Y hemos llegado a Junio..., el ecuador del año y en este mes nos gustaría terminar de recoger todos los álbumes destacables de esta primera mitad de 2026. Para que en Noviembre no nos veamos igual de desbordados como nos vemos todos los años. Así que es probable que este no sea el único post de álbumes repescados de este mes. Como siempre, nueve álbumes muy variados y distintos entre sí, colocados en orden aleatorio. Para quien no lo sepa o llegue ahora a nuestras páginas por primera vez, recordarle que esto no es ninguna lista con un orden concreto. Las listas..., a partir de finales de Noviembre.
JACK SAVORETTI - WE WILL ALWAYS BE THE WAY WE WERE
WE WILL ALWAYS BE THE WAY WE WERE llega en un momento especialmente interesante de la carrera de JACK SAVORETTI. Después de más de una década construyendo una trayectoria sólida y coherente, el cantante británico-italiano parecía haber alcanzado un notable punto de madurez artística con Singing to Strangers (2019), un disco que combinaba elegancia melódica, personalidad y una escritura más refinada que nunca. Aquella obra transmitía la sensación de estar escuchando a un artista que había encontrado definitivamente su voz y que todavía tenía margen para seguir creciendo.
Por eso este nuevo álbum genera sentimientos encontrados. No estamos ante un mal disco. De hecho, ocurre exactamente lo contrario. Savoretti continúa demostrando que posee una de las voces más carismáticas del panorama actual y una habilidad extraordinaria para construir canciones cálidas, emotivas y de escucha inmediata. Todo suena impecable: las interpretaciones son convincentes, los arreglos están medidos con precisión y la producción envuelve cada tema en una atmósfera elegante y confortable.
Sin embargo, a medida que avanza la escucha aparece una sensación difícil de ignorar. Las canciones funcionan, pero rara vez sorprenden. Abundan las baladas y los medios tiempos construidos sobre terrenos que el músico domina a la perfección. La belleza está presente en casi todo momento, pero pocas veces aparece la sensación de descubrimiento. Y cuando hablamos de un compositor del talento de Savoretti, esa ausencia termina teniendo más peso que cualquier defecto puntual.
La comparación con Europiana (2021) resulta inevitable, aunque no por las razones más evidentes. Aquel disco fue recibido con cierta división de opiniones y algunos lo interpretaron como una incursión ligera en territorios más accesibles y luminosos. Sin embargo, visto con perspectiva, representaba algo fundamental dentro de la evolución de Savoretti: la voluntad de explorar. Bajo su apariencia despreocupada había un trabajo repleto de personalidad, referencias musicales bien integradas y una clara intención de ampliar los límites de su propuesta artística. Más que un paréntesis, Europiana fue la demostración de que todavía estaba dispuesto a asumir riesgos sin perder su identidad.
Esa es precisamente la sensación que se echa de menos en WE WILL ALWAYS BE THE WAY WE WERE. No porque deba repetir fórmulas pasadas ni reinventarse en cada lanzamiento, sino porque el propio artista ha demostrado anteriormente que sabe avanzar en distintas direcciones. Tanto la madurez compositiva de Singing to Strangers como la apertura estilística de Europiana apuntaban hacia nuevos horizontes. Este álbum, en cambio, parece más interesado en consolidar una fórmula ya conocida que en expandirla.
Las colaboraciones del álbum se articulan en forma de dúos, lo que refuerza la intención de diálogo más que de simple acompañamiento vocal. La participación de KT Tunstall encaja con naturalidad en ese registro de pop adulto elegante que ambos artistas han transitado, aportando un contraste tímbrico que amplía ligeramente la paleta emocional del tema sin romper su cohesión estética. Más central resulta el dúo con Steph Fraser, que no se plantea como intervención secundaria sino como una construcción a dos voces en igualdad de condiciones, donde la interpretación compartida sostiene el desarrollo de la canción. En ambos casos, el formato de dúo refuerza la sensación de cercanía y conversación íntima, aunque dentro de un marco sonoro que permanece deliberadamente controlado. Más que abrir nuevas direcciones, estas colaboraciones funcionan como extensiones del propio lenguaje del disco, subrayando su carácter contenido y su apuesta por la continuidad estilística.
Hablar de retroceso sería injusto. La calidad media sigue siendo alta y pocas canciones desentonan dentro del conjunto. Tampoco puede calificarse como un trabajo alimenticio, porque se percibe sinceridad en su planteamiento y un evidente cuidado en cada detalle. Pero sí deja la impresión de ser un disco excesivamente cómodo para un músico de sus capacidades.
Quizás ahí resida la principal paradoja de la obra. JACK SAVORETTI sigue siendo extraordinariamente bueno haciendo exactamente aquello que sabemos que sabe hacer. La pregunta que queda en el aire es si eso basta. WE WILL ALWAYS BE THE WAY WE WERE confirma intactas sus virtudes como intérprete y compositor, pero también invita a preguntarse si ha decidido instalarse en una zona de confort de enorme belleza o si simplemente está tomando impulso antes de afrontar un nuevo desafío artístico.
Como álbum resulta agradable, elegante y plenamente disfrutable. Como siguiente capítulo en la trayectoria de un artista que ya había demostrado ser capaz de sorprender, sabe a algo menos de lo que cabía esperar.
