MUMFORD & SONS presentaban la semana pasada PRIZEFIGHTER, un álbum que, en cierta medida, los reconcilia con la crítica. Todavía hoy su disco mejor valorado sigue siendo Sigh No More (2009), con un 72/100 según Album of the Year que es nuestro agregador de referencia -hay que ir olvidando a Metacritic-. PRIZEFIGHTER ha conseguido su segunda mejor media: un 69/100, con picos de 80/100 por parte de medios como Clash, Mojo o The Independent. También ha recibido notas más que aceptables, como los 70/100 de Rolling Stone, Beats Per Minute, AllMusic o Hot Press. No ha estado exento, eso sí, de valoraciones más bajas por parte de The Irish Times y Record Collector (60/100), Pitchfork (59/100) o Spectrum Culture (50/100). Pero creemos que estas cifras, además de ser más positivas de lo habitual, entran dentro de la normalidad. Porque, en otros tiempos, pocas bandas polarizaron tanto a la crítica como MUMFORD & SONS.
Nosotros vivimos la irrupción de MUMFORD & SONS en el panorama musical con Sigh No More (2009). De hecho, la primera aparición de la banda en un blog en español fue en Exquisiteces. Es algo que nos hemos molestado en comprobar: nadie en España había hablado de ellos antes de que lo hiciéramos nosotros. Todo surgió gracias al olfato de Midas, que escuchó Sigh No More (2009) y encontró un disco de folk auténtico (aunque fuera londinense), emocionalmente directo y comercial sin parecer prefabricado. Vio en ellos una banda con muchísimo potencial y no pudo dejar de reseñarlos con la idea de darlos a conocer en España.
En aquel momento se estaba gestando una corriente folk interesante en el indie americano con nombres como Fleet Foxes o Bon Iver. Pero nadie imaginó que serían estos chicos británicos quienes pondrían el folk de moda y lo trasladarían a los estadios. Esa fue una de sus grandes aportaciones: convertir un género tradicional en fenómeno mainstream. Algo que cristalizaría con Babel (2012), su Grammy al Álbum del Año y la conquista definitiva del mercado estadounidense -hacia el que, desde entonces, ha estado claramente orientada su música-. Sin embargo, la crítica no trató bien a Babel (2012). A pesar de los premios, el reconocimiento y las ventas millonarias, el disco obtuvo una media de 58/100 y una docena de medios lo puntuaron con 40/100 o menos. Esa es la polarización de la que hablamos. Siempre creímos que la crítica los castigó por convertirse en símbolo de una tendencia, por explotar con éxito una fórmula reconocible y por representar un sonido que terminó saturando el mercado.
Nosotros nunca puntuamos bajo a Babel (2012). Conocíamos sus limitaciones, pero no nos importaban. Estábamos disfrutando de una escena folk que crecía con la irrupción -o la visibilidad renovada- de bandas como The Lumineers o The Head and the Heart. Pero la gran pregunta era inevitable: ¿podrían construir una carrera sólida con más discos como Sigh No More o Babel? En el fondo, Babel era una versión ampliada, más ambiciosa y con mayor presupuesto del universo creado en su debut. Estaba claro que no podían repetir la fórmula indefinidamente.
La prueba llegó con Wilder Mind (2015). Es el único disco de su carrera que ha recibido un 100/100 por parte de un par de medios (The Telegraph y The Young Folks), aunque su media crítica (61/100) apenas mejoró la de trabajos anteriores. Más de quince publicaciones lo puntuaron con 50/100 o menos. En Wilder Mind abandonaron el banjo, se electrificaron y viraron hacia el rock alternativo. Debemos confesar que, aunque esperábamos el giro -la saturación del folk hacía inviable continuar por el mismo camino-, en su momento nos decepcionó. Con el tiempo nos hemos reconciliado con el disco: entendemos la necesidad del movimiento y hoy nos parece mucho mejor de lo que se dijo entonces. Más que una renuncia a su identidad, fue un gesto valiente y coherente. No redefinió su carrera, pero tampoco fue un fracaso.
El verdadero problema llegó después. Delta (2018) (59/100) fue un álbum con el que fuimos indulgentes en su momento, pero que hoy consideramos el más irrelevante de su discografía. Funcionó comercialmente y consolidó la marca, sí, pero diluyó casi por completo la identidad original.
El año pasado regresaron con Rushmere (2025) (64/100). Entre Delta y Rushmere, Marcus Mumford publicó su proyecto en solitario, con relativo éxito en reproducciones y atención mediática, aunque escaso entusiasmo crítico. Rushmere se presentó bajo la narrativa de “vuelta a los orígenes”; incluso el título aludía al estanque de Wimbledon Common donde la banda tuvo sus primeros encuentros y eso hizo que funcionara mejor en el Reino Unido que en U.S.A. Sin embargo, no creemos que fuera ese regreso al folk primigenio que muchos esperaban. Y probablemente tampoco quieran hacerlo. No lo necesitan: siguen llenando estadios y colgando el cartel de sold out con teloneros de lujo.
La buena noticia es que PRIZEFIGHTER los devuelve a la conversación con más solidez que nunca. Las colaboraciones con Hozier, Chris Stapleton, Gigi Perez y Gracie Abrams consolidan su estatus de banda veterana que ha sabido mantenerse relevante. Ya no renuncian a la comercialidad, pero tampoco fuerzan la épica. Han encontrado un equilibrio entre canción sólida, producción medida y colaboraciones bien integradas. Y lo más importante: ya no generan rechazo visceral. Han salido del ciclo de polarización.
Un disco como PRIZEFIGHTER no puede jugar la carta de la frescura. Solo puede jugar la de la solidez. Y la crítica generalista suele puntuar la solidez entre un 65 y un 75. Lo que ha cambiado no es solo la música, sino el contexto: en 2010 eran el sonido del momento; en 2026 son una banda veterana y solvente. Y eso, en términos críticos, es una diferencia enorme.
Muchas bandas de aquella ola desaparecieron o se volvieron irrelevantes. Ellos no. Siguen llenando estadios, siguen generando conversación y siguen formando parte del circuito cultural global. La puntuación de PRIZEFIGHTER no es una penalización por el pasado. Es una nota realista dentro del contexto actual. No es un disco revolucionario. No es un disco fallido. Es un disco competente y bien construido. Nuestra nota es un 85 sobre 100. Porque creemos que aquí hay algo más que estabilidad: probablemente estemos ante sus mejores canciones en años. Puede que MUMFORD & SONS no sean una banda cool, ni de culto, ni los favoritos de la crítica. Pero son una banda global, sostenible y respetada -aunque no venerada- más de quince años después. Y eso es extraordinariamente difícil.
MEJORES MOMENTOS: Rubber Band Man, The Banjo Song, Prizefighter, Badlands, Icarus, Here...
MEDIA CRÍTICA: 69/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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