clásico. También explica una de las características que algunos oyentes perciben en su música: una cierta frialdad o distancia emocional. KELELA nunca suele buscar la explosión vocal; prefiere sugerir, crear atmósferas y dejar que los sentimientos aparezcan entre los sonidos. 

La diferencia respecto a Raven es que aquí esa elegancia está acompañada de más variedad. Mientras aquel era un álbum muy centrado en la atmósfera y con una producción extremadamente uniforme, NEW AVATAR introduce más cambios de ritmo, más contrastes y una mayor sensación de movimiento. La experimentación está mejor integrada dentro de las canciones y no solo en el apartado sonoro. 

En cuanto a las temáticas, el álbum continúa explorando algunos de los temas habituales de KELELA: las relaciones, el deseo, la intimidad y los procesos de transformación personal. Pero lo hace desde una perspectiva algo más abierta, con una sensación mayor de búsqueda y renovación. 

La producción del álbum está firmada por la propia KELELA junto a Oscar Scheller y A. K. Paul, dos colaboradores fundamentales para dar forma al sonido del disco. El resultado es una producción compleja pero nunca excesivamente fría, capaz de combinar elementos electrónicos, guitarras y texturas ambientales sin perder la identidad de la artista. 

En la composición, las canciones están firmadas por KELELA junto a once coautores. Destaca especialmente Oscar Scheller, que participa como compositor en el mismo número de temas que la propia artista, consolidándose como uno de los principales colaboradores creativos del proyecto.

La recepción crítica de NEW AVATAR ha vuelto a confirmar la solidez de la carrera de KELELA. El álbum obtiene una media de 81 sobre 100, exactamente la misma puntuación que consiguieron sus dos trabajos anteriores, Take Me Apart y Raven. Mantener una nota tan estable durante tres álbumes es una muestra clara de una trayectoria sin grandes tropiezos y con un nivel de calidad constante. 

Las puntuaciones individuales reflejan un consenso bastante amplio. Paste le concede un 91/100, mientras que DIY lo valora con un 90/100. Beats Per Minute otorga un 84/100 y Pitchfork un 81/100. Un grupo muy amplio de publicaciones coincide en el 80/100: AllMusic, NME, The Line of Best Fit, The Skinny, Exclaim!, Slant Magazine, The Needle Drop, Clash y Mojo. Las valoraciones más bajas llegan desde No Ripcord con un 75/100 y God Is in the TV con un 70/100, aunque siguen situando el álbum dentro de una valoración positiva. 

Es interesante comparar estos datos con sus anteriores trabajos. Tanto Take Me Apart como Raven recibieron las máximas puntuaciones de algunas publicaciones concretas: el primero obtuvo un 100/100 de AllMusic y el segundo un 100/100 de The TelegraphNEW AVATAR no ha alcanzado esas notas perfectas, pero la media global demuestra que la percepción crítica sigue siendo prácticamente la misma: KELELA continúa entregando trabajos de primer nivel. 

A menudo se considera que Take Me Apart y Raven son los grandes discos de KELELA, especialmente por el reconocimiento crítico que recibieron. Sin embargo, NEW AVATAR demuestra que una puntuación máxima no siempre significa que un álbum vaya a ser el más querido con el paso del tiempo. Raven es un disco impecable en muchos sentidos, pero precisamente esa perfección puede jugar en su contra. Es un álbum que se disfruta por su atmósfera y su diseño sonoro, aunque para algunos oyentes puede resultar demasiado uniforme y difícil de recuperar después de las primeras escuchas. 

NEW AVATAR, en cambio, gana con el tiempo. Es un disco más rico, con más detalles que descubrir y con canciones que tienen una personalidad propia. La sensación es que KELELA ha conseguido ampliar su universo sin perder aquello que la hace especial. En lugar de repetir la fórmula que la llevó al reconocimiento, ha añadido nuevas influencias y ha construido un álbum más imprevisible y más vivo. Temas como don't piss me off o crystalize son una buena muestra de esa capacidad para combinar riesgo, melodía y una producción de enorme nivel. 

