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viernes, 30 de enero de 2026

PRESENTANDO A DELANEY BAILEY


Cada vez que nos presentan a una nueva artista y leemos que “es una cantante, compositora y creadora musical estadounidense que ha ganado reconocimiento tanto por su música como por su presencia en redes sociales, especialmente TikTok”, nos invaden ciertos prejuicios. Aunque el algoritmo de TikTok ha viralizado canciones que se han convertido en auténticas joyas de artistas tan interesantes como Liana Flores o Jensen McRae, sabemos que esto no siempre es así. Por eso, lo más tranquilizador que descubrimos tras una breve investigación en la biografía de DELANEY BAILEY es que primero adquirió formación musical y estudios en producción, y luego usó las redes en su beneficio. No es una influencer que se hizo famosa y luego le hicieron un disco como a Addison Rae. Con esa duda despejada, podemos tomarnos en serio a DELANEY BAILEY y seguir con nuestra reseña de CONCAVE, su segundo álbum de estudio.

Phoebe Bridgers se convirtió en el referente obligado de la cantautora confesional moderna, DELANEY BAILEY representa una de las corrientes posteriores que han surgido de esa influencia, pero con un enfoque distinto. En este último trabajo, Bailey combina la intimidad desnuda de la cantautora clásica con una producción clara y melódica y en algunos pasajes incluso crea atmósferas etéreas. Su música no juega a la ironía ni a la confrontación. Busca la cercanía con el oyente, ofreciendo canciones que funcionan como espejos emocionales, sin artificios y con un oficio evidente que sostiene toda la escucha. Aunque en una primera escucha no revela aristas ni riesgos extremos, la coherencia y la autenticidad de su propuesta hacen que el disco destaque en un panorama saturado de jóvenes cantautoras post-Bridgers. 

En CONCAVEDELANEY BAILEY apuesta por narrativas introspectivas y confesionales que exploran emociones cotidianas con una honestidad casi incómoda. Las letras no buscan metáforas rebuscadas ni juegos de ingenio: hablan de rupturas, nostalgia, deseo y vulnerabilidad con una claridad directa que convierte cada canción en un pequeño relato íntimo. Este enfoque crea una sensación de proximidad, como si el oyente compartiera un diario personal; al mismo tiempo, la autora evita la sobreactuación o el dramatismo excesivo, manteniendo siempre un equilibrio entre exposición y control. Es en esa combinación de honestidad y mesura donde reside la fuerza narrativa de este álbum. Las historias no necesitan exagerarse para que destaquen, porque Bailey ya consigue que la empatía del oyente sea suficiente para que cada momento emocional se sienta vivido y real. 


Musicalmente, CONCAVE se mueve con naturalidad entre la sencillez acústica y la producción cuidada del alt-pop. Las canciones suelen apoyarse en estructuras claras y melodías pegadizas, donde la voz de Bailey se mantiene siempre al frente, cargada de matices y respiraciones que refuerzan la sensación de intimidad. Los arreglos, aunque discretos, juegan con texturas etéreas y capas de sintetizador en algunos temas, lo que aporta momentos cercanos al dream pop sin desviar la atención de la narrativa central. Esta combinación de producción refinada y simplicidad instrumental permite que cada tema se despliegue con naturalidad, que la letra destaque y que la coherencia del disco se perciba desde la primera a la última pista. El resultado es un álbum que, aunque no busca romper esquemas ni desafiar al oyente, demuestra un oficio sólido y un sentido claro de cómo transmitir emociones de manera efectiva y envolvente. 

Dentro de la generación de cantautoras confesionales que sigue la estela de Phoebe BridgersDELANEY BAILEY ocupa un lugar intermedio entre la claridad emocional y la accesibilidad del alt-pop, y la fricción narrativa de artistas más transgresoras. Su música se acerca a nombres como Gracie Abrams o Sadie Jean, con una confesionalidad directa que conecta con el oyente sin capas ni artificios; al mismo tiempo, se distancia de cantautoras como Eliza McLamb o Holly Humberstone, que exploran riesgos narrativos y tensiones emocionales más profundas. Este posicionamiento hace de Bailey una propuesta eficaz y coherente, capaz de atraer a un público amplio en busca de intimidad inmediata, aunque quienes valoren la incomodidad enriquecedora o la provocación artística puedan percibir su disco como demasiado seguro. La crítica de momento lo ha valorado con el 80 sobre 100 de Spill Magazine, el único medio importante que lo ha reseñado, de momento. 

Si bien CONCAVE demuestra una sensibilidad emocional que funciona con claridad, su búsqueda de conexión inmediata con el oyente también la hace excesivamente complaciente en algunos momentos. La música de DELANEY BAILEY evita la fricción y el riesgo, lo que puede hacer que, aunque agradable, el disco se perciba seguro y predecible para quien valora tensión o transgresión en las canciones. Para oyentes que buscan la incomodidad enriquecedora o el desafío emocional que artistas más transgresoras pueden ofrecer, Bailey puede sentirse limitada; sin embargo, dentro de su propuesta, su habilidad para comunicar emociones con claridad y sinceridad sigue siendo notable. Nuestra valoración, a pesar de que nosotros somos de los que buscamos más transgresión que complacencia, es de un 85 sobre 100 porque es un álbum coherente, bien producido por Grayson Proctor, que también está acreditado como co-autor de algunas de las canciones, y al que no se le pueden hacer muchos más reproches. 