La relativa ausencia de eco crítico en torno al álbum tampoco parece casual. WE WILL ALWAYS BE THE WAY WE WERE se mueve en un territorio poco fértil para la discusión especializada actual: el del pop adulto de alta factura, sin aristas evidentes ni gestos de ruptura. Es una zona donde el oficio rara vez se cuestiona, pero donde la falta de fricción artística suele traducirse en menor interés crítico. No se trata de un disco ignorado por falta de calidad, sino de un trabajo que no ofrece demasiados puntos de entrada para el debate más allá de su corrección formal.
Nuestra nota para este álbum es de 70 sobre 100. Un disco sólido, bien ejecutado y coherente dentro del universo de JACK SAVORETTI, pero que se acerca peligrosamente a un lenguaje de adult contemporary entendido como fórmula cerrada más que como espacio de exploración. No es una cuestión de oficio -intacto y evidente en cada detalle- sino de impulso creativo. Y cuando un artista ya ha demostrado que puede ir más lejos, es fácil que acabe pesando más la sensación de contención que lo bien hecho que esté el disco.
MEJORES MOMENTOS: We Will Always Be The Way We Were, Do It For Love, I Hear You Calling, Only Gonna Cry For You...
MEDIA CRÍTICA:----
NUESTRA VALORACIÓN: 70/100
THUNDERCAT - DISTRACTED
Seis años después de su último trabajo, THUNDERCAT regresa con DISTRACTED, un álbum que llega precedido por una considerable expectación. No solo por el tiempo transcurrido desde su anterior lanzamiento, sino también por la magnitud del proyecto. La lista de colaboradores resulta difícil de ignorar: Tame Impala, The Lemon Twigs, Mac Miller, Lil Yachty, Flying Lotus, A$AP Rocky, Willow y Channel Tres participan en una obra que parece concebida como un gran acontecimiento creativo. La misma sensación transmite su apartado técnico, con una producción compartida entre nombres como Greg Kurstin, Flying Lotus, Kevin Parker, Kenneth Blume, los hermanos D'Addario y el propio THUNDERCAT, aunque es Kurstin quien parece ejercer como principal arquitecto sonoro del conjunto.
La ambición del proyecto también se refleja en su lenguaje musical. DISTRACTED ha sido descrito mediante una larga colección de etiquetas que incluyen neo-soul, psychedelic soul, neo-psychedelia, jazz-funk, progressive soul, jazz fusion, funk, smooth soul, synth funk, R&B alternativo y jazz rap. Lejos de encerrarse en una única tradición, el álbum deambula constantemente entre estilos, incorporando elementos de muy diversa procedencia en una búsqueda evidente de expansión sonora. Es un disco que parece empeñado en desafiar cualquier intento de clasificación sencilla y que aspira a trascender los límites habituales de los géneros con los que trabaja.
Sin embargo, esa misma amplitud termina convirtiéndose en una de sus principales paradojas. La escucha se asemeja por momentos a una feria permanente en la que siempre hay algo nuevo reclamando atención. Aparece una colaboración inesperada, surge una nueva textura, cambia el enfoque estilístico o emerge un arreglo particularmente llamativo. El álbum mantiene vivo el interés gracias a una sucesión constante de estímulos, pero también genera la sensación de que nunca permite al oyente instalarse en un lugar concreto. Cuando termina la escucha resulta fácil recordar quién apareció en cada momento, pero mucho más difícil identificar el núcleo emocional o musical que articula la obra.
Quizás por ello el propio título resulte más revelador de lo que parece. DISTRACTED funciona como una experiencia construida alrededor de la dispersión. Las distracciones se acumulan hasta el punto de convertirse en el principal rasgo distintivo del álbum. No se trata de una crítica a su carácter experimental; al contrario, buena parte de sus decisiones más arriesgadas son también algunas de las más interesantes. El problema surge cuando la acumulación de ideas, invitados y cambios de dirección parece adquirir más protagonismo que las propias canciones. La sensación final no es la de haber llegado a un centro creativo especialmente sólido, sino la de haber recorrido una sucesión de atractivos que compiten constantemente por la atención del oyente.
Ahora bien, sería injusto asumir que esa sensación de dispersión es fruto de una simple acumulación desordenada de ideas. Dada la naturaleza del proyecto, cabe plantearse si esas distracciones forman parte del diseño mismo del álbum. La abundancia de colaboradores, los constantes cambios de textura y la negativa a permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar son decisiones demasiado recurrentes como para considerarlas accidentales. Quizás THUNDERCAT pretende precisamente construir una obra en la que el oyente nunca alcance un punto de reposo, una experiencia marcada por el desplazamiento continuo de la atención. En ese sentido, el título no describiría únicamente una sensación provocada por la escucha, sino también una posible declaración de intenciones. La cuestión, sin embargo, no es si el álbum logra distraer al oyente, sino si detrás de esa estrategia existe un núcleo lo suficientemente sólido como para justificarla.
La comparación con el reciente trabajo de Kehlani -del que hablaremos más abajo- resulta particularmente útil para entender esta diferencia de planteamiento. Aquel era un disco considerablemente menos ambicioso en términos formales y mucho menos preocupado por revolucionar su género. Su objetivo parecía ser otro: reivindicar la vigencia del R&B contemporáneo y devolverlo a una conversación cultural que ha conocido tiempos más favorables. DISTRACTED, por el contrario, apunta mucho más alto. Su aspiración parece ser la de expandir el lenguaje del neo-soul, el jazz-funk y el R&B alternativo mediante una combinación de experimentación, eclecticismo y riesgo creativo. Sin embargo, mientras el álbum de Kehlani encuentra una dirección clara para sus intenciones, el de THUNDERCAT deja la impresión de perseguir una transformación tan amplia que en ocasiones pierde de vista aquello que pretende transformar.