Puede que NEW AVATAR no tenga el aura de obra definitiva que algunos atribuyen a sus dos primeros discos, pero sí tiene algo igual de importante: ganas de volver a escucharlo. Y esa capacidad de crecer con cada reproducción es, muchas veces, la mejor señal de que estamos ante un gran álbum. Nuestra valoración es de un 88 sobre 100



MEJORES MOMENTOS: idea 1, point black, linkng, outta time, the bridge, crystalize, don't piss me off...

MEDIA CRÍTICA: 81/100

NUESTRA VALORACIÓN: 88/100

MADONNA - CONFESSIONS II


Llamar CONFESSIONS II a un disco es una decisión mucho más arriesgada de lo que parece. El título obliga inevitablemente a compararlo con uno de los grandes álbumes de la carrera de MADONNA y con un trabajo que terminó definiendo una época dentro del pop. Es una comparación de la que resulta prácticamente imposible salir vencedor. 

Lo interesante es que MADONNA  no intenta evitarla. Desde el propio título acepta esa conversación porque este álbum no busca sustituir a Confessions on a Dance Floor (2005). Lo que pretende es recuperar una forma de entender el pop que durante bastante tiempo parecía haber quedado apartada. 

Hay una sensación que acompaña prácticamente toda la escucha del disco: MADONNA vuelve a entender qué espera su público de ella. 

Puede parecer una idea demasiado sencilla, pero buena parte de su carrera se explica precisamente desde ese punto. Durante décadas ha sabido cambiar de dirección sin romper el vínculo con quienes la seguían. Han cambiado los sonidos, los productores, la imagen y hasta la forma de consumir música, pero siempre existía algo reconocible detrás de cada transformación. Esa capacidad de adaptación ha sido una de sus mayores virtudes. 

MADONNA no ha tenido una carrera fácil porque cada etapa de su trayectoria ha coincidido con un cambio importante en la industria musical. Ha tenido que enfrentarse al final de la era del álbum como centro absoluto del negocio, a la llegada del streaming, a nuevas formas de promoción y a una manera completamente distinta de juzgar a los artistas. 

Precisamente por eso la etapa que va desde Hard Candy (2008) hasta Madame X (2019) merece analizarse dentro de ese contexto. No todos los discos de esos años responden al mismo planteamiento ni tienen el mismo resultado, pero sí existe una sensación común: Madonna dejó de tener esa capacidad casi inmediata para conectar con el momento. 

Hard Candy fue probablemente el primer aviso. Se transmitía la sensación de que MADONNA estaba acercándose al sonido dominante de la época en lugar de ser ella quien marcara la dirección. Los trabajos posteriores fueron mucho más diferentes entre sí, aunque ninguno consiguió recuperar la conexión que habían tenido sus grandes lanzamientos anteriores. 

El caso de MDNA (2012) es especialmente interesante porque refleja cómo habían cambiado las reglas del juego. El disco quedó marcado desde su lanzamiento por una reacción negativa en redes sociales que convirtió a internet en juez y jurado en cuestión de horas. La etiqueta de "mal disco" se instaló rápidamente y, en muchos casos, parecía que la sentencia estaba escrita antes incluso de escucharlo con atención. Con la perspectiva del tiempo, esa valoración parece excesiva. MDNA no es uno de los discos esenciales de MADONNA, pero tampoco merece el rechazo que recibió. Tiene canciones muy interesantes y, de hecho, resulta un trabajo bastante más sólido que la imagen que quedó de él después de su lanzamiento. Unpopular opinion: MDNA es bastante mejor que Hard Candy

Ese episodio explica también una parte importante de lo que ha ocurrido con MADONNA en los últimos años. Antes un disco podía crecer con las escuchas, podía ser revisado y encontrar su lugar con el paso del tiempo. Hoy la primera impresión pesa mucho más. Una narrativa creada en redes sociales puede condicionar la percepción de un álbum antes de que exista una valoración real. 