MEJORES MOMENTOS: Far Away, Lion, Nightshade, Wound, Baby Dream, Concave, Wake Up...

MEDIA CRÍTICA: 80/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 28 de enero de 2026

LA MIRADA DE SEAROWS


Alec Ducart está detrás de SEAROWS. Produce, compone e interpreta su segundo álbum titulado DEATH IN THE BUSSINES OF WHALLING. Es de Portland y se define como una persona no binaria y para entender mejor su obra hay que tener en cuenta otras perspectivas más allá de las heteronormativas. Pero no os asustéis, no se trata de hacer política, sino de acercarnos un poco más a la realidad cuando abrazamos la diversidad y podemos hacer otras lecturas de algunos trabajos desde una mirada queer. Es respetuoso y necesario.

DEATH IN THE BUSSINES OF WHALLING es un viaje introspectivo donde cada canción avanza con suavidad, acercándose a lo que duele y a lo que se ama sin prisa. SEAROWS construye un universo emocional que no busca certezas ni narrativas lineales: el álbum funciona como un océano de estados mutables, un territorio de ambigüedad donde el duelo, el afecto y la identidad aparecen como experiencias fluidas. El hecho de vivir y sentir al límite se percibe en cada acorde, en cada silencio, en la manera en que las canciones se despliegan con delicadeza. La metáfora de la caza de ballenas -Sacada de Moby-Dick de Herman Melville- que inspira el título, se traduce en esta ética íntima: amar y exponerse plenamente es un acto de riesgo, pero también de belleza silenciosa y reveladora. 

La sonoridad refleja esa misma sensibilidad. La base de indie folk, slowcore y folk contemporáneo se combina con leves pinceladas de folk psicodélico y atmósferas etéreas, creando un espacio donde la voz de SEAROWS transmite vulnerabilidad sin dramatismo. Los silencios, las guitarras mínimas y la producción que prioriza la intimidad sobre el espectáculo convierten al disco en un refugio: un lugar donde la música y la emoción coexisten con cuidado y honestidad. Cada tema se siente como un gesto de presencia contenida, que se expande sin necesidad de imponerse. 




En cuanto a referentes o a quién te puede recordar la música de SEAROWS, creemos que es mucho más interesante hablar del mapa de la diversidad y del lugar que ocupa dentro de ese mapa. En este blog siempre hemos dado visibilidad a artistas como Ethel Cain, Bells Larsen, Jasmine.4t, Hand Habits o Free Range. Todes elles comparten no solo una sensibilidad sonora o emocional, sino una pertenencia clara al mundo queer, y eso atraviesa la música aunque no siempre se nombre de forma explícita.

En el caso de Ethel Cain, como mujer trans, su obra está marcada por una relación muy específica con el cuerpo, la fe, la violencia simbólica y la supervivencia; en artistas como Jasmine.4t y Bells Larsen, también trans pero desde trayectorias y sensibilidades distintas, esa tensión se desplaza hacia otros territorios: la fragilidad cotidiana, la intimidad afectiva, el deseo dicho en voz baja y la vulnerabilidad como espacio político. No se trata tanto de relatos identitarios cerrados como de una forma compartida de situarse fuera de los marcos normativos, de cantar desde un lugar expuesto y descentrado. 

En propuestas como las de Hand Habits o Free Range -desde identidades no binarias- ese mismo gesto se vuelve todavía más cercano a SEAROWS: una escritura contenida, atenta al detalle emocional, que rehúye el dramatismo y convierte la sensibilidad en una forma de resistencia tranquila. En SEAROWS esto se percibe más como una ética que como una consigna: una manera de cantar desde un lugar descentrado, sin afirmaciones rotundas, con una identidad que no necesita explicarse ni justificarse. Hay una ternura frágil, una contención emocional y una resistencia a los relatos heroicos que conectan directamente con una experiencia queer de estar en el mundo: sentir mucho, observar mucho, protegerse sin endurecerse. No es música “sobre” ser queer en un sentido explícito, pero sí música hecha desde una sensibilidad queer, donde el afecto, el dolor y el amor no siguen rutas previsibles.  

La media crítica de DEATH IN THE BUSSINES OF WHALLING es de un 75 sobre 100 con notas que van desde los 80/100 de Mojo y The Skinny, hasta los 70/100 de Far Out Magazine y The Line Of Best Fit. Esos números no alcanzan a capturar la profundidad silenciosa de la obra. Este álbum crece con la escucha paciente: es música para sentirla. Para quienes buscan canciones que combinen belleza, fragilidad y coherencia emocional, SEAROWS ofrece un refugio sonoro y narrativo: un océano al que sumergirse y dejarse llevar. 