La recepción crítica ha sido, en líneas generales, favorable. En AOTY -nuestro agregador de confianza-, DISTRACTED mantiene una media de 76 sobre 100 a partir de una docena de valoraciones profesionales. Las puntuaciones más entusiastas proceden de Earmilk (90/100) y Northern Transmissions (85/100), mientras que medios como AllMusic, Uncut, Mojo y The Needle Drop lo sitúan en un sólido 80/100. En una zona intermedia aparecen Pitchfork (78/100) y Spectrum Culture (74/100), mientras que MusicOMH, PopMatters, Rolling Stone y Spill Magazine coinciden en otorgarle un 70/100. La nota más baja corresponde a Paste, que reduce su valoración hasta un 58/100. Más allá de las diferencias numéricas, el consenso parece reconocer la ambición del proyecto, la riqueza de su producción y la capacidad de THUNDERCAT para desafiar las fronteras estilísticas, aunque no todas las publicaciones coinciden en que esa ambición termine traduciéndose en un conjunto plenamente cohesionado.
Nuestra valoración se sitúa ligeramente por encima de la media crítica con un 78 sobre 100. DISTRACTED es un álbum ambicioso, arriesgado y elaborado con un nivel de detalle admirable, capaz de reunir un elenco de colaboradores excepcional y de moverse con naturalidad entre territorios musicales muy diversos. Sin embargo, la sensación de dispersión que lo atraviesa impide que muchas de sus ideas alcancen todo su potencial. Puede que el tiempo termine situándolo entre las obras más influyentes de su generación o que futuras escuchas revelen conexiones que hoy pasan desapercibidas. Pero juzgado en el presente, deja la impresión de ser un disco más fácil de admirar que de amar, más fácil de respetar que de recordar. Un trabajo notable por sus aspiraciones y por su riesgo creativo, aunque no tanto por la huella que deja tras su escucha.
MEJORES MOMENTOS: No More Lies, She Knows Too Much, I Wish I Didn't Waste Your Time, Funny Friends, ThunderWave...
MEDIA CRÍTICA: 76/100
NUESTRA VALORACIÓN: 78/100
KEHLANI - KEHLANI
KEHLANI nunca ha sido una artista especialmente interesada en seguir tendencias ni en presentarse como una revolucionaria del R&B. Desde sus primeros trabajos fue construyendo una identidad propia basada en la sensibilidad, la honestidad emocional y una notable capacidad para moverse entre el R&B contemporáneo, el pop y el hip hop sin perder personalidad. Tras álbumes tan sólidos como SweetSexySavage (2017), It Was Good Until It Wasn't (2020), Blue Water Road (2022) y el más experimental Crash (2024), llega ahora Kehlani (2026), un disco homónimo que funciona como una declaración de identidad y que, por ambición y escala, representa uno de los proyectos más importantes de su carrera.
Basta un vistazo a los créditos para comprender la ambición del proyecto. El álbum moviliza a decenas de profesionales, cuenta con la participación de KEHLANI en la composición junto a más de treinta coautores y reúne a un equipo de productores poco habitual incluso para una artista de su nivel. Aunque Khristopher Riddick-Tynes ejerce como principal punto de cohesión sonora, el disco incorpora también a figuras de enorme peso histórico en la producción como Babyface, uno de los grandes arquitectos del R&B moderno. La lista de invitados es igualmente ambiciosa: Lil Wayne, Clipse, Brandy, Missy Elliott, Usher, T-Pain, Lil Jon, Cardi B, Big Sean y Leon Thomas aparecen a lo largo del proyecto aportando personalidad, contraste y prestigio.
Más interesante aún resulta comprobar cómo varias de estas figuras -Brandy, Missy Elliott, Usher, T-Pain, Lil Jon o el propio Babyface- pertenecen a esa etapa que muchos consideran la edad dorada del R&B y la música urbana estadounidense. Lejos de funcionar como una operación nostálgica, su presencia parece articular una idea de continuidad: la de una artista que no busca romper con la tradición del género, sino situarse dentro de ella con plena legitimidad.
Toda esta inversión artística ha tenido además una respuesta comercial notable. El álbum debutó en los puestos más altos de las listas estadounidenses y registró el mejor arranque de la carrera reciente de la cantante, multiplicando ampliamente los resultados obtenidos por Crash. En un momento en el que el R&B rara vez domina la conversación popular, KEHLANI se ha consolidado como uno de los lanzamientos más exitosos del género en 2026. Ese rendimiento, unido a la solidez del proyecto, lo sitúa como un candidato serio a obtener nominaciones en los próximos premios Grammy, previsiblemente en las categorías de R&B, aunque no sería descartable alguna presencia en apartados generales si el impacto se mantiene.
Escuchándolo resulta inevitable pensar en My Love Is Your Love (1998) de Whitney Houston. No tanto por el sonido o el contexto histórico, sino por la filosofía que los sostiene. Son álbumes ambiciosos, construidos desde la colaboración, con nombres de peso en los créditos y concebidos como acontecimientos discográficos más que como simples colecciones de canciones. Como ocurría con Whitney en aquel disco, KEHLANI nunca desaparece detrás de sus invitados. Al contrario: se convierte en el eje del proyecto. La acumulación de figuras históricas no diluye su personalidad, sino que la refuerza.