Por eso CONFESSIONS II tiene un significado especial. No solo porque sea un buen disco, sino porque representa el regreso de una artista que lleva décadas aprendiendo a moverse en un entorno que cambia constantemente. MADONNA no siempre ha acertado, pero pocas carreras han tenido que adaptarse tantas veces a escenarios completamente distintos. 

Eso tampoco significa que estemos ante un nuevo Confessions on a Dance Floor. Sería una comparación injusta. El álbum de 2005 apareció en un momento muy concreto y terminó convirtiéndose en mucho más que un éxito comercial. La música, la imagen, la promoción y el contexto cultural coincidieron de una manera difícil de repetir. CONFESSIONS II juega otra partida. 

Lo que sí parece difícil de discutir es que estamos ante el mejor trabajo publicado por MADONNA desde entonces. Y lo más significativo es que esa valoración no llega únicamente desde sus seguidores. La crítica también ha respondido de una manera que no veíamos desde hace mucho tiempo. Le ha otorgado una media de 77 sobre 100 con picos de 90/100 por parte de medios como AllMusic o Slant Magazine. Solo ha tenido que enfrentarse a las críticas negativas de PopMatters 50/100 y Spectrum Culture 48/100 que no han bajado demasiado la media porque el resto de valoraciones fueron positivas. No es casualidad que se haya convertido en el álbum mejor valorado de Madonna desde Ray of Light (1998) (78/100). Eso no implica que sea superior a Music (2000) o al propio Confessions on a Dance Floor, pero sí demuestra que hacía décadas que un lanzamiento suyo no despertaba un consenso tan amplio. 

Uno de los grandes aciertos del disco es la manera en que dialoga con toda la historia de MADONNA. Sería un error pensar que CONFESSIONS II mira únicamente hacia el álbum que le da nombre. En realidad, las referencias son mucho más amplias. Hay momentos que nos llevan a Erotica (1992), otros que recuerdan a Music y otros que parecen conectar con distintas etapas de su carrera. 

La diferencia es que no estamos ante una colección de homenajes, ni un simple ejercicio de nostalgia. MADONNA no intenta reconstruir sus antiguos éxitos. No intenta volver a ser quien era, sino utilizar todo lo que ha sido para explicar quién es ahora. Su propio legado no aparece como una carga ni como algo que tenga que superar, sino como una parte más de su lenguaje creativo.

En ese sentido, Danceteria es probablemente la canción que mejor resume el espíritu del álbum. Todo apunta a que será uno de los grandes temas de esta etapa, pero su valor va más allá de su potencial como sencillo. Musicalmente es uno de los momentos donde más claramente aparecen los ecos de Erotica. No porque intente copiar aquel sonido, sino porque recupera esa combinación de ritmo, elegancia y sensualidad que convirtió aquel disco en una pieza tan especial dentro de su carrera. 

También merece atención Gone Gone Gone, una canción que demuestra que Confessions II no depende únicamente de sus momentos más inmediatos. Su presencia ayuda a que el álbum tenga más matices y confirma que detrás de la pista de baile también hay espacio para otro tipo de emociones. 

Uno de los momentos más interesantes de CONFESSIONS II llega con The Test, la colaboración con su hija Lola Leon. Es una de las ocasiones en las que MADONNA aparece más expuesta dentro del álbum. Lo curioso es que no necesita abandonar la pista de baile para hacerlo. 

Durante años se ha entendido la música dance como un territorio de evasión, pero MADONNA siempre ha sabido demostrar que también puede ser un lugar para la confesión. Ahí está una de las claves del título del disco. Las confesiones de MADONNA nunca han llegado desde la quietud o desde la distancia. Han aparecido entre sintetizadores, ritmos electrónicos y canciones pensadas para ser compartidas. La vulnerabilidad no está reñida con la energía del baile. 