Nuestra nota es un 90 sobre 100 y podemos entender que la crítica lo haya valorado más bajo que nosotros porque es un álbum que no quiere ser “importante” en el sentido habitual: no reinventa géneros, no empuja límites de forma obvia, no tiene grandes picos dramáticos diseñados para destacarse en playlists o titulares. Pero lo que hace -y lo hace muy bien- es sostener una belleza frágil, constante, honesta, algo que suele crecer con el tiempo y no tanto en el momento de la valoración. Estos discos muchas veces envejecen mejor que su media crítica: hoy son “notables”, mañana son esos trabajos a los que la gente vuelve cuando necesita buscar respuestas. Dicho de otro modo: puede que no sea un álbum que se defienda bien en números, pero sí uno que se va a quedar a vivir contigo. Y eso, aunque para los otros críticos no siempre suba la nota media, suele ser la verdadera medida de su valor y por eso nosotros sí le damos más nota. 


MEJORES MOMENTOS: Photograph Of A Cyclone, Dearly Missed, Dirt, Hunter, In Violet...

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

lunes, 26 de enero de 2026

THE PAPER KITES: MÚSICA PARA SENTIR.


La banda australiana THE PAPER KITES nos presenta su séptimo álbum de estudio titulado IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT. Su álbum anterior At The Roadhouse (2023) estuvo en nuestra lista de su año de producción en el Top3 y no apareció en ninguna otra lista. Fuimos los únicos que lo defendimos. Porque creíamos realmente cada una de las palabras que publicamos sobre ese álbum. Quien nos conoce desde hace años sabe perfectamente que nuestra lista no se rige por modas, ni algoritmos y que solo recoge los álbumes que merecen la pena y algunos como IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT a veces son difíciles de explicar con palabras. At The Roadhouse (2023) nos pareció uno de esos álbumes en el que sientes la energía casi ritual de la banda tocando junta, respirando el mismo aire. Este nuevo trabajo repite en algo igual de difícil: posee el control absoluto del tono. Nada sobra. Nada rompe el hechizo. El título del álbum (Si vas allí, espero que lo encuentres) es bastante revelador. Y nosotros lo interpretamos como que entramos en este nuevo álbum, habitamos en él y sí que encontramos lo que estábamos buscando. 

Siempre nos ha parecido desconcertante que una banda australiana haya entendido el ADN de cierta América, mejor que la propia América. No la América real, sino la mítica. La de carreteras infinitas, moteles a media luz, radios AM sonando de fondo, polvo y cielo abierto. Ese imaginario no pertenece a un país, pertenece a una tradición emocional, y THE PAPER KITES se istalan ahí sin pedir pasaporte creando un álbum tan evocador como IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT. Además, ellos no suenan a banda americana actual. Suenan a la mejor versión posible de una banda americana que nunca existió. Una que heredó a Neil Young o a Gram Parsons, pero filtrada por una sensibilidad indie, una producción adaptada a los nuevos tiempos y muchísimo silencio bien colocado. Quizás por eso desconcierten. Porque no imitan, destilan. Es un álbum que no pregunta de dónde eres, sino qué sabes sentir y en ese punto, están jugando en casa. Hay discos que se escuchan, y otros que entran. Este hace lo segundo desde el primer corte, sin preámbulos, sin pedir contexto. No te invita: te coloca dentro de un estado. Y a partir de ahí, todo lo demás -análisis, etiquetas, procedencia- se vuelve secundario.  




IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT se construye sobre varias capas sonoras muy bien integradas. Todo suena cercano, pero nunca invasivo. Las voces están mezcladas como si te cantaran desde el otro lado de la habitación, no al oído. Hay aire entre instrumentos, silencios que respiran. No es hi-fi brillante: es cálido, orgánico, crepuscular. Las guitarras rara vez lideran con riffs. Son inmersivas y funcionan como corrientes: arpegios lentos, reverbs largas, delays que no buscan protagonismo sino continuidad. A veces parecen pedal steel fantasma, otras acústicas muy abiertas, casi folk, pero siempre al servicio del ambiente. La batería y la percusión son mínimas, muy medidas. Mucho uso de brushes, golpes suaves, tempos medios-lentos que no empujan, sostienen. No hay urgencia rítmica: el disco avanza como una caminata larga, sin prisa, sin destino claro. Se puede sentir como country, folk o americana… pero nunca como pastiche. No hay twang exagerado ni guiños obvios. Es más bien una memoria difusa de esos géneros, como si los hubieras escuchado de fondo durante años y ahora solo quedara su eco emocional. De ahí ese aire de country cósmico: terrenal y astral a la vez coqueteando con el dream pop. No buscan el gancho inmediato. Son melodías que se infiltran: sencillas, repetitivas, casi circulares. Pero persistentes. Cuando te das cuenta, ya están ahí. Es música que confía en la repetición como forma de intimidad. Todo el disco parece moverse en una franja horaria muy concreta: final del día, luz baja, colores apagados. No hay contrastes bruscos ni explosiones. Incluso los momentos más “abiertos” mantienen una cierta melancolía serena.

