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martes, 8 de septiembre de 2026

LUCY YEGHIAZARYAN: REVIVIENDO LOS STANDARDS.


Hay algo en la historia de LUCY YEGHIAZARYAN que nos ayuda a entender su música incluso antes de escucharla. Nacida en Armenia y emigrada a Estados Unidos cuando tenía once años, Yeghiazaryan llegó a Nueva York en 2015, después de haber ido descubriendo el jazz al otro lado del Atlántico. Desde entonces ha ido construyendo una carrera con una naturalidad que resulta más fácil de apreciar cuando observamos el camino recorrido: cuatro álbumes como líder y una relación cada vez más profunda con una tradición que conoce bien, pero que nunca parece aceptar como algo cerrado. 

HEY LOVE! llega después de Blue Heaven (2019), In Her Words (2021) y Beside the Golden Door (2024), tres discos que, vistos ahora en perspectiva, parecen capítulos de una misma búsqueda. En el primero encontrábamos a una cantante instalada en el repertorio jazzístico; en In Her Words, compartiendo proyecto con Vanisha Gould, aparecía una mayor voluntad de ampliar ese territorio; y en Beside the Golden Door se producía probablemente el verdadero punto de inflexión. Allí la experiencia armenia de Yeghiazaryan dejaba de ser un dato biográfico para convertirse en materia artística, poniendo en contacto canciones de su cultura de origen con la tradición musical estadounidense que había hecho suya. 

HEY LOVE! supone en cierta medida un regreso. Pero no un regreso al punto de partida. Yeghiazaryan vuelve al jazz vocal, a los standards, al swing y al blues con una seguridad que no teníamos por qué encontrar en su primer disco. A estas alturas resulta difícil considerarla una promesa que todavía esté buscando su lugar, pero tampoco estamos ante una artista cuya trayectoria haya alcanzado ya ese grado de reconocimiento internacional que acompaña a nombres como Stacey Kent. Estamos en un momento especialmente interesante: el de una cantante con una personalidad suficientemente definida como para que podamos reconocerla, pero con todavía mucho terreno por delante para descubrir hasta dónde puede llevarla. 

Y eso hace que HEY LOVE! resulte especialmente estimulante. Canciones con historia El repertorio es, en su mayor parte, ajeno. Solo Hey Love!, la canción que da título al álbum, aparece como composición de la propia Yeghiazaryan. El resto procede de autores pertenecientes a distintas generaciones de la tradición jazzística y del cancionero estadounidense. Nos encontramos con Jimmy Van Heusen y Johnny Mercer en I Thought About You y con Van Heusen y Sammy Cahn en Come Dance With Me; con Duke Ellington, Irving Gordon y Mercer Ellington en Tonight I Shall Sleep With a Smile on My Face; con Cy Coleman y Carolyn Leigh en Witchcraft; con Richard Rodgers en Loads of Love; y con Saul Chaplin, Sammy Cahn y Hy Zaret en Dedicated to You. También aparecen canciones menos transitadas como Next Spring, de Marvin Jenkins; Blow Top Blues, de Leonard Feather, o Love Is a Simple Thing, de Arthur Siegel y June Carroll

Algunas de ellas tienen detrás una historia especialmente significativa. Witchcraft está inevitablemente asociada a Frank Sinatra, mientras que Lover Man pertenece para siempre al imaginario de Billie Holiday, aunque haya sido interpretada posteriormente por infinidad de músicos. Come Dance With Me nos lleva de nuevo a Sinatra y a aquellas sesiones con Billy May que convirtieron la canción en uno de los grandes ejemplos del swing vocal de finales de los cincuenta. Y Dedicated to You tiene una referencia que para nosotros resulta particularmente significativa: la extraordinaria grabación de Johnny Hartman con John Coltrane en 1963. En el disco de Yeghiazaryan, la canción adquiere otra dimensión: Lucy la canta a dúo con Johnny O’Neal, que además se sienta al piano. El resultado es un cierre íntimo, casi conversado, en el que la tradición del jazz vocal parece pasar de una generación a otra sin necesidad de grandes gestos. 

Sin embargo, Yeghiazaryan no parece acercarse a estas canciones como quien entra en un museo para contemplar piezas que deben permanecer intactas. Las canciones tienen historia, pero no están embalsamadas. Esa es probablemente una de las claves de su personalidad: entiende el jazz como una música viva, una música que cada intérprete vuelve a contar desde su propio presente. 

Por eso resulta especialmente acertado que junto a algunos standards tan reconocibles haya recuperado composiciones bastante menos frecuentadas. No necesita demostrar originalidad escogiendo exclusivamente material raro, ni necesita refugiarse en los clásicos más conocidos para asegurarse el aplauso. Puede cantar Lover Man después de Billie Holiday y Witchcraft después de Sinatra porque sabe que una canción no termina con la interpretación que la hizo famosa. 