La presencia de su hija añade otra dimensión. No es simplemente una colaboración familiar, sino un momento en el que MADONNA deja entrar una parte de su vida personal dentro de su obra de una forma poco habitual en su carrera. Después de tantos años construyendo una imagen pública basada en el control absoluto, resulta especialmente interesante verla desde un lugar más cercano e íntimo.

Además de Lola Leon, en el álbum encontraremos colaboraciones de Stromae, Martin Garrix, Feid o Sabrina Carpenter con quien estuvo caldeando el lanzamiento de este álbum con Bring Your Love, uno de los primeros adelantos. 

Las cifras demuestran que CONFESSIONS II ha funcionado bien, especialmente teniendo en cuenta la situación actual del mercado físico, donde artistas como MADONNA siguen funcionando (menos que en la época dorada del físico). Pero también es cierto que la conversación alrededor de un lanzamiento dura cada vez menos. Durante la primera semana parecía que todo el mundo hablaba del disco. Poco después la atención ya se había desplazado hacia otros lanzamientos. No es un problema exclusivo de MADONNA; es la forma en la que funciona actualmente la industria. 

Hay otro aspecto que las discográficas deberían revisar y que habría conseguido que las ventas de este álbum fueran bastante superiores. Antes incluso del lanzamiento ya se conocía la existencia de canciones reservadas para futuras ediciones, entre ellas el esperado dúo con Kylie Minogue con el remix de Love Sensation que se ha lanzado hoy mismo. Durante años esa estrategia funcionó porque muchos seguidores terminaban comprando varias versiones del mismo álbum. Hoy la situación es diferente. El público conoce perfectamente ese mecanismo y, si sabe que llegará una edición más completa, muchos compradores prefieren esperar. No es falta de interés por el disco. Es una consecuencia lógica de una estrategia que durante demasiado tiempo ha pedido al consumidor que vuelva a comprar el mismo producto dos veces. Y eso es algo que debería terminar de una vez. 

Quizás CONFESSIONS II nunca alcance la dimensión cultural de Confessions on a Dance Floor. Tampoco parece necesitarlo. Más que una segunda parte, termina siendo una reconciliación. Con sus seguidores, con una crítica que durante años había recibido sus nuevos trabajos con más dudas que entusiasmo y con una forma de entender el pop que parecía haber quedado en un segundo plano. MADONNA no reescribe su historia con este disco. Hace algo más complicado: demuestra que, después de tantos cambios y tantas transformaciones, todavía sabe encontrar el camino de vuelta. Nuestra valoración es de 85 sobre 100.


MEJORES MOMENTOS: Danceteria, Bring Your Love, I Feel So Free, Love Sensation, Bizarre... 

MEDIA CRÍTICA: 77/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

GRACIE ABRAMS - DAUGHTER FROM HELL


Cada nuevo disco de GRACIE ABRAMS hace que se le vean un poco más las costuras. El éxito comercial de su anterior álbum le ha permitido rodearse de algunos de los mejores nombres de la industria, y eso se nota: probablemente DAUGHTER FROM HELL tenga la producción más sólida y ambiciosa de su carrera. Aaron Dessner repite con Abrams y vuelve a ser una pieza fundamental, como lo ha sido en buena parte del pop de autor de los últimos cinco años, y dota al álbum de una riqueza sonora que rara vez flaquea. 

El problema es que, una vez superado el impacto de la producción, las canciones no siempre sostienen el mismo nivel. Abrams sigue moviéndose dentro de un pop confesional basado en la vulnerabilidad y el detalle cotidiano, pero aquí da la sensación de que no está exprimiendo todo su potencial. Varias letras resultan demasiado obvias o incluso algo sonrojantes, y en un género donde la escritura es el principal argumento, esas debilidades pesan más que en cualquier otro. 

Es inevitable preguntarse hasta qué punto su talento como compositora está siendo sobrevalorado. No tanto porque falten buenas ideas, sino porque escasean las grandes canciones. En ese sentido, resulta llamativo que en su anterior álbum siete temas estuvieran coescritos con Audrey Hobert, mientras que en DAUGHTER FROM HELL solo figure acreditada en Minibar, precisamente una de las canciones más logradas del disco. No es una prueba concluyente, pero sí un detalle que invita a reflexionar sobre el peso que determinadas colaboraciones han podido tener en algunos de los mejores momentos de la carrera de Abrams.