La nostalgia y el paso del tiempo son el motor de la narrativa de IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT, pero no una nostalgia edulcorada. Es una nostalgia consciente, adulta, que sabe que recordar también implica aceptar pérdida. Aún así cabe recordar que en este álbum lo importante no es lo que se cuenta, sino desde dónde se cuenta. Las canciones rara vez hablan de “haber llegado”. Hablan de transitar, de mirar atrás mientras sigues caminando. Caminos, viajes, cambios, despedidas suaves. No hay grandes finales ni revelaciones, solo la sensación de que algo se está cerrando… o transformando. No reconstruyen hechos concretos. Reconstruyen sensaciones: cómo se sentía una casa, una voz, una noche concreta. Por eso tú rellenas los huecos con tus propios recuerdos. El disco funciona casi como un espejo difuso: no ves su historia, ves la tuya. El paso del tiempo no aparece como tragedia, sino como hecho natural. Hay tristeza, sí, pero también calma. Esa mezcla es muy potente: no intenta salvar nada, solo reconocer lo que fue importante. Incluso lo que dolió. Muchas letras parecen escritas desde años después. No desde el momento de la herida, sino desde cuando ya puedes mirarla sin rencor. Eso da esa sensación de voz madura, de alguien que ha vivido lo suficiente como para no necesitar explicarse demasiado. No te hace recordar momentos felices necesariamente, sino momentos significativos. Es música que valida la idea de que lo importante no siempre fue lo mejor, pero sí lo que te convirtió en quién eres. Por eso el disco despierta sentimientos tan profundos: no te empuja a la melancolía, te da permiso para sentirla. No te arrastra al pasado, te deja visitarlo con respeto. Al final, las narrativas de este álbum parecen decir algo muy sencillo y muy difícil de aceptar: "La vida no se mide por lo que salió bien, sino por lo que dejó huella". Y cuando una música consigue acompañar esa idea sin subrayarla, sin convertirla en consigna, se queda contigo mucho tiempo. No es un disco para “recordar”. Es un disco para reconocer.

En cuanto a la recepción crítica del álbum, ya sabéis que siempre la recogemos como mera referencia informativa. No solemos leer lo que publican otros medios hasta haber escrito nuestra propia reseña, precisamente para proteger nuestro criterio. Y quizás ahí esté la cuestión de fondo: no tanto las notas concretas, sino el modelo de crítica que seguimos aceptando como norma. Si se trata de seguir amplificando discos diseñados para el consumo rápido, impulsados por modas o algoritmos, o si todavía tiene sentido defender álbumes que crecen despacio y permanecen. Que IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT se mueva en una franja de puntuaciones tan tibia: Clash (80/100) y Slant Magazine (60/100) para una media final de 70 sobre 100, dice más del sistema de valoración que del propio disco. Nuestra línea editorial siempre ha sido clara: apoyar aquellos álbumes en los que creemos de verdad. Y este es, sin ninguna duda, uno de ellos.

IF YOU GO THERE, I HOPE YOU FIND IT funciona casi como un espacio emocional: te regula el pulso, te ordena recuerdos que ni sabías que estaban descolocados. No es intensidad explosiva, es profundidad sostenida. Esa sensación de estar acompañado, pero en silencio. Y hay algo muy fino ahí: no busca el clímax. No hay “gran momento” que eclipse al resto. El disco confía en la continuidad, en ese fluir que te mantiene dentro hasta que, cuando termina, notas el vacío. Eso es difícil de lograr y aún más de sostener durante todo un álbum. Cuando un disco te hace sentir así desde el primer tema, la nota ya es irrelevante. El 100 sobre 100 que vamos a darle es casi una formalidad. Lo importante es que sabes que vas a volver a él -en momentos muy concretos de tu vida- y siempre va a estar ahí, exactamente igual… y tú no. Y eso, para nosotros, es la definición de un disco grande.  



MEJORES MOMENTOS: Change Of The Wind, When The Lavender Blooms, Shake Off The Rain, Every Town, Stormwall, A World I Needed More, Morning Gum...

MEDIA CRÍTICA: 70/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

viernes, 23 de enero de 2026

DEMASIADO TIEMPO SIN PEARL CHARLES.

 


En enero de 2021 PEARL CHARLES publicaba su álbum debut Magic Mirror, si recuperáis la reseña está ubicada en un marco contextual muy concreto: El inicio de la era post-pandémica. Cinco años después PEARL CHARLES regresa con DESERT QUEEN, su segundo álbum de estudio, y confirma que Magic Mirror no fue un experimento coyuntural. PEARL CHARLES no estaba “probando a ver qué pasaba” con ese soft rock setentero, californiano, elegante y ligeramente lisérgico. Era una declaración estética clara. En ese sentido, DESERT QUEEN es honesto y coherente: ella sabe quién es, qué sonido quiere habitar y no siente la necesidad de romperlo artificialmente para parecer “evolucionada”. Eso, en sí mismo, es una virtud, sobre todo en una escena donde muchos artistas cambian de piel por inercia o presión externa. El problema no es tanto el qué, como el cuándo y el para qué. Magic Mirror salió en un momento histórico muy concreto, con todo ese clima post-pandemia que pedía refugio, calidez y escapismo suave. Ese disco no solo era bueno: llegó cuando tenía que llegar. Tenía momentum porque el contexto emocional colectivo lo amplificó. DESERT QUEEN, en cambio, aparece tras una espera larga y sin un giro narrativo fuerte que lo justifique. No es que sea malo, ni que traicione su identidad, sino que suena a continuación natural… y quizás demasiado cómoda. Ahí es donde surge esa sensación de “más de lo mismo”, no porque el material sea flojo, sino porque no aporta una nueva capa emocional, conceptual o vital que haga sentir que el tiempo transcurrido era necesario. Si DESERT QUEEN hubiera salido dos años después de Magic Mirror, probablemente lo estaríamos celebrando como una consolidación elegante. Al salir más tarde, uno espera -aunque no siempre sea justo- alguna señal de transformación, riesgo o ampliación del mundo que ya conocíamos. No es una decepción, sino una expectativa no cumplida: queríamos reencontrarnos con PEARL CHARLES, sí, pero también descubrir algo más de ella, no solo confirmar lo que ya sabíamos. Y eso no invalida el disco; simplemente lo coloca en un lugar más discreto, menos trascendente que Magic Mirror. Quizás con el tiempo DESERT QUEEN encuentre su propio espacio, desligado de esa comparación inevitable.   