Una de las claves de ese equilibrio está en su inteligencia interpretativa. En una época en la que parte del R&B sigue confundiendo emoción con exhibición vocal, KEHLANI apuesta por la contención. Canta con precisión y sensibilidad, pero rara vez parece interesada en demostrar hasta dónde puede llevar su voz. No hay alardes innecesarios ni una búsqueda constante del impacto técnico. Su aproximación se acerca más a la expresividad medida de artistas como Brandy que al virtuosismo expansivo de intérpretes como Jennifer Hudson.
Esa contención convierte las canciones en espacios más cercanos, donde la emoción nace del fraseo y no del exceso. Quizás por eso la principal virtud de KEHLANI sea también su mayor límite. El álbum no pretende reinventar el R&B ni abrir nuevas vías para el género. Tampoco se plantea como un manifiesto generacional.
Su objetivo es más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: hacer un gran disco dentro de una tradición consolidada. Y lo consigue. Libre de muchos de los clichés que han ido desgastando parte del R&B contemporáneo, pero plenamente consciente de su herencia, KEHLANI se presenta como una obra elegante, coherente y extraordinariamente disfrutable. Puede que no cambie el rumbo del género, pero demuestra que sigue siendo capaz de producir discos de alto nivel cuando el talento, los recursos y el criterio trabajan en la misma dirección.
La recepción crítica generalista, sin embargo, parece seguir midiendo el valor de este tipo de trabajos bajo otro prisma, más pendiente de la idea de "disco que cambia la historia" que de su solidez interna. En ese contexto, KEHLANI ha obtenido una media de 77 sobre 100 distribuida de la siguiente manera: AllMusic y NME 80/100; Beats Per Minute y Pitchfork 76/100; Clash 70/100. Un consenso correcto, aunque quizá condicionado por esa expectativa de trascendencia que no siempre se ajusta a la naturaleza real del álbum.
Desde nuestra perspectiva, esa vara de medir resulta innecesariamente restrictiva. No todos los discos están llamados a redefinir un género; algunos simplemente deben justificar su existencia, y este lo hace con solvencia. KEHLANI no solo la justifica, sino que además coloca de nuevo al R&B en un lugar de atención y respeto dentro del panorama actual. Por ello, nuestra valoración es de 85 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: Folded, Black And Forth, Out The Window, I Need you, Shoulda Never...
MEDIA CRÍTICA: 77/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100
WHITE DENIM - 13
Con 12 (2024), WHITE DENIM entregó uno de los discos más ambiciosos y desbordantes de su trayectoria reciente. Aquel trabajo expandía el habitual cóctel de rock psicodélico del grupo hacia territorios de jazz rock, indie rock, yacht rock, R&B y neopsicodelia, construyendo una obra exuberante y difícil de encasillar. Su recepción crítica reflejó esa misma naturaleza: aunque alcanzó una notable media de 79/100, las valoraciones estuvieron lejos de ser unánimes. Algunos medios lo consideraron una de las cimas creativas de la banda, otorgándole puntuaciones cercanas a la excelencia, mientras que otros percibieron sus excesos como una debilidad.
La llegada de 13 supone un movimiento diferente. Con James Petralli asumiendo la producción y rodeándose de una amplia red de colaboradores -entre ellos Kosta G, Adryon de León, Dawes, Owen Pallett, Loud Forest, Jessie Payo y Renata Zeiguer- el grupo opta por una propuesta más cohesionada y accesible. El álbum sigue orbitando alrededor del rock psicodélico y el pop psicodélico, pero sus canciones parecen menos interesadas en sorprender a cada giro y más en consolidar una identidad sonora clara y fluida.
Quizás por eso la crítica ha respondido con una unanimidad poco habitual. Mientras 12 generó debates, 13 ha cosechado una cadena de valoraciones prácticamente idénticas: publicaciones como AllMusic, Uncut, Mojo, Record Collector y Classic Rock han coincidido en situarlo alrededor del notable alto, con una media de 80 sobre 100.
Sin embargo, la cuestión interesante es si el consenso equivale necesariamente a una mayor relevancia artística. 13 está lejos de ser un mal disco: es sólido, elegante y muy bien construido. Pero comparado con su predecesor, parece menos dispuesto a asumir riesgos. Donde 12 se permitía divagar, mezclar estilos y desafiar las expectativas del oyente, 13 prefiere la coherencia a la aventura. El resultado es un álbum más fácil de recomendar y probablemente más fácil de apreciar desde la primera escucha, pero también uno que deja menos sensación de descubrimiento.
En ese sentido, la diferencia entre ambos discos puede resumirse así: 13 es el álbum que pone de acuerdo a todos; 12 es el que da más motivos para discutir sobre él. Y en ocasiones, las obras que dividen son también las que permanecen durante más tiempo en la memoria.
Nuestra valoración para 12 fue de 90/100. En cambio 13, tendrá que conformarse con un 82 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: (God Created) Lock and Key, Hired Hand #2, Ruby, Time Time, Chew Nails...
MEDIA CRÍTICA: 80/100
NUESTRA VALORACIÓN: 82/100
MIKAELA DAVIS - GRACELAND WAY
Con cada nuevo lanzamiento, MIKAELA DAVIS parece alejarse un poco más de la etiqueta de arpista singular para consolidarse como una de las compositoras más interesantes del actual panorama folk-rock estadounidense. Si Delivery (2018) supuso su presentación en sociedad ante una audiencia más amplia y And Southern Star (2023) confirmó la dirección artística que quería seguir, GRACELAND WAY representa la culminación natural de ese camino. No es un disco que busque reinventar su lenguaje, sino perfeccionarlo.