Y, en medio de todo ello, aparece Hey Love!, su propia composición. Es una pieza breve pero importante dentro del discurso del álbum: por primera vez la voz de Yeghiazaryan no llega a nosotros a través de una canción heredada, sino que se incorpora directamente a esa tradición que lleva años explorando.




La comparación con otras grandes cantantes resulta inevitable, pero también delicada. En Yeghiazaryan podemos encontrar ecos de varias de ellas sin que resulte sencillo reducirla a ninguna. La influencia que probablemente se percibe con mayor claridad es la de Carmen McRae. Está en el fraseo, en esa manera de entrar en las palabras sin precipitarse y, sobre todo, en la inteligencia con la que administra una melodía. McRae tenía una extraordinaria capacidad para hacer que cada frase pareciera una conversación, y Yeghiazaryan comparte esa cualidad. No canta por encima de la canción: entra en ella.

De Billie Holiday encontramos algo diferente. No tanto la voz ni la famosa fragilidad de su timbre, sino una concepción del tiempo y de la palabra. Yeghiazaryan entiende que cantar jazz no consiste únicamente en reproducir una melodía correctamente. Una sílaba puede retrasarse, una frase puede respirar de otra manera, una palabra puede adquirir un peso inesperado. En Lover Man, además, se permite apartarse del recuerdo de Billie y llevar la canción a un terreno más vivo y rítmico. No intenta competir con Holiday; simplemente nos demuestra que la canción todavía puede ser otra cosa. 

Con Sarah Vaughan comparte el dominio técnico y una afinación que nunca parece estar en peligro, pero Yeghiazaryan es menos proclive a utilizar la voz como instrumento de exhibición. Vaughan podía convertir una canción en una demostración de posibilidades vocales. Lucy prefiere que la técnica permanezca en segundo plano. Sabemos que está ahí porque todo funciona, no porque necesite mostrárnosla. 

Y quizás la comparación más reveladora sea la de Shirley Horn. En ambas encontramos una relación muy particular con el espacio y con el silencio, una cierta resistencia a llenar cada compás y una confianza enorme en que una canción puede sostenerse sin necesidad de adornarla constantemente. Horn convirtió esa economía en una de las características fundamentales de su estilo. Yeghiazaryan todavía está construyendo su propia versión de esa cualidad, pero resulta evidente que entiende el principio. 

Con Stacey Kent la comparación funciona de otra manera. Ambas poseen una relación muy natural con el repertorio y una forma de cantar que evita la grandilocuencia. Pero mientras Kent ha desarrollado una identidad internacional muy reconocible a lo largo de varias décadas, Yeghiazaryan todavía está definiendo el alcance de la suya. Y quizás sea precisamente su historia armenia, esa doble pertenencia cultural que Beside the Golden Door hizo tan visible, la que pueda acabar distinguiéndola con mayor claridad. 

Ahí está lo genuinamente suyo. No en una determinada inflexión que podamos señalar como absolutamente inédita, sino en la suma de todo lo que ha vivido y escuchado. Armenia y Nueva York, el violín clásico y el jazz, el blues y el American Songbook, la experiencia de emigrar y la necesidad de encontrar una voz propia dentro de una tradición que no le pertenecía originalmente. 

Resulta curioso que cuatro álbumes después LUCY YEGHIAZARYAN siga siendo una artista relativamente poco conocida fuera de los círculos especializados. En los grandes agregadores de crítica musical sus discos aparecen todavía sin una valoración significativa, algo que dice más sobre la limitada presencia del jazz vocal en la crítica generalista que sobre la calidad de su música. 

Porque HEY LOVE! no necesita que lo presentemos como el descubrimiento de una cantante desconocida. LUCY YEGHIAZARYAN ya lleva años trabajando, grabando y compartiendo escenario con músicos de primer nivel. Lo que tenemos delante es algo más interesante: el retrato de una artista que ha alcanzado la madurez suficiente para enfrentarse a una tradición enorme sin sentirse intimidada por ella. 

Quizás el mayor mérito de HEY LOVE! sea precisamente su ausencia de ansiedad. No pretende revolucionar el jazz vocal ni demostrar que los standards están superados. Los canta porque todavía tienen algo que decir. Y cuando una intérprete conoce suficientemente bien una canción, puede permitirse escucharla de nuevo y descubrir en ella algo que otros no habían visto. Después de cuatro álbumes, LUCY YEGHIAZARYAN ya tiene una voz reconocible y un lugar propio dentro de la escena del jazz vocal. Todavía está por ver hasta dónde puede llegar. Pero discos como HEY LOVE! hacen que nos interese mucho seguirla de cerca para comprobarlo.



MEJORES MOMENTOS: Es un disco de Jazz. Todo el repertorio está muy bien escogido. Hay que escucharlo de principio a fin sin usar el modo aleatorio. 

MEDIA CRÍTICA:---

NUESTRA VALORACIÓN: 90/100

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