Aún así, existen diferencias sutiles entre los dos álbumes: DESERT QUEEN se diferencia narrativamente de Magic Mirror porque abandona la exploración del deseo, la identidad y la autoimagen para centrarse en la permanencia, el tiempo y el arraigo. Donde Magic Mirror era un disco nocturno, urbano y abierto a la transformación, lleno de búsqueda emocional y expectativa, DESERT QUEEN es diurno, estático y contemplativo: habla de habitar un lugar físico y vital sin urgencia, de aceptar la meseta más que de empujar hacia adelante. Las emociones no estallan, se sedimentan; las relaciones ya no son chispas sino presencias estables o recuerdos. Esa renuncia consciente al conflicto y al clímax explica tanto su coherencia interna como la sensación de menor impacto: no es un disco que quiera definir un momento, sino permanecer en él.

En lo sonoro, DESERT QUEEN no supone un cambio de estilo respecto a Magic Mirror, pero sí un desplazamiento claro de énfasis. Mantiene el soft rock y el pop setentero californiano como base, pero se aleja del brillo disco-pop y de la inmediatez melódica para acercarse a un americana suave, un desert pop contemplativo y una psicodelia ligera de tempos medios y lentos que coquetea con el country cósmico. La producción es más seca y orgánica, con menos protagonismo de los teclados sedosos y más peso de guitarras limpias y arreglos contenidos; el groove pierde vocación bailable y se vuelve más circular que propulsivo. Frente al hedonismo elegante y urbano de Magic MirrorDESERT QUEEN prioriza atmósfera, paisaje y continuidad, menos orientado al “hit” y más a la convivencia prolongada con el sonido.

En cuanto a referentes, DESERT QUEEN se distancia del escapismo inmediato y luminoso de artistas como Tina Charles, ABBA o Donna Summer, que caracterizaban Magic Mirror con melodías diseñadas para agradar y brindar placer instantáneo. Mientras aquel disco se apoyaba en esa ligereza setentera, el nuevo trabajo mira más hacia un soft rock contemplativo y maduro, evocando la introspección de la Carole King tardía o la calma contenida de Fleetwood Mac post-Rumours. La música ya no busca seducir ni fascinar con brillo pop; en cambio, construye paisajes sonoros donde la atención se desplaza hacia la atmósfera, la permanencia y la convivencia con los propios sentimientos.

En cuanto a la crítica, DESERT QUEEN ha sido ignorado. No ha entrado en el circuito de legitimación crítica. En albumoftheyear.org no aparece porque solo agrega medios que ya tienen un peso reconocido; si esos medios no publican reseñas, el disco queda fuera del radar “oficial”. Puede que esto haya ocurrido por una sensación generalizada de lo que hemos explicado al principio. Pero nosotros existimos también para darle voz crítica a todos esos discos que son ignorados por la crítica por el motivo que sea. Así que tendreis que fiaros una vez más de nuestro criterio:  

Nuestra nota para DESERT QUEEN es un 85 sobre 100 porque es un disco sólido, bien construido y disfrutable, con PEARL CHARLES afirmando con seguridad su identidad artística. Aunque el álbum mantiene un alto nivel de calidad y coherencia, la ausencia de elementos que generen sorpresa, tensión o novedad impide que alcance la sensación de impacto emocional y relevancia cultural que tuvo Magic Mirror. Es una obra consistente y honesta, pero más contenida, que se disfruta plenamente dentro de su propio universo sin provocar la misma euforia o admiración que su predecesor. 

DESERT QUEEN no es un estallido ni una declaración que marque un antes y un después: es la calma que sigue a la tormenta, la certeza de habitar un sonido y un mundo propio. Escucharlo es caminar por un paisaje que ya conocemos, pero contemplarlo con los ojos de quien ha aprendido a apreciar cada detalle del horizonte. No revoluciona, pero confirma con tranquilidad lo que PEARL CHARLES siempre supo hacer: crear música que permanece, que acompaña y que, con el tiempo, se convierte en un refugio tan sólido como sutil. 



MEJORES MOMENTOS: Does This Song Sound Familiar?, City Lights, Step Too Far, Middle Of The Night, Givin' it Up...

MEDIA CRÍTICA:----

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

miércoles, 21 de enero de 2026

EL 2026 ES EL AÑO DE DOVE ELLIS.