En una época obsesionada con la innovación permanente, Davis apuesta por algo mucho más difícil de lo que parece: escribir grandes canciones. Y lo hace desde una tradición que hunde sus raíces en el folk-rock californiano, la americana y el country cósmico, pero sin caer nunca en la nostalgia o el ejercicio retro.
Parte del mérito corresponde a la propia MIKAELA DAVIS y a John Lee Shannon, coproductores de un álbum que destaca precisamente por la naturalidad de su sonido. La producción evita tanto el exceso de ornamento como la búsqueda artificial de modernidad. Los arreglos encuentran el espacio exacto para desarrollarse, la instrumentación nunca eclipsa las canciones y el arpa, lejos de convertirse en una excentricidad sonora, se integra con una elegancia admirable dentro del conjunto.
Desde los primeros compases queda claro que GRACELAND WAY posee una personalidad muy definida. La apertura con Looking Through (Rose Colored Glasses), junto a Madison Cunningham, es una de las mejores canciones del álbum y probablemente una de las más logradas de la carrera de Davis hasta la fecha. La química entre ambas intérpretes resulta inmediata, mientras que la composición combina sofisticación melódica y aparente sencillez con una facilidad desarmante.
Escuchándola resulta inevitable pensar en cómo habría sido recibida en otro contexto histórico. No porque suene anticuada -no lo hace en absoluto- sino porque pertenece a una tradición de songwriting que durante décadas ocupó un lugar central dentro de la cultura popular. En otra época, una canción de esta calidad habría tenido recorrido en las radiofórmulas generalistas y difícilmente habría pasado desapercibida en la temporada de premios. Su potencial para haber competido por una nominación al Grammy a la Canción del Año no parece una exageración, sino una consecuencia lógica de sus virtudes.
Es precisamente aquí donde aparece una de las referencias más evidentes del disco: Sheryl Crow. Sin embargo, sería un error afirmar que GRACELAND WAY suena a los noventa. Lo que Davis hereda de Crow no es una estética concreta ni una determinada producción, sino una manera de entender la canción. La importancia de la melodía, la naturalidad de los arreglos, el equilibrio entre accesibilidad y sofisticación o la capacidad para construir temas memorables sin necesidad de recurrir a fórmulas evidentes forman parte de ese legado.
La diferencia es que en 2026 ese lenguaje ya no ocupa el centro de la conversación musical. Los gustos han cambiado y el mercado también. Pero eso no convierte a esta música en algo obsoleto. Al contrario: GRACELAND WAY demuestra que determinadas formas de escribir canciones siguen conservando intacta su capacidad para emocionar.
Quizás por eso sorprende que el álbum no haya generado una repercusión mayor. Porque no estamos ante una rareza de nicho ni ante un ejercicio de arqueología musical. Estamos ante una colección de canciones extraordinariamente bien escritas, interpretadas y producidas que mejora con cada escucha.
La crítica le ha otorgado una media de 69 sobre 100 basada en las reseñas de Pichfork (70/100) y Paste (67/100). Justo los dos únicos medios que no se caracterizan por ser muy genersosos con sus valoraciones.
En lo que a nosotros respecta, puede que GRACELAND WAY no amplíe las fronteras del género, pero sí recuerda por qué esas fronteras merecen seguir existiendo. Y en tiempos donde la novedad suele valorarse por encima de la excelencia, eso tiene más mérito del que muchos están dispuestos a reconocer. Nuestra nota es un 85 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: 11:11, (Looking Through) Rose colored glasses, Wild Flower, Mizmoon, Starlite Tonite, (That's Not) Who I Wanna Be...
MEDIA CRÍTICA: 69/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100
MISS GRIT - UNDER MY UMBRELLA
Cuando descubrimos a MISS GRIT con Follow the Cyborg (2023), la sensación fue la de una irrupción clara dentro del panorama indie/electrónico de ese momento. No necesariamente porque su propuesta fuera completamente inédita, sino porque articulaba con mucha precisión una sensibilidad "cyborg" que encajaba perfectamente con las tendencias estéticas de entonces: texturas digitales, vulnerabilidad filtrada por sintetizadores y una identidad sonora que se sentía inmediatamente reconocible. En ese contexto, su presencia resultaba más disruptiva de lo que quizá era en términos estrictamente formales.
Tres años después, UNDER MY UMBRELLA funciona más como una continuación que como una reinvención. La sensación de ruptura se ha diluido, no tanto por una pérdida de calidad -el disco mantiene un nivel compositivo y de producción muy consistente- sino porque el lenguaje que propone ya no se percibe como inesperado. Incluso revisitando el debut, esa primera impresión de novedad se atenúa, como si el marco estético que MISS GRIT ayudó a consolidar hubiera dejado de ser territorio de descubrimiento para convertirse en un código ya asimilado.
En el plano de la producción, UNDER MY UMBRELLA se sostiene sobre un trabajo compartido entre MISS GRIT y Kobayashi Ritch, quien además se encarga de las mezclas, lo que aporta una cohesión sonora particularmente cuidada y homogénea. A diferencia de Follow the Cyborg, que contaba con un mayor número de colaboraciones externas que abrían el espectro de ideas y texturas, aquí el enfoque es más cerrado y controlado, con menos interferencias externas en el proceso creativo. Sin embargo, esa reducción de voces no implica una pérdida de riqueza: al contrario, el disco encuentra su fuerza en la coherencia interna de su sonido, en cómo cada capa electrónica, cada decisión de mezcla y cada detalle rítmico parecen responder a una misma visión estética. El resultado es una producción más unificada y deliberada, donde la ausencia de colaboraciones no se percibe como carencia, sino como una elección que refuerza la identidad del álbum.
