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miércoles, 16 de septiembre de 2026

SYD: CLASE, SENSUALIDAD Y VELLO FACIAL.


En un género tan trillado como el R&B contemporáneo, conseguir que un disco nos haga detenernos un poco más de lo habitual ya tiene mérito. SYD lo consigue con BEARD, su tercer álbum en solitario y un trabajo que, sin pretender reinventar el género ni presentarse como una obra maestra, nos parece demasiado interesante como para pasar de puntillas por él. 

Para entender dónde está SYD en este momento hay que recordar brevemente de dónde viene. Después de su etapa al frente de The Internet, Fin (2017) supuso su presentación en solitario y mostró a una artista capaz de trasladar a un terreno más íntimo y personal las inquietudes que ya había desarrollado con la banda. Cinco años después llegó Broken Hearts Club, un disco más centrado en el amor, el desengaño y las dificultades de las relaciones. BEARD mantiene parte de ese territorio emocional, pero encontramos a una SYD más segura de sí misma, menos preocupada por demostrar quién es y más interesada en disfrutar de lo que ya ha construido. 

Que SYD se defina abiertamente como una mujer gay también aporta una singularidad interesante dentro de un R&B que históricamente no siempre se ha caracterizado por su apertura. No necesitamos convertir su orientación sexual en el centro de su música, porque ella tampoco parece querer hacerlo, pero está presente de una manera natural en sus canciones de amor y en la forma en que se relaciona con su propia identidad. En BEARD esa cuestión adquiere todavía más importancia. 

El título no es una ocurrencia. El vello facial que SYD luce se convierte en una forma de reivindicar aquello que durante mucho tiempo se nos ha enseñado que una mujer debería ocultar o corregir. Por eso nos parece que hablar únicamente de aceptación se queda corto. Hay algo más afirmativo en la manera en que SYD se relaciona con su imagen: no se limita a convivir con aquello que se aparta de los cánones de belleza, sino que lo incorpora a su identidad y decide sentirse cómoda con ello. BEARD habla de quererse, pero también de no pedir permiso para ser como uno quiere ser. 

Esa sensación de seguridad atraviesa un álbum que musicalmente es bastante más amplio de lo que podría sugerir la etiqueta R&B. En las plataformas encontramos referencias al Neo-Soul, R&B alternativo, Contemporary R&B, Smooth Soul o Trap Soul, pero ninguna de ellas termina de abarcar todo lo que ocurre aquí. SYD se mueve entre esas coordenadas con una naturalidad que permite que el disco suene contemporáneo sin quedar atrapado en una fórmula. Hay soul, electrónica, ritmos más cercanos al trap y una producción especialmente cuidada, pero también aparecen detalles que se escapan de cualquier clasificación sencilla. 

My Love es probablemente el ejemplo más evidente. La canción incorpora arreglos de bossa nova y elementos jazzísticos que no aparecen en las etiquetas habituales del álbum y que contribuyen a convertirla en uno de sus momentos más dulces. No parece una demostración de eclecticismo puesta ahí para llamar nuestra atención; sencillamente, SYD introduce esos recursos en su música y consigue que formen parte de ella con absoluta naturalidad. 

También llama la atención la dimensión colectiva de BEARD. Estamos ante un disco multiproducido en el que encontramos a la propia SYD trabajando junto a nombres como NOVA WAV, Rodney Jerkins, Anoop D'Souza o Van Hunt, además de otros productores. La nómina de compositores es igualmente extensa, con SYD acompañada por otros catorce coautores. Lejos de diluir su personalidad, esta estructura permite que el álbum tenga una amplitud considerable y que cada canción encuentre su propio espacio dentro de un conjunto bastante homogéneo. 





Las colaboraciones terminan de ensanchar ese paisaje. Blue June, Jordan Ward, James Fauntleroy, CUBE y Big Sean aportan diferentes sensibilidades sin convertir BEARD en una colección de apariciones destinadas únicamente a llamar la atención. Incluso cuando el disco se acerca al hip-hop, como ocurre con Big Sean en GMFU, SYD mantiene el control de su universo. Hay muchos nombres detrás de estas canciones, pero seguimos teniendo la sensación de estar escuchando un disco de SYD

Y quizás aquí encontramos el gran mérito de BEARD: consigue ser variado sin parecer disperso. La abundancia de productores, compositores y colaboradores podría haber provocado que cada canción apuntara en una dirección diferente, pero la voz de SYD funciona como elemento aglutinador. Su manera de cantar es tan reconocible que puede permitirse cambiar de textura y de acompañamiento sin perder identidad. 

Lo más curioso es que toda esta riqueza está llegando acompañada de una atención crítica sorprendentemente escasa. Fin obtuvo una media de 79/100 a partir de 16 reseñas y Broken Hearts Club alcanzó un 78/100 con 11. BEARD, en cambio, apenas ha conseguido cuatro reseñas hasta ahora, a pesar de haber sido publicado en julio de 2026. DIY y Clash le han concedido un 80/100, mientras que Spectrum Culture y Pitchfork se han quedado en un 76/100. La media resultante es un 78 sobre 100, prácticamente idéntica a la de su anterior álbum. 

La diferencia, por tanto, no está tanto en la valoración como en la atención. La crítica no parece considerar BEARD un mal disco; sencillamente, son muchos menos los medios que han decidido detenerse en él. Y eso resulta especialmente llamativo porque el público sí parece haber respondido. Sus reproducciones en Spotify presentan cifras saludables para un álbum de estas características y, sobre todo, no dependen de una única canción: varias de las piezas del disco están encontrando una audiencia propia. 

Quizás eso sea lo más representativo de la situación actual. Cada semana aparecen tantos discos nuevos que incluso trabajos notables pueden quedar fuera de la conversación casi inmediatamente. No todo álbum necesita convertirse en un acontecimiento para justificar nuestra atención, y BEARD nos parece un buen ejemplo de ello. No estamos ante una obra imprescindible del R&B ni ante un disco que vaya a cambiar el curso del género, pero sí ante un trabajo consistente, elegante y lleno de pequeños detalles que recompensan una escucha atenta. 

Y está SYD. Su voz tiene clase y sensualidad. Hay algo especialmente atractivo en la manera en que interpreta estas canciones: nunca parece necesitar exagerar una emoción ni demostrar hasta dónde puede llegar. Canta con una seguridad tranquila, con una sensualidad que nunca resulta impostada y con una elegancia que consigue que incluso los momentos más íntimos parezcan naturales. Esa personalidad es, en última instancia, lo que hace que toda la variedad de BEARD tenga sentido. 

No creemos que SYD necesite que vengamos a rescatar este disco. El público ya parece haberlo encontrado. Lo que sí creemos es que BEARD merece que le prestemos un poco más de atención de la que está recibiendo. Porque puede que no sea un álbum destinado a convertirse en un clásico, pero es demasiado bueno, demasiado cuidado y demasiado personal como para pasar desapercibido.



MEJORES MOMENTOS: Always Be Mine, Do Better, Calling, Any Time, 2 Many Days, My Love...  

MEDIA CRÍTICA: 78/100

NUESTRA VALORACIÓN: 85/100

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