 


Es bastante inusual que un álbum como BLIZZARD de DOVE ELLIS se lance un 5 de Diciembre cuando la mayoría de medios tienen el año cerrado y casi no hay posibilidad de que aparezca en sus listas de lo mejor del año. Solo aparece en tres listas que cerraron después de esa fecha. La explicación es sencilla: es un álbum que va a tener su expansión en 2026. De momento, solo se puede escuchar en streaming y comprar en descarga digital. Su lanzamiento en vinilo está previsto para Abril. El CD no está confirmado, de momento, pero serían muy tontos si no hacen edición en CD. Porque os mentiríamos si no os dijéramos que pensamos que este álbum va a ser un fenómeno global. Creemos que va a pasar con BLIZZARD lo que ocurrió en el pasado con O (2002) de Damien Rice. Pero mejor vayamos por partes: 

DOVE ELLIS es un cantautor irlandés de 22 años originario de Galway aunque se fue a vivir a Manchester y forjó allí su carrera musical. Comenzó a ganar atención por medio de lanzamientos en Bandcamp, actuaciones íntimas y grabaciones propias que generaron interés sin necesidad de grandes campañas promocionales. También ha sido decisivo que teloneara a Geese, la banda del momento, en gran parte de su gira.  

BLIZZARD ha obtenido el reconocimiento crítico con una media de 88 sobre 100 obteniendo la puntuación perfecta del 100/100 por parte de medios como MusicOHM, The Irish Time, Mojo o The Guardian. El resto de valoraciones se distribuye de la siguiente manera: Hot Press, Far Out Magazine, Clash 90/100; Earmilk, Paste y Still Listening 85/100; The Line Of Best Fit, Uncut, DIY y NME 80/100; Northern Transmissions 79/100; Pitchfork 76/100 y Spectrum Culture 75/100.

Musicalmente, BLIZZARD se mueve en un territorio más específico que el genérico indie folk. La guitarra acústica y la voz funcionan como eje, pero los arreglos contenidos de cuerdas y piano lo acercan a un folk de cámara, casi introspectivo, donde cada elemento está al servicio del clima emocional. Hay también una clara afinidad con el slowcore, no por textura sonora sino por tempo y contención: canciones que rehúyen el clímax y prefieren sostener la tensión en lugar de resolverla. Aunque Ellis es irlandés, el disco no dialoga con el folk local ni con imaginarios tradicionales, sino con una genealogía transatlántica del songwriter que conecta más naturalmente con la sensibilidad estadounidense que con la británica. En ese sentido, BLIZZARD se inscribe más cerca de la tradición emocional del cantautor norteamericano que de cualquier escena regional europea. Por eso hemos comenzado diciendo que intuíamos que iba a ser un fenómeno global al igual que Damien Rice con su álbum debut O, los dos cumplen un mismo patrón y tienen algunas cosas en común como un lenguaje emocional muy directo y que O era un disco que tenía cierta contundencia desde el inicio: coherente, íntimo y emocionalmente maduro. BLIZZARD comparte esa sensación: un debut que no necesita refinarse ni esperar a la segunda entrega para mostrar la visión del artista. Damien Rice convirtió la voz quebrada, los silencios y la intensidad contenida en su sello. Ellis hace algo similar: la voz es el vehículo central, capaz de sostener la narrativa emocional sin depender de grandes arreglos.  



Aunque DOVE ELLIS con quien más ha sido comparado es con Jeff Buckley. A esta comparación, nosotros añadiríamos también al cantautor belga-egipcio Tamino. Pero claro..., Tamino también ha sido comparado con Buckley. La realidad es que Buckley se ha convertido en un arquetipo: Voz en registro alto con uso expresivo del falsete, interpretación muy física y emocional, canciones que se mueven entre lo íntimo y lo épico, influencias que van del folk al rock alternativo con un aura casi mística... Por eso, cada vez que aparece un cantautor joven con una voz flexible, vulnerable y una presencia intensa, la comparación es casi inevitable. En el caso de Tamino, la comparación con Buckley fue inmediata, pero Tamino añadió elementos muy propios: Una sobriedad casi ceremonial,  influencias de la música árabe (por su herencia egipcia), especialmente en las escalas y los melismas, un dramatismo contenido, menos explosivo que Buckley, más hipnótico.  Tamino suena como alguien que canta hacia el interior, con una gravedad constante. DOVE ELLIS es una tercera generación y parece llegar después de que Jeff Buckley ya se haya convertido en mito y Tamino en referente contemporáneo. En él se notan cosas de ambos, pero también diferencias claras: De Buckley podemos apreciar la fragilidad vocal y los cambios dinámicos bruscos o la sensación de estar al borde del quiebre emocional.  De Tamino: El tempo más reflexivo, la atmósfera melancólica sostenida, menos exhibición vocal gratuita, más clima.  Pero Ellis es menos grandilocuente que Jeff Buckley y menos solemne que Tamino. Suena más cercano, casi confesional, como si el drama estuviera normalizado, integrado en lo cotidiano. 