En términos de sonoridad, el álbum se mueve en un espectro bastante amplio pero coherente que ha sido descrito como indie pop, indie rock, synthpop, alt-pop, alternative dance y glitch pop. Esa combinación se traduce en un sonido donde conviven estructuras pop relativamente accesibles con capas electrónicas fragmentadas, sintetizadores con textura digital y una producción que juega constantemente entre lo orgánico y lo artificial. El resultado es un paisaje sonoro que no busca tanto la ruptura como la densidad: canciones que se construyen desde la superposición de detalles electrónicos, ritmos que oscilan entre lo bailable y lo quebrado, y una estética general que sigue orbitando la idea del "cuerpo tecnológico", aunque ya sin el mismo efecto de extrañamiento que tenía en su debut.
En lo que respecta a la dimensión lírica de UNDER MY UMBRELLA, no parece existir una narrativa lineal o un concepto cerrado en forma de historia progresiva, sino más bien un conjunto de motivos recurrentes que articulan el disco desde la coherencia temática. En la escritura de MISS GRIT se mantiene ese interés por la intersección entre identidad, cuerpo y tecnología, aunque aquí se percibe de forma más fragmentada y emocional que en su debut. Si en Follow the Cyborg la figura del cyborg funcionaba casi como declaración conceptual, en este segundo trabajo esa idea se diluye en estados internos más ambiguos, donde lo digital y lo humano conviven como metáforas de relaciones, control y vulnerabilidad. El resultado no es tanto una historia que avanza como una atmósfera lírica sostenida, en la que las canciones comparten una misma sensibilidad más que una trama definida.
UNDER MY UMBRELLA ha mantenido una valoración notablemente estable, con una media de 77 sobre 100 que lo sitúa en la misma liga de su debut, aunque sin un consenso especialmente polarizado. Publicaciones como PopMatters, AllMusic, Under the Radar y The Skinny le otorgan una puntuación de 80/100, destacando una recepción claramente positiva dentro del circuito de crítica especializada. En un rango algo más contenido, Still Listening lo valora con un 73/100, mientras que The Line of Best Fit lo sitúa en un 70/100, reflejando ciertas reservas que impiden que el álbum alcance una unanimidad más elevada. Este reparto de puntuaciones sugiere un disco bien construido y consistente, pero también relativamente contenido en sus ambiciones de ruptura. Más que un punto de inflexión, la crítica parece leerlo como una confirmación del lenguaje ya establecido por MISS GRIT, lo que encaja con la percepción de continuidad estética frente al impacto más inmediato de su debut.
En nuestra valoración, UNDER MY UMBRELLA se queda muy cerca de su debut, aunque ligeramente por debajo: un 85 sobre 100 frente al 86/100 que le dimos a Follow the Cyborg. La diferencia no tiene tanto que ver con la calidad del disco, que sigue siendo alta, sino con cómo se escucha. El primer álbum funcionaba como una sorpresa, con un sonido y una identidad que impactaban más en el momento. En este segundo trabajo, ese universo ya es conocido y se asimila con más facilidad, por lo que el efecto de novedad es menor. Aun así, el disco mantiene una gran solidez y coherencia, y la pequeña bajada en la nota refleja más esa pérdida de sorpresa que una bajada real en su nivel.
MEJORES MOMENTOS: Mind Desaster, Tourist Mind, Stranger, Waste Me...
MEDIA CRÍTICA: 77/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100
THEY MIGHT BE GIANTS - THE WORLD IS TO DIG
La banda veterana estadounidense con más de cuatro décadas de carrera THEY MIGHT BE GIANTS vuelven con THE WORLD IS TO DIG, un álbum que se mueve entre el indie rock, el geek rock y el power pop. Estas etiquetas aquí no funcionan como compartimentos separados, sino como partes de una misma forma de hacer canciones. El power pop se nota en lo directas y melódicas que son muchas de las canciones. El geek rock -más que un estilo en sí mismo, una forma de entender el pop desde la ironía, las ideas curiosas y las referencias poco habituales- aparece sobre todo en las letras y en el enfoque teatral, con temas que a veces parecen pequeñas escenas de un musical.
El disco está producido por THEY MIGHT BE GIANTS junto a Patrick Dillett y John Linnell (alma máter de la banda), que también firman la composición de las dieciocho canciones. Se nota un trabajo bastante cohesionado, con una identidad clara de principio a fin, aunque tantísimas canciones pesan en el resultado final. Probablemente una versión del disco de doce canciones lo habría mejorado considerablemente.
A veces se les ha relacionado con cierta vertiente del indie pop británico ligero de los años 2000, pero la comparación resulta limitada. Bandas como The Wombats o Scouting for Girls comparten algunos rasgos superficiales, como el sentido del humor o la facilidad melódica, pero THEY MIGHT BE GIANTS proceden de una tradición diferente. Su propuesta conecta más con el pop excéntrico e intelectual de Talking Heads o con el humor observacional de Paul Heaton, donde las canciones funcionan como ejercicios de imaginación, personajes o situaciones antes que como simples vehículos para un estribillo pegadizo. No es casualidad que, a lo largo de su trayectoria, también hayan desarrollado varios proyectos dirigidos al público infantil, aunque no sea el caso de este álbum.