La recepción crítica parece respaldar esa sensación de estancamiento creativo. DAUGHTER FROM HELL obtiene un promedio de 59 sobre 100, la peor nota de los tres álbumes de estudio de GRACIE ABRAMS y entre quince y diecisiete puntos por debajo de sus dos trabajos anteriores. El consenso es llamativamente tibio. Solo Rolling Stone se desmarca con un 90/100 -una publicación que, por otra parte, suele mostrarse especialmente generosa con las grandes figuras del pop mainstream; baste recordar el 100/100 concedido The Life Of A Showgirl (2025) el peor álbum, de lejos, de Taylor Swift-, mientras que The Irish Times le otorga un 80/100. A partir de ahí, las valoraciones caen de forma significativa: Consequence (67/100), Northern Transmissions (64/100) y Pitchfork (62/100) ya apuntan a una recepción claramente menos entusiasta. Más abajo aparecen las puntuaciones de AllMusic, NME, Clash y Hot Press, todas ellas con un 60/100; Spectrum Culture baja hasta el 59/100; Exclaim! y Slant Magazine se quedan en un 50/100; y el desencanto alcanza su punto máximo con los 40/100 de The Guardian y The Sydney Morning Herald, culminando en el severo 33/100 de Paste. Más allá de las diferencias de criterio entre publicaciones, el patrón es difícil de ignorar: existe un consenso bastante amplio en que, pese al evidente salto de calidad en la producción, el disco no alcanza el nivel que cabría esperar de una artista que aspira a consolidarse entre las grandes compositoras del pop contemporáneo.

Mención aparte merece la crítica de The Guardian. En otras ocasiones he señalado a este medio por practicar una crítica excesivamente destructiva y poco argumentada, algo que creo haber demostrado con ejemplos en reseñas de otros artistas (Sienna Spiro). En esta ocasión, sin embargo, aunque su valoración (40/100) pueda parecer especialmente dura, resulta difícil acusarla de gratuita. Su análisis está sólidamente construido y fundamenta con claridad las principales debilidades del álbum. De hecho, coincido con buena parte de sus observaciones, especialmente en lo referente a unas letras que, pese a aspirar a la confesión íntima, con demasiada frecuencia caen en lugares comunes o en imágenes que no alcanzan la profundidad emocional que pretenden transmitir. Es una de esas ocasiones en las que una crítica severa no se sostiene por el impacto de la nota, sino por la solidez de los argumentos que la acompañan.

A pesar de todo, nuestra valoración final es un 60 sobre 100. Puede parecer una nota generosa después de tantas objeciones, pero sería injusto ignorar las virtudes del disco. GRACIE ABRAMS posee un magnetismo difícil de explicar que sigue funcionando: hay una sensibilidad melódica que consigue enganchar incluso cuando las canciones no alcanzan la profundidad que prometen sobre el papel. Es, probablemente, el aspecto en el que más ha evolucionado desde sus primeros trabajos. 

A eso hay que sumar una producción de Aaron Dessner sencillamente extraordinaria. Su capacidad para vestir cada tema con arreglos elegantes, orgánicos y emocionalmente precisos vuelve a ser determinante y eleva constantemente un material compositivo que no siempre está a la misma altura. Cuesta no preguntarse qué habría sido de DAUGHTER FROM HELL en manos de un productor menos inspirado. Probablemente estaríamos hablando de un disco bastante más decepcionante. Dessner no puede escribir las canciones por Abrams, pero sí consigue que muchas de ellas parezcan mejores de lo que realmente son.



MEJORES MOMENTOS: Hit The Wall, Good Reason, Minibar, Look At My Life, Daughter From Hell... 

MEDIA CRÍTICA: 59/100

NUESTRA VALORACIÓN: 60/100


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