En BLIZZARD, no hay una historia lineal ni personajes que nos guíen; más bien, el disco crea un paisaje emocional que se mantiene constante de principio a fin. Las canciones funcionan como distintos reflejos de un mismo estado: introspección, melancolía y vulnerabilidad contenida. Las relaciones, el deseo y la identidad se expresan sin resolver, sin grandes giros dramáticos, y la voz de Ellis flota entre la intimidad y la confesión. Esa falta de clímax o cierre no es ausencia, sino intención: nos invita a habitar la ventisca emocional que da nombre al disco, a sentirla con él, sin atajos ni explicaciones fáciles. Al final, la narrativa de BLIZZARD es más una experiencia que se vive que una historia que se cuenta.

DOVE ELLIS construye un sujeto lírico deliberadamente no generizado: las letras evitan marcadores de género y roles afectivos tradicionales, permitiendo que el deseo y la intimidad se expresen desde una posición abierta y no normativa. Más que una declaración identitaria, esta ambigüedad funciona como una condición de enunciación acorde al presente, donde la experiencia emocional no necesita fijarse a etiquetas para ser legible. Esta elección estética amplía el campo interpretativo del disco y lo sitúa en una sensibilidad plenamente contemporánea.

Ya sabéis que somos muy reticentes a dar un 100 sobre 100 a un álbum debut pero a veces hay excepciones. Dar la nota más alta en un debut no solo valora el disco, también fija un listón narrativo: convierte al artista en “ el creador de una obra maestra desde el minuto uno”, y eso puede ser injusto con su propio proceso. Deja poco espacio para el error, la mutación o incluso el fracaso creativo, que a menudo son tan importantes como el acierto. Pero BLIZZARD es uno de esos casos incómodos para los que seguimos ese criterio. No es un debut prometedor, ni sorprendentemente maduro. Es un disco que suena cerrado, coherente y consciente de sí mismo. No da la sensación de borrador, ni de manifiesto inicial. Más bien parece el álbum de alguien que ya ha pasado por varios álbumes… solo que no los ha publicado. Ahí es donde entra la excepción. No es perfecto por exceso de ambición, sino por contención.  No busca epatar, sino sostener un clima emocional de principio a fin.  No depende de un single que lo explique todo, el conjunto es el mensaje. Quizás por eso un 100/100 aquí no se siente como una maniobra para crear hype, sino como reconocimiento de una obra que ya está donde quiere estar. No porque sea insuperable, sino porque no parece aspirar a ser superada, sino complementada en el futuro con otros estados de ánimo, otros lenguajes. Además, hay algo interesante: si BLIZZARD es perfecto, el siguiente disco no tiene por qué ser mejor. Puede ser más arriesgado, más incómodo o incluso fallido, y aun así tener sentido. El margen no está en la nota, sino en la evolución. BLIZZARD es un álbum que funciona como una obra completa y consciente con voz, atmósfera y sensibilidad que la hacen destacar. Es un disco para sentirlo más que para analizarlo y nos recuerda que DOVE ELLIS ha llegado con muchísima fuerza y lo tiene todo para convertirse en un fenómeno global. El 2026 va a ser su año. 



MEJORES MOMENTOS: Todo el álbum es una autética maravilla, no sobra ningún corte. Es para escucharlo de principio a fin sin usar el modo aleatorio.  

MEDIA CRÍTICA: 88/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

lunes, 19 de enero de 2026

COURTNEY MARIE ANDREWS: CLARIDAD, FUERZA Y SEGURIDAD.


Ya sabéis que en diciembre termina un proceso de trabajo para nosotros, con la confección de nuestra lista de los mejores álbumes del año, que nos deja exhaustos. Después llegan nuestras vacaciones y en enero tenemos que volver con más fuerza para empezar a construir un nuevo proceso desde el principio. Siempre hay un disco que nos hace volver con más ganas y que nos hace amar esta profesión. El de este año no es otro que VALENTINE, el noveno álbum de estudio de la gran COURTNEY MARIE ANDREWS.

Tenemos que confesar que sus tres últimos trabajos -May Your Kindness Remain (2018), Old Flowers (2020) y Loose Future (2022)- se han convertido en algunos de nuestros álbumes de cabecera y que todavía los seguimos escuchando. Eso quiere decir que nuestras expectativas con VALENTINE estaban muy altas, y estamos gratamente sorprendidos porque nos vuelve a dar otra pequeña joya. Es cierto que su media crítica es similar a la de algunos de esos trabajos, con un 75 sobre 100 según albumoftheyear.org, que va a ser el único agregador de críticas que vamos a usar en 2026 como referencia. Medios como Clash, Mojo, Record Collector o Hot Press le han otorgado un 80/100. Pero tanto Uncut (70/100) como The Arts Desk (60/100) han conseguido que baje la nota con sus puntuaciones y vuelva a sentirse que la están infravalorando.

Sobre esta decisión de la crítica tenemos que decir que VALENTINE no busca sorprender formalmente ni reinventar géneros. Busca decir las cosas con fuerza, seguridad y nitidez y eso es mucho más difícil de valorar desde fuera que desde dentro, como oyente implicado. Cuando una artista no deja discos menores, cuando cada trabajo dialoga con el anterior y lo supera desde otro ángulo, toda esta escala crítica tradicional se queda corta. Pero este blog nació con la vocación de cambiar todo eso.