En cuanto a las narrativas, el disco no parece construido como una historia única ni como un concepto cerrado, sino más bien como una colección de pequeñas viñetas. Las canciones funcionan de forma bastante independiente, como escenas breves o ideas desarrolladas en miniatura. Es un enfoque muy habitual en THEY MIGHT BE GIANTS, cuyas letras suelen partir de conceptos concretos, personajes o situaciones cotidianas llevadas a un terreno extraño o humorístico. En lugar de contar grandes relatos, el interés reside en la idea en sí misma, en cómo se estira o se deforma dentro del formato canción. Dicho así, podría parecer que se trata de una colección de temas sin conexión entre sí, pero conviene aclarar que sí existe una clara cohesión interna.
El propio título, THE WORLD IS TO DIG, inspirado en el libro infantil A Hole Is To Dig de 1952 de Ruth Krauss y Maurice Sendak, resume bien esa filosofía. Suena más a una frase abierta o a un aforismo incompleto que a una afirmación concluyente, sugiriendo una invitación a buscar, explorar o mirar más allá de la superficie. Una idea que encaja perfectamente con un disco construido a partir de pequeñas observaciones y conceptos que encuentran en la música su mejor forma de desarrollarse.
La crítica le ha otorgado una media de 75 sobre 100. Entre las valoraciones más altas figuran AllMusic, Mojo, God Is In The TV, Spill Magazine y Record Collector (80/100), mientras que Spectrum Culture le concede un 79/100 y Beats Per Minute un 75/100. Por debajo aparecen PopMatters, Exclaim! y Classic Rock (70/100), con The Arts Desk cerrando la lista con un 60/100.
Por nuestra parte, creemos que merece al menos un 80 sobre 100. No solo porque mantiene intacta la personalidad de THEY MIGHT BE GIANTS, sino porque demuestra que, tras más de cuatro décadas de carrera, la banda sigue siendo capaz de construir un trabajo ambicioso, coherente y lo bastante estimulante como para despertar la curiosidad del oyente. Basta con aceptar sus reglas y dejarse llevar por su particular universo.
MEJORES MOMENTOS: Wu-Tang, Back In Los Angeles, Outside Brain, Overnight Sensation (Hit Record)...
MEDIA CRÍTICA: 75/100
NUESTRA VALORACIÓN: 80/100
UNDERSCORES - U
Antes de U, UNDERSCORES ya había construido un recorrido sólido con Fishmonger (2021) y Wallsocket (2023). No es, por tanto, un proyecto que irrumpe de la nada ni un fenómeno repentino: U llega como el tercer paso de una trayectoria que ha ido ganando atención y reconocimiento de forma progresiva, tanto en la crítica como en su propio desarrollo sonoro.
U se mueve dentro de un espectro amplio de sonidos que van del electropop y el dance-pop al EDM, el future bass, el electro house y el glitch pop. Sin embargo, más que una suma de etiquetas, el disco funciona como un espacio de fricción entre ellas: la producción juega constantemente a tensar lo melódico y lo fragmentado, lo brillante y lo saturado. El hecho de que el álbum esté producido por la propia banda y escrito íntegramente por April Harper Grey refuerza esa sensación de control autoral sobre un lenguaje que, en teoría, tiende al exceso y la dispersión. En un contexto donde este tipo de música suele depender de redes de colaboración o producción fragmentada, U se presenta como una obra con una dirección clara, incluso cuando su estética parece caótica.
En términos narrativos, U se articula alrededor de una sensibilidad marcada por la sobrecarga contemporánea: identidades inestables, estímulos constantes y emociones mediadas por lo digital. No se trata tanto de una narrativa lineal como de un estado de ánimo sostenido, donde las canciones funcionan como variaciones de una misma experiencia que cambia de forma continuamente.
El disco ha recibido una respuesta crítica extraordinariamente unánime con una media de 88 sobre 100. Medios como NME y Dork le han otorgado la máxima puntuación 100/100, mientras que publicaciones como Clash o Northern Transmissions lo sitúan en 90/100. Pitchfork y Sputnikmusic lo califican con un 86/100, seguidos por Paste con un 83/100 y otros medios como The Line of Best Fit, The Guardian o The Needle Drop en torno al 80/100. La homogeneidad de estas puntuaciones -donde incluso la nota más baja suele ser la más alta de la mayoría de los trabajos- da cuenta del consenso crítico que rodea al álbum.
Más allá de lo que opinan los críticos, U es un disco que conviene escuchar desde su presente, no desde la proyección de su posible lugar en el futuro. Su valor no depende tanto de si acabará convertido en un punto de inflexión o en una cápsula de su tiempo, sino de cómo funciona aquí y ahora. En ese sentido, el álbum transmite una sensación de coherencia interna que, pese a su superficie cargada y cambiante, podría describirse como orgánica -aunque la propia idea resulte paradójica en un contexto sonoro tan artificial-. Frente a otros trabajos recientes como Choke Enough (2025) de Oklou, aquí se percibe una dirección más definida, una mayor claridad de propósito y una sensación de control sobre el material que no busca evitar la dispersión, sino convertirla en una regla del juego que el disco impone con coherencia.
Es difícil no situar U también dentro de un marco generacional concreto. Parte de su impacto crítico parece ligado a su capacidad para articular con naturalidad una sensibilidad muy asociada a la generación Z: la relación fluida con lo digital, la aceleración de los estados emocionales y una estética del exceso que no se percibe como artificio, sino como punto de partida. Desde ese contexto, el disco funciona con una inmediatez evidente. Sin embargo, esa misma inmediatez no siempre se traduce en una intensidad equivalente fuera de ese marco de referencia, donde su impacto se percibe de forma menos inmediata.