VALENTINE tiene en común con Old Flowers (2020) que también es un disco de ruptura. Es verdad que Old Flowers sigue siendo un disco difícil de superar por lo redondo y emocionalmente devastador que es, pero VALENTINE no suena en absoluto como un paso atrás. Tiene una fuerza muy directa, quizá menos contenida que Old Flowers, pero igual de intensa. Se nota una energía más frontal, menos introspectiva en algunos momentos, como si Andrews estuviera cantando desde un lugar más afirmativo que vulnerable. Las canciones entran rápido y se sostienen por interpretaciones muy convincentes, sobre todo a nivel vocal. Nunca ha cantado con más fuerza.        




VALENTINE no está narrado desde el duelo ni desde la herida abierta, como Old Flowers. A nivel narrativo, el cambio es bastante claro. La ruptura se cuenta desde un lugar posterior, más consciente y más activo: ya no se cuestiona constantemente ni se recrea en la pérdida; toma decisiones, marca límites, se reafirma. Incluso cuando hay dolor, no es paralizante.

Se sabe muy poco de la vida privada de COURTNEY MARIE ANDREWS. Es cierto que cuando presentó Old Flowers dijo que se trataba del fin de una relación importante en su vida. No hay indicios claros de que haya confirmado que lo que cuenta en VALENTINE se trate explícitamente de la misma ruptura que en Old Flowers, y escuchando ambos discos con atención nos da la sensación de que no importa tanto si se trata de la misma persona o no, sino el lugar emocional desde el que se escribe. Porque el enfoque es totalmente diferente. Puede ser perfectamente la misma historia sentimental, pero contada desde otro tiempo vital. Old Flowers suena a ruptura reciente o aún no metabolizada: cuando todo sigue doliendo, cuando se revisa cada gesto, cuando todavía hay apego. VALENTINE, en cambio, suena a alguien que ya ha vivido otras cosas después, que ha ganado perspectiva. Incluso aunque fuera la misma relación, ya no se escribe desde la pérdida, sino desde la identidad recuperada.

En cuanto a géneros y estilos, si alguien llama country a este trabajo es sobre todo por la manera de usar su voz: el acento, el fraseo, la narrativa o alguna instrumentación puntual. Pero la etiqueta country se queda muy corta para un trabajo de la magnitud de VALENTINE. Sería más justo hablar de un disco de raíces, de americana, más cercano al alt-country. También es un álbum de folk rock, con estructuras sencillas, melodías claras y un protagonismo muy fuerte de la voz. Hay una herencia folk evidente en la manera de frasear y en el peso de la narrativa, pero con músculo rock.

También podemos hablar de heartland rock en una versión contenida, porque hay momentos que conectan más con el rock americano de carretera que con el country: canciones que parecen pensadas para avanzar, para sostenerse en directo, con una épica pequeña pero muy firme. No es que sea como Springsteen en lo sonoro, pero sí en la intención emocional.

Por producción y enfoque, el disco encaja mucho en el circuito indie actual: limpio, claro, sin exceso de ornamentos, priorizando la canción sobre el género. Eso lo aleja del country clásico y lo acerca a públicos más amplios. Pero todo esto siempre bajo el marco de música de cantautora. Ese es el núcleo real del disco. Andrews escribe desde una tradición muy clara de cantautora confesional, pero con una producción moderna y segura que ha creado ella misma junto a Jerry Bernhardt. No es intimismo puro, es songwriting con ambición de escenario grande.

En lo que a nosotros respecta, y como buenos oyentes conscientes que somos, que no simplificamos tanto como hace la crítica generalista y somos muy coherentes con las puntuaciones que dimos anteriormente a los álbumes de COURTNEY MARIE ANDREWSVALENTINE es otro 100 sobre 100, como Old Flowers (2020). La palabra que mejor lo define sería “claridad”: Su voz suena más limpia, menos envuelta en melancolía o en bruma emocional. Incluso cuando canta sobre cosas dolorosas, hay una luminosidad muy consciente, como si ya no necesitara esconderse detrás de la tristeza para decir verdades incómodas. Eso hace que las canciones tengan más empuje, más presencia inmediata. Y eso conecta directamente con un mejor recorrido comercial. VALENTINE es un disco más accesible sin ser complaciente: melodías más directas, estribillos más memorables, una producción que no diluye la emoción pero sí la hace más abierta. No suena a concesión; suena a alguien que ha ganado seguridad y sabe cómo comunicar mejor lo que quiere decir. Además, hay algo importante: la fuerza de las canciones no depende solo de la letra o del contexto emocional, sino de cómo funcionan por sí mismas. Eso suele traducirse en mayor alcance, en oyentes que quizá no conectaron tanto con la introspección de Old Flowers, pero sí con esta energía más clara y afirmativa.


MEJORES MOMENTOS: Keeper, Cons And Clowns, Little Picture Of A Butterfly fueron sus adelantos. Pero hay que escuchar el álbum entero desde la primera canción a la última y en el orden que está grabado. Es absolutamente maravilloso. 

MEDIA CRÍTICA: 75/100

NUESTRA VALORACIÓN: 100/100

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