En lo que a nosotros respecta, U es un disco que destaca por la claridad de su propuesta y por la solidez con la que articula su propio lenguaje, incluso cuando este se mueve entre el exceso y la sobrecarga. Su capacidad para condensar una sensibilidad contemporánea tan reconocible explica en gran parte la recepción crítica que ha tenido, así como la uninanimidad casi inmediata que ha generado. Sin embargo, esa misma consistencia convive con una cierta irregularidad en el desarrollo de sus ideas, lo que impide que el álbum mantenga siempre el mismo nivel de impacto a lo largo de su duración. Es en ese equilibrio -entre lo que consigue sostener y lo que no termina de resolverse del todo- donde se sitúa su valor real. Un disco notable, con momentos de gran precisión y una identidad bien definida, pero que no siempre alcanza la misma intensidad que su discurso parece prometer. Nuestra nota es un 86 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: Tell Me (U Want It), Music, Do It, Bodyfeeling, Innuendo (I get U)...
MEDIA CRÍTICA: 88/100
NUESTRA VALORACIÓN: 86/100
WHITE FENCE - ORANGE
Detrás de WHITE FENCE se encuentra el veterano músico, cantante y compositor estadounidense Tim Presley.
Algunas veces los mejores discos no son los que generan más conversación, sino aquellos que esperan pacientemente a ser descubiertos. ORANGE, de WHITE FENCE, pertenece a esa categoría. No llegó acompañado de una narrativa especialmente potente ni de una campaña capaz de trascender los círculos habituales del garage psicodélico. Sin embargo, para quienes se acercan a él con atención, se revela como una de las obras más completas y logradas de la carrera de Tim Presley.
Desde sus primeros trabajos, Presley se distinguió por una aproximación marcadamente lo-fi al garage rock y la psicodelia. Álbumes como White Fence (2010) poseían un encanto innegable, pero también una crudeza sonora que a menudo ocultaba parte de su talento como compositor. En ORANGE se percibe una evolución clara. La estética sigue siendo reconocible, pero el sonido es menos opaco que en sus primeros trabajos y permite apreciar con mayor claridad la calidad de las composiciones.
La participación de Ty Segall en la producción resulta fundamental en este aspecto. No se trata de una colaboración puntual entre dos artistas ajenos, sino de una asociación construida a lo largo de años de afinidad musical. Segall entiende perfectamente el universo creativo de Presley y contribuye a darle una mayor claridad sin despojarlo de su personalidad. El resultado es un disco que conserva el espíritu garage y psicodélico de White Fence, pero con una definición y una madurez poco habituales en sus primeras grabaciones.
Etiquetado como Garage Rock, Psychedelic Pop y Slacker Rock, ORANGE encuentra un equilibrio admirable entre esos tres mundos. Hay guitarras ásperas y momentos de energía espontánea, pero también una sensibilidad melódica que acerca muchas de sus canciones al pop psicodélico más luminoso. Todo ello envuelto en ese aire relajado y ligeramente excéntrico que siempre ha caracterizado la escritura de Presley.
La crítica recibió el álbum de forma positiva. Con una media de 79 sobre 100, distribuida de la siguiente manera: AllMusic 90/100; Mojo 80/100; Pitchfork 78/100; Still Listening 74/100 y Uncut 70/100. ORANGE se convirtió en el trabajo mejor valorado de toda la discografía de WHITE FENCE. Sin embargo, esa cifra puede resultar engañosa si se observa de forma aislada. Más que una simple buena nota, representa el punto más alto alcanzado por un artista que nunca ha disfrutado de una gran visibilidad mediática.
Quizás ahí resida una de las paradojas de ORANGE. A pesar de tratarse del álbum mejor valorado de la carrera de WHITE FENCE, su publicación no ha generado una conversación especialmente amplia fuera de los círculos habituales del garage psicodélico. Mientras otros artistas de la escena suelen atraer la atención por su hiperactividad creativa, sus cambios de rumbo o su capacidad para generar titulares, Tim Presley continúa avanzando por un camino más discreto, centrado en la composición y alejado de cualquier afán de protagonismo. En cierto modo, el propio álbum refleja esa actitud: no reclama atención, sino que espera a ser descubierto.
Para los aficionados al estilo, fue una referencia inmediata. Para el público general, probablemente quedó sepultado entre la avalancha semanal de novedades. Y, sin embargo, esa falta de ruido puede haber jugado a su favor. ORANGE es un álbum que no busca impresionar de inmediato. No depende de un concepto grandilocuente ni de una colección de sencillos evidentes. Su atractivo emerge gradualmente, escucha tras escucha, a través de la calidad de las composiciones y del cuidado puesto en cada arreglo.
Quizás por eso ORANGE no sea un disco que se imponga, sino uno que se descubre. Su valor no reside en el impacto inicial, sino en la forma en que las canciones van revelando sus virtudes con cada escucha. En tiempos de consumo acelerado, WHITE FENCE ha entregado un álbum que exige algo cada vez más escaso: tiempo. Y es precisamente ahí ORANGE se revela como un disco especialmente sólido dentro de su trayectoria. Nuestra nota es un 85 sobre 100.
MEJORES MOMENTOS: Unread Books, Your Eyes, Unread Books, When Animals Come Back, So Beautiful...
MEDIA CRÍTICA; 79/100
NUESTRA VALORACIÓN: 85